Vigésimo aniversario de mi entrada en prisión

Introducción

Pues veinte años ya desde mi entrada en prisión, quien piense que no es nada que observe mis canas alrededor de la calva y mis capas de grasa subcutánea. “¿Dónde estabas en el año 2000?” Pues en la cárcel, igual que en 2001.

Pensaba hacer una especie de resumen del diario que llevé en prisión, así que lo he vuelto a leer a ver si tenía sentido; recoge el segundo grado y un mes del tercer grado, en 281 páginas en este formato, lo que no es poco. Sin embargo, hay varios temas que ni siquiera pienso incluir: todas las referencias a los debates internos de los insumisos y del MOC, enrevesados hasta la estupidez y que a estas alturas no me interesan; las constantes referencias emocionales a la mayoría de las personas de mi entorno, familia y amistades que acudían a visitarme con altísima frecuencia (Amparo, Dioni, Alicia, Álvaro, María Eugenia, Mónica y Aurelio fueron el sustento básico, aunque afortunada e inmerecidamente acudieron muchas más personas); los intercambios epistolares, tan importantes en ese mundo casi cerrado (aún conservo las cartas y postales); las larguísimas horas de ejercicios gimnásticos, de fracasos musicales, de lecturas desestructuradas y de intentos de escritura; las reflexiones llevadas a extremos absurdos que hoy no comprendo; mis sueños, que durante ese periodo ocuparon gran parte del diario; los compañeros de prisión, insumisos o no.

Por otro lado, en “Cronocárcel” ya recogí de manera cronológica los escritos en forma de verso que escribí en la prisión –que me doy cuenta que fue lo que más escribí esos primeros días–, hasta que me dio por hacer un diario en prosa, así que tampoco me ocuparé de la poesía. También escribí algunas generalidades en “Mi insumisión II

¿Qué queda? Muchas cosas, supongo, aunque aquí he querido recoger algunas anécdotas más o menos graciosas o significativas del tiempo de prisión, de la fauna tan extraña con la que compartí espacio, pero no estoy seguro de que sean graciosas vistas desde fuera, aunque a mí todavía me afecten de diversas maneras cuando las rememoro. Esto es solo una selección.

La mayor parte de lo que viene a continuación son partes textuales de mi diario de prisión, eso sí, modificados en su temporalidad cuando he pensado que merecía la pena buscar relaciones. Los añadidos van en cursiva.

Convivencias

Los preventivos y los condenados no podíamos compartir espacios, aunque la laxitud era tal entre algunos celadores que generalmente no nos decían nada si cambiábamos de piso o nos encontrábamos en el patio, dependía del turno. En todo caso, por ejemplo, los patios estaban uno junto a otro, separados por una verja de alambre y una puerta de parecido material que normalmente permanecía abierta, así que solíamos juntarnos en un solo patio para charlar o hacer deporte. Sin embargo, uno de los turnos era especialmente incisivo contra estas licencias, de modo que los insumisos preventivos debían permanecer en un patio y los condenados en otro. Así que resultaba un poco idiota ver a ambos grupos sentados a ambos lados de la puerta abierta (si los celadores se ponían a incordiar más, a ambos lados de la valla) para hacer una asamblea o simplemente contarnos nuestras vidas respectivas, mientras nos gritaban que no podíamos comunicarnos.

Seguimos adelante con la vida habitual y nos encontramos con la siguiente escena:

La subnormalidad imperante en mi sección me abruma. Acabo de entrar en el pasillo, y escucho ruidos en una celda; miro y me encuentro a un tío con la cara en la ventanilla de la puerta; me hace señas para que le abra; alguien le ha encerrado. Obviamente, le abro.

–»¡¿Qué haces?!» –grita una voz a mi espalda.

Me doy la vuelta despacio.

–»¿Por qué le has abierto?» –me increpa uno de los numerosos miembros de la Guardia Civil aquí recluidos, enrojecida su cara.

La respuesta es evidente.

–Porque me lo ha pedido.

–»¡Chist! Estamos jugando entre nosotros y vienes aquí a jodernos el rollo…»

Me quedo sin palabras y me introduzco en mi celda a confesarme. Quizá he cometido algún pecado oculto y una divinidad negligente ensaya su venganza.

El día sigue y nos trae esto:

Estoy en la celda escuchando una queja que proviene del exterior, leída por un Guardia Civil (otro) a Unai, al que supongo con cara de circunstancias; en esta cárcel no hay intimidad, el equipo de tratamiento está compuesto por subnormales, hay problemas de visibilidad natural y luminosidad, de temperatura, en la quinta planta no hay máquinas de café, las comunicaciones con el exterior son escasas y precarias, el horario del patio es ridículo… y hoy va y se monta una «plataforma» porque «la sopa es de marisco, igual que ayer, en vez de ser sopa de pescado como nos habían dicho, y además no pusieron margarina en el desayuno».

Efectivamente, se montó un buen jaleo, y todos firmaron un documento de queja, llegando a montarse broncas que casi llegan a las manos contra quien no quería firmar.

Casi se pegan Guardia Civil y Legionarios… ¡porque un legionario no ha cursado la instancia quejándose de la cena!

La verdad es que allí comprendí mejor que en ningún otro sitio que, más allá del lugar u otras circunstancias, las experiencias se construyen en buena parte por la actitud de las personas, de ahí que en la prisión tratara de poner mi mejor cara y de construir convivencia:

Bonita estampa taleguero-flamenca. Guardias Civiles fumados cantando por bulerías en el pasillo; otro Benemérito, al parecer en estado normal, cantando junto a insumisos la «Canción de la alegría» y la estrofa de «La Puerta de Alcalá»: «Todos los tiranos / se abrazan como hermanos…»; y «Libre», de Nino Bravo.

Para quien lo dude, en la prisión entraba droga y muchos la consumían, los mismos que luego pondrían multas o arrestaran a quien pillaran fuera con ella (en honor a la verdad, también algún insumiso la compartía con las fuerzas del orden, y uno llegó a tener problemas con un legionario por ello… pero eso queda para otro momento, quizá).

Pero bueno, no todo era tan divertido o irónico. Muchas lecturas, mucho deporte, cartas y llamadas telefónicas, y (muy) de vez en cuando afrontar agresiones o intentos de agresiones, incluso físicas, desde una postura de unidad de los insumisos que solía detenerlas.

Me resulta divertido este comentario que no recordaba:

Mis actividades matutinas, por el contrario, fueron dedicadas a explicar a un marino profesional el funcionamiento de la progresión de grados, permisos, llamadas, etc., y a prestarle el libro «Cándido», de Voltaire (es ya la 3ª vez que lo presto; es una manera de fomentar un poco el antimilitarismo); me comentó, a la tarde, que le estaba gustando.

La verdad es que una de las mejores maneras de pasar el tiempo era reunirnos para charlar, y contar experiencias, no solo los insumisos, sino que nuestras celdas eran lugares de reunión con otras personas presas allí, igual que esas personas ofrecían sus chabolos con el mismo fin, de modo que casi cada día cambiábamos de espacio y escuchábamos y compartíamos historias seguramente muy aliñadas, pero que hacían pasar el tiempo:

Ahora son casi las doce. Desde las diez y media, hemos estado en la celda los tres. Más adelante se nos han unido un marinero y un infante de marina que ha llegado hoy mismo. «Estos son insumisos» dijo el marinero. «Ole sus cojones» replicó el infante.

Tras lo cual se lanzaron a una escalada de anécdotas acerca de la armada que pobló de escepticismo, y luego de carcajadas, toda la hora siguiente.

1996. En Italia, maniobra conjunta. Dirige España; claro, tiene que ir. Si salían el domingo, tardaron tres días en arreglar el motor. Salen el miércoles a 21 nudos. A las tres horas, se peta el motor. Les tienen que remolcar por el estrecho, hasta Cartagena. Salen de Cartagena. Se para el motor. Vuelta a Cartagena. Camino de Italia a 8-10 nudos. Tropas holandesas en el barco, acostumbrados a maniobras conjuntas en el Báltico, donde las condiciones climáticas son extremas; ¡viva, maniobras en el Mediterráneo!

Pero Spain is different.

Se acaba el agua. Una ducha y dos tazas para 150 tripulantes + holandeses.

La mierda acumulada en popa. Los holandeses hacen fotos. La caldera a punto de estallar.

Cucarachas en la sopa, en la mesa… Los holandeses estuvieron a punto de amotinarse.

1998. Camino de Centroamérica. No hay agua caliente. Explota la caldera en mitad del mar. Entra un tiburón en el barco, mientras éste permanece anclado en Panamá, con el portón abierto para simular una playa. Marcha de Puerto Rico. Se dejan un infante en la costa. Deben volver a por él.

X (año sin confirmar): reclutas en Italia. Se les acaba el tiempo de mili, de modo que les meten en un barco con el tiempo justo de llegar a tierra. Les pilla una tormenta. Ni corto ni perezoso, el jefe de tierra les manda atravesarla. Les faltaron 5º para volcar.

X (año sin confirmar): en el estrecho. Tormenta. Comandante se niega a pasarla. Almirante: que te cepillo. Pasan. Se les rompe el portón y empieza a entrar agua. Se quedan a centrímetros de superar la línea de flotación. El comandante ordena que abandonen el barco. El barco lleva 150 tripulantes, (página 73) cuando debía llevar 250. Forman cadena para achicar con cubos. Por fin, sueldan el portón en medio de la tormenta.

Buques de la armada: 12 fragatas, 6 corbetas, 1 portaaviones.

*La mayoría de los barcos están alquilados a los norteamericanos, y tienen alrededor de 30 años, o más (Castilla ± 50; no sé si existe aún). Se utilizaban en Vietnam y Corea para transportar muertos.

Condiciones lamentables: tuberías de aguas fecales que revientan a su paso por el comedor; sumideros que rebosan y deslizan la mierda líquida por otros sumideros en cada vaivén… Tuberías que estallan, dejando a su paso veinte centímetros de aguas fecales con las heces flotando.

El infante se ha pasado media noche tratando de convencernos de que la Armada es una mierda.

Al margen de esto, parece un chico majo.

«Todos los que hemos entrado en el ejército nos merecemos lo que nos pasa». «Tienen el contrato ideal para cualquier empresario». «A ver si se hunde «Elcano» con todos dentro». Perlas del muchacho.

Infinidad de anécdotas y experiencias dramáticas que contaban los soldados que habían estado destinados en la antigua Yugoslavia, y que jamás pudimos verificar, por lo que no voy a consignarlas aquí.

También otras anécdotas más cercanas:

Una anécdota del juicio de Miguel que había olvidado, creo. Ya dije que llovió a cántaros, por lo que apenas estaban allí diez personas (de tercer grado, solo faltó Javi). Cantaban a ratos «No hay chaparrón que pare la insumisión» y otras canciones, pero debido al escaso número, en la sala del Tribunal apenas se escuchaba el murmullo. El caso es que J. C. Rois (abogado de insumisos en Madrid) cada vez que hablaba el fiscal, solicitaba que «repita la pregunta; es que con tanto ruido no le he escuchado bien». Este hombre es genial.

Una cosa que todavía no he consignado aquí es que una de mis aficiones favoritas durante el tiempo de segundo grado fue el ganchillo; la verdad es que eso descolocó bastante al resto de la sección, porque además hacía “paños” con el nombre de los insumisos y se los regalaba a estos para que los pusieran en la puerta de sus chabolos. Cuando alguno de los otros presos entraban en mi celda de improviso (nadie solía llamar a la puerta) y me veían sentado en la cama con la aguja y la madeja de hilo en las manos, su reacción habitual era paralizarse en la puerta y pestañear varias veces. Pero bueno, poco a poco se fueron acostumbrando.

Las relaciones solían ser bastante cercanas con algunos de los soldados o ex-soldados que estaban allí:

P*** ha tomado la mala costumbre de hacerme cosquillas, cada vez que me ve. Creo que es de las pocas cosas que echaba de menos, que me hicieran cosquillas cuando estoy desprevenido. Se va, esperamos, el 24 de este mes.

Ayer llegó otro guardia civil, al parecer rebajado de servicio; ha estado varios meses en un psiquiátrico. Parece sensato, va a lo suyo, le he dejado la guitarra, y por lo que he oído es una verdadera pasada.

A eso de las cinco, él tocaba en su celda, mientras el nazi y su sicario tocaban en el patio. Le empezaron a chillar, a llamar loco, etc… Unos angelitos. Pasó de ellos. Por supuesto, esta situación le define en principio en un lado de los dos que, a grandes rasgos, se pueden ver aquí: pro-nazi, y pro-insumiso. Él estaría en este último, lo que no implica que le tengamos que caer bien; los grupos no están bien definidos, me he dejado llevar. Más bien: “marrulleros” frente a “tranquilos” (hablando de convivencia). Y en este segundo grupo estarían los insumisos, a veces como cabeza visible.

(…) Luego subí, estuvimos un rato con el nuevo, al que se llevan donde suboficiales por «su seguridad», ya que el médico ha dictaminado que tiene tendencias suicidas (el mismo que no le quiere recetar antibióticos a Carlos, o que hacía que al G. civil le abrieran las cápsulas y pusieran el contenido en un papel normal, que luego tenía que lamer para no desperdiciar la medicina…).

Las visitas resultaban imprescindibles, y más a medida que pasaba el tiempo. Pero, claro, tampoco iba a resultar todo tan sencillo…

(Aurelio y Álvaro) llevaban puestas las camisetas de insumisión hechas en Valladolid. Pasaron el primer control, y en el segundo se las hicieron quitar. Aurelio estuvo fino. «Ya nos han visto aquellos dos, ahora tú y el cabo; los únicos que quedan por vernos ya son insumisos»; pero la respuesta del soldado es de antología: «Es que esto es un cuartel del ejército, aquí no se puede decir lo que se piensa». Claro, se las quitaron, se cambiaron, y entraron a vernos.

Lo cierto es que algunos celadores, más que la dirección de la prisión –que normalmente favorecía su visión de la familia como algo prioritario, facilitando los encuentros–, pusieron infinidad de impedimentos absurdos; la mayoría de las veces pasábamos de ellos, aunque en ocasiones tuvimos algún enfrentamiento verbal, siempre respetando las formas para no agravar las situaciones, en las que hicieron valer su mezquindad y su estupidez. Recuerdo una vez en que las cuatro personas que venían de visita llegaron muy tarde, de modo que, en vez de vernos de uno en uno, una hora, decidieron hacer dos grupos para vernos un rato a cada insumiso, de manera rotativa. El celador insistió en que queríamos engañarle, y fue incapaz de comprender que el mismo número de personas iban a pasar menos tiempo que en una visita normal, puesto que era imposible que pasaran más de dos horas en total, ya que solo quedaba hora y media.

El equipo de tratamiento y su profesionalidad

En los primeros días me reuní con diferentes seres humanos del equipo técnico.

La Asistente Social: dice no defender a los militares pero los defiende a capa y espada, dejando caer que ya cambiaría mi punto de vista, que estaba para ayudarme. Fuimos interrumpidos 2 veces durante nuestra conversación para asuntos triviales.

Más adelante, esta escena:

Belas ha ido a ver a la asistente para hacerse el carnet; la mujer ha empezado a decir bobadas: “ya no vienen por aquí, iba a llamarles, no vienen a hablar, y yo estoy aquí… esperando” (iba a decir “sin hacer nada”, pero se cortó).

El psiquiatra: Según él, yo soy de los de la «apología del cuartel». Cuando le pregunté directamente qué significaba eso, según él, quedó de manifiesto que no conocía la palabra «apólogo» ni “apología”. Era bastante mayor y tenía cara de psicópata.

El psicólogo: «¡2 años y 4 meses! ¡Qué barbaridad!, ¡te falta un montón para salir!». Primeras palabras de aquel ser humano que tan buenos ratos nos hizo pasar a su costa. Fuimos interrumpidos 2 veces para que un pintor mirara el despacho para hacer un presupuesto (de pintura, se supone).

El Médico: teniente. Todo preguntas. Fuimos interrumpidos por el teléfono y mantuvo una bonita conversación con una amiga. (Con el tiempo descubriría que otros insumisos le llamaban «hechicero samoano» por su incompetencia).

Al resto no los conozco. 18–2–2000. (Ya los iría conociendo, al Trabajador Social si es que lo era, y que decía que no estábamos allí por nuestras ideas sino por nuestros hechos, y que debíamos aprender de quienes pedían el aborto, que habían luchado durante mucho tiempo sin infringir las leyes (sic)– al maestro y a la médica. Vaya desfile de personajes).

Ironías

Unos días antes, sucedió otro de esos absurdos que recogí así en el diario:

Quiero consignar aquí un suceso que acaeció unos días ha: estando el insumiso cuartelero Carlos en el comedor, portaba un pin con la palabra «insumisión». He aquí que lo ve ——, celador, y le obliga a quitarse dicho pin.

–¿Podría hacerme usted un papelín en el que consignase la cuestión?

Y —— asiente, y de su puño y letra escribe en el papel de requisado: «un pin de insumisión». El papel amarillo, todo un síntoma, y la palabra destacando en carbón.

Pero Carlos lo dobla, eficazmente, hasta que aísla completamente la palabra, y se lo echa al bolsillo (de la camisa), donde asoma, en papel amarillo y desde el puño y letra del señor celador, de nuevo la consigna: Insumisión.

Admito que entonces me hacían gracia cosas muy de andar por casa, como aquel cartel en medio de un pasillo en el que se leía simplemente:

BIBLIOTECA

LAVANDERÍA

Una de las experiencias que percibí de manera más surrealista, aunque visto bien no tiene por qué serlo, fue la siguiente:

Chascarrillo: ayer por la tarde, cuando me desperté de la siesta, miré por la ventana, que da a una explanada donde el ejército hace maniobras; pensé que no había despertado, porque lo primero que vi al mirar fue ¡un rebaño de ovejas junto a los carros de combate! Pero sí había despertado.

Hay muchas anécdotas que he olvidado, e incluso entonces no recogí todas, como queda de manifiesto en el siguiente pasaje:

Felipe es la ostia: abandonó el cuartel, pensando que «cómo le iban a coger a él, con los millones de personas que hay en España». Es un chico que pasó mucho tiempo en Alemania, de modo que a veces confunde palabras. Por ejemplo, el otro día, uno de los aislados por robar a otro interno poniéndole una cuchilla en el cuello se quiso ahorcar; él vino y nos dijo: «que el cabo se quiere Coagular». Me da un poco de rabia no recoger en este diario otras muchas anécdotas, pero hay demasiadas y las olvido.

Por supuesto, había momentos mucho más surrealistas:

9 de mayo de 2000

Acaba de empezar el día; son apenas las ocho y media. El músico, el celador, nos ha despertado musicalmente; primero, a la bocina estridente le ha dado un toque melódico, luego ha gritado algo así como «¡niños, despertad, un día menos, vamos, a escribir a vuestras casas!», y, a continuación, ha entrado en mi celda, ha mirado la guitarra con ojos pícaros, se la he dejado, y ha salido al pasillo a tocar y cantar: «♫ sé lo piensan ♪ los presos que están en la cárcel…!» y terminó con el «« ¡oví!, ¡ová!, ¡cada día te quiero más…!«. Eso, a pesar de su tendinitis en la mano.

Luego me ha propuesto darme clases de guitarra.

(Una vez) Cuando Belas se lavaba los dientes, llamaron por teléfono; suponía que sería para él, pero como tenía la boca llena de jabón dentífrico no podía ir a contestar, así que trató de llamar a un G. Civil que vino hace poco, y que se sienta en nuestra mesa (come múuuuucho); el caso es que no recordaba su nombre, y no se le ocurrió otra cosa que ponerse a gritar: “¡Picolo, picoleto!”, parecía un rabioso increpando a la Benemérita.

La verdad es que el psicólogo era una profusa fuente de ineficacia fundamentada en la idiocia:

Después de desayunar y limpiar, como siempre, yoga. No pude hacer el OM, ya que no podía contener la risa al mirar a Carlos. El psicólogo intentó grabar la sesión en una cinta, porque el lunes no podía venir, pero el aparato no era muy bueno, y se escacharró la cinta. ¡Ja, ja!, con la ilusión que le puso el hombre, diciendo el nombre de las posturas, o asanas, en castellano… y en sánscrito (lo que no había hecho nunca).

«Pajarracasana», sentenció Belas.

Por lo demás, recuerdo bien el día en que a yoga se presentó un conocido y mediático asesino, y alguno de los insumisos se negó a cerrar los ojos durante toda la sesión, ante las indignadas miradas del psicólogo, que apelaba a que “todos somos compañeros” o alguna otra similar chorrada.

-«Ya sé, que pueden surgir resquemores… cada uno tiene sus ideas… existe un pasado…»

Vendedores de humo… tóxico

Dentro de la prisión se ponía un énfasis especial en que estudiáramos en la UNED. La joya de la corona era un suboficial famoso por haber asesinado a sangre fría, y en años diferentes, a dos subordinados, cuyo caso había salido en la tele. Así que de vez en cuando le organizaban charlas para edificación del resto de los presos, charlas de Antropología.

De la primera que recuerdo, algunas escenas aisladas las recogí en el diario:

1. Asisten casi todos los suboficiales (ignoro cuantos son en total); la mayoría tienen delitos de sangre. Los comentarios son del tipo «nos va a enseñar cómo era el miembro de los antiguos»; «cómo no nos has traído restos humanos» (sic).

2. Sus primeras palabras fueron:

–Yo soy Católico Practicante. En el principio fue el Verbo.

A partir de ahí, un montón de tonterías y algún dato correcto que acertaba por pura casualidad a instalarse en un discurso farragoso.

2. Me he entrevistado con el maestro; no fue mi intención, pero no pude contenerme:

–¿Qué tal, en este… hotel? –me preguntó.

–Prisión.

–¡Oh! ¿esto es una prisión?

–Después del espectáculo de esta mañana, empiezo a dudarlo, más bien parece un circo…

Puso cara de circunstancias.

3. Antes de la entrevista, capté una conversación entre el maestro y un Guardia Civil (muy cabreado con los insumisos por asistir a la charla: «unas personas instruidas como nosotros…»).

–¿Cómo no has ido a la charla?

(Bajando el tono de voz)

–Yo no voy a la charla de un asesino; tengo un hijo, y si un hijo de puta como ese me lo mata… (se calló, pero antes nos había dicho a nosotros, en el gimnasio, que le daban ganas de coger una mancuerna y esparcir los sesos por la pared. «¡Así! ¡Paff…!”).

–Claro, claro, hay que cambiar esos prejuicios… –intervino el maestro.

Lo calló la mirada de psicópata del benemérito.

Para qué nos vamos a engañar, seguramente el Guardia Civil tenía razón en que habíamos sido un poco frívolos por asistir a ese espectáculo. Que fuera una ruptura de la rutina no basta para justificarlo.

Recuerdo el recibimiento al General Galindo desde una ventana de mi sección por uno de los reclusos que al parecer le vio (o creyó verle) por la ventana:

«¡Mi general, ¡¡¡ARRIBA ESPAÑA!!!!», «¡General Galindo, ¡¡¡ARRIBA ESPAÑA!!!!

Y ahora habla del Cid, comparándole con Galindo, y diciendo que son los salvadores de España.

Por cierto, la primera vez que me crucé con ese general, en el pasillo de las oficinas del personal de Tratamiento, no lo saludé, lo que ocasionó una bronca monumental del Director a todo la sección, recordándonos que aquello era un establecimiento militar y que el general conservaba su rango (por encima del Coronel) y por tanto debíamos saludarle.

El serio-cómico de la obra: el Coronel-Director

Uno de los “conflictos” que se prolongaron a lo largo de toda la condena fue la existencia de unas planchas de metal pegadas a las rejas, llenas de pequeños agujeros, que impedían la buena visión del exterior y la corriente normal de aire, además de desprender óxido de manera continua. Lo llevamos a los tribunales, y al comentarlo con el director de la prisión, las escenas solían ser de este calibre:

Yo insistí en las planchas, y solo se le ocurrió decir (al coronel-director de la prisión) que estaban allí porque las había puesto un técnico, y que por tanto él no iba a quitarlas (también añadió, contradiciéndose a sí mismo, que se habían colocado las planchas porque en otro tiempo desde las ventanas que daban al patio algún ser humano se había vestido de mujer y había soliviantado a la tropa… en fin).

…que las ventanillas (transparentes) de las puertas no quitaban el derecho a la intimidad, y además, «aquí todos somos hombres, ja, ja… si usted no da pie a nada… (ja, ja)». Le dije que era un chiste de mal gusto, y presentó unas disculpas que no acepté.

También solía alabar a los americanos por su concepto de intimidad, ya que iban todos juntos al baño, cuando nos quejábamos de que los cristales y ventanas no nos permitían intimidad al ir al retrete.

Mientras, el Coronel insistía con sus cosas en visitas sorpresa:

…sólo le dije que seguía teniendo los mismos problemas con las chapas. Él casi sonrió y repitió que «eso venía así, y no se puede quitar». A continuación se embarcó en un cúmulo de disparates que no sé si voy a recordarlos:

-«Yo ya no fumo, ya no soy drogadicto, pero ustedes fumen si quieren»; de donde se deduce que le podemos llamar el exdrogadicto.

-«No hay presupuesto para alimentación; ya gastamos más del doble que en la civil», y a continuación: «Vamos a poner hilo musical en el comedor (…) y quiero que se encariñen con otra idea: quiero poner manteles en las mesas, pero no los manchen adrede (…) claro, siempre que el año que viene tengamos presupuesto; no nosotros, sino Defensa». Claro, no pude evitar mirar a mis queridos compañeros.

-«Voy a ser inflexible con las drogas», ante lo que yo pensé que se refería a Galindo, pero no.

-«Es que ustedes prefieren estar aquí a estar en una civil. ¿Quieren ir a la civil?» «Aquí ustedes están mucho mejor, pero de arriba pretenden que esto se parezca cada vez más a una civil».

-«No me hablen de mejoras en el teléfono, porque son unos privilegiados» «No quiero sacar los colores a nadie; me han tirado de las orejas».

-«Es que la mujer que sirve la comida es un poco hebrea, je, je» (esto es de la anterior reunión, pero en fin).

-«No se preocupe de llamarme de Usía, llámeme de usted» (a J***, el legía, que se pasó toda la reunión dando caña).

-«Esto no lo sé… pero si lo dice el Alférez Plata…»

-«En el ORI tienen más trabajo del que parece» «Trabajan como mulas de arar» dijo en la anterior.

-«Usted lleva aquí poco, ¿verdad? no lo conozco». «45 días». «Ah». (Al gallego).

-Respecto a las drogas, yo le dije que en la máquina de refrescos publicitan cerveza con alcohol. «Ah, ¡pues muchas gracias!, ¿ve?»

-¿Podemos usar los cubos por la noche? «mmm… es que ya saben que hubo problemas…» (por las asas de metal desaparecidas para construir armas blancas). Yo: hay cubos con asa de plástico. «Pero eso implicaría una inversión…además, estoy molesto porque nadie, y aquí hay personas universitarias, me dijo lo de las coacciones» (¡!)

*Otra del Coronel: «Es que prefiero hacerles hacer la limpieza de una manera más directa, menos sibilina que en la civil». Aquí las cosas claras: o por las buenas o por las malas.

*Otras del coronel: «podéis llamarme perro judío si queréis, pero no la emprendáis con el material».

(página 86)

«Yo fui por la tarde, y estabais todos durmiendo como angelitos».

«Y cuando voy a Defensa, y hablo con mis jefes, ¡no vean ustedes cómo les pongo» (de bien, se entiende).

«En 3º grado hay overbooking«, «ojalá todos estuvieran en 3º grado«.

(Palabras del Coronel-Director):

–Estoy pensando pasar las visitas que no sean de 1º grado a locutorio; ¿qué les parece?

–Muy mal; no nos molesta en absoluto compartir sala -respondo.

–Es que a mí sí me parece que se molestan.

–Que no, que no –decía un militar de declarada ideología nazi, junto a nosotros.

–¿Me permiten preguntar a sus padres?

Alguna que otra tensión

(un preso) la había armado en el comedor, destrozándolo, (y llenando paredes y suelo de sangre) y luego se escapó de enfermería, llegando hasta las salas de visitas, atravesando cristales y debatiéndose, con las esposas puestas, con 5 PM que al final le redujeron (con escudos, cascos, y porras), no sin llevarse algunos palos. En las visitas debían estar (varias personas cuyo nombre callo), entre ellos ***, que repetía: «Jua, jua, tenéis miedo, jua, jua», a los efectivamente acongojados presenciantes del espectáculo. Mientras todo sucedía, tanto la celadora de la entrada como «Pokemon» (un celador) se habían chapado sin querer saber nada (…)

El de Melilla le mandó abrir la ventana de la sala de visita, afirmando a continuación: «¡Mierda, tienen rejas!». En fin.

(Durante un partido de fútbol). Se picaron un montón. “Tranquílez”, una vez que le mandaron callar, gritó, ufano y ofendido:

–“Puedo hablar cuando me sale de los cojones, ¿es que no estamos en una cárcel libre? Es una cárcel de la democracia”.

Otra perla, entre “Tranquílez” y Brian:

–“¡Guardia Civil corrupto!”

Respuesta:

–“¡Soldado traficante!, vaya ejército que tenemos”.

Claro, con este nivel, luego me leo el Mortadelo y todos los chistes me parecen malos.

Mi día a día

En realidad, un día normal podía ser:

Voy a esquematizar ahora el día.

Me levanté, desayuné, limpié el patio (hacía muy bueno), leí el de Lovecraft y le terminé, empecé «Matadero Cinco», de Kurt Vonnegut, toqué la guitarra, hice flexiones, comí, limpié, seguí leyendo, vi la tele mientras leía el periódico o a la inversa, esperé, y al fin bajé a la visita. Disfruté, cené, toqué la guitarra (Carlos me está enseñando alguna más de Silvio), hicimos la fiesta, me divertí, solicité la visita del viernes (ayer solicité que me dejaran meter la máquina, y que me dejaran usar la biblioteca de la 5ª sección, semivacía de libros no frecuentados, para utilizar allí la máquina), y ahora estoy escribiendo esto, antes de hacer flexiones.

Si a esto le sumamos el yoga, las carreras por el patio y los ocasionales partidillos de fútbol, pues ya lo tenemos.

Reflexiones finales

No todo son chascarrillos, la mayoría del diario está dedicado a la “reflexión”, por darle un nombre: emocional, política, memorística, sobre la convivencia, introspectiva… Como ya he dicho, voy a ahorrar todos esos momentos, señalando unos ejemplos significativos:

Voy a hacer una mala generalización: el espejo de mi celda es deformante, deforma mi físico. Así el entorno deforma mi mente; recibo un mundo que se esconde en los dobladillos, un mundo estúpido, irracional y asentimental, forjado a partir de tecnócratas y de indiferentes. En fin, debe ser el sueño o su ausencia, no sé.

(…) Lo cierto es que esta tarde he vuelto a flaquear; está claro que la actitud de estos días pasados bebía tanto del esfuerzo artificial para no decaer como de la incubación de la enfermedad, que liberaba la mente de ataduras y dejaba volar la imaginación. Parece mentira cómo cobran realismo los versos de Pessoa: «… y la conciencia de que la metafísica es una consecuencia de encontrarse indispuesto».

*Ésta es la cárcel -como todas las cárceles, supongo- del «no sé». Hoy he hecho varias preguntas a los celadores, y en todas las respuestas, más o menos elaboradas, se incluía el «no sé», y por supuesto ese era el mensaje. «¿Se puede ir hoy al cine?» No sé”. “¿Está arreglado el vídeo? No sé”. Pero nunca un «voy a preguntar», y muchísimo menos «voy a mirar yo mismo». ¡Ja! Los Noseistas. Debería escribir un cuento o unas rimas sobre esta raza. Pero no ahora, claro. Ahora voy a leer a Marsé.

En fin, fue una experiencia interesante que me puso frente a mí mismo:

En algún momento tendré que decidir qué haré cuando salga, y no me refiero al 3º grado, sino a la vida. Hay tanta mierda, tantas injusticias, que quedará como una herida abierta permanentemente, si no dedico mi vida a combatirlas de verdad. Pero si no lo hago significará que la herida es mortal, y yo seré un hijo de puta más. Aunque lo más probable, dada mi capacidad, será que yo mismo acabe pudriéndome por ahí, hastiado y esquizofrénico.

No es muy positivo este futuro que esbozo; pero tampoco es irracional.

Afortunadamente, siempre estaban los compañeros cuando uno se ponía demasiado intenso:

Durante la comida, he bebido Kas naranja y tomado de postre una tarrina helada de Nestlé. Así, lo comenté en voz alta: «Hoy me he saltado todos mis principios» anuncié, y dejé en alto la frase para crear más tensión; Belas se me quedó mirando menos de un segundo, y soltó: «¿Por qué? ¿has cagado con la puerta abierta?» No pude evitar descojonarme allí mismo, con Belas y Unai. Estas cosas son las que me salvan.

Todas estas situaciones, en todo caso, me ayudaron a comprender una de las frases más proverbiales entre los y las presas:

«La condena pasa rápido, lo difícil es pasar el día a día».

4 comentarios sobre “Vigésimo aniversario de mi entrada en prisión

  1. GRACIAS, por la generosidad de compartirlo, He vuelto al 2000 y 2001, me siento abuela cebolleta recordando nuestros viajes a la cárcel desde provincias.

  2. Pues se admiten batallitas de abuelas y abuelos cebolleta para complementar este proceso en el que participó mucho gente… ¡ánimo!

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