Ábrisan. Libro I. Capítulo I (1.ª parte)

Prólogo

Ábrisan había superado la iniciación a la mayoría de edad con la segunda luna de verano. Lo había hecho de una manera personal, no se podía negar su valiente originalidad al saludar al alba, como mujer, con el mismo nombre con que la niña se despidiera del ocaso.

De la misma manera, nadie pudo poner en duda las señales que el viento dibujó sobre los robles del bosque: la runa bri de su nombre apareció tres veces en las ramas agitadas de los árboles.

Ella misma podía comprender las implicaciones de aquel hecho que no podía ocurrir, aunque no la razón de que sucediera; era natural que una niña manifestara su condición de hombre en su iniciación a la edad adulta, pero nadie guardaba memoria de una mujer que hubiera sido reclamada por la magia de los hechiceros.

–¡No puede ser! –jadeó Ursue, el jefe del poblado, buscando una explicación en sus acompañantes.

Elsar, sin embargo, había asistido a la lectura de la runa, y en su gesto silencioso de asentimiento dejó de manifiesto que la magia de las brujas no se opondría, a pesar de que Ábrisan había sido hasta ese día su propia aprendiz.

La bruja se había acercado sencillamente a su ya antiguo pupilo y le había pedido su bolsa de hierbas; estaba improvisando, nadie tenía claro lo que hacer para representar la ruptura. Ábrisan lloró, desconcertado, y recibió el consuelo de su antigua maestra en forma de abrazo.

Hécsor lo había llamado entonces por su nombre y lo había conducido hacia su cabaña.

No había vuelta atrás. La magia de los hombres lo había reclamado, y ahora era un hombre a todos los efectos.

El joven acompañó al hechicero a su nueva vida, vigilados por las miradas atónitas, temerosas para la suspicacia, del vecindario.

–Podrás ir más tarde a recoger las cosas que eches en falta –le había asegurado su nuevo maestro, utilizando lo más superficial de su indecisión.

Pronto podría ver a sus prometidos, le aseguró. Estos encuentros le resultarían más difíciles.

Ya esa primera mañana comenzó para Ábrisan un periodo extraño de aclimatación a unas rutinas muy diferentes a las que se había habituado durante toda su vida, pues desde hacía años sabía que quería ser bruja. Estos primeros esfuerzos no se referían tanto a su cuerpo, su forma y sus necesidades, como a una nueva manera de relacionarse con la magia. Para Hécsor estaba claro que su nuevo aprendiz era un hombre, porque la magia de hechiceros era magia de hombres; por lo demás, y de momento, interfería lo mínimo en la vida de su pupilo. Seguro de que esto cambiaría tarde o temprano.

Ábrisan recibió su propio espacio cerrado en la cabaña del hechicero como salvaguarda de su intimidad; el maestro disponía del suyo. Sería en la sala común donde se iba a desarrollar el aprendizaje.

Comenzó casi de inmediato. Era muy diferente que aprender junto a Elsar, donde todo se convertía en fuente de experiencia, y en ocasiones costaba lo suyo encontrar la lección. Los libros y pergaminos que Hécsor le proporcionó olían a polvo, pero los conocimientos estaban allí, filtrados y condensados; le sorprendió la facilidad con que podía aprehender las runas, supuso que se debía a los diez años que llevaba relacionándose con la magia de brujas, por diferentes que ambas fueran.

La expresión del maestro esa primera tarde en que, después de la obligada lectura, memorización y vocalización, había conseguido ejecutar un hechizo, casi lo hizo reír. Se contuvo al observar los labios contraídos y las profundas arrugas en la frente del hechicero.

Ábrisan había sentido como algo completamente natural la sintaxis de las runas y su cadencia, la conexión entre su mente, el flujo de aire por su garganta y el fragmento de mundo que proponían para ser modificado. En realidad, aunque el proceso era diferente, la experiencia del cambio no variaba sustancialmente de la producida por la magia que le era familiar; no consistía en una imposición, como siempre había intuido, sino que, en el fondo, no pasaba de ser una sugerencia que el mundo aceptaba, aunque no tenía claro el porqué.

Hécsor había mantenido su mirada de preocupado asombro durante unos instantes y luego se había dirigido en silencio a una esquina, cogido una escoba y comenzado a barrer lenta y meticulosamente. Ábrisan contuvo, pues, su buen humor y continuó con el estudio de las runas.

Desde ese instante se acabaron los hechizos. Los libros de runas empezaron a ocupar la mayor parte de sus horas, memorizando las combinaciones y permutaciones y sus posibles efectos, pero sin un solo ejercicio práctico. Hécsor le había conminado a progresar por ese camino, apelando a la paciencia y a la constancia, y el joven había obedecido.

Bastante tenía con todo lo demás.

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