Ábrisan. Libro I. Capítulo I (2.ª parte)

Ábrisan. Libro I. Capítulo I (1.ª parte)

Prólogo

Ser una mujer conllevaba dentro del poblado una serie de expectativas para las que Ábrisan se había estado preparando desde que decidió dedicarse a la magia junto a Elsar. Vivir como aprendiz de la bruja le había facilitado mucho las cosas en lo referente a algunas excentricidades sociales, como haber podido elegir siempre su vestimenta, optando invariablemente por la comodidad, y, más importante aún, le había permitido mayor libertad a la hora de interaccionar con las personas, especialmente las de su edad, sin la obligación de preocuparse por matrimonios impuestos, singulares o múltiples.

En solo un día, todo lo aprendido se había enrevesado, y ahora debía comportarse como un hombre, con todo lo que eso significaba, y sin nadie que lo guiase más allá de las miradas reprobatorias. Para empezar, no había modificado un ápice su indumentaria. Este simple hecho había puesto arrugas en algunos entrecejos antes lisos y en bocas hasta el momento sonrientes. No le preocupaba. Aunque se sentía indignado; a muchas de esas personas las había ayudado como aprendiz de bruja cuando Elsar se ausentaba, o simplemente cuando esta pensaba que Ábrisan sería capaz de lidiar con el remedio. Estaba seguro de que las reacciones adversas de esas personas no iban más allá porque eran conscientes de que en algún momento de sus vidas también dependerían de él como hechicero.

Más le dolió la reacción de sus amantes. Podía entender el orgullo herido de Rhodig. Después de tanta espera –el joven había pasado a la edad adulta dos años atrás, por lo que la relación infantil había quedado en suspenso hasta la propia iniciación de Ábrisan y Xirh, momento en que podría empezar a plantearse en serio su futuro matrimonio múltiple–, ahora se encontraba con que su relación hombre-mujer cambiaba radicalmente y se transformaba en una relación hombre-hombre, la cual estaba un tanto estigmatizada en el poblado –aunque solo prohibida si no existía al menos una mujer en el matrimonio–. Podía entenderlo porque Rhodig era orgulloso y envarado, aspirante a ser jefe absoluto de la tribu y a una perfección poco meditada en la que no cabía un matrimonio entre iguales. Al menos fue algo rápido, una ruptura total y completa en lo personal. Los dobleces de la personalidad de Rhodig, sin embargo, habían dejado de manifiesto que, atendiendo a su estatus de aprendiz y futuro hechicero, Ábrisan tendría su total colaboración. Aunque lo apreciaba y habían estado más de dos años juntos, agradecía terminar su compromiso con alguien así.

Como preveía, la conversación con Xirh –con la que también había roto Rhodig, que en realidad solo estaba obsesionado con Ábrisan y a la otra la aceptaba como parte accesoria del matrimonio, y solo bajo la promesa de castración por parte de la joven– fue más intensa y profunda; con ella había compartido intimidad desde la infancia, planificando una vida inseparable, la niña bruja y el niño costurero.

Ábrisan se había presentado formalmente en la casa de la joven como el nuevo aprendiz de hechicero, asegurándose de que se supiera que se trataba de una visita oficial. Le abrió la puerta el Cabeza de Casa, que lo invitó a pasar. Saludó a las mujeres de la familia, que poco a poco fueron desapareciendo de la sala común hasta que solo permanecieron allí Xirh y su padre. El hombre les abandonó tras asegurarse de que nadie les vería a solas.

Xirh se mostró dura desde el principio.

–¿Ahora qué? –Había recriminación en su voz, y más en su actitud.

A punto estuvo de darle una respuesta tajante; aquellas eran las primeras palabras que se cruzaban desde que Ábrisan había sido llamado, y ni siquiera se estaba interesando por sus sentimientos. Se contuvo apenas.

–Si esto te resulta difícil, puedes tratar de imaginar lo que significa para mí; creo que podrías ayudarme y hablarlo –ofreció.

La joven se pasó una mano por el lado rapado de su cabello con gesto nervioso antes de contestar; el sudor perlaba su piel negra.

–Hablarlo… –musitó, bajando la miraba y apretando los puños–. ¡Hablarlo! –repitió, agitando la cabeza y volviendo a clavar sus ojos oscuros en Ábrisan.

El joven no retiró su mirada marrón, pero evitó otro tipo de acercamiento por miedo a la reacción de la otra.

–¿Y qué hay que hablar? ¿No entiendes que esto es un adiós?

Ábrisan supo la intensidad del dolor que reflejaban sus ojos por la reacción de Xirh.

–¿En serio no lo entiendes? ¡Serás un hechicero! ¡Un hombre que vivirá once vidas, mientras todas en el poblado envejeceremos y moriremos y seremos polvo en el mundo y espíritu lejano! ¿Has visto que Hécsor tenga esposas o esposos?

Las palabras de Xirh cayeron como losas, encerrando ilusiones a la vez que dejaban paso a pensamientos en los que no había reparado.

–No lo tiene prohibido… –defendió, aunque en el fondo intuía que aquello no importaba, que no era más que la superficie.

–¿Y quién se lo iba a prohibir? ¿Y quién lo necesitaría? –recondujo la joven con desamparo.

Aquella última pregunta horadó la seguridad de Ábrisan y le dejó una herida palpitante.

–Tú y yo podemos seguir como hasta ahora…

Mientras lo decía, tenía la certeza de que se engañaba. Una bruja hacía con su cuerpo lo que le apetecía, se concedía esa libertad, se casaba o permanecía soltera si lo prefería, se saltaba ciertas convenciones, pero a fin de cuentas era una parte más de la comunidad, una persona a la que recurrir para resolver problemas concretos, aunque su poder provocaba a cambio un poco de sana desconfianza entre quienes no lo compartían. Un hechicero, sin embargo, vivía y moría, una y otra vez, colocándose más allá de la humanidad compartida por el resto, y esto generaba temor. Reverencial, si se quería, pero temor.

Él ahora caminaba por la senda de los hechiceros, y esta conciencia repentina, frente a su amada, fue lo que verdaderamente le condujo a preguntarse hasta qué punto habían cambiado sus vidas. El sueño de matrimonio múltiple se había roto, tras su imposición de género y la ruptura con Rhodig, y ahora Xirh, la intrépida Xirh, que había escogido su nombre junto a ella, se vería obligada a casarse con cualquier otro hombre o a permanecer en casa…

–Pues no desisto.

El brillo en la mirada que había enamorado mil veces a la joven hizo que sus gestos se ralentizaran. Aquello era una promesa que estaba segura de que su amado no podría cumplir.

–Ábrisan… –Su voz acarició el nombre con ternura. Luego, cierta dureza afloró en la tensión de sus hombros–. Esto nos va a doler –afirmó, muy seria.

Se besaron, y durante unos minutos ese primer día pareció casi normal.

***

Pasó buena parte de su tiempo libre fuera de la muralla del poblado, caminando por el bosque y recolectando plantas, como si aún fuese aprendiz de bruja. Hécsor echó un vistazo a lo que el joven había llevado a la cabaña y se acercó con interés.

–¿Puedo? –solicitó, indicando la raíz de serreña.

Asintió, así que el hechicero cogió la planta y cortó un trozo con un cuchillo. Se lo metió en la boca y lo masticó con satisfacción.

Ábrisan no había visto nunca a Elsar hacer eso y se sintió intrigado; hasta donde sabía, la raíz de serreña era buena en infusión para problemas digestivos, y no se consumía de otra manera. El hechicero captó sus dudas y sonrió. Era la primera muestra de sonrisa que veía en él.

–Aprendí esto hace muchos años, de la maestra de la maestra de la maestra de Elsar; es un sabor amargo, pero nada más, no tiene más propiedades, supongo que por eso no es de los primeros conocimientos que se enseñan –señaló, y se retiró a su espacio.

Ábrisan comprendió el mensaje. Él no era una bruja. Había sido aprendiz, como ahora era aprendiz de hechicero, y Hécsor era su maestro, que controlaba mucho más tanto de magia de hombre como de magia de mujer. Se sintió mal consigo mismo, pero al mismo tiempo fue consciente de la agresión. ¿Por qué había tenido que imponérselo de esa forma? Él no había elegido, y desde luego había estado más a gusto con Elsar que con Hécsor. ¿Era esta la forma de ser de un hombre que estaba viviendo su décima vida? No quería parecerse a él, desde luego. Y no tenía ninguna intención de renunciar a las plantas ni a la magia de mujer, pesara a quien pesase.

Ordenó sus hallazgos, colgó del techo varias hojas para que se secaran y guardó en unos boles las distintas semillas.

Al día siguiente, visitaría a Elsar

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