Ábrisan. Libro I. Capítulo I (4.ª parte)

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En la segunda luna del verano, Hécsor sintió el viento frío sobre la piel mucho antes de que este marcara el destino de su nuevo aprendiz. El escozor helado surcó cada línea de las invisibles runas de su rostro, nueve runas que revelaban nueve muertes, y percibió su desplazamiento, dejando hueco para la siguiente.

Así que esta vida se acercaba a su fin.

Después, las ramas se agitaron en la linde del bosque, el robledal dibujó claramente la runa bri, y el nombre de su nuevo aprendiz quedó determinado. No había previsto aquel desenlace, y no comprendía por qué una mujer era obligada a cambiar y a aprender la magia de los hechiceros. Más allá de su insatisfacción personal, acataría la decisión, aunque no sin investigar más a fondo.

Había asistido, como cada año junto a Elsar y Ursue –como jefe de Caaviuru–, al último acto de la transición de las niñas y niños del poblado a la edad adulta. Era el momento ritual en el que los poderes mágicos y el terrenal saludaban y reconocían las nuevas incorporaciones al poblado –y, por tanto, al Imperio– de personas adultas con derechos y obligaciones. Las nuevas mujeres y los nuevos hombres, según se hubiera manifestado cada una de las personas sometidas a los ritos, ejecutaban los actos de juramento de fidelidad al Imperator y se ponían voluntariamente bajo la protección de este, que entonces les concedía oficialmente el auxilio de las magias que fluían por su territorio.

Todo había ido como se esperaba. La tarde anterior, niñas y niños habían gritado sus nombres hacia el oeste, hacia el ocaso, entregándoselos al sol para que los transportara hacia el mundo futuro y los preservara allí. Durante la noche habían vagado por el bosque, en solitario, reflexionando sobre su identidad. Ya al amanecer, gritaron hacia el este sus nuevos nombres adultos, y el sol se los concedió para que los utilizasen durante el resto de sus vidas. Ambos nombres, el de infancia y el de mayoría de edad, se unirían tras la muerte para dar cuenta de la totalidad de la persona, para que la inocencia primera sirviera de contrapeso en la balanza a la vida posterior, en la que las circunstancias del mundo impedían un saldo positivo, y ni siquiera uno equilibrado en la mayoría de los casos.

Pero con Ábrisan todo se había complicado. Con el alba, ella había reclamado el mismo nombre que había entregado al anochecer, y Hécsor previó que ese simple hecho conmovía el estado de la magia. No lo comprendía, no tenía por qué, pero la percepción era muy nítida. Dirigió una ojeada rápida hacia Elsar, que se mostró impávida ante aquel hecho inédito. Así pues, la magia alterada no era la de las brujas.

Fue entonces cuando las líneas en su rostro comenzaron a molestarle, y luego a doler, y el mismo viento helado que las acentuaba se precipitó hacia el pequeño robledal, que era el espacio de la foresta reservado exclusivamente a la magia de hechiceros. Y entonces ocurrió lo inconcebible.

Siempre que un hechicero se acercaba al final de su décima vida, aparecía un aprendiz que le acompañaba durante ese tiempo y todo el de la undécima. Su nombre aparecía entre las ramas de los robles y sellaba su destino.

Sin embargo, a pesar de que no era infrecuente que las niñas manifestaran su condición de hombre para su vida adulta, sí lo era que uno de estos resultara elegido como aprendiz. Inconcebible que una mujer lo fuera. Y, no obstante, estaba sucediendo. La runa reclamaba la identidad del aprendiz, por lo que el aprendiz era un hombre, no importaba nada ajeno a ello. No admitía discusión.

Así pues, Hécsor había llamado a Ábrisan como su aprendiz, mientras Elsar solo podía manifestar su asentimiento.

El estupor de Ursue no tenía límites, y no pronunció ni una sola palabra en todo el camino de vuelta al poblado, tras su entrecortado discurso y la ceremoniosa toma de juramento.

Ábrisan, sin embargo, había aceptado aquella situación con aparente tranquilidad, al menos eso le parecía a Hécsor. Era verdad que al principio había derramado lágrimas al verse separado de Elsar, el hechicero podía comprenderlo, pero no se había dejado llevar más allá por sus emociones. Le había acompañado a la cabaña, ocupado su espacio y escuchado la lista de tareas, después de lo cual había comenzado a ejecutarlas. No es que no se le viera un tanto perplejo, pero desde luego no tanto como cualquiera hubiera supuesto. Alguien que había reclamado un mismo nombre para toda su vida sin duda era especial, porque significaba renunciar a la ventaja de la inocencia, y toda su existencia sería juzgada por sus actos e intenciones, al margen de la inmadurez que los hubiera inspirado durante la infancia. Pero, por muy especial que fuera, su vida se estaba viendo sometida a una terrible imposición, obligándolo a cambiar por completo el tipo de magia con la que se relacionaría –llegados a ese punto, a Hécsor le preocupaba bastante menos el problema de la identidad sexual; a fin de cuentas, brujas y hechiceros no se comportaban como la gente corriente–.

Después de casi diez vidas, cinco de ellas completas y satisfactorias, Hécsor conocía el poder de los hechiceros, y no ignoraba por completo el de las brujas –dentro las estrictas limitaciones que conllevaba la división entre ambas magias–. Había decidido probar a su nuevo aprendiz, o más bien probarse a sí mismo que, si bien todo resultaba anormal, podría controlarlo. Por eso apostó fuerte e invitó a Ábrisan a realizar un conjuro que a él le había llevado sus dos primeras vidas dominar; el joven ya tenía experiencia con la magia de bruja, por lo que no era exactamente un neófito y manejaba las runas sencillas, así que seguramente no le resultaría completamente ajeno. Preveía el fracaso, por supuesto, pero quería calibrar hasta qué punto, pues se trataba de un conjuro con un proceso muy marcado en sus fases, que le ahorraría tiempo al no necesitar hacer una serie de pruebas progresivas.

Pero no falló. No solo no falló, sino que consiguió que el conjuro fluyera con tal suavidad que apenas alcanzó a percibir las diferentes fases, casi como si no estuviera exigiendo nada del mundo, sino como si conversara con él de la forma en que lo harían dos amigos plenos de confianza mutua.

Hécsor no pudo evitar el temor que nacía en lo más hondo de su ser, porque ni siquiera a estas alturas él habría conseguido ejecutar el conjuro con aquella facilidad. Se preguntó si realmente debería enseñarle. Si tenía algo que enseñarle que no fueran la precaución y los límites. Decidió que esto no podía resolverlo en solitario, que debía pedir consejo a hechiceros aún más experimentados que él. En la corte vivía el decano y los otros dos superiores de su Orden, los hechiceros más sabios del Imperio, al final de su undécima vida. Sí, tenía que informarles y pedir su opinión.

Mientras tanto, se aseguraría de que Ábrisan fuera familiarizándose con la teoría, con los peligros que entrañaba realizar un conjuro sin asegurarse de que entretejía las salvaguardas, las ataduras, las limitaciones. Le había puesto a estudiar las runas desde el comienzo, y el joven avanzaba con toda naturalidad a un ritmo sostenido sin demasiado esfuerzo.

Debía apresurarse en buscar ayuda, sobre todo porque desde que aquel viento helado había perfilado las propias runas de su rostro, no cabía pensar en un largo futuro. Y el final de esta vida no iba a ser amable.

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