Ábrisan. Libro I. Capítulo I (5.ª parte)

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En el espacio de su enorme y señorial cabaña, que aún habitaba en solitario, por más que hasta hacía poco tiempo hubiera tenido previsto un cambio en su estado civil, existía una pequeña cámara más íntima dentro de la cual nada quedó intacto. El lecho que había ordenado elaborar durante ocho de sus quince años de vida, y del que había elegido pacientemente cada pluma que lo rellenaba, comprobó el filo de su cuchillo de caza antes de que el fuego lo consumiera hasta la última ligera pavesa que rebotó contra las paredes de piedra y el techo de madera. Las hermosas figuras talladas sufrieron mutilaciones metódicas bajo una razón inflexible y enajenada. Una a una, las prendas de sutiles tejidos fueron desgarradas, y la piel de oso que constituía el manto fue vencida por segunda vez, ensañándose en las heridas recién abiertas.

Después de eso, aún golpes de puño, patadas e incluso hachazos quedaron silenciados por la intimidad de los muros, y luego por una tranquila elegancia cuando el joven atravesó la puerta, salió a la calle y se dirigió a la herrería.

–Buenos días, Surus –saludó el recién llegado.

–Buenos días, Rhodig –correspondió la forjadora al ver entrar al hombre, desviando apenas un instante la atención del fuego para asegurarse de la identidad del visitante.

Pasaron varios segundos en los que el fluir de la fragua concentró todo sonido alrededor.

–Te traigo el hacha. Se ha mellado el filo, a ver si puedes arreglarlo.

La herrera mantuvo la concentración en su tarea, y solo cuando pudo disponer de uno de sus poderosos brazos lo hizo señalar hacia una mesa a un par de metros de la entrada.

–Lo reviso tan pronto como pueda. ¿Hay prisa?

Rhodig se contuvo ante lo que interpretaba como una falta de respeto. Ya verían todos muy pronto.

–Se me escapó ayer mientras talaba un árbol y se golpeó sobre una roca, pero la tarea ya está finalizada, pude utilizar otra hacha.

Se arrepintió de inmediato de aquella jactancia, pues aquel era casi el único lugar del poblado donde poseer dos hachas no significaba demasiado –su Casa controlaba el monopolio de la herrería, se llevaba parte de los beneficios, pero Surus era la propietaria del negocio y quien lo gestionaba–. Su mandíbula se tensó involuntariamente, pero la otra no le había dedicado ni una mirada. Sintió una furia apenas contenible por ambos hechos.

–Bien, mañana podré decirte qué le pasa.

Satisfecha al parecer con la temperatura alcanzada, sacó el metal del fuego, lo colocó sobre el yunque y comenzó a golpearlo.

–Hasta mañana, entonces –se despidió Rhodig, esgrimiendo una lenta sonrisa.

Tan pronto como salió, la mujer contempló su silueta y escupió sobre el fuego.

–Tiempo muerto –musitó, mientras lamentaba ese fragmento de vida que acababa de desperdiciar.

Esto Rhodig no alcanzó a escucharlo, y continuó el paseo vespertino por las calles del poblado. Habitaba cerca del centro, como correspondía a su estatus, junto a la Cabaña Demótica, sede del poder popular; desde la partida de su padre con sus madres –su madre-madre, su madre-tía y su prejia– y sus medio hermanas hacia la mítica tierra sagrada de los antepasados allá en el sur, él era el Cabeza de su Casa –una de las fundadoras de Caaviuru–, a pesar de su soltería. Como aún quedaba una hora de sol, quiso acercarse a las murallas y circunvalarlas por el interior. Saludó con la misma deferencia arrogante a quienes se encontró en su camino, lo que significaba un buen número de saludos. Caaviuru no era un pequeño poblado, y sus más de diez mil almas se derramaban dentro y fuera de unas murallas que hacía solo una década contenían cinco veces menos. Pero las guerras y las hambrunas habían vaciado en parte las grandes ciudades del norte, incapaces de alimentar a tanta gente, la cual se había desplazado a los campos más tórridos del sur, en una marcha lenta que iba compactando población en el núcleo del Imperio, instigada además por el pillaje de las progresivamente más numerosas bandas; todo esto les obligaba a apiñarse en centros de tamaño medio, donde el alimento no faltaba y encontraban cierta protección.

Esta situación no podría prolongarse, y Rhodig estaba decidido a acelerar el cambio. Pronto cumpliría dieciséis años, y entonces podría presentar su candidatura a la jefatura del poblado. No tenía pensado fracasar. Limpiaría y blindaría Caaviuru y los poblados cercanos, con o sin la ayuda del marqués, que como representante del Imperatorse mostraba en extremo negligente. El hermano de su madre-madre tenía una buena posición en la corte, y hablaría a su favor –no directamente con el Imperator, por supuesto, pero no hacía falta si sabías cómo moverte en aquel nido de víboras– en el momento oportuno. Respecto a Ursue, el viejo no tenía ninguna posibilidad, con tantos problemas sin resolver como habían surgido desde la primavera. Las cosechas de secano no serían buenas esta temporada, y la magia de la bruja no había sabido remediarlo; tampoco las canalizaciones desde el menguado Psargha habían bastado para satisfacer las necesidades de las huertas, y el establecimiento de turnos restringidos de riego había enfadado a las más importantes familias, que veían cómo tampoco sus rebaños ganaban el peso de otras estaciones. Para rematar, también la caza parecía haberse quedado este año un poco al norte, menos ardiente, y las partidas tardaban más días en regresar. Por otro lado, las incursiones en el territorio, llevadas a cabo por un par de bagaudas poco nutridas, tampoco ayudaban a tranquilizar los ánimos, aunque el poblado en sí no había sido asaltado, gracias a la magia protectora de Hécsor, que no a la acción de Ursue. Rhodig había salido a combatirlas con los miembros de su fratría repartidos por los poblados de los alrededores, sobresaliendo por encima de todos sus hermanos, al frente de los cuales se situó desde el comienzo; esta era sin duda la carta más poderosa con la que jugaba para conseguir sus fines inmediatos.

Observó con suficiencia las ojeadas que le dispensaban las mujeres, e incluso algunos hombres, a pesar de que todos conocían de sobra sus opiniones al respecto; detrás de muchas de ellas resaltaba la ruptura con Ábrisan, y las odió por ello. Cómo se atrevían a pensar que las necesitaba. Él había roto con la bruja… –interiormente, se negaba a pensar en ella como “el hechicero”; estaba convencido de que tras aquellos sucesos se ocultaba la magia de mujer, que, debilitada por la situación del mundo, quería usurpar la magia de los hombres–. Devolvió cada una de las atenciones desde su seguridad inquebrantable, respaldada por su sonrisa, y regresó a su cabaña con los últimos rayos del ocaso.

Con una punzada que le taladró desde el pecho hasta la espalda, y a la que no permitió doblegarlo, le pareció ver la silueta de Ábrisan deslizarse como una sombra tranquila al final de la calle.

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