Ábrisan. Libro I. Capítulo I (6.ª parte)

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Se encontró con los ojos muertos del cervato, y pensó en comida. Últimamente, Czandhra solo pensaba en comida. Demasiadas caminatas, demasiada tensión, demasiadas huidas por razones reales o solo por miedo. Cuando se unió al grupo había pensado que eran muchos, que allí estarían bien, protegidas, pero ya al segundo día los hechos crudos la hicieron arrepentirse. Aquello sería una partida de caza continua, y casi siempre ellas serían la presa. El resto del tiempo, carroñeros, recolectores ineptos o insuficientes rapaces. Solo en raras ocasiones serían capaces de asaltar algún enclave que mereciera la pena, y eso a costa de muchas vidas.

Así que lo normal era el hambre, la intemperie, el calor, la inseguridad y soportar abusos.

–¿Eso es todo lo que habéis conseguido?

No era la única que sufría la escasez, y otras voces más osadas se atrevían a cuestionar las cada vez más exiguas existencias.

Uno de los cazadores del grupo que acarreaba el cervato se giró en redondo y golpeó violentamente al dueño de la voz que los había recriminado. El hombre, ya más que maduro, cayó al suelo y al pronto la sangre afloró en un torrente por la nariz y la boca.

–¿Alguna otra opinión? Dchar quiere escuchar opiniones.

El agresor alzó un cuchillo y lo esgrimió contra la multitud que se había agolpado desde que los vieron llegar con la pieza cobrada, y que ahora retrocedía con temor.

–Tranquilidad, Dchar, todo está bien.

El hombre que así habló lo hizo a través de un pasillo que se le abría a medida que avanzaba hasta llegar al grupo de cazadores. Se volvió al anciano caído en el suelo y lo observó sin compasión.

–Ayudadlo –ordenó a los más cercanos, que hasta el momento no habían mostrado intención de socorrerlo, más preocupados por el cuchillo que por el viejo–. Y a ti, Vermelho, que te sirva de lección, y a todos. Estamos aquí voluntariamente, nadie está obligado a permanecer en la bagauda, pero, mientras estemos juntos, todos contribuimos al trabajo de los demás sin excusas ni recriminaciones.

La gente asintió vagamente a aquellas palabras de Lizzar, el líder de la bagauda, aunque a nadie le resultaron reconfortantes, ni nadie creyó. Era cierto que se habían unido libremente, si es que el deseo de no perecer aislados se podía llamar libertad; sin embargo, en el grupo existía una estructura jerárquica de poder de la que todo el mundo era consciente y en la que personas como Vermelho resultaban prescindibles.

Czandhra no había dejado de pensar en comida durante todo el conflicto, pero, como estaba cerca del anciano, fue una de las primeras en ayudarle a levantar. Apenas sintió el peso, y eso que ella misma se encontraba escuálida y débil. Lo acompañó hacia el arroyo cercano para enjuagarle la cara; era todo lo que podría hacer, sin una bruja ni un hechicero cerca, así que la nariz del hombre quedaría mal lo que le restaba de vida. Que tampoco sería mucho, probablemente.

–Gracias, prejia. –Al menos, esas eran las amables palabras que había querido expresar el hombre, aunque los destrozos de su cara provocaron que resultaran ininteligibles.

La mujer lo miró con dureza antes de contestar. Su voz grave sumó un tono recriminatorio.

–¿Por qué tuviste que increparlo?

El viejo bajó la cabeza, impotente.

Czandhra se daba cuenta de que estaba siendo innecesariamente cruel con el hombre. Entendía y compartía su comportamiento, ella misma hubiera deseado atreverse a hacerlo, pero, así y todo, le molestaba que ahora le tocase a ella ocuparse de cuidar al viejo, cuando no se había conseguido nada.

–Llevaste a Reghina con la bruja –adivinó más que entendió las palabras de Verm.

Se limitó a asentir con la cabeza. Dentro de todo lo malo que les rodeaba, al menos había conseguido poner a salvo a la pequeña, lo que había sido un doble alivio, porque había empezado a pensar que tendría que deshacerse de ella de un modo u otro, con todo el dolor de su corazón, no iba a permitir que siguiera sufriendo. Se alegraba de que Elsar la hubiera aceptado.

–Era tu hija, ¿verdad?

La pregunta la pilló desprevenida. Dentro de la bagauda no se alentaba la confianza personal –demasiadas familias fragmentadas, hombres y mujeres procedentes de matrimonios múltiples deshechos y rehechos sin los ritos fundantes; hermanos y hermanas en situación de soltería que se habían visto obligados a escapar en grupo, sin guardar las distancias preceptivas; sexualidad abierta, sin finalidad reproductiva ni terapéutica–, así que nunca le habían interrogado antes sobre el tema. Se habían incorporado al grupo durante la anterior luna, después de un viaje que les había empujado siempre hacia el sur, de poblado en poblado, donde apenas habían recibido hospedaje, y siempre pagado a un alto precio, hasta que todo el metal se hubo acabado y el atractivo carnal de Czandhra consumido –para los eunucos que se mantenían en forma, había un importante mercado ilícito que ni los matrimonios múltiples ni el trabajo sexual terapéutico bastaban para erradicar–.

A medida que se iban adentrando en el núcleo del Imperio, se vieron obligadas a caminar lejos de la vía imperial, de las “Hospederías y Posta” para los soldados y los mensajeros, lo que las llevó por caminos secundarios poco frecuentados; su presencia aumentaba la desconfianza de las gentes, que en ocasiones llegaron a agredir a las vagabundas cuando se acercaron a sus poblaciones y a sus cosechas. Aún se encontraban muy lejos de su objetivo, Mencasa, la capital del Imperio, cuando se vieron obligadas a unirse a este grupo en busca de un poco de seguridad.

Y ahora, después de tanto sufrimiento, la separación.

No eran recuerdos agradables, así que la pregunta del Verm empeoró su humor.

–Sí, es mi hija –respondió hoscamente. No lo deseaba, pero un impulso la obligó a continuar–; mi esposo murió en una incursión de una guerrilla de la Hegemonía Gordana; y mi esposa, a causa de las fiebres que diezmaron nuestra ciudad.

Lo dijo como si pudiera concentrar en el viejo la culpabilidad por todas sus desdichas, pero este se limitó a asentir.

–Hortheg… –musitó simplemente, pero en su tono se condensaba complicidad y mucho más.

Todo el mundo había oído rumores sobre Hortheg, la ciudad que había representado las ambiciones expansionistas del Imperio Deltsio, erigida hacía menos de treinta años en la frontera con la Hegemonía Gordana. La ciudad fue poblada con familias aventureras, pronto abandonadas a su suerte por el poder central, circunstancia que obligaba a sus hijos e hijas a formar otras familias propias tan pronto llegaban a la mayoría de edad, de modo que pudieran cubrir la pérdida de población para atender las necesidades básicas de la urbe, atacada constantemente por las satrapías gordanas tanto con las armas como con enfermedades ante las que los deltsios no tenían defensas. Hacía tiempo que el Imperator la había dado por perdida en la práctica, enviando marqueses ineptos, familiares molestos de Casas menores y soldados conscriptos como castigo. Los habitantes que no habían muerto intentaban huir en cuanto podían, en solitario o en pequeños núcleos familiares, sin la ayuda de las inexistentes fratrías en un mundo que se revelaba extraño y despoblado. Era un milagro que Czandhra y Reghina hubieran llegado hasta allí, pues oficialmente los habitantes de Hortheg se hallaban en cuarentena constante debido a las enfermedades sufridas, y el resto del Imperio Deltsio los rehuía y denunciaba cuando averiguaban su origen. Si Vermelho no las había denunciado inmediatamente, era porque probablemente el viejo también procedía del lugar.

Ante la ausencia de reacción inmediata de la joven, el hombre la contempló con recelo por debajo de la hinchazón de su rostro, temiendo haber cometido una imprudencia. Finalmente, ambos asintieron casi imperceptiblemente, con lo que quedó sellado un pacto.

La conversación no continuó a partir de ese momento. Vermelho se lavó la cara una vez más y se levantó con ayuda de Czan. Podía caminar, a tumbos, así que ambos se dirigieron hacia el corazón del campamento, donde el cervato ya había sido despellejado y descuartizado, repartido en varias hogueras para que se asara. Como de costumbre, en cada hoguera se congregaba un tipo y número de personas muy diferentes: en la primera, Lizzar y su improvisada fratría de cazadores; en una algo más numerosa, sus allegados, hombres, mujeres y prejias solitarias, que hacían las veces de familias en aquella sociedad efímera y precaria; en las otras dos, el resto de los doscientos cuerpos que componían actualmente la bagauda, y para los que apenas alcanzaría la carne, que pronto sería añadida a los grandes calderos donde el agua hervía con la esperanza de llegar a ser sopa de las pocas verduras recolectadas.

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