Ábrisan. Libro I. Capítulo I (7.ª parte)

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Esa misma noche se decidió que se trasladarían unos kilómetros al norte, un par de cientos como máximo. Fue una discusión acalorada que abarcó desde antes del atardecer hasta la aparición de las primeras estrellas, porque la mayoría de las personas se habían posicionado desde el comienzo en el extremo opuesto de esa decisión. Por un lado, estaban quienes huían hacia el sur –como ya sabía, Czan no era la única que procedía de Hortheg, a pesar de que nadie lo confesara abiertamente– escapando de las guerras, las enfermedades y la hambruna, y solo querían alejarse progresivamente del norte y sus amenazas; en segundo lugar, contaba el hecho de que casi nadie deseaba acercarse hacia Bagdor, la ciudad del marqués, en la cual se atrincheraba el grueso de las tropas regulares del Imperio, que básicamente estaban allí para combatirlos. Por último, en aquella zona operaba otra bagauda abiertamente hostil con la competencia, a la que había exterminado o asumido, y que actualmente, dirigida por el mítico Yural, era tan poderosa que podía enfrentarse a los soldados, como atestiguaba el hecho de que ya no quedaba ni una sola “Hospedería y Posta” en la zona del camino imperial que controlaba.

En estas circunstancias, parecían lógicos los recelos hacia lo que para la mayoría era una medida imprudente.

Sin embargo, a su favor podían argumentarse dos sólidas razones que no era posible escatimar: la escasez de alimentos salvajes para sustentar a toda la bagauda y la debilidad para atacar los asentamientos de la zona.

Se contrapropuso asimismo la posibilidad de avanzar hacia el sur, pero solo unas pocas personas lo secundaron después de conocer los rumores sobre el movimiento de nuevas tropas del Imperio en auxilio de Caylón, que batirían todo el territorio a su paso desde la capital.

Así pues, se impuso la decisión de subir al norte y sumarse a la gran bagauda de Yural, que al menos les brindaría durante algún tiempo la protección del número y el alimento consistente; seguramente la campaña no se extendería más allá del verano, y para entonces podrían volver a fragmentarse en grupos más reducidos que pasaran desapercibidos mientras seguían las migraciones de la caza hacia el sur.

Czandhra y Vermelho decidieron que no les acompañarían, sino que continuarían hacia el sur por su cuenta. Para la prejia no fue una decisión sencilla, porque significaba separarse un poco más de Reghina; sabía que tendría que hacerlo tarde o temprano, pero mientras continuara por el lugar se hacía ilusiones de poder acercarse de vez en cuando a Caaviuru para visitarla. En solitario, no era buena idea permanecer demasiado tiempo en un mismo espacio, pues, si no eran los soldados, serían los cazadores de los poblados cercanos quienes los acosarían. Para ella, el norte estaba descartado. Solo cabía una posibilidad, por más dificultades que encontrasen. Y eso que la compañía de Vermelho tampoco la motivaba demasiado; era un anciano, y había demostrado cierta habilidad para meterse en problemas, como denotaba su rostro amoratado e hinchado. Pero, de momento, partirían juntos hacia Mencasa, donde intentarían pasar desapercibidos entre sus trescientos mil habitantes.

Tomaron comida suficiente para que les mantuviera en pie durante unas horas y consiguieron guardar otro poco para el desayuno; a partir de ahí, el bosque proveería. Sería difícil ser acogidos en un poblado en su situación de miseria.

No supo resistirse a una última visita a Reghina. Necesitaba despedirse de su hija, a la que probablemente no volvería a ver.

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