Ábrisan. Libro I. Capítulo I (8.ª parte)

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El lecho olía a otra persona, era capaz de reconocer esas cosas; un olor dulce, residual, que aún permanecía después del lavado de la tela que envolvía la paja del jergón. Durante esos casi dos días, la noche había acogido su cuerpo suavemente, bien alimentado y con vestimenta renovada; la blusa era fresca, de manga corta, y la falda, que llegaba hasta los tobillos, parecía transparente por su liviandad, aunque ella se la recogía en torno a la cintura para caminar durante el día, sobre todo cuando paseaba por el bosque junto a Elsar, aprendiendo a descubrir y diferenciar las plantas; en este poco tiempo, ya podía identificar varias comestibles que les vendrían muy bien para saciar el apetito cuando volvieran a ponerse en camino, especialmente una raíz muy dulce que hacía que su boca salivara con solo mirarla; la bruja la había prevenido frente al abuso de su consumo, pero Czan seguro que se lo permitiría. Su prejia siempre había sido muy buena con ella, y le costaba permanecer separada a pesar de las privaciones pasadas; quería aprender todo lo que pudiera para no ser una carga en el futuro. También su madre y su padre habían sido amables, siempre, pero Czan era cariñosa y solía anticiparse a sus necesidades, primero en la normalidad de su vida familiar y luego durante el viaje. La echaba de menos.

Aunque tampoco quería irse de allí, a pesar del peligro. Elsar la había acogido, le había mostrado la casa, el poblado, el bosque y los meandros del Psargha, una cosa tras otra, sin prisa, respetando su ritmo; ¿por qué no podía Czan venir a vivir con ellas? Seguro que Elsar se lo permitiría, parecía muy buena, y las tres estarían allí perfectamente. Su prejia no sería una carga; a pesar de su carácter afable, era muy fuerte y habilidosa cuando estaba bien, podía hacer muchas cosas, sobre todo un poco de trabajo de hilo, que buena falta le hacía a la cabaña –sin querer criticar a Elsar–.

–Una bruja hace de todo –le había dicho cuando Regh mostró su inquietud al verla aparecer con un conejo para la cena. Cazar era cosa de hombres, ni siquiera Czan, a pesar de su fortaleza, lo tenía permitido. Cuando, poco más tarde, la vio charlar de tú a tú con un cabeza de familia del poblado, la pequeña lo encontró tan maravillosamente extraño que casi se atrevió a contarle su secreto.

A pesar de la seguridad de la mujer, Regh se dio cuenta de que su prejia podría ayudar precisamente en aquellas actividades que la bruja descuidaba, y que harían del hogar un espacio más femenino; quizá por ser una mujer que vivía sin esposos ni esposas, a veces parecía comportarse como un hombre, lo que le fascinaba y le asustaba a la vez. No podía decírselo, claro, eso le haría enfadarse con ella, seguro que no lo admitiría.

Por eso se alegró tanto cuando aquella mañana Elsar la levantó y la llevó a la puerta del poblado, vigilada por dos cazadores, tras la cual aguardaba Czan, en compañía del viejo Vermelho. Se lanzó a los brazos de su prejia con lágrimas en los ojos.

–¡Prejia! –gritó, y la colmó de besos.

Czan devolvió cariño por cariño con el corazón en un puño. En aquel momento supo que no tendría que haber venido.

–¿Vienes a quedarte con nosotras?

El silencio que siguió a la pregunta compartió el estupor que las dos mujeres se transmitieron por encima de la mirada de la pequeña. Aquello iba a ser todavía más difícil de lo que había imaginado. Deseó que la bruja tomara la iniciativa, pero la expresión de la otra dejaba claro que no le iba a permitir eludir sus obligaciones; sabía perfectamente lo que implicaban sus actos cuando dejó allí a Regh, y esta necesitaría experimentar una confianza plena en su nueva vida; si la pequeña se sentía traicionada, la traición debía infligirla ella.

–Regh, vengo a despedirme, de momento. Vermelho y yo hemos abandonado a los demás y vamos a viajar por nuestra cuenta durante una temporada. Tú estarás bien aquí, aprenderás cosas…

–¡Ya sé cosas, conozco la comida del bosque! –gritó ilusionada– ¿A que sí?

Elsar le brindó una tenue sonrisa, pero en los ojos de su prejia asomó el dolor.

El brillo en las pupilas de la pequeña se apagó al comprender lo que estaba sucediendo. Hubiera podido actuar de otra manera, pero había cosas que ella no podía cambiar.

–Aprenderé cosas.

Czan asintió sin poder pronunciar palabra, y Regh se acercó para un último abrazo.

Con apenas una mirada de agradecimiento hacia la bruja, la prejia se dio la vuelta y ambos caminantes retomaron la ruta del sur.

Elsar estrechó los hombros de la niña y la condujo de regreso a la cabaña. Una pérdida más en la vida de la pequeña.

Intentó confiar en que la magia pudiera compensarlas.

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