Ábrisan. Libro I. Capítulo I (9.ª parte)

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La respuesta no llegó esa tarde, ni tampoco durante la noche, y solo a la mañana siguiente sintió la llamada de la piedra. Se dirigió a la parte posterior de la cabaña, pegada a la muralla, retiró la estera, abrió la trampilla, descendió a la caverna, se concentró y dibujó con su mano la runa de escucha en el suelo –los mensajes a distancia por medio de la roca madre, plenas de interferencias, eran de las pocas ocasiones en que las brujas podían servirse de las runas para facilitar la transmisión, magia muy básica que se compartía desde tiempos inmemoriales con la de los hechiceros–. Le costó concentrarse en la información, que llegaba entrecruzada y entremezclada con fuertes notas de alarma, molestia, temor y enfado. Antes de contestar a la llamada de Elsar, las brujas de su aquelarre se habían puesto en contacto con otros aquelarres, y estos con otros hasta el fin del Imperio y más allá de sus fronteras, de modo que había respuestas procedentes de otras hegemonías. Nadie estaba al tanto de un caso similar. Se actualizaron casos famosos en que sí, mujeres que habían sido niños habían ejercido el poder de las brujas, e incluso alguna había oído historias de algún hechicero que había sido niña1; jamás que la magia hubiera impuesto a una persona un transgénero2. Las propuestas de convocatoria para el aquelarre variaban desde la inmediatez hasta la siguiente luna, pero dejaban en manos de Elsar la decisión final, si bien la urgían a compartir todos los detalles para poder comunicarlos al resto de la comunidad de brujas. Era un asunto que desbordaba las fronteras políticas de los reinos de los hombres.

Elsar pensó en Reghina y en la posibilidad de viajar con ella, pues no iba a dejarla sola o a cargo de nadie en las presentes circunstancias, y decidió aprovecharse un poco de la libertad que le dejaban sus hermanas para convocar el aquelarre tres noches más tarde en lo alto del monte de las Lunas, un enclave emblemático no demasiado lejano de Caaviuru, pero que también favorecía a un par de brujas de poblaciones cercanas.

Envió el mensaje y se dispuso a preparar lo necesario para el corto viaje y para su ausencia. Lo primero, cumplir con la formalidad de avisar a Ursue, el cual siempre debía aprobar –como jefe del poblado– las ausencias de su bruja. Por si surgían imprevistos, le dejaría además una reserva de remedios para las dolencias más comunes, las que no precisaban de la magia, solo una adecuada mezcla de hierbas. Para casos más graves, Hécsor podría apañárselas, ya se ocuparía ella a la vuelta de suavizar los efectos secundarios de la brutalidad de su magia. Por otro lado, debía asegurarse de que la escoba aún funcionaba correctamente y que soportaría el peso de ambas –aunque apenas tenía que preocuparse por Reghina, en cuyo cuerpo aún se notaban los efectos de la escasez–. Una vez hecho esto, recoger los recursos del bosque que estaban en sazón, y que se echarían a perder los dos días que estaría fuera, y, por supuesto, la comida.

Apenas le había dado tiempo a extender la estera sobre la piedra cuando escuchó una suave llamada en la puerta. Bueno, así era la vida de una bruja, siempre de guardia para atender los problemas de la gente.

Se dirigió al espacio común y solo entonces respondió a la llamada.

–¡Adelante! –indicó, no tan alto como para despertar a Reghina.

Le sorprendió gratamente la aparición de Ábrisan. El joven abrió la puerta despacio y permaneció un instante en el umbral, mirando al interior con una expresión en la que se mezclaban emociones muy diversas.

No insistió en la invitación, y esperó a que el hombre estuviera preparado. Cuando al fin lo hizo, con una sonrisa llena de ternura no exenta de ironía, se fundieron en un abrazo.

–Me han dicho que ya me has sustituido –comenzó el joven, e inmediatamente se arrepintió de su intento de romper el hielo, pensando que sus palabras quizás podrían constituir un obstáculo ya desde el principio.

Pero Elsar se limitó a asentir, comprendiendo las dudas del otro, y acompañó su respuesta con una sonrisa.

–Las noticias vuelan en estos tiempos, en muchas direcciones –se escuchó a sí misma pronunciar, sabiendo que no todas las implicaciones de sus palabras llegarían a su antiguo aprendiz–. ¿Qué tal estás?

Ábrisan miró a su alrededor mientras inspiraba los aromas familiares de la cabaña y trataba de pensar en una posible respuesta.

–Es pronto –comenzó–. Pero bien. ¡Mírame!

Elsar ya lo había visto. Vestía exactamente las mismas ropas de verano de siempre, similares a las que ahora llevaba Reghina, unas ropas de mujer que no casaban con su nuevo estatus. Suponía que Hécsor no tardaría en intentar tomar cartas en el asunto; o probablemente no, dando por sentado que ni siquiera el travestismo podía minar un ápice la autoridad de un hechicero. En realidad, no era de su incumbencia más allá del bienestar de su antiguo pupilo.

–¿Y tú?

La bruja asintió despacio y en esta ocasión no sonrió, sino que sus palabras estaban solo un poco por encima del susurro.

–Me preocupa lo que está sucediendo, y cómo nos afectará. De momento, te echo de menos, pero esto va más allá de ti y de mí, creo, no sé más.

Ahora fue el turno de Ábrisan para ensombrecer la expresión. Las palabras de su antigua maestra siempre tenían sentido, y las dudas que reflejaban solo podían sembrar inquietud; ella era consciente al pronunciarlas, por lo que descartaba que lo hubiera hecho a la ligera.

Hasta el momento, toda la situación se había precipitado a tal velocidad, habían sido tantos los cambios, que estaba siendo suficiente tratar de asumirlos sin perder demasiado de su personalidad, uno tras otro, pensando que el tiempo los asentaría y que él debía ocuparse de lo inmediato.

Ni siquiera la anulación de sus planes respecto a su futura boda con Xirh y Rhodig estaba levantando en ella la menor inquietud más allá de la situación de Xirh, que probablemente pasaría encerrada en la cabaña del Cabeza de su Casa buena parte de su tiempo hasta que tomara matrimonio. Por lo demás, como aprendiz de hechicero no tenía las limitaciones de movimiento impuestas a un hombre soltero, muy parecidas aunque algo atenuadas respecto a las que sufría Xirh, del mismo modo que no las tuvo de niña ni las hubiera tenido como aprendiz de bruja. En realidad, había cosas que no habían cambiado tanto en el espacio público, al menos de momento.

Sin embargo, y esto era evidente, a pesar de lo que decidiera la magia de hechiceros, a pesar de las expectativas respecto a su nuevo género, en su vida íntima seguía pensando en ella como mujer, o al menos no quería renunciar a muchos de los elementos que había planificado como tal, y que podía resumir en su amor y su afinidad por la vida que comportaba la magia de las brujas. Ojalá pudiera mantener su relación de aprendizaje con Elsar. Lucharía por poder casarse con Xirh. ¡Oh, desde luego, ahora no necesitaban para nada a Rhodig, ahora que él era hombre! Aunque, por otro lado, no estaba tan segura de que Hécsor aceptara que su aprendiz tomara matrimonio. Y, en todo caso, ¿cuál era su Casa? Hécsor no le facilitaría las cosas, eso era seguro. Aún no le había enseñado nada más allá de las runas, para lo cual se había limitado a entregarle unos libros y su orden de lectura.

Ábrisan experimentaba los cambios desde una perplejidad atenta, por debajo de la cual se producían movimientos cuya intensidad aún no era capaz de percibir del todo, aunque reubicaban lo más íntimo y lo empujaban al exterior. Cada vez más densa, progresivamente más profunda, con una urgencia y una necesidad incrementadas por la textura de la tierra que pisaba, el silencio significativo de la mirada de Elsar, los aromas de las plantas que hacía menos de una luna ella misma había colgado de las vigas para secar, en la base de todo ello, una voz que reconocía como absolutamente propia desencadenaba la pregunta más acuciante: ¿quién o qué se había atrevido a usurparle su vida, a modificar su elección de la magia en la que quería desarrollarse?

Y, sin embargo, al mismo tiempo que pronunciaba mentalmente la pregunta, sintió que desde lo más hondo, y empujando para ocupar el lugar que le correspondía, latía otra pregunta mucho más fundamental que resituaba todas las emociones previas dentro de unas nuevas coordenadas inquietantes: quién o qué se había atrevido a manipularla durante toda su vida para imponerle una elección.

1 Pero, si esto resultaba sorprendente, lo era precisamente por su escaso número, ya que parecía vincular muy estrechamente la magia con el sexo inocente, y no con el género adulto. Mucho se había discutido del tema durante incontables siglos, y las propuestas de solución al enigma se multiplicaban sin que ninguna se hubiera impuesto sobre las demás.

2 En este caso, la magia de bruja la ejercían mujeres, y la magia de hechiceros, hombres –no debería importar si antes habían sido niños o niñas–, y esto se consideraba cis y era lo normativo sin excepciones; que la magia de hechiceros hubiera escogido a una mujer que se había manifestado como mujer, constituía un caso trans. Tampoco se conocía, ni se hubiera admitido, que un hombre hubiera sido reclamado por la magia de las brujas.

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