Ábrisan. Libro I. Capítulo I (10.ª parte)

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Reghina identificó el aroma tan pronto como terminó de despertarse. Había escuchado los golpes ligeros sobre la puerta, la invitación de Elsar, el silencio momentáneo; cuando la figura entró en la cabaña, su olor flotó suavemente y se mezcló con el de las hierbas, las secas y las frescas, el que Elsar desprendía por las mañanas, un poco agrio antes de lavarse y dulce cuando el agua aromatizada refrescaba su piel arrugada. La pequeña se deslizó del lecho con la misma cautela con la que Czandhra le había enseñado a moverse cuando era necesario pasar desapercibidas, y se asomó al espacio común para ver a las dos personas que lo ocupaban. Se desconcertó al descubrir que la dueña del aroma que aún impregnaba la almohada sobre la que dormía, y que ahora vestía el mismo tipo de ropa que ella, era un hombre. No lo había imaginado así, ni tan joven. El rostro oscuro, de un negro brillante, enmarcado en abundante pelo castaño que se recogía en una coleta suelta, corta y crespa, le recordó al de mamá, aunque por supuesto mamá era mucho más guapa, incluso en los últimos días, cuando no podía levantarse y ya no le permitieron verla más. Se asustó cuando escuchó que era un hechicero. Bastante malo era estar en casa de una bruja, pero sin duda un hechicero era peor. Czan la había llevado allí con toda su buena fe; solo mamá había compartido su secreto. La bruja no lo conocía, aunque recordaba que había estado a punto de contárselo, qué tonta había sido. Aprendería todo lo que pudiera para que nadie pudiera hacerle nada.

No entendió la mayor parte de la conversación, que se extendió durante mucho tiempo, entre susurros; los primeros instantes, tensos y entrecortados, con pocas palabras y muchas pausas emotivas, dieron paso a una reunión amistosa en la que sin demasiada melancolía recordaron viejos tiempos mientras tomaban una infusión.

La bruja se levantó repentinamente y Regh no quiso esquivar su mirada cuando esta se dirigió hacia su propio espacio privado, dejándose descubrir. La mujer le sonrió de manera tranquila antes de hablar.

–Reghina, te presento a Ábrisan; ha vivido aquí hasta hace unos días, como ahora vives tú –presentó.

Regh no reveló que ya lo había descubierto, porque no deseaba responder las preguntas que seguro seguirían.

–Ábrisan, esta es Reghina, mi nueva aprendiz –concluyó la presentación.

El hechicero sonrió y estuvo a punto de decir algo, pero su lengua se detuvo de improviso y toda su expresión varió cuando hizo el esfuerzo de mirarla de verdad.

Regh quedó paralizada por el horror, pues supo con toda certeza que el hechicero había penetrado en su interior. Se preparó para correr, para pelear, para lo que fuera que necesitara hacer por salvar su vida.

Para su sorpresa, Ábrisan intentó disimular, aunque no engañó a nadie. La bruja lo miró con una intensidad que acentuaba la arruga vertical de su frente. Regh pensó que ya todo daba igual; aunque el mago no dijera nada, su reacción haría que la bruja se fijara más en su persona, y entonces también ella lo descubriría.

–Es curioso cómo las pequeñas cosas nos conmueven –dijo entonces el hechicero–. Hace solo una semana yo era una niña; vestir las mismas ropas significaba una cosa muy diferente.

Regh no comprendía por qué el hechicero había desviado así la atención, pero el caso es que lo había conseguido. Elsar había devuelto por completo su interés hacia Ábrisan, y le había sonreído con tristeza. Luego habían juntado las manos, estrechándolas con ternura, y así permanecieron muchos latidos de corazón. Por fin, se levantaron, tomaron las tazas vacías y las limpiaron en el balde.

–Espero que vuelvas pronto –se despidió Elsar.

El hombre asintió despacio.

–Lo haré. Aquí hay mucho que aprender –respondió, desviando su mirada hacia Reghina al tiempo que la sonreía, como si la alentara en ese aprendizaje; solo la pequeña entendió la doble intencionalidad de sus palabras. Extrañamente, la tranquilizaron; no podría sobrevivir sola si escapaba, y el interés del hechicero le otorgaba al menos cierto tiempo extra.

Elsar cerró la puerta y, con un suspiro, comunicó a su nueva aprendiz la noticia del viaje.

***

Ábrisan abandonó la cabaña de su antigua maestra con la certeza de que la mujer ignoraba la realidad de su nueva aprendiz. Se preguntó qué haría si lo supiera, porque el destino de la gente como Reghina era claro. Si no era la bruja, entonces sería el hechicero quien pondría fin a su vida. Su mera existencia cuestionaba toda la realidad erigida en torno a la magia. La magia de brujas era de la mujer; la magia de hechiceros era de hombres. Él ahora era un hombre, nadie lo dudaba, así que eso no cuestionaba la realidad. Nadie, excepto la propia Ábrisan. ¿O no? Se preguntó qué pasaría si de pronto defendiese su derecho a no pertenecer a ninguna de las magias; si, en lugar de dedicarse en cuerpo y alma a la magia de los hechiceros y pasarse de tarde en tarde por la casa de Elsar o recoger ocasionalmente algunas hierbas, defendiese su derecho a vivir ambas con el mismo empuje vital.

Entonces sí lo cuestionaría, como la existencia de Reghina cuestionaba esa absoluta dualidad irreconciliable. Hombre y mujer simultáneamente. Ni hombre ni mujer. Todo.

O simplemente lo que quisiera cuando quisiera.

No, estaba segura de que sus vidas acabarían si se les ocurría mostrarlas tal y como eran, y que sus seres más cercanos colaborarían en ello “por su bien”.

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