Ábrisan. Libro I. Capítulo II (1.ª parte)

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Los mensajes entre Caaviuru y la corte estaban siendo continuos y frenéticos. El primer orbe había estallado por la sobrecarga de actividad, aunque Hécsor consiguió restañar las heridas que le produjeron los cristales en todo el cuerpo. Por más precauciones que quisiera tomar, esto mismo podía ocurrir una segunda vez, y no había manera de evitarlo.

A veces, Renuegsor, H’antogsor y el más anciano, Jomregsor, podían reunirse los tres en cónclave para comunicarse de manera conjunta, y entonces se mantenía un intercambio coherente de informaciones, pero las más de las veces, ya que lo primero no era posible con frecuencia por las imprescindibles ocupaciones múltiples de los hechiceros de la corte, cada uno de ellos lanzaba sus preguntas y sus órdenes a medida que se les ocurrían, fuera la hora que fuese; entre ellos podían compartir luego esas actuaciones individuales en el seno del palacio del Imperator por medio de sus aprendices, por lo que no dudaban en acribillar a Hécsor con sus mensajes.

El hechicero del poblado comenzaba a impacientarse. Muchas órdenes, muchas preguntas, pero apenas nada de información explícita. Estaba empezando a hacerse una idea aproximada a partir de las demandas de sus superiores en la Orden de hechicería deltsiana, y no le gustaba demasiado lo que iba componiendo.

Tenía vigilado a Ábrisan las veinticuatro horas del día, examinando cada uno de sus movimientos, el avance de su aprendizaje de la magia de hechiceros, su deambular por el bosque, las visitas a la cabaña de Elsar, sus paseos con la nueva aprendiz de bruja, Reghina, los frecuentes encuentros amorosos con Xirh, los cambios de su vestimenta, las horas de sueño, las posibles pesadillas, las palabras que podían escapársele durante la noche; por si fuera poco, tenía que vigilar improbables contactos con brujas o hechiceros de las hegemonías que rodeaban el Imperio, especialmente de la Hegemonía Gordana en el norte y sobre todo de Nmadhrad, el imponente y misterioso Imperio que ocupaba todo el sur del continente.

Lo que más le asustaba era que le habían pedido, primero, y luego ordenado ante su negativa inicial, que permitiera a su aprendiz desarrollar la magia de manera práctica, de modo que pudieran evaluar no solo el nivel de sus progresos, sino si existía algún tipo de contaminación de la magia de hechiceros por parte de la magia de mujer o por cualquier otra causa… Esta última sugerencia fue la gota que colmó el vaso para desencadenar todas sus alarmas, pues revelaba unas inquietudes que, o bien eran simple paranoia de ancianos al final de su última vida –y herejía notoria–, o implicaban conocimientos que él no tenía y que hacían estallar la estructura de la magia tal como siempre la había concebido –herejía más compleja si es que se aproximaba a la verdad–.

Así pues, con todas las precauciones activadas, observó la evolución de Ábrisan con la magia, la absoluta facilidad con que el joven desarrollaba hechizos complicadísimos y, a la par, lo que resultaba incomprensible, la incapacidad de poner en práctica otros, mucho más sencillos, sin que hasta el momento Hécsor ni sus superiores se vieran capacitados para encontrar los motivos. Ante aquellos que fallaba, Ábrisan no mostraba decepción, más bien tristeza, y se negaba a volver a intentarlos a pesar de los ánimos que recibía de su maestro, cuando no órdenes directas –impartidas desde la corte, aunque esto no se lo revelaba a su pupilo–, casi como si el fracaso no se debiera a su ineptitud, sino a otras razones que el joven callaba.

–En un hechizo difícil, no te preocupes –disculpaba el maestro cada vez que persistía en averiguar la causa del fracaso–. ¿Puedes decirme exactamente cuál es la runa en la que fallas? Entre los dos trataremos de solventar el problema cuando hayas descansado –ofrecía Hécsor.

Pero Ábrisan no contestaba, solo movía la cabeza con tristeza, agotado de una manera que el maestro no podía comprender. Ningún tipo de insistencia, ni la amabilidad ni la imposición, había conseguido hasta el momento que el joven aprendiz confesara las causas de su fracaso.

En la corte, a centenares de kilómetros de allí, los hechiceros más ancianos del Imperio Deltsio perdían horas de sueño por aquel joven aprendiz.

Más preocupante para Hécsor eran las últimas órdenes, que acababan de llegar. Sobrepasando la instrucción normal de un mago en su primera vida, Ábrisan debía recibir una inmediata educación en todos los hechizos de combate que lograra aprender, por más elevados que parecieran. La excusa era que pronto varios ejércitos imperiales partirían de Mencasa y comenzarían una batida hacia el norte por todo el Imperio, con el fin de aniquilar de una vez a todas las bagaudas, y en apenas media luna uno de ellos llegaría a la Marca Caylón. Entonces el hechicero y el aprendiz tomarían parte en el combate, para lo cual este último debería encontrarse tan preparado como fuese posible.

Naturalmente, a Hécsor no se le escapó la insostenibilidad de ese argumento. Los hechiceros y su magia constituían la estructura sobre la que se erigía el Imperio, por más que permitieran que los burócratas imperiales, las Casas o las brujas se engañaran si querían, y por supuesto que intervenían para aplastar revueltas, poner y quitar gobernantes y sancionar costumbres que pudieran beneficiar la actual estructura jerárquica de autoridad. Pero estas revueltas no exigían la intervención de la magia que le estaban pidiendo; un hechicero en la mitad de su primera vida dominaba lo suficiente su poder como para conducir un ejército a la victoria contra un enemigo mucho mayor, siempre que este no contase con otro hechicero entre sus filas. Las bagaudas no contaban con hechiceros, la Orden ya se había encargado de ello, y ni siquiera con brujas que sanaran las heridas –hacía siglos que una bruja no participaba en un conflicto armado, y no porque estuvieran incapacitadas para ello, como la historia había demostrado con profusión de sangre–.

Así pues, todos los indicios conducían a una guerra mucho mayor que la que los tres hechiceros revelaban, una guerra entre hegemonías que sobrepasaba las escaramuzas del último medio siglo, y en la que no había que descartar que un nuevo tipo de magia hiciera su aparición.

Hécsor respetaba el rango superior que en la Orden ostentaban los hechiceros de la corte, especialmente el decano, pero no era ningún idiota, así que decidió que más pronto que tarde tendría que poner las cosas en claro con sus superiores.

Y, mientras tanto, Ábrisan empezaba a fallar todos los hechizos que le proponía. Uno tras otro.

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