Ábrisan. Libro I. Capítulo II (2.ª parte)

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Czandhra se escondió tras unos arbustos al borde del sendero, pero aquello no le salvó de ser detectada, mientras Vermelho se había limitado a sentarse en una roca y esperar a los jinetes. Estos habían aminorado el paso de las monturas, sin detenerse, observando el entorno con ojos experimentados, y habían aferrado sus armas de caza; uno de ellos apuntó con una flecha al corazón del anciano.

Czan percibió directamente en su propia persona la mirada amenazadora del más maduro de los tres hombres.

–¡No disparéis, por favor, ya salgo!

Gritó y abandonó su escondite con los brazos hacia adelante, mostrando las palmas vacías. Ni siquiera entonces los hombres bajaron la guardia. Se trataba de tres cazadores, dos de ellos muy jóvenes, que al parecer regresaban a su poblado después de una partida de caza, probablemente de varios días de duración debido a la relativa escasez de piezas a medida que se internaban en el sur, y se mostraban cansados e impacientes por regresar a casa antes del incipiente ocaso.

–¿No hay nadie más? amenazó el del arco, tensándolo un par de centímetros junto a su pecho extirpado.

La prejia negó con la cabeza antes de responder.

–Solo nosotros dos aseguró, abarcando a Verm con un gesto de la barbilla.

Los hombres intercambiaron un rapidísimo gesto significativo antes de instarla a acercarse al anciano.

–¿Por qué te has escondido? –increpó de nuevo el del arco, sin desviarlo del corazón de Verm.

Las dudas de Czan no contribuyeron a aportar tranquilidad.

–Somos extraños por aquí… no tenemos malas intenciones, pero… no siempre somos bien recibidos…

Los rostros de los cazadores demostraron la validez de las precauciones.

–¿Venís del norte?

Las palabras sonaron aparentemente frías, emocionalmente neutras, pero estaban respaldadas por todo el odio de un hombre que se cree en la obligación de proteger a sus seres queridos de cualquier amenaza y por cualquier medio.

Czan y Vermelho habían confrontado muchas veces esa expresión a lo largo de su periplo desde su condenada ciudad, así que podían reaccionar de inmediato, no permitiendo revelar su miedo y quedar a expensas de los prejuicios ajenos.

–Del norte de Caylón; no es buen lugar ahora mismo, con todas esas ciudades fronterizas que amenazan enviarnos sus refugiados apestosos.

Muéstrate más xenófobo que ellos, le había recomendado Vermelho, muéstrales que tienen razón, que tú has experimentado lo justo para padecerlo sin resultar un peligro, y así te despreciarán pero te dejarán en paz.

El tercer cazador lanzó una carcajada.

–¡Refugiados apestosos de la frontera! –gritó entre risas apagadas–. ¡Pues vosotros también necesitáis un baño!

Le acompañó en sus risas el del arco, incluso Vermelho y Czan asintieron con humor.

Ahora venía el momento difícil. Los cazadores podían decidir obligarlos a ir con ellos hasta la “Hospedería y Posta” más cercana para que los soldados comprobasen su historia, o a su poblado para llevarlos ante el hechicero o la bruja, a los cuales no podrían negar el punto de origen de su viaje ni su reciente pasado en las bagaudas, y entonces tendrían problemas. Problemas muy serios. Pero tal vez los hombres estuvieran demasiado cansados, o habitaran en una de las aldeas demasiado pequeñas para tener bruja o hechicero que todavía se mantenían tan al sur de la marca. En ese caso lo más probable era que les dejaran marchar, si se fiaban de ellos, o que los mataran allí mismo en caso contrario.

–Seguid vuestro camino y no asustéis a las buenas gentes de estas tierras –ordenó el del arco, sin bajarlo ni siquiera entonces.

–Y si vais a tomar un baño, ¡hacedlo río abajo! –se burló el gracioso.

El serio no modificó la expresión torva durante toda la conversación.

Czan ayudó a Vermelho a levantarse y ambos comenzaron a caminar hacia el sur siguiendo el camino.

Los cazadores, por su parte, no abandonaron su posición hasta asegurarse de que ambos vagabundos obedecían y se perdían a los lejos.

–Hemos tenido mucha suerte –comentó Vermelho cuando ya se sintieron a salvo–. No me fiaba un pelo del mayor. –Czan asintió–. Será mejor que abandonemos el camino y sigamos por el bosque.

La prejia lo miró preocupada. Sin duda Verm estaba en lo cierto, pero llevaban casi tres semanas caminando por un bosque desconocido, lenta y penosamente, sobreviviendo de lo que conseguían recolectar, y su estado físico era lamentable. Nadie le había arreglado la nariz a Verm, y aún le duraba un poco la hinchazón y mucho los moratones. No solo les hacía falta un baño en el río, sino todos el pescado que este contuviese. Si, pese a todos los peligros, se habían decidido a seguir la marcha por el camino, fue precisamente para poder avanzar lo máximo posible. Por aquí no podía quedarles más de una semana para alcanzar Mencasa –apenas conseguían caminar, según los cálculos de la prejia, cerca de diez kilómetros diarios, y eso el día que Vermelho conseguía respirar medio bien–; si regresaban al bosque, este tiempo podía multiplicarse como lo había hecho hasta el momento.

–Creo que lo mejor será que nos arriesguemos y continuemos por el camino –contravino la mujer–. ¿Qué crees que hubiera sucedido si esos cazadores hubieran dado con nosotros en pleno bosque, dos extraños en su territorio y espantándoles la poca caza que queda? Estoy seguro de que el serio no hubiera dudado ni un minuto.

Verm dejó escapar un resignado suspiro y terminó asintiendo. Miró a su alrededor y señaló hacia un pequeño claro al borde del camino, y luego a la arboleda del otro lado.

–Dormiremos allí esta noche, al menos, al amparo de los árboles. Mañana continuaremos hasta que veamos el próximo poblado.

Czan entendía lo que esto significaba. Tan pronto como se encontraran con una población, abandonarían el camino y la rodearían. Pero ¿cuánto tiempo podrían aguantar a ese ritmo?

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