Ábrisan. Libro I. Capítulo II (3.ª parte)

Índice

Reghina no necesitaba que Elsar le dijera lo que debía hacer en este segundo viaje. Se levantó muy pronto, preparó el fuego, calentó el agua de la tina grande –a la bruja le gustaba lavarse con agua caliente incluso en verano–, preparó la tetera y el pan del día anterior, con la mantequilla y la mermelada de albaricoque, se cambió la ropa –ella no tenía pensado lavarse como lo hacía la bruja, ya se había refrescado en el río la tarde pasada– y se sentó a descansar hasta que su maestra se despertase.

No fue una larga espera, y se vio recompensada por la emoción entusiasta de Elsar.

–¡Muchas gracias, Reghina, querida!

Los siguientes minutos fueron realmente buenos. Ella podía comer siempre todo lo que quisiera mientras duraba el tiempo del desayuno, pero esa mañana Elsar la invitó a comenzar mientras tomaba su baño, así que Regh se lanzó a por la comida sin rechistar. Se lo había ganado. Cada día recordaba el hambre constante que siempre veía en la expresión de su prejia, y no pensaba desperdiciar ni una sola oportunidad.

El viaje sería largo, eso le había asegurado Elsar, más que el anterior, porque irían más lejos y no volverían en, al menos, una semana. La mujer ya se había encargado de poner sobre aviso y proveer de nuevo de remedios al jefe del poblado, que no se había mostrado muy satisfecho con la noticia, pero que en realidad no había podido hacer nada; se reunió asimismo con el hechicero, que se había limitado a asentir y a desearles un buen viaje.

Regh recordaba la sensación del aire helado en sus piernas –el resto del cuerpo lo llevaba bien protegido tras el cuerpo de la bruja– y sobre todo los bruscos movimientos continuos de la escoba. Habían sido un par de horas terroríficas, a la par que fascinantes. La tierra, debajo de ellas, parecía un mapa de los que había visto dibujados en su casa de Hortheg, y que su padre contemplaba con placer. El bosque extenso, los campos de labranza, los dibujos del Psargha con los arroyos que desembocaban en él, las tierras más agrestes, aturdidas por el sol, entre la influencia modificadora de los poblados, y por fin la altura del monte de las Lunas, sobre el que las tres esferas se reunían periódicamente, segmentando el tiempo de los humanos.

Reghina se sentía mareada cuando descendió de la escoba, y por ello olvidó muchos de sus miedos y de sus precauciones. Cuando, después, hubo reflexionado sobre ello, sintió deseos de vomitar al pensar que había bajado la guardia delante de todas aquellas brujas. Pero en realidad nadie le había prestado la más mínima atención más allá de asegurarle un lugar resguardado a la sombra, una bebida que poco a poco asentó su cabeza y su estómago, y comida suficiente para pasar el resto del día. Era la única aprendiz que había viajado hasta allí, por lo que pudo comprobar.

–Puedes moverte si lo necesitas. Explora todo lo que desees, pero no te acerques a la hoguera –le había aleccionado Elsar.

Por supuesto, en cualquier otra circunstancia aquello habría sido una invitación en toda regla para el espionaje, pero Reghina no tenía la menor intención de acercarse al grupo de diez brujas que bailaron y discutieron durante horas. No podía descartar que entre ellas se encontrara alguien con la habilidad de Ábrisan para penetrar en su secreto. Dedicó el tiempo a investigar el entorno para buscar las plantas y animales que ya había aprendido a reconocer, recolectando un buen puñado de hierbas que pensó que le gustarían a Elsar, pero lo que realmente centró su atención durante más tiempo fue la mejor forma de escalar a los árboles y saltar desde las ramas sobre el suelo pedregoso sin hacerse daño. Fue un éxito, y así lo manifestaban los escasos rasguños que consiguió hacerse; Elsar los observó de manera apreciativa cuando la hoguera se apagó y las brujas comenzaron a marcharse de una en una, y no se los curó. Respecto a las hierbas recogidas, separó una para mostrarle las sutiles diferencias con otras familiares, diferencias que la incapacitaban para la curación y la convertían en un veneno muy poderoso en dosis similares, y alabó la iniciativa de su aprendiz.

–Me alegra que no te hayas aburrido demasiado –terminó diciendo mientras acariciaba su rostro.

–Una bruja no se aburre en la naturaleza –respondió Regh con la consigna que su maestra repitió cada una de las veces que habían salido del poblado durante aquellos primeros días.

Elsar asintió, complacida, y, antes de tomar el camino de vuelta, terminaron entre las dos la comida que la pequeña había reservado, no sin esfuerzo.

Así pues, aquel primer aquelarre al que –casi– asistió, había sido un vaivén de emociones, la mayoría positivas, y Reghina llevaba días preparándose mentalmente para afrontar el siguiente. Y no solo mentalmente: para este viaje se había provisto de un buen saco de tela pesada para cubrirse las piernas durante el vuelo. Elsar lo había aprobado sin paliativos.

–Serán muchas horas en el aire –aseguró–, aunque haremos un par de paradas. Primero en el monte de las Lunas, ya que nos queda de paso, y después mucho más al oeste.

–¿Tan lejos vamos?

–Tan lejos –confirmó la mujer. Y luego, como venciendo sus reticencias, continuó–. ¿Has visto el mar?

Aquella última palabra penetró en los oídos de Regh y la dejó paralizada de inmediato. ¡El mar! Recordaba un mapa que su padre sacaba a veces y colocaba sobre la mesa de su habitación para pasar largo tiempo contemplándolo. Estaba lleno se signos que la pequeña no comprendía, pero se sentía fascinada por los colores. Especialmente por un lugar donde varios de ellos, muy diferentes, parecían juntarse alrededor del azul.

–El mar –le había revelado su padre la primera vez, y le había contado historias maravillosas de aguas interminables, de aves marinas que jamás pisaban tierra, de naves que surcaban las olas en medio de tempestades o perseguidas por otras naves piratas, y de fabulosos animales acuáticos que ayudaban a los náufragos o que los terminaban de hundir.

No recordaba muchas de esas tardes, apenas los colores del mapa, el olor salado y amargo con que su padre la envolvía para narrar sus historias y las imágenes que aquellas habían dejado impresas en su mente. Todo atado a la promesa rota de que algún día acudirían a contemplarlo. Había buscado esas aves y esos animales acuáticos en cada manantial, en cada río nuevos que encontraba a su paso, por si aquello era el mar, y, a medida que se decepcionaba, había ido olvidando.

Así que, cuando Elsar le preguntó, su mirada rebosante de ilusión contenida se clavó en la de la anciana.

–¿Vamos al mar?

La mujer percibió la reacción sin comprender el origen de aquella intensidad, pero respetando su existencia.

–Veremos el mar, sí –aseguró–. Incluso es posible que podamos mojarnos los pies en la orilla.

Regh ya no pudo controlar sus impulsos.

–¿Y veremos piratas? ¿Viajaremos en barcos? ¿Volaremos junto a las aves que nunca se posan? ¿Visitaremos a las sirenas? ¿Los delfines nos llevarán al Palacio del dios del mar?

La batería de preguntas provocó que ahora fuera Elsar la que se quedara muda durante unos instantes.

–¡Oh, Reghina, no creo que podamos hacer todo eso en un par de días! –alcanzó a exclamar, porque no se atrevía a romper las ilusiones de la pequeña, aunque, como aprendiz de bruja, en algún momento tendría que aprender a distinguir las fantasías de la realidad y, dentro de esta, a detectar los peligros y los enemigos. Esperaba que todas esas ideas de la pequeña no interfiriesen demasiado en la misión que tenía que llevar a cabo.

Por otro lado, confiaba en que la sola visión del mar constituyese suficiente espectáculo, y que nada se descontrolara.

Un comentario sobre “Ábrisan. Libro I. Capítulo II (3.ª parte)

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.