Ábrisan. Libro I. Capítulo II (4.ª parte)

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El primer aquelarre, hacía menos de una luna, no había sido concluyente, pero los cambios se estaban precipitando, si eran ciertas las noticias que llegaban de las diversas tierras de las hegemonías.

Esa era la razón de que se hubiera convocado el siguiente, el primero en muchos años en el que participarían brujas de todas las tierras, lo que incluía a aquellas que habitaban Nmadhrad en el lejano e incógnito sur.

Elsar de ocupó de recoger los restos del desayuno, como se había ocupado de limpiar el espacio del baño, mientras Regh soñaba despierta con el inminente futuro y deambulaba por el interior de la cabaña revisando lo ya revisado para el viaje.

Sentía que era una suerte para ambas que se hubieran encontrado. Había empleado diez años en el aprendizaje de Ábrisan –y la echaba de menos más allá de las visitas casi diarias–, después de lo cual pensaba que no podría encargarse de otra aprendiz. Pero con Regh todo era sencillo, la pequeña ponía todo de su parte, y tenía capacidades notables para la magia, mayores en algunos aspectos que los de Ábrisan.

Ahora que esta ya no estaba, y a medida que pasaban las semanas, sentía crecer en su interior una sensación de impotencia por la pérdida de su antigua aprendiz, pérdida percibida cada vez más en las dos dimensiones: la dolorosa, personal, en primer lugar, y, por otro lado, una sustracción a la magia de las brujas, una imposición intolerable de la magia de los hechiceros. Había escuchado a sus hermanas en el aquelarre hablar de rumores sobre sucesos extraños más allá de las fronteras, pero en ellos no habían captado ningún patrón. Se preguntaba si durante todos aquellos años junto a Ábrisan no se le habría escapado algo, si habría sido negligente a la hora de descubrir alguna pista en la conducta o la disposición de la niña que pudiera explicar los acontecimientos recientes, pero la respuesta siempre era negativa. El mismo Ábrisan recibía su nueva vida como una imposición y mantenía hasta donde era posible sus elecciones; Elsar no le había disuadido en su empeño de continuar superficiales estudios de la magia de bruja –se sorprendía al pensar que en realidad había esperado que fuese Hécsor el que se lo impidiera–, aunque el ritmo no podía ser el mismo que si hubiera continuado siendo su aprendiz, conviviendo las veinticuatro horas del día, pues eso era una parte fundamental del aprendizaje. Una bruja no instruía, no enseñaba, no adoctrinaba. Una bruja creaba un entorno vital en el que la aprendiz se desarrollaba, interaccionaba de modo natural con el mundo, descubría la magia en cada una de esas interacciones. Ese desarrollo no tenía más límite que el personal, y la edad permitía ahondar por medio de la experiencia constante –una bruja que no cambiara, que no examinara el mundo y a sí misma, podía llegar a anciana sin saber más que una adolescente–. Por eso a Ábrisan le quedaba mucho que aprender, y Elsar no estaba dispuesta a enseñarle más allá de lo permitido; suponía que Hécsor también instauraría límites a no tardar.

Descartó la idea que le había rondado por la cabeza las últimas semanas; no podía invitar a un aprendiz de hechicero a un aquelarre, y menos de la envergadura del presente. Por más que lo deseara, por más que le doliera no hacerlo. Nadie lo había pedido, por otro lado. Y este hecho la inquietaba, porque no terminaba de comprender su significado. Hubiera resultado natural que todas quisieran conocer a la persona objeto de la imposición; que, tras las voces levantadas contra la injusticia, esa persona hubiera recibido algún apoyo, o al menos algún intento de manipularla para que se rebelase si no lo hacía por su propia iniciativa. Pero no, tras la certeza de que Ábrisan había asumido su nuevo rol sin grandes cuestionamientos, la injusticia se circunscribía al mundo de las magias y a su equilibrio. Era casi como si se le considerara un traidor, alguien con quien poner distancia, a quien, en último término, ignorar.

Se preguntaba si ella misma no albergaría tales sentimientos en su fuero más íntimo, porque el hecho era que no lo había invitado, ni pensaba hacerlo, al aquelarre, donde hubiera podido exponer sus dudas, sus emociones, sus sentimientos; donde quizá descubriera otros casos similares a los suyos en los que hallar consuelo; donde sus antiguas hermanas le asegurasen que no pasaba nada, que por ellas tenía las puertas abiertas, que investigarían lo sucedido y reclamarían si era posible y si ella así lo deseaba. Se preguntaba, en fin, quién estaba traicionando a quién.

Regh corrió a la puerta de entrada cuando escuchó la suave llamada y se precipitó gritando en los brazos de Ábrisan.

–¡El mar! ¡Voy a ver el mar!

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