Ábrisan. Libro I. Capítulo II (5.ª parte)

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Él mismo había dirigido los cambios durante las últimas semanas. Algunos más visibles, como las prendas que había encargado a las mujeres de la Casa de Xirh, expertas tejedoras durante generaciones –todas las esposas de las familias de la Casa eran instruidas en la profesión, y solo algunas de las hijas, como la propia Xirh–, que se habían mostrado desconcertadas por las peticiones pero que, así y todo, habían ejecutado las instrucciones al detalle, mejorando puntualmente los diseños sin modificar la idea. Ahora el aprendiz de hechicero del pueblo vestía prendas extravagantes, ni exactamente de hombre ni exactamente de mujer ni exactamente intermedios; seguramente así habrían imaginado las gentes, si se les hubiera ocurrido, a los salvajes del profundo este, o a las bárbaras del lejano norte, pero siempre extrañas… y, sin embargo, las prendas poseían una familiaridad evidente, un corte preciso y personal que no cuadraba con la barbarie, y sí con la sensación de comodidad que siempre había caracterizado a la antigua aprendiz de bruja.

–Estás muy guapo –había comentado Xirh, que había participado en la elaboración y añadido un pliegue muy especial en una de las prendas inferiores que ambos habían disfrutado.

Así que las gentes se sentían desconcertadas, por lo que generalmente lo dejaban pasar con un leve encogimiento de hombros y la sensación de que, de alguna manera, eran “cosas de Ábrisan”. Para sorpresa del joven, su maestro se había limitado a observarle sin emitir opinión u orden alguna.

Aquello era lo que menos le preocupaba. Era consciente de que Hécsor le monitorizaba, tenía la sospecha de que le había lanzado alguna especie de hechizo revelador que le espiaba en todo momento, aunque no podía demostrarlo y el hechicero lo había negado cuando se lo había preguntado abiertamente. Sentía que su libertad estaba continuamente vigilada, así que decidió que la ejercería a cada oportunidad.

Visitaba la cabaña de Elsar casi todas las tardes. Continuaba considerando a la bruja como su maestra, y esta se mostraba generosa a la hora de compartir su sabiduría. Después de diez años bajo una guía amable, apasionada y concienzuda, Ábrisan conocía su entorno con bastante profundidad, cada especie de planta, sus usos y sus efectos principales; cada especie animal, con sus necesidades y trastornos en los distintos periodos de su vida y sus interacciones con el medio; los vientos y las nubes en cada estación, sus manifestaciones, los ritos básicos para solicitar que los elementos interaccionasen de una determinada manera. Era mucho lo que le faltaba; el conocimiento constituía el principio del poder, pero era la experiencia lo que contaba para una bruja; lo que llevaba de lo básico a lo exhaustivo, lo que le decía si el momento era el apropiado para realizar el conjuro o si este iba fracasar, por lo que sería necesario dejarlo para más tarde. Más allá de los datos sobre el mundo, que sin duda ayudaban y con los cuales en realidad cualquiera podía ejercer –atención al parto, hemorragias de distintos tipos, hinchazones y desnutriciones, traumatismos y disfunciones orgánicas, estados anímicos alterados y un largo etcétera–, la magia de las brujas consistía básicamente en juntar un elemento con otro en el momento apropiado, de la manera idónea, e inspirarles para que originasen un nuevo estado de cosas. Piedra con piedra; fuego con fuego, por eso se utilizaban talismanes de materiales tan diversos. Pero esto tenía un precio, sobre todo en el caso de un hechizo de gran potencia; entonces la bruja utilizaría su propio cuerpo, que contenía su fuerza vital: para llamar al agua, la bruja utilizaría sus lágrimas o su orina; a los vientos, su aliento; a la piedra, su carne; y así sucesivamente. Todo esto aún lo ignoraba en gran parte, y suponía que jamás podría dominarlo, era muy consciente de las prohibiciones y los límites.

Para él suponía una gran satisfacción pasear con Regh por los campos a la hora del crepúsculo, mostrarle sus conocimientos y comprobar que los atesoraba y los ponía en práctica de inmediato siempre que era posible. Existía el acuerdo tácito de no mencionar lo que sabían, porque ambas sabían que lo sabían y eso bastaba; se había creado entre sus personas una sólida confianza fundamentada en un silencio cargado de significado. Elsar no había puesto objeciones a aquella relación, y Ábrisan suponía que no se debía tanto a su capacidad como bruja para guiar a Regh en su aprendizaje como a que así la anciana podía aprovechar esa hora para meditar en sus reflexiones.

Frente a esta magia y a este método, el joven pasaba horas y horas encerrado en la cabaña del hechicero, aprendiendo las nuevas estructuras lingüísticas de las runas que Hécsor ponía ante él. Así como en el primer hechizo había comprobado la afinidad de esa magia con la que había practicado hasta entonces, y que había podido corroborar más adelante, durante la última semana el hechicero le había propuesto hechizos de una cualidad muy diferente. Ábrisan se había negado a ejecutarlos. Hécsor no parecía percibir la diferencia, y sin embargo era evidente. Las runas construían sintaxis que se retorcían por encima del mundo, que atravesaban brutalmente la dimensión vital y arrastraban sin compasión los elementos y las voluntades; era la palabra que ordenaba, que imponía, que violentaba; y lo peor era que no consistía en ilusiones, sino que las consecuencias tenían un efecto muy real, porque habían modificado el mundo y siempre de maneras violentas.

Hécsor señalaba las runas individuales o los sintagmas, allí donde su aprendiz se detenía, e intentaba encontrar las dificultades, sin verlas. Ábrisan, al principio, pensó que el hechicero fingía, que se trataba de algún tipo de prueba absurda de iniciación del joven aprendiz, pero cuando comprendió que el hombre parecía completamente sincero, que su preocupación por el estancamiento en el progreso de aprendizaje buscaba una solución que se circunscribía a las poderosas palabras vacías, el joven se sumió en una profunda tristeza, pues asumió que nunca podría explicárselo o, peor aún, que las explicaciones supondrían un ataque directo contra la manera en que el hechicero concebía su poder.

Para Ábrisan, aquello era doloroso, tanto que su mismo semblante empezó a reflejar las dudas y las horas de insomnio, y en su piel oscura aparecieron marcas de sufrimiento en torno a sus ojos. Aquello no podría prolongarse. Dijera lo que dijera la magia, él –ella– tendría que abandonar ese camino si quería sobrevivir.

Empezó a pasar las noches con Xirh, para horror de la familia de esta, que fingía no enterarse –una joven soltera en el poblado se relacionaba solo con niñas y niños, o con las mujeres de la generación parental de su familia, así como con trabajadores y trabajadoras del sexo terapéutico, a quienes se sometía a estrictos procesos de esterilización por medio de la magia de brujas–. En todo el poblado era manifiesta la ruptura del matrimonio múltiple por parte de Rhodig, pero el cambio de magia de Ábrisan había abierto difíciles interrogantes, toda vez que este era aprendiz de hechicero, y a estos no se les conocía matrimonio. La familia se ocupaba de que las relaciones entre su hija y el aprendiz no trascendieran –sin atreverse a negarle a este la entrada a la cabaña cuando lo hacía por supuestos motivos oficiales–, pues significaría un deshonor que la ya menguada Casa no podría soportar; además de Xirh, se ocultaban tras sus muros dos hermanos y una hermana en mayoría de edad y con matrimonios concertados.

–Si esto continúa así, me han jurado por el honor de la Casa que me mandarán esterilizar –confesó Xirh aquella mañana, cuando aún la oscuridad envolvía sus cuerpos desnudos y Ábrisan se empezaba a preparar para abandonar la habitación de su amada por la ventana, bajo un hechizo de indiferencia que le permitiría pasar desapercibido.

Aquellas palabras hicieron mella en el ánimo del joven, que sintió cómo algo se encogía en su interior, dejándolo inerme. No duró mucho aquella emoción; también a esto, como a todo lo demás hasta el momento, debía enfrentarse desde sus propias elecciones. Le importaba poco lo que Hécsor o el resto de la gente pudieran decir.

–¿Quieres casarte conmigo?

–Pensaba que eso estaba claro.

Ábrisan asintió. Xirh tenía razón, era una pregunta injusta. Él había estado evitando la cuestión y poniendo aquella Casa en peligro de manera egoísta.

–Hablaré con Hécsor. Esta misma mañana, si te parece. No volveré a poner en peligro esta Casa.

La mujer tensó los hombros y se incorporó.

–No volveremos, querrás decir. Espero que no vayas a comportarte como Rhodig a partir de ahora, porque sería un matrimonio muy breve, ten esa certeza.

Ábrisan contempló la silueta de su amada, perfilada en lo oscuro de la noche, y sus ojos brillantes rebosando de verdad.

–Voy a esforzarme, te lo prometo.

Ambos habían hablado convencidos de que aquello no era conversación intrascendente. Se acercaron para sumirse en un último abrazo, y luego Ábrisan regresó a la cabaña del hechicero.

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