Ábrisan. Libro I. Capítulo II (6.ª parte)

Índice

La reacción de Hécsor ante los sucesos de aquella mañana estuvo muy lejos de cualquier previsión. El hechicero se había levantado pronto, apenas unos minutos después de la llegada del aprendiz; posiblemente le había escuchado entrar, pero no lo había mencionado. El joven preparó el desayuno para ambos mientras el mago consultaba diversos códices apergaminados en la mesa de trabajo, cogiendo uno tras otro entre la biblioteca de cerca de cuarenta ejemplares. Sin duda buscaba nuevos hechizos para que Ábrisan ensayara; este ignoraba qué criterio seguía el maestro, pero sí había constatado que, seguramente debido a los continuos fracasos, las propuestas resultaban cada vez más sencillas, aunque todas mantenían la misma línea.

Durante el desayuno, Hécsor permaneció en su mesa de estudio sin soltar un último pergamino, ante cuya lectura emitía de manera intermitente un sonido que podía pasar por muestra de satisfacción.

–Hoy tendremos más suerte –aseguró con una especie de sonrisa que probablemente pretendía transmitir aliento.

Ábrisan devolvió un esquema de sonrisa que tampoco ganaría ningún concurso y procedió a recoger los restos del desayuno antes de sentarse en su espacio de estudio junto al hechicero. Tomó el pergamino que el otro le tendía y empezó a leer para sí las runas del primer conjuro. Su sencillez no bastó para que lo completase; de nuevo se trataba de un hechizo violento, que provocaría de inmediato en quien lo recibiese la aparición de una dolorosa pústula en ambas palmas de las manos que le incapacitaría para sujetar con ellas incluso el objeto más leve. Pero no solo lo juzgaba por las consecuencias. El problema era el cómo, aunque no podía explicarlo.

Negó con la cabeza, despacio, y enfrentó la mirada de su maestro.

–Conoces las runas, sin embargo –aseguró este.

Ábrisan asintió, y volvió la atención al pergamino. Lo recorrió de arriba abajo y descubrió con satisfacción que el resto de los conjuros fluían en su mente y a sus labios con una facilidad que le proporcionó una alegría difícil de contener, después de tanto tiempo.

Hécsor se echó hacia atrás en la silla, observando cómo su aprendiz pronunciaba los hechizos de incremental complejidad, mientras a su alrededor se sucedían los cambios: el aire se iluminó, las dimensiones del interior de la cabaña se desdoblaron, confiriendo más espacio sin modificar el exterior, y cada puerta y ventana vio incrementada su protección ante amenazas mágicas hasta resultar virtualmente infranqueables.

El muchacho rio abiertamente mientras desviaba los ojos del pergamino.

–¡Este no puedo pronunciarlo aquí! –exclamó, jubiloso, buscando la complicidad de su maestro.

Ante él solo encontró un muro erigido a partir de frialdad autoimpuesta y desconcierto involuntario.

“No, no puedes pronunciarlo aquí; y yo tampoco podría, aun en el caso de que de ello dependieran todas mis vidas”, fueron los pensamientos que no llegaron a palabras exhaladas, aunque quedaron grabadas a fuego en la mente de Hécsor.

Después, su mente se sumió en un caos.

No había explicación que se aproximara al significado de lo que acababa de suceder. Urgía ponerse en contacto de inmediato con los superiores de la Orden. Ante él se sentaba sonriente un ser capaz de comprender sin prácticamente ningún entrenamiento el hechizo más arduo de la magia, aquel cuyo significado completo solo un hechicero en su última vida, si tenía suerte, podía aspirar a atisbar. Una magia que podía generar una realidad alternativa completa y autosuficiente.

–¿De verdad lo comprendes? –musitó después de un silencio prolongado.

Ábrisan pasó la mirada por el pergamino y luego de vuelta al hechicero.

–Bueno, al menos lo suficiente, creo, hay matices que seguramente tendría que practicar durante años… aunque imagino que si alguien se atreviera a pronunciar este conjuro, debería asegurarse al menos de que toda la realidad que conoce no iba a desaparecer en el intento. –Hécsor recibió desalentado aquellas palabras emitidas en un tono de total frivolidad.

Arrebató el pergamino a su aprendiz en un gesto súbito nacido del más puro terror irracional. Había sido un inconsciente. Después de tanto fracaso inexplicable y tanta preocupación, finalmente había dado por sentado que Ábrisan estaba fingiendo, que se negaba a leer los hechizos como gesto de rebelión, y había procurado bajarle los humos con aquella selección de conjuros a cual más complejo; la inclusión del último había pretendido ser una burla, una burla que el joven no podría entender, pero que él disfrutaría igualmente. Después le explicaría la situación y, esperaba, el joven reconduciría su actitud por su justo cauce.

–¿Cómo es posible? –gritó, y se alejó a pasos precipitados hacia su espacio privado.

Ábrisan se quedó sentado a solas en medio de la estancia. Sin quererlo, se había contagiado del miedo del hombre, y ahora se preguntaba qué podía hacer. Había intentado mostrarle su capacidad; después le explicaría sus razones, y confiaba en que el otro entendiera que no constituían un ataque contra su forma de entender la magia, solo era algo personal. Sin embargo, en algún momento debió hacer algo que no debería haber hecho, aunque no comprendía qué. Se había limitado a leer los hechizos que su maestro le había proporcionado.

Pasó mucho tiempo antes de que Hécsor regresara al espacio común. A pesar de que trataba de disimular, se le veía tenso, pero así y todo tomó asiento en su silla.

–Te ruego me disculpes –comenzó.

Ábrisan estaba atónito.

–No sé qué he hecho para provocar en ti esa reacción, pero soy yo quien te pide disculpas –ensayó a rebajar la tensión.

El hechicero pareció desconcertado por aquellas palabras, pero trató de sobreponerse una vez más.

–Fui irresponsable al proporcionarte hechizos tan poderosos sin las adecuadas salvaguardas –se sinceró–. Sobre todo después de comprobar tu capacidad para la magia, aunque fingieses que no podías pronunciar los hechizos que te he propuesto esta última semana.

Así que era una de esas conversaciones. Pues vaya mañana.

–No fingí. Simplemente no pude pronunciarlos. Me incomodan hasta la náusea –devolvió la sinceridad–. Por lo demás, la magia de las runas tiene muchos aspectos interesantes, y me resulta sorprendentemente fácil, ya lo has visto. No me preguntes por qué.

Hécsor escuchó cada palabra con la máxima atención. No se fiaba de las intenciones del joven, pero intentaba sacar algo en claro.

–Entonces, sí habrías podido ejecutarlos –señaló. Tal como sospechaba.

–¡No! –se precipitó Ábrisan, y en aquella negativa insegura que trataba de afianzarse el anciano vislumbró sinceridad. Le alentó a continuar con su silencio–. Puedo leerlos, comprenderlos, hasta cierto punto, y precisamente esa comprensión me impide que los lleve a cabo. No creo que pudiese ni aunque quisiera hacerlo, la verdad.

Aquella última aseveración confundió al maestro, porque evidenciaba tanto la negativa a intentarlo como una incógnita que le parecía sincera.

–¡Pero son iguales que el resto! –refutó, aunque, ya mientras lo hacía, se levantaba en él la sospecha de que esta situación era mucho más compleja de lo que había imaginado.

Ábrisan lo observó un instante antes de responder. La tensión de su cuello señalaba perfectamente la lucha que se desarrollaba en su interior.

–He llegado a comprender que a ti te lo parecen –comenzó con cautela, sin desear el enfrentamiento que seguramente preveía–. Pero no lo son –concluyó, obligándose a la verdad.

–¿Crees que los que has pronunciado no son violentos, entonces?, ¿es eso?

Aquella observación le obligó a meditar sus palabras, porque estaba seguro de que allí radicaban todas las diferencias con el hechicero.

–Pueden resultar en daños para otras personas o entidades, animadas o inanimadas; pueden ocasionar dolor. Pero no son una violación de la realidad; las consecuencias están dentro del mundo, y es el mundo quien las ejecuta… no sé expresarlo de otra manera.

Hécsor echó el cuerpo hacia atrás mientras negaba con la cabeza. Empezó a transpirar con profusión y sus latidos se aceleraron.

–¿Piensas que los hechizos que te he mostrado estas semanas violentan el mundo? Son las mismas runas, la misma sintaxis.

Ábrisan tampoco se sentía capaz de ser más explícito.

–No lo sé, tampoco yo acierto a explicarlo, solo lo siento… como si algo en las propias runas estuviera equivocado… o como si, al leerlo, estuviera diciendo otra cosa…

Hécsor había ido cambiando su expresión paulatinamente, y ahora se apoyaba en ambos codos sobre la mesa. Si aquello era cierto. Si aquel joven decía la verdad, entonces… Varias veces pasó la mirada del tablero al joven, intentando descubrir una trampa, un resquicio que le permitiera descartar todas las ideas que se embarullaban en su cerebro y que, de ser cierto lo que acababa de escuchar, modificarían muchas cosas. Casi todo.

Debería ponerse en contacto de inmediato con sus superiores. Pedir consejo. Eliminar a aquel heraldo del cambio que aguantaba sus miradas escrutadoras sin moverse de su silla, aunque resultaba evidente que no era consciente de lo que sus palabras implicaban. No hizo nada de ello.

Tal vez se arrepintiera de lo que iba a revelar, pero, al observar la honestidad de su aprendiz, se vio impelido a hacerlo. Por increíble que a él mismo le pareciera.

–Lo que dices no es nuevo, desde un punto de vista puramente teórico, aunque desde luego no es un panorama que a ningún hechicero de cualquier parte del mundo le ayude a hacer bien la digestión – comenzó, con un intento patético de humor–. A lo largo del tiempo ha habido herejías, al menos han sido reputadas de ese modo y castigadas en consecuencia, que afirmaban diversas aproximaciones a lo que acabas de decir –explicó el hechicero. Ábrisan abrió mucho los ojos y adelantó un poco el cuerpo–. La idea aproximada es más o menos esta: imagínate que intentaras hablar con alguien de Gordana que no dominara nuestra lengua; para esa persona, algunos de los sonidos de nuestro idioma le resultarán muy parecidos, tanto que no podrá diferenciarlos y le sonarán como si ambos fueran uno solo. Cuando hablara, la mayor parte del tiempo podrías entenderle, pero en ocasiones diría alguna palabra completamente diferente, por ejemplo, “casar” cuando quiere decir “cazar”; en nuestra conversación hipotética, esto generaría unas risas y un par de aclaraciones, y nada más –señaló, aunque su interlocutor no hizo el menor asomo de sonreír–. Ahora piensa en las consecuencias si algo así sucedió cuando se pusieron las runas por escrito; pero no necesariamente con sonidos, más probablemente con conceptos, o con familias enteras de conceptos, o sentidos que emergen al combinar las runas…

Ábrisan trató de comprender, abrumado por aquellas revelaciones completamente inesperadas, las implicaciones de lo que acababa de escuchar.

–Pero eso significaría…

La enormidad del descubrimiento detuvo su lengua. Por más que solo fuera un aprendiz, no se le escapaba su alcance. Apabullado, dejó que fuera el maestro quien completara la frase.

–Eso propondría otra magia, una más antigua que la que conocemos, y que es el origen de esta.

Las siguientes palabras se tomaron su tiempo antes de ser pronunciadas.

–Y que ahora quizá empieza a manifestarse.

Podría haber sido cualquiera de ellos quien las emitiera. Pero fue Ábrisan.

Se tomó su tiempo, y Hécsor le acompañó silencioso en ese proceso asimilativo, antes de regresar a lo concreto.

–¿Ella me ha obligado a cambiar mi vida? –Era una queja, más dolida porque había supuesto que esa magia primigenia no violentaría la realidad, si a él le dificultaba hasta la imposibilidad ejecutar la magia corrupta, y, sin embargo, estaba utilizando su vida como una marioneta. De súbito, un pensamiento fugaz cruzó por su mente y le hizo reír con amargura –se notaba rozando el descontrol–. Claro que, por lo que dices, soy bastante mejor en la magia de hechiceros que en la de brujas.

Hécsor quiso acompañar el humor, pero esta vez fue él quien encontró el esfuerzo baldío.

–Tal vez no. Si realmente eres incapaz de emplear los hechizos que te he enseñado estas semanas, entonces no eres un hechicero, y nunca lo serás –sentenció.

Esas palabras profundizaron en la conmoción del aprendiz, pero no fueron las últimas.

El hechicero perseveró crudamente en su sinceridad, poniéndole al corriente de sus sospechas acerca de los conflictos bélicos inminentes y de su planeado papel en ellos, lo que además justificaba la insistencia en ese aprendizaje específico de hechizos de combate.

Ábrisan apenas conseguía asimilar tanta información. Un mes atrás, era una niña, una aprendiz de bruja, cuya vida estaba bien encauzada: iba a convertirse en bruja y a casarse con sus amantes cuando ella decidiera. Ahora era un hombre, un aprendiz de hechicero que nunca podría ser un hechicero, y que así y todo tendría que participar en inminentes guerras que, si su maestro no se equivocaba, cambiarían los territorios con extrema violencia, y encima era probable que una magia más antigua que las establecidas estuviera despertando para cambiar la realidad de manera aún más radical.

El silencio se impuso durante muchos latidos de corazón.

–Tengo que reflexionar –se despidió Hécsor, mientras se retiraba de nuevo a su espacio privado.

–Me voy a casar.

El hechicero ni siquiera se inmutó.

Un comentario sobre “Ábrisan. Libro I. Capítulo II (6.ª parte)

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.