Ábrisan. Libro I. Capítulo II (7.ª parte)

Índice

–¡El mar! ¡Voy a ver el mar!

Abrazó a Regh y la levantó por los aires dando vueltas, compartiendo la alegría genuina de la pequeña, que tanta falta le hacía aquella mañana. Luego la escuchó mientras le ponía al corriente de los últimos detalles del viaje, ante una Elsar que sonreía sin dejar traslucir la preocupación. Por supuesto, Ábrisan estaba al tanto de su ausencia, no en vano le iba a tocar hasta cierto punto reemplazarla en sus tareas comunitarias, en parte como aprendiz de hechicero, y en otra aún mayor como antigua aprendiz de bruja. Ya lo había hecho tres semanas antes, el día completo que había durado el aquelarre del monte de las Lunas. De alguna manera, sentía tristeza al no poder asistir, porque en los diez años junto a Elsar no había acudido ni a uno solo, y le hubiera gustado participar en las danzas rituales alrededor de la hoguera, en las letanías que favorecían la comunión bajo los efectos de ciertos hongos; aquellos eran unos conocimientos que ya no podría poner en práctica.

–¿El mar? ¡Eso es maravilloso! ¡Me das mucha envidia, que lo sepas!

Regh rio, pero de pronto sus ojos se abrieron como platos.

–¡Ven con nosotras! ¿Verdad que puede venir, Elsar?

La bruja mantuvo la sonrisa tenue sobre el dolor intenso.

–No creo que eso vaya a ser posible, Regh.

–Oh…

Aquella negativa, frente a frente, la primera en todo ese tiempo, ayudó más que nada a Ábrisan a resituarse. En una sola mañana, recibía el rechazo de la magia de hechiceros y el de las brujas. Y ambos con dolor.

–¿Cuándo partís?

–Antes de mediodía. Ahí arriba y a esa velocidad el sol no calienta tanto como aquí abajo.

Estaba todo dicho.

Sin embargo, se había acercado allí no solo para despedirse y desearles buen viaje, sino también para compartir con Elsar lo que pudiera concernirla de la conversación con Hécsor.

–¿Podemos hablar un momento, antes de que nos vayamos? –propuso la anciana, para satisfacción del joven.

Dejaron a Reghina a cargo de la cabaña, se encaminaron a la puerta principal del poblado y lo abandonaron para internarse en la sombra de los álamos.

Ábrisan no esperó a saber lo que la mujer quería contarle y se precipitó a narrar lo más destacado de los acontecimientos de la mañana.

La bruja se detuvo muy tensa desde el momento en que escuchó la incapacidad de Ábrisan, y su cuerpo no llegó a expresar toda la tensión que le produjeron los hechos que escuchaba y las hipótesis de Hécsor sobre ellos. Ábrisan apenas se daba cuenta del efecto que estaba produciendo en su maestra, y soltaba las palabras una tras otra, en un torrente imparable.

–¡Por todo lo sagrado, Ábrisan! ¿Qué estás diciendo?

Si la reacción de Hécsor le había inspirado temor, encerrados en la cabaña oscura del hechicero, la de su antigua maestra le transmitió una preocupación más íntima.

–No lo sé…

–¿Una magia más antigua? ¿Qué artimañas son esas?

La anciana sentía que la privaban de la tierra madre, un abismo se abría bajo sus fatigados pies, un abismo sin fin que tiraba de ella con una fuerza irresistible. No podía creer las palabras que escuchaba, no podía creer que su pequeña Ábrisan se hubiera convertido en alguien capaz de comprender el hechizo más poderoso de la magia de los hechiceros, ese que las brujas aborrecían desde lo más profundo porque negaba la primacía del mundo; era fácil crear ilusiones que parecían reales en las mentes de las personas, ¡pero ese hechizo crearía de la nada un mundo real, completo, dominado por las leyes y por la voluntad impuestas por el hechicero que lo pronunciara! Ninguna bruja podía creer realmente en esa posibilidad. Y, por si eso fuera poco, Hécsor proponía otra magia, una que había sido tergiversada y que ahora reclamaba su lugar; no se engañaba, si el hechicero no hubiera querido que ella conociera esas elucubraciones, se las habría ocultado a su aprendiz. ¿Dónde quedaba en ese esquema la magia de las brujas? Porque, si todo eso era cierto, entonces Ábrisan no había sido reclamado por la magia de los hechiceros, la magia de las brujas no había sido vulnerada por estos, sino por otra magia aún más poderosa, ¡que iba a conferir a un mero aprendiz el poder de un dios creador!

Elsar vislumbró entre todo el horror que aquello le producía una llamada de socorro o una declaración de guerra. O ambas a la vez.

Aquello trastocaba todos sus planes.

–Será mejor que vengas con nosotras –sentenció.

***

En Mencasa, los tres hechiceros que constituían la cabeza de la Orden escucharon las palabras de Hécsor y le apremiaron para que volviese junto a su aprendiz; ninguno de los tres era capaz de ejecutar el hechizo; nadie había sido nunca capaz de ello. Necesitaban más información.

Media hora más tarde, tuvieron más información y supieron que habían llegado tarde.

Herejía.

Solo que, en este caso, y hasta donde podían saber, la herejía bien podía ser la realidad.

Un comentario sobre “Ábrisan. Libro I. Capítulo II (7.ª parte)

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.