Ábrisan. Libro I. Capítulo III (1.ª parte)

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Si se hubieran retrasado unos días, o si hubieran tomado el camino del bosque –si camino podía llamarse al entramado de senderos sin más sentido que la supervivencia animal–, la mujer no se encontraría ahora lavando uniformes. Con certeza, tampoco el viejo, que renqueaba un tanto al caminar, estaría repartiendo el rancho a los soldados.

No era que aquellos trabajos les hiciesen felices, pero habían optado por la supervivencia, y esa opción a menudo solo ofrece soluciones urgentes e inmediatas con las que no se puede negociar más allá de un sí.

Y eso que habían estado cerca de conseguir su meta.

***

Dos días después de su encuentro con los cazadores, y tras algunos otros menos peligrosos en ese camino progresivamente más transitado y por tanto más anónimo, un grupo de jinetes al galope los sacó de la calzada.

–¡Paso al Ejército Imperial! –gritaron al llegar a su altura, y continuaron cabalgando hacia el norte, seguramente hasta el siguiente poblado, que los viajeros acababan de dejar atrás.

Apenas un par de minutos después, la caballería marchaba al paso, un batallón completo, a juicio de Vermelho, seguido por otro de arqueros y, tras este, los hoplitas; cerraba la marcha una caravana de carruajes ligeros bellamente adornados, al que seguían los carros de avituallamiento.

–Ahí viajan los profesionales terapéuticos –dijo Verm–, y luego los alimentos, aunque estoy seguro de que esto no es todo el ejército.

Czan no mostró opinión alguna.

Por último, pasó ante ellos la masa indiferenciada que siempre sigue a los ejércitos, esperando sobrevivir de la rapiña; en esta ocasión era un contingente poco numeroso, apenas un par de cientos de personas.

–Seguramente es una avanzada para obligar a las pequeñas bagaudas a replegarse a menos que quieran ser aplastadas rápidamente. Es muy probable que no vayan mucho más allá de Caaviuru antes de plantar el campamento base, donde se les unirán otros ejércitos para lanzar la ofensiva definitiva hacia el norte de la marca.

El viejo hablaba sin conceder réplicas, concentrado en sus propios pensamientos, verbalizándolos para sí mismo.

–Fuiste soldado –no era una pregunta. Habían compartido poco de sus vidas durante todo aquel tiempo, concentrando sus fuerzas en el avance y en la misérrima nutrición, pero así y todo se había creado un cierto clima de confianza entre ambos.

Vermelho no distrajo su atención del paso del ejército hasta que el último hombre hubo pasado.

–Segundo esposo de una pequeña Familia de una Pequeña Casa en una pequeña ciudad, el amor no duró demasiado. Fui soldado durante varias campañas antes de divorciarme e instalarme definitivamente en Hortheg con una nueva Familia –no añadió más, aunque Czan podía suponer el destino de aquella nueva familia en la ciudad maldita. No le preguntó.

Continuaron caminando hacia Mencasa. Antes de eso, pasarían por Horonij, una pequeña ciudad a unas horas de la capital donde algunas Casas importantes tenían residencias para que sus mujeres y otros miembros solteros de las Familias se retirasen si querían llevar una vida más relajada, aunque por supuesto bajo vigilancia de guardias privados, prejias castradas o renjias (niñas que se habían manifestado como hombres en el paso a la edad adulta y que, como quienes trabajaban el sexo terapéutico, se sometían a procesos mágicos de esterilización). En el corazón del Imperio, aún más si cabía que en el resto, las Casas consideraban muy importante la filiación; todas las niñas y niños que se engendraban dentro del matrimonio múltiple o su descendencia pertenecían a la Casa del Cabeza de Familia mientras no pasaran a otras casas –por otro matrimonio–, y evitaban como una cuestión del máximo honor los embarazos fuera de ese matrimonio, tanto aquellos en los que los miembros de la Familia resultaban fecundados como aquellos en los que participaban como fecundantes.

Rodearon las murallas mucho antes de dar oportunidad a los numerosos vigilantes de llamarles la atención sobre ello, y a un par de kilómetros encontraron unos almendros silvestres junto a unos morales que les sirvieron para saciarse y acumular existencias; no se atrevieron a permanecer tampoco mucho tiempo en el lugar, temerosos de cualquier encuentro.

Un par de horas después se toparon junto a un arroyo con un manzano rodeado por una parra de uvas agrias pero refrescantes. Fue sin duda el mejor día de todo su periplo.

Pasaron la noche a la sombra de una encina, y volvieron al camino tan pronto como lo encontraron para evitar peligrosos encuentros furtivos.

Durante cuatro días más caminaron a buen paso, aunque también lo recolectado se terminó, y a mediodía del quinto contemplaron por fin Mencasa.

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