Ábrisan. Libro I. Capítulo III (2.ª parte)

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Las murallas se erigían inexpugnables sobre el río Dhiure y su valle, saturado de pequeñas poblaciones crecidas al amparo del progreso, pero sus puertas estaban abiertas al paso. Lamentablemente, por ellas brotaban fila tras fila de soldados que se encaminaban de manera inexorable en su dirección, abarcando todo el camino, y, cuando al fin el último de ellos hubo salido, las puertas volvieron a cerrarse.

Abandonaron la calzada para dejar paso a este nuevo ejército imperial que se encaminaba hacia el norte, como Verm había previsto. Una compañía de jinetes, de arqueros y de hoplitas marchaban en formación, una tras otra, y tras ellas se extendían unas agrupaciones menos imponentes compuestas por los varones de las Casas nobles en sus propias fratrías, que se aventuraban a la batalla contra su propio pueblo. Cerraba este contingente la intendencia. No consiguieron distinguir al hechicero que sin duda los acompañaría.

Cuando las fuerzas militares hubieron pasado, se produjo un movimiento desde los asentamientos que se pegaban alrededor de las murallas, y una masa informe se dispuso a seguir al ejército, masa en la que se mezclaban personas individuales cargadas de enseres con grupos apiñados alrededor de carros tirados por bueyes.

La pareja observó que algunas de las personas provenientes de esos asentamientos se acercaban a las puertas y eran rechazadas por los guardias. Algunas regresaban a sus cabañas, pero otras intentaban unirse a la masa que marchaba tras el ejército, siendo igualmente repelidos con gritos y amenazas.

–No podremos entrar en la ciudad –admitió Czandhra finalmente.

Vermelho asintió con resignación.

–Sea como sea, necesito descansar.

La mujer se sentó en el suelo allí mismo.

A pesar de sus quejas, Vermelho no la imitó. Clavaba sus ojos en los grupos que se desplazaban en la cola del ejército, examinando en lo posible cada rostro. Fueron largos minutos, pero, finalmente, cuando ya solo pudo contemplar espaldas, bajó la cabeza y tomó asiento junto a la mujer.

–No fuimos los primeros –explicó innecesariamente.

De vez en cuando, alguna de las personas de la bagauda tomaba la decisión de abandonarla y desplazarse hacia el sur; Vermelho llevaba mucho más tiempo en esas bandas, por lo que había despedido a muchas personas, algunas de ellas amigas.

–¿Te habrías enrolado hacia el norte? –preguntó Czan tras mucho tiempo.

–¿Tú no?

La mujer pensó en los carros cargados de alimentos que habían visto pasar. Toda la parte central de su cuerpo era un dolor. Lo hubiera hecho. Aunque solo fuera por una comida.

–¿Estamos a tiempo?

Vermelho negó con la cabeza.

–Ya has visto el trato recibido por quienes lo intentaron. En estas situaciones, si no tienes a alguien dentro, es muy difícil poder enrolarte; los grupos se autoorganizan antes de la partida, calculando la rapiña probable a repartir después de la batalla y las posibilidades de negocios no siempre lícitos con los soldados. Normalmente no es mucho, así que nadie quiere renunciar a su parte –explicó con detalle–. Si hubiéramos visto a algún conocido…

Czan encontró en esas palabras un destello de esperanza mientras clavaba su vista en las precarias barracas de los muros.

–¿Será el último ejército?

–Hacia el norte, y a menos que suceda algo imprevisto, supongo que sí. Esos batallones, junto a los soldados de los marqueses y a alguno de los hechiceros de los poblados y ciudades que se sumen a la campaña, bastarán de sobra para aniquilar a todas las bagaudas que osen enfrentarles. Nos fuimos a tiempo.

Czan no quiso desfallecer.

–Pero no solo hay bagaudas en el norte, también en el este…

Vermelho mostró su conformidad con las palabras de su compañera.

–Sin duda, aunque no sabemos si ya habrán salido, la frontera este se encuentra muy lejos de aquí; si, como dicen los rumores, la batida se hará en todo el Imperio, de sur a norte, entonces esos ejércitos deberían llevar al menos cinco semanas de adelanto con respecto a este último, si quieren vencer las resistencias y confluir en el norte. Pero esto es solo una suposición, solo el Imperator y sus consejeros controlan exactamente la situación en el país, y los rumores no son más que eso.

Viajeros escasos que cruzaban los territorios con pequeños cargamentos para comerciar donde encontraran una oportunidad, y que llevaban noticias a quien quisiera escucharlas, recogiendo y atesorando las que encontraban en sus itinerarios para romper el hielo de sus negociaciones al reunirse en torno a una hoguera o una mesa con cerveza compartida.

–Parece nuestra única posibilidad.

Se acercaron a la muralla, aunque evitaron la puerta; habían imaginado grandes confluencias entre las que pasar desapercibidos, pero no se atrevieron a ser detenidos e interrogados en solitario, así que abandonaron el camino y se internaron campo a través hacia las barracas.

Lo primero que les impresionó, tras tantos días a solas en la naturaleza, fue el hedor y, lo segundo e inmediato, el hacinamiento. Seguramente en el campamento del que procedían la situación había sido semejante o no mucho mejor, pero por fortuna sus pituitarias debían haberse acostumbrado y dejado de percibirlo. La fosas nasales se llenaron de penetrantes agrios rancios, producto multiplicado de secreciones y deyecciones humanas; pocos animales se veían, algún perro famélico que huía ante las miradas aviesas y las piedras lanzadas con poca destreza o quizá solo con desaliento.

Czandhra lo tuvo claro desde el principio.

–No pienso quedarme aquí –aseguró.

Vermelho comprendió que poco podría hacer él para convencerla, y que si él decidía otra cosa, aquello significaría una separación. Pero estaba demasiado cansado como para hacer nada que no fuera esperar, tal vez en algún momento abrieran las puertas y pudiera pasar al interior de la ciudad, o la suerte al fin le sonriese, una vez en su vida.

–Si vas a irte, hazlo ahora, porque luego la desidia será más fuerte que tú –fue el consejo, sabiendo que este pertenecía a aquellos que se dan pero que no se siguen.

Parecía, en efecto, una despedida.

Ninguno consideró la posibilidad de un abrazo que la ratificara, así que Czandhra simplemente empezó a darse la vuelta.

–¡Por los infiernos, viejo, tu nariz está mejor que antes de que Dchar te la rompiera!

Ambos se giraron de inmediato en dirección a la voz. Procedía de un lugar cercano, a su espalda, y su propietario se pavoneaba sobre un caballo de guerra.

“Problemas”, pensaron simultáneamente.

A su alrededor, varios grupos parecían haber pensado que sus diversas actividades merecían menos interés que lo que estaba sucediendo frente a ellos. Czan y Vermelho empezaron a ponerse nerviosos; lo último que querían era atraer la atención hacia sus personas.

Dchar desmontó tras observarlos con detenimiento, detrás de su aparente buen ánimo, y se acercó a ellos con ademán conciliador.

–Dchar lo siente, viejo, lo pasado, pasado está –podría pasar por disculpa–. Acabáis de llegar, ¿eh? Dchar sabe lo que dice.

Ninguno se fiaba tanto como para responder. Era difícil pensar que no hubiera segundas intenciones en la actitud del hombre.

–Venid con Dchar, creo que podrá restituir parte del daño –dijo, les lanzó un trozo de pan aún comestible a cada uno y volvió a montar–. Dchar no piensa repetir la oferta –añadió, y empezó a alejarse al paso.

Czan no confiaba en él, pero al menos estaba bastante segura de que no iba a entregarlos; a fin de cuentas, ellos podrían revelar también su pasado rebelde. Pero Vermelho captó el sentido de la expresión de la mujer.

–Tal vez su suerte dependa de vender a antiguos camaradas –advirtió.

Desde luego, esa actividad cabía en la imagen que Czandhra se había hecho de la personalidad del hombre, y se sintió estúpida por no haberlo pensado desde el principio.

Dchar se alejaba lentamente hacia el oeste, siguiendo la muralla, pero teniendo buen cuidado de no acercarse a ninguno de los andrajosos que se apiñaban a los pies de esta. No lo seguirían. Aunque tampoco podían permanecer allí; si el hombre se ganaba la vida denunciando a antiguos miembros de las bagaudas, podía regresar en cualquier momento con una patrulla de soldados; incluso, teniendo en cuenta su presente estado físico, no le costaría demasiado prenderlos él mismo, en cuanto constatase que no le iban a seguir por voluntad propia.

Una mujer salió de entre la muchedumbre y se acercó al caballo en actitud humillada.

–¡Llévame a mí! –solicitó, manteniendo las distancias.

Dchar se volvió hacia la mujer con un gesto negativo en su brazo y, en el mismo movimiento, apremió a la pareja a acercarse.

–Dchar sabe –culminó.

Lo cierto era que ambos se habían sentido impresionados por la actitud de la mujer hacia el hombre y la relación de poder que se leía en esos pocos gestos. Casi sin querer, se aproximaron. Dchar espoleó su montura y así continuaron durante al menos un kilómetro, siguiéndole sin hablar. Czan no llegaba a culpabilizarse por sentirse ajena a la muchedumbre que se agolpaba a pocos pasos de ella.

El final de la muralla norte se fue acercando, y comenzaba la curva que la prolongaba por todo el oeste hasta convertirse en la muralla sur; no muy lejos de allí se veía el río y la especial construcción fuertemente amurallada que lo acogía y lo canalizaba antes de su entrada en la ciudad, y de la que se decía que contaba con una dotación de guardias especialmente entrenados en ejercicios marciales subacuáticos. Un poco más allá se levantaba un campamento militar.

–Os estaréis preguntando cómo ha llegado Dchar aquí, ¿eh?

Podrían haber intentado negarlo, pero lo cierto era que sentían curiosidad. Aunque no estaban seguros de que, una vez satisfecha esta, no hubieran preferido ignorar la historia de su compañero. No se detuvo durante la exposición.

–Lizzar es un tonto, a estas alturas ya se habrá unido en el norte al resto de las bagaudas, a ese loco de Yural, como si eso les fuera a valer de algo. Van a ser exterminados. Pero Dchar no, Dchar es un superviviente. Miradle, llegó hace solo dos semanas, y en cuanto vio el panorama supo cómo sacarle partido, ¿verdad, Vermelho? Tú también eres un superviviente, un veterano superviviente, sí, señor –trató de confraternizar, aunque ni siquiera permitió al otro intervenir–. ¿Cómo lo hizo? Lo sabéis, os vio, buscabais conocidos para que os colaran en la escoria que sigue a los ejércitos, ¿eh? Pero Dchar no iba a quedarse quieto. Tenía un caballo, y eso aquí es mucho y la gente te respeta –se jactó. No le preguntaron dónde lo había conseguido, porque cuando estaba en la bagauda no lo tenía–. Dchar no se iba a enrolar hacia el norte, no donde pudieran reconocerle, así que aquí está, reclutando gente para el sur, para la guarnición que relevará a los soldados de la frontera con Nmadhrad, donde nadie quiere ir y nadie pregunta por el pasado.

Czan observó el campamento que se abría ante ellos. En verdad no era demasiado extenso. Por lo que pudo observar, solo hoplitas y no demasiados arqueros; camellos, pero ningún caballo. Los carruajes terapéuticos se reducían a cinco, pero los carros de abastecimiento eran más numerosos, en proporción, que los que habían visto dirigirse al norte. Iba a ser un viaje largo. De la misma manera que en la muralla norte, en esta parte se apiñaban estructuras endebles y manifiestamente eventuales, pero la escasa densidad de personas parecía dotarlas de cierta comodidad. Y el olor era soportable.

No había dudas, Dchar les estaba invitando a unirse a la expedición hacia el sur.

Vermelho parecía encantado con la idea, y sonreía abiertamente, tocándose la nariz torcida y magullada en un gesto que pretendía quitar hierro a lo sucedido. Czan, por el contrario, no estaba tan segura. Pesaba en su decisión la idea de separarse definitivamente de Reghina; mientras aún existiera la posibilidad de acercarse al norte, o de ir sobreviviendo en Mencasa, la idea de una futura reunión se mantenía secretamente. Pero viajar hasta la frontera con Nmadhrad significaba mil kilómetros de tierra, en su mayor parte desértica, de la que no era sencillo regresar; a fin de cuentas, si Deltsia aspiraba al nombre de Imperio, se debía a esa enorme superficie apenas poblada, el resto del territorio apenas justificaría el nombre de reino, si de la extensión dependiera. Además, no estaba muy segura de querer pasar todo el tiempo que implicaría el viaje y la estancia en compañía de Dchar, sobre todo si el hombre asumía que le debía un favor.

Por otro lado, era una oportunidad.

–Vermelho y su esposa, Czandhra, cocinero y afiladora –les presentó al sargento de intendencia cuando ya todo estaba decidido.

Czan se alegró de que no la hubiera presentado como hija, porque habría significado un acoso constante en un viaje tan largo. Un punto para Dchar.

Y, así, abandonaron Mencasa solo tres días después.

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