Ábrisan. Libro I. Capítulo III (3.ª parte)

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Renuegsor, H’antogsor y el más anciano, Jomregsor, contemplaron con incredulidad la imagen mostrada por el orbe.

–Seguro que no suponéis que hubiera podido detenerlo –dijo Hécsor con toda naturalidad.

Los dirigentes de la Orden no tenían por qué hacer suposiciones de ese tipo.

–¿Le has permitido ir al aquelarre?

Como la respuesta era obvia, no contestó.

–¿Qué sabe?

Hécsor no iba a repetir la herejía ante sus superiores.

–¿Qué sabemos nosotros?

Aquella respuesta no fue precisamente del agrado de los jerarcas de la Orden.

–Sabemos que un aprendiz de hechicero con poderes terribles puede estar compartiendo nuestros secretos con las brujas.

Hécsor no se dejó amedrentar.

–Un aprendiz al que nadie ha enseñado esos secretos, por lo que sabemos, y que ha sido bruja durante mucho más tiempo.

Jomregsor se envaró.

–Es tu responsabilidad.

“Yo no lo elegí”, estuvo a punto de contestar, pero supo contenerse a tiempo.

–Sí, lo es.

Ninguno ignoraba que aquellas palabras no les iban a apaciguar; fingir que sabía lo que hacía resultaba tan superfluo como que lo culparan, y once vidas que desembocaban en la ignorancia era como para desinflar el orgullo de cualquiera; esperaba que reaccionaran a tiempo.

–Está bien. No podemos hacer nada, por ahora, y hay asuntos que nos ocupan de manera más urgente.

Reghina le llevó por toda la cumbre, cotorreando como nunca la había visto, contenta de poder enseñarle cada hierba que reconocía y cada horqueta de los árboles desde donde se había lanzado, hasta que finalmente bailaron los primeros pasos de la danza de la bienvenida –los únicos que hasta ahora había aprendido– en torno a los restos antiguos de la hoguera. Elsar se encargó de preparar la cena y de “adecentar” las escobas, según sus propias palabras.

–Hacía mucho que esta querida no volaba.

Desde luego, Ábrisan ni siquiera la conocía, tan vieja era la escoba que la maestra le había prestado. No estaba familiarizado con ella, así que sobre todo la primera hora la había pasado tratando de no caerse con cada ráfaga, siempre en la estela de la escoba de las otras dos, que volaban juntas y de manera experta. Pero, después, todo había ido bien; el saco que le había dejado Regh le protegió del frío que ya no recordaba desde la última vez que había surcado el cielo.

Pasaron la noche en el monte de las Lunas, un descanso que necesitaban. Otras dos brujas se sumaron a ellas por la mañana. Elsar debía de haberlas avisado de su presencia, pues, lejos de sorprenderse al verla, se mostraron amables. Aunque, eso sí, evitaron tocar temas espinosos, lo cual no era muy propio de una bruja.

La segunda jornada de viaje fue más larga y más rápida. De alguna manera, sentía que la escoltaban, antes del anochecer ya eran un grupo de ocho escobas las que se desplazaban juntas por el cielo. Ábrisan trataba de no imaginar lo que pensarían quienes alcanzaran a verlas desde los campos.

Jamás había viajado tan lejos de Caaviuru. El itinerario les llevaba hacia el oeste, después de una primera parte del viaje más hacia el norte. Al anochecer no se detuvieron, y solo a medianoche aterrizaron en uno de los picos de la cordillera Barrera, en el extremo septentrional de la meseta que constituía la parte central del Imperio Deltsio. A partir de ahí, el viaje continuaría en un constante descenso de seiscientos metros, a lo largo de doscientos kilómetros, hasta el nivel del mar. No se detendrían en Rdiya –la fracasada ciudad portuaria del Imperio, cuyo comercio se reducía a mínimos por culpa de los numerosos piratas que navegaban el golfo de Eshguev y a los corsarios financiados por las hegemonías–, sino que completarían de un tirón el buen trecho restante hasta Isla Raíz, sede del poder de las brujas desde tiempos remotos, cuando la actual isla era un istmo unido a la costa sur de la Hegemonía Gordana. Las brujas no pedían permiso para abandonar un territorio, por más que los dirigentes de los diversos reinos pensaran que las tenían bajo su férula y ellas participaran formalmente en los ritos que pretendían acatar su poder.

–Nadie puede estar más cansada –susurró Regh cuando por fin descendieron de la escoba y masticaba un trozo de embutido que Elsar le había puesto en la mano. Ábrisan apostaba a que el sueño le vencería antes de terminarlo. Y a ella también.

No hubo más conversaciones tampoco aquella noche, ni se convirtió en un centro de atención, como había temido. Estaba claro que las brujas tenían la capacidad de ocultar sus emociones cuando se lo proponían.

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