Ábrisan. Libro I. Capítulo III (4.ª parte)

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No había resultado tan sencillo con Hécsor. Cuando le dijo que se iba al aquelarre junto a Elsar, el hechicero se había mostrado más que contrariado, llegando a levantar la voz. No le había servido de nada.

–Sabes que eres mi aprendiz, ¿verdad? Eso no ha cambiado –terminó diciendo, apelando finalmente a la razón.

Ábrisan mostró su conformidad, pero no cedió.

–Antes era aprendiz de bruja y, si es verdad que hay otra magia en juego, las brujas tienen que saberlo.

El hechicero no consiguió controlar del todo un ligerísimo fruncimiento de los labios.

–Volverás –le pareció notar un matiz interrogativo.

Aquello, más que ninguna otra pista, le hizo comprender la profundidad de la inquietud de su maestro. A fin de cuentas, como él mismo decía, era su aprendiz, y un hechicero solo nombraba uno, antes del final de su décima vida, el cual luego se ocuparía de protegerlo y cuidarlo los primeros años de la undécima, hasta que volviera a ser lo suficientemente adulto como para que ya no necesitara esos cuidados y recobrara toda su capacidad de enseñar; entonces ambos pasarían juntos esa undécima vida, aprendiendo hasta los últimos días de la última vida del maestro. No era extraño que estuviera preocupado.

–Volveré –prometió, y pensaba cumplirlo.

Hiciera lo que hiciera, Hécsor era consciente de que no podía impedir la partida sin consecuencias. Reflexionó en las que tendría para él ante los superiores de la Orden.

–Es mi deber advertirte de que la mera mención de la existencia de una magia diferente constituye una herejía, no la repitas delante de otros hechiceros; no puedo valorar cómo reaccionarán las brujas, aunque, ya que se lo has contado a Elsar, te recomiendo que permitas que sea ella quien lo exponga ante sus hermanas; no es la mayor del aquelarre, pero, así y todo, su voz es escuchada y respetada –despidió al aprendiz con ese último consejo.

Ábrisan no tenía previsto hacer otra cosa.

Después había ido a ver a Xirh.

–¿A un aquelarre? Pero ¿sigues siendo un hombre, verdad? –fueron las primeras palabras de su prometida.

Ni siquiera se le había ocurrido esa posibilidad. Pero, sí, como aprendiz de hechicero –y seguía siéndolo–, era un hombre a todos los efectos. Le produjo una inesperada ternura la preocupación de Xirh; entendía que aquello le inquietara, porque era la manera más sencilla de solucionar sus problemas de soltería y de facilitar la vida de ambos, pero, por un momento, en medio de tantos interrogantes que hacían tambalear la existencia misma de la magia, y quizá de la realidad, aquella concreción del cariño le conmovió.

–Se lo he dicho, Xirh, y no ha contestado nada.

La muchacha tardó unos segundos en comprender.

–¿Le has dicho que nos íbamos a casar? ¡Nooo…! –mostró su incredulidad–. ¡Me imagino su cara! –Y se había echado a reír, contagiando a una Ábrisan que de pronto la acompañó en su risa descontrolada.

Fue una mañana extraña, porque para hablar con Xirh tuvo que habilitar una cita con ella de manera oficial como aprendiz de hechicero, lo que les garantizaba intimidad al tiempo que confería seriedad al encuentro de cara al vecindario.

Si hubieran sabido lo que sucedió en aquella habitación, seguramente les hubieran expulsado del poblado y de la marca; pero, como al fin y al cabo quien se encargaría del castigo sería Hécsor, fingieron que no tenían demasiado que temer.

–Una semana, quizá uno o dos días más, depende –aseguró Ábrisan ante la pregunta de su prometida, eso era lo que Elsar había previsto como duración total del viaje.

–Una semana sin hacer estas cosas, no sé si aguantaré –bromeó Xirh.

–Bueno, siempre tienes a Prinzesha –provocó Ábrisan, acariciando el incipiente bigote de su amante; la mujer era una trabajadora del sexo terapéutico que para la mayoría de la juventud del poblado resultaba poco atractiva por su inagotable aroma corporal a ajo.

–Sí, retrásate un día más, y a lo mejor nos encuentras aquí a ambas –remató.

Reanudaron las risas y luego se mantuvieron abrazadas hasta mediodía, momento previsto para la partida.

“Me voy a casar con esta mujer”, pensó Ábrisan con el corazón pleno de gozo mientras se dirigía al comienzo de su viaje.

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