Ábrisan. Libro I. Capítulo III (5.ª parte)

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La campaña deltsia contra las bagaudas que operaban en su territorio no iba a detenerse por incógnitas de difícil solución en el campo de las magias, y los hechiceros, como ya le habían informado con antelación, iban a participar en ella de una manera destacada.

Las órdenes eran concisas, pero requerían mucha preparación, lo que en realidad agradecía. Hécsor cumplió sus obligaciones como hechicero en una campaña militar, las cuales constituían un refugio de detalles concretos, mucha acción y menos tiempo para imaginar a su aprendiz en medio del que seguramente sería el aquelarre más concurrido de los últimos siglos. Después de dos días, ya debía de haber comenzado.

Para entonces, el primer ejército imperial había sobrepasado Caaviuru, obligando a replegarse a las bagaudas hacia el norte con su mera presencia. Ahora él tenía que incorporarse a las órdenes del hechicero del marqués, junto a los otros tres hechiceros de la Marca Caylón. Ninguno de los hermanos con los que debía reunirse sobrepasaba su quinta vida, y sin embargo él no estaría al frente en estas maniobras bélicas. Nunca lo había estado, ni entraba en sus planes estarlo. No le gustaban las guerras. Demasiadas pérdidas por pedazos de tierra que en el fondo gobernaban las brujas, por más que los señores los renombraran como nuevos dominios, los hechiceros coordinasen los puestos de poder y los pobladores cultivasen, pastoreasen, cazasen, extrajeran minerales para transformarlos en los talleres o cualquiera que fuese la ocupación que eligieran. Por encima, debajo y alrededor de los músculos, las brujas eran la piel, los huesos, los tendones, la sangre, el aliento de la tierra. Y luego estaba el sufrimiento inútil. Diez vidas bastaban para haber registrado miles de existencias abortadas por culpa de la estupidez, la codicia o el orgullo.

Pero el deber era el deber.

A Ursue no le gustó quedarse de repente sin bruja ni hechicero –ni siquiera con sus aprendices–, ya tenía suficientes problemas que resolver por sí mismo, como para ocuparse también de las mil zarandajas que la población cargaba sobre los hombros de los representantes de la magia; para su pesar, era consciente de que en la práctica no podía hacer nada para impedirlo. Solo confiar en que Elsar no demorara excesivamente su regreso. Temía que las circunstancias que rodeaban la partida del hombre lo retrasarían mucho más.

A mediodía, con el sol bien alto, al día siguiente de la partida de la bruja, Hécsor abandonó Caaviuru a lomos de una mula. La verdad era que el mago no entendía por qué. Cinco hechiceros, cuatro de ellos muy experimentados, para acabar con unas pocas bandas de refugiados hambrientos. Con todo el dinero invertido en los ejércitos que los aplastarían se podría haber fundado y guarnecido otro poblado, suministrando además todas las herramientas necesarias para los talleres y los aperos y bestias para el campo. Pero los soldados debían entrenarse, de eso no cabía duda.

Tenía al menos una semana de camino hasta Bagdor, la capital de Caylón, a paso tranquilo y solo avanzando unas pocas horas cada día. Marcharía hasta encontrar al primer ejército, que a estas alturas ya estaría instalado a un par de días, y luego seguiría por el camino imperial; aunque no estuviera funcionando ni una sola de las “Hospedería y Posta” imperiales debido a la importante acción destructiva de las bagaudas, estas no rondarían el camino a estas alturas, sino que andarían pertrechándose entre los pequeños valles de los afluentes del Psargha, que les proporcionarían diferentes vías de huida y de dispersión hacia el norte o el oeste, después de que los ejércitos avanzaran y los aplastaran. El camino imperial se encontraría razonablemente seguro.

El primer día aprovechó todo lo que pudo la claridad de las lunas –Rheda llena y Baril en un creciente amplio, aunque Fantúa, al otro lado de la esfera celeste, se ocultaba por completo– y cabalgó durante casi ocho horas, con las oportunas paradas para el descanso de la mula. Efectivamente, casi rozaba el ocaso del día siguiente cuando llegó al campamento, donde decidió descansar hasta el amanecer.

Renuegsor, H’antogsor y el más anciano, Jomregsor, habían decidido no enviar a ningún hechicero desde Mencasa, por lo que Hécsor recibió una buena acogida por parte de soldados y resto de personal; en las dos semanas de campaña habían sufrido multitud de pequeños inconvenientes, sobre todo materiales y de salud. Correas rotas, ruedas descentradas y ampollas se llevaron la palma; el hechicero añadió los pertinentes hechizos a los arreglos de los artesanos, y la mayoría quedaron contentos. A cambio, le dieron comida en abundancia y el lugar más cómodo donde descansar, la cama de uno de los trabajadores terapéuticos –sin trabajador, a pesar del ofrecimiento del hombre–.

No estaba mal.

De madrugada, todo se estropeó.

***

El asalto a Bagdor comenzó a medianoche. Los hechiceros foráneos no se enterarían hasta que todo hubiera acabado; los asaltantes habían cortado las rutas de comunicación y tenían arqueros preparados para abatir a los cuervos. La rapidez del asalto y su contundencia provocaron el pánico entre la población, como habían previsto. El hechicero reaccionó tarde, aunque con tremenda eficacia en el escudo de defensa, pero, para cuando el ejército asaltante fue rechazado, los mensajeros ya habían salido de la ciudad para reclamar ayuda.

Tres fueron los golpes de suerte. El primero, la imprevista muerte del marqués, que en un acto de osadía digna de mejor causa se precipitó a dirigir personalmente la defensa y se dejó acribillar en la muralla por las flechas enemigas. El segundo, el arrebato del hechicero, que conjuró una defensa tan sólida que impidió la progresión del asalto, pero asimismo posibilitó que la mayoría de los asaltantes huyeran indemnes. La certera destreza de quienes vigilaban los caminos constituyó la tercera; solo permitieron sobrevivir a aquellos que se dirigieron al sur por el camino imperial.

Mucho tiempo había dedicado Yural a aquella campaña, y por fin el plan comenzaba su andadura.

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