Ábrisan. Libro I. Capítulo III (6.ª parte)

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Hasta el momento de pisar la isla, había tenido mucho tiempo para pensar en todo aquello, pero luego los acontecimientos se precipitaron. Para empezar, la inconmensurable majestad del mar. Reghina no había pronunciado una palabra desde el momento en que Elsar la avisó de que se acercaban a su destino, y a partir de entonces se mantuvo en una maravillada expectativa hasta que aterrizaron. Una vez en la playa, donde Elsar la dejó junto a Ábrisan, corrió hacia las olas y se estremeció con su vaivén, sin atreverse a dejarse tocar por la última espuma y la lengua de agua que empapaba la arena suavemente antes de retirarse. El joven se sentía tan fascinado como la pequeña, y durante muchos minutos permaneció allí con la mente vacía, simplemente mirando el horizonte.

–¿Quién ha puesto toda esta agua aquí?

Se imaginaba a su padre preparando para ella aquella maravillosa sorpresa.

Ábrisan no supo qué contestar. Dominaba la teoría, por supuesto, el equilibrio entre el agua y la tierra, las lunas y su influencia en las mareas y las supermareas, las raíces de las islas y el agua infiltrada en las rocas bajo esas raíces, los ciclos de la vida, que tenían el agua como elemento central.

No le correspondía a él contestar esas preguntas a una aprendiz de bruja, y mucho menos allí, en el centro del poder de la magia de estas.

–Nunca pensé que fuese tan grande, no se ve el otro lado –confesó. Se sentía sobrepasado, y eso que sabía que solo se encontraba en un golfo del mar interior de Eshguev; siempre había pensado que sería como un lago, pero ya el olor a salitre que inundaba sus fosas nasales convertía la experiencia en algo totalmente nuevo y maravilloso.

Se encontraban en el extremo este de Isla Raíz, desde donde sí alcanzaban a ver otras pequeñas islas que la rodeaban, aunque por lo general sus habitantes no se acercaban por allí; había una bruja en la mayor y más poblada, que se encargaba de las urgencias que pudieran producirse en el archipiélago, pero Isla Raíz permanecía deshabitada la mayor parte del tiempo, excepto para el mantenimiento de la habitabilidad de las cuevas.

Era evitada incluso por los piratas que navegaban por el golfo y su archipiélago, en constante conflicto entre la Hegemonía Gordana al norte y la Hegemonía Hortgia –el estado que ocupaba la mayor parte de la frontera oeste del Imperio Deltsio, hasta el desierto– al sur.

Sin embargo, nunca había existido una prohibición explícita por parte de las brujas de no pisar Isla Raíz. Si alguien hubiera dirigido su proa hacia la orilla, desembarcado y construido una cabaña en la que instalarse, nadie le habría reprochado sus acciones. Pero nadie lo había hecho, y la pescadora más ambiciosa, el mercader más aventurero sentían que la magia que emanaba de aquella tierra profunda encerraba un poder excesivo para que una persona normal pudiera salir indemne.

Regh y Ábrisan pasaron allí toda la tarde, mientras las brujas seguían llegando al aquelarre montadas en sus escobas y se iban reuniendo en las cuevas donde se llevaría a cabo la celebración. Las veían llegar en solitario o en pequeños grupos desde cualquier dirección que siguiese su mirada.

Elsar no pudo precisar el número, pero aseguraba que se reunirían allí más de mil brujas de todo el continente.

–Hay un conjuro interlenguas en la caverna principal–explicó a Regh ante la pregunta de esta sobre cómo podían entenderse.

Les llevó comida para al menos una semana, y les indicó una cueva cercana a la playa donde refugiarse y pasar las noches.

Adivinó los pensamientos de Ábrisan aunque este se había mostrado reacio a expresarlos.

–El aquelarre comenzará esta noche, cuando la mayoría haya llegado, pero antes de tu comparecencia hay muchas consideraciones a tener en cuenta. Seguramente no se solicitará tu presencia antes de mañana por la noche, puedo equivocarme y que todo vaya más deprisa. Como comprenderás, hay mucha expectación por escuchar tu experiencia de primera mano.

El aprendiz de hechicero comprendía las razones de la demora, aunque en el fondo sentía removerse una añoranza indignada por no formar parte de todo aquello.

–¿Y yo?

Reghina demostró también una chispa de rebelión escondida bajo la tenue voz con que lanzó la pregunta.

Elsar sin duda ya había pensado en aquello.

–Cuidarás de Ábrisan hasta que se presente a la asamblea, pero luego participarás en las celebraciones menores con el grupo de otras aprendices que se han desplazado hasta aquí –prometió–. Esta vez no eres la única.

La pequeña sonrió abiertamente.

–Por cierto, hasta entonces podéis bañaros en el mar, no hay ningún peligro –aseguró a renglón seguido.

Sus palabras provocaron un caudal de actividad en sus oyentes, que recorrieron los pocos metros que les separaban de las olas, desprendiéndose de sus ropas por el camino.

–¡Ven con nosotras! –gritó Regh cuando ya tenía los dos pies dentro del agua y saltaba alternativamente de uno a otro.

Ábrisan permaneció a la expectativa justo en el límite del agua.

–No sé si una bruja debería desnudarse delante de un hombre soltero –dijo Elsar, para a continuación echarse a reír, desprenderse uno a uno de sus abundantes atavíos y colocarlos despacio sobre una roca que parecía estar allí a propósito.

Luego también ella se dirigió al agua y no dudó en seguir caminando hasta que la cubrió por completo.

–¡Está helada! –gritó.

Sus aprendices rieron al pensar en sus tórridas costumbres de higiene, y la siguieron al interior del mar templado.

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