Ábrisan. Libro I. Capítulo III (7.ª parte)

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No fue al día siguiente, sino uno después, cuando la misma Elsar llegó volando hasta la playa para buscarlas. Tenía un aspecto inquietante, la expresión seria y ojos hundidos.

Regh montó con ella y Ábrisan las siguió.

El trayecto fue corto, las cuevas se hallaban en el centro de la isla, cuyas dimensiones eran modestas. Dejaron las escobas en la entrada y se introdujeron en el interior de la tierra.

–Regh, acompaña a esas muchachas –ordenó a la pequeña aprendiz, indicando un grupo de niñas, de diferentes edades, que la acogieron con amabilidad y la condujeron a un pasillo cercano.

Elsar y su acompañante continuaron su camino entre antorchas espaciadas lo justo para iluminar un pasadizo que descendía en suaves zigzags. Dejaron atrás, a derecha e izquierda, varios pasillos naturales. Tras solo un par de minutos, y después de un último giro, comprobaron que el fondo del pasadizo estaba más iluminado, y de él provenía un rumor incesante de voces.

Se hizo el silencio en la inmensa caverna cuando aparecieron en la entrada; centenares de brujas se concentraban alrededor de una inmensa hoguera –cuyo humo, de alguna forma, era evacuado del recinto– que era la fuente de la luz. Elsar no se detuvo ni permitió que el joven lo hiciese, sino que se dirigió a una plataforma que apenas sobresalía del suelo, pero que resultaba visible desde cualquier punto del interior del recinto.

–Hermanas, os presento a Ábrisan, que fue mi aprendiz durante diez años como niña, se manifestó mujer con el mismo nombre de infancia, y fue reclamada como aprendiz de hechicero. Comparece aquí voluntariamente para exponeros su experiencia, para responder a las preguntas que estime oportuno y para demandar información relacionada con su caso. Que la búsqueda de la verdad nos guíe a todas.

No dijo más, y a continuación dio un par de pasos hacia el fondo de la plataforma, dejando a Ábrisan todo el protagonismo.

El joven comprendió que debía exponerse ante aquella multitud, aunque estaba seguro de que ya todas conocían y habían tratado las circunstancias que lo rodeaban. No lo estaba de hasta qué punto deseaba ser interrogado, pero si era condición para recibir información sobre casos semejantes, u otros anómalos que las brujas pensasen que tenían relación, este protagonismo constituía una oportunidad.

Así pues, volvió a relatar su experiencia desde el principio, sin omitir nada que pudiera resultar de interés, aunque, a su parecer, la presentación que había hecho Elsar constituía un buen resumen.

El silencio durante su intervención fue absoluto y respetuoso y, una vez puso fin a su exposición, las preguntas llegaron de manera ordenada –no llegó a ver de qué manera se controlaban los turnos–.

Le preguntaron por su infancia junto a Elsar. Niños y niñas se criaban sin diferencias apreciables, esa era la teoría –algunos ritos muy ocasionales vinculados a la magia sí incluían diferenciación por sexos–, aprendiendo los roles de hombres y de mujeres en la sociedad adulta para ir forjando su identidad de género de acuerdo a un conjunto heterogéneo de sensaciones, de identificaciones, de habilidades, de preferencias, de acuerdos, de seguridades… Naturalmente, haber sido aprendiz de bruja durante diez años debía haberla condicionado, aunque no sería la primera vez que una aprendiz de bruja se manifestaba hombre por motivos que solo a él concernían, abandonando la magia de brujas, o que un niño que se manifestaba mujer en su iniciación decidía convertirse en aprendiz de bruja; no era lo habitual. Algunas preguntas se dirigieron precisamente a sus posibles dudas o coacciones hacia su identidad de género manifestada. Ábrisan negó ambas con paciencia, en espera de lo peor. Nada de lo dicho hasta el momento resultaba controvertido.

Se hizo de nuevo el silencio mientras la siguiente pregunta adquiría contornos nítidos en las mentes de todas las presentes.

–¿Es posible que sobrevivieses a un nacimiento monstruoso?

Ábrisan reconoció que uno de los momentos clave había llegado. No temía por él, estaba familiarizado con su cuerpo. Pero que esas palabras hubieran sido pronunciadas allí, de manera unánime –a estas alturas no se cuestionaba que los interrogantes estaban pactados–, implicaba que se habían puesto en marcha los prejuicios fundamentales de la magia.

No contestó.

A pesar de la contención en el comportamiento mostrado hasta ese instante, fue indudable el crecimiento de la tensión entre las concurrentes. El joven llegó a detectar intentos mágicos de exploración; no fue necesario protegerse contra ellos, Elsar se había anticipado y lanzaba una mirada airada a una de las asistentes.

–¡Debería darte vergüenza! –se adelantó, sin necesidad de señalar a la culpable.

El resto de las brujas parecieron darse cuenta paulatinamente de lo sucedido y se cruzaron un par de gritos antes de recuperar la calma.

–Te pido perdón en nombre del aquelarre, Ábrisan –se disculpó–. Eres un invitado, compareces voluntariamente y no deberías haber recibido este ataque.

El joven se mantuvo impávido ante el auditorio.

–Sin embargo, me parece relevante el fondo de la cuestión –se escuchó una voz entre la multitud. Provenía de una bruja anciana, procedente por su aspecto de las montañas de la Hegemonía Jar’lla, al oeste del Imperio Deltsio.

Ahí estaban los prejuicios de nuevo, que pretendían la pureza de las magias y trataban cualquier diferencia como una amenaza.

Lamentablemente, Elsar le arrebató la posibilidad de mantenerse firme al contestar por él.

–Si la magia está alterada en Ábrisan, no podemos determinar la causa en su biología –sentenció, dejando a un lado las dudas sobre su nacimiento.

Se sintió molesto con su maestra, pero comprendió sus razones. La mujer estaba segura de lo que decía, y enconarse sobre el tema solo conduciría a evidenciar diferencias que no favorecerían posteriores posicionamientos conjuntos sobre lo que iba a venir. Pero le dolió la invasión de su intimidad.

Las preguntas pasaron del posible origen de sus elecciones y de la imposición a que se había visto sometida hacia su experiencia reciente como hechicero.

Aquella era la razón que había esgrimido ante Hécsor para justificar su presencia en el aquelarre, y la que había convencido a Elsar de esa necesidad, por lo que ahora empezaba de verdad la parte conflictiva de su intervención.

Recordó la advertencia del hechicero, de modo que, antes de continuar, dio un par de pasos atrás y obligó a Elsar a hacerse cargo de la situación y exponer sus razones.

La expresión molesta de su acompañante puso de manifiesto que no había entrado en los planes de la anciana tomar protagonismo en aquel asunto, así que estuvo seguro de que ella no había compartido en el aquelarre ninguna de las dudas sobre la magia y que asumía que él iba a ser el encargado de soltar la tromba.

Se mantuvo firme en su posición, y aguantó la mirada de Elsar. Si las brujas tenían que conocer sus inquietudes, ella tendría que implicarse. Recordaba bastante bien la reacción de irracional temor de su maestra como para sentirse tranquilo.

–Hermanas, antes de las preguntas, es justo que comparta los escasos indicios que me convencieron para traer ante el aquelarre a un aprendiz de hechicero –comenzó.

Las reacciones de las brujas, a medida que Elsar fue desgranando la conversación con su antiguo aprendiz acerca del dominio de este de la hechicería y de las dudas sobre la presencia de otra magia, extenuaron toda la gama desde el terror hasta el desaliento, pasando por la incomprensión. Durante muchos minutos no fue posible entenderse, tal era el nivel de griterío, conversaciones cruzadas y acusaciones de todo tipo.

–¡Cómo se atreve! –Ábrisan estaba seguro de estar recibiendo todo el odio de la misma mujer que antes le había sondeado.

Varios gritos de “¡Herejía!” cruzaron la caverna, y ni siquiera el conjuro interlenguas servía para facilitar la comprensión de los mensajes, que siguieron en aumento hasta que una bruja empezó a abrirse paso entre la multitud, seguida de otras dos, y llegó hasta la plataforma.

Ahora fue el turno de Ábrisan para el temor, y puso en duda su propia seguridad. Las tres brujas se aproximaron a su posición, que inconscientemente le había situado junto a Elsar. Eran sin duda mujeres del sur, de más allá del desierto de Nmadhrad, donde el color negro de la piel clareaba hasta colores aceitunados, en un entorno donde el sol volvía a perder intensidad. Era harto infrecuente que personas de esas tierras se aventuraran en los reinos del norte.

Su presencia en la plataforma tuvo un efecto apaciguador del ambiente, y el silencio se extendió de modo incremental hasta el último recodo de la caverna. Conseguido el silencio, y apenas sin ejercer más que sutiles movimientos, devolvieron la atención a Elsar.

No pareció muy cómoda la anciana con aquel renovado protagonismo, pero hizo lo que había que hacer.

–Así es, hermanas. Preguntadle al respecto, pero Ábrisan comprende la magia de los hechiceros como nadie hizo nunca, y piensa que hay razones para suponer que no fue esta magia la que lo reclamó, sino una anterior que ahora despierta. Cuál sea la verdad aún es pronto para determinarlo, pero aquí estamos para aportar los datos que tengamos y que respalden o contradigan esta hipótesis.

Las brujas se contuvieron en esta ocasión; no luchaban contra la realidad, sino que se empeñaban en comprenderla, así que comenzaron a exponer diferentes anomalías en sus experiencias con la magia. La mayoría poca relación tenían, a simple vista, con la magia de los hechiceros o con desequilibrios, y, desde luego, a pesar de su anormalidad, no resultaban casos tan infrecuentes, y ni siquiera parecían haberse producido recientes incrementos en su frecuencia. Procedentes de distintas hegemonías, las brujas relataron los prodigios de sus entornos cercanos, pero en aquel ambiente no pasaban de ser meras rarezas que tenían explicaciones naturales, una vez despojadas de habladurías y misticismos.

Si algo sucedía con la magia, estaba claro que la suya no se estaba viendo afectada.

–Excepto porque otra magia ha interferido para arrebatarnos a una de nuestras hermanas y extraviarla. –La intervención de la mujer del sur que encabezaba el trío rompió la paz unánime que empezaba a aposentarse en las cabezas de las brujas–. Nuestra magia ha sido violentada –afirmó, clavando en Ábrisan una mirada compleja que este no supo identificar, pero que no era amistosa.

Otra de las mujeres sureñas tomó la palabra.

–Y no ha sido la única ocasión.

La tercera concluyó la argumentación.

–Algunas de nuestras hermanas afirman haber sido contactadas por una magia más antigua. Esa aberración ha afectado a varias triadas por todo Nmadhrad, y al menos diez de ellas se han visto forzadas a disolverse.

La puesta en escena de las tres mujeres turnándose para completar el mensaje cogió a Ábrisan desprevenida, y llevó un buen rato interpretar su significado; recordó haber estudiado o escuchado a Elsar que la magia en el sur se ejecutaba de manera un tanto peculiar, y que las brujas se unían en triadas, que acumulaban, estabilizaban, compensaban y potenciaban los poderes de las tres mujeres que la componían, de ahí que con frecuencia las gentes se refirieran, multiplicándolo, al poder mítico de las brujas de Nmadhrad, confundiendo las triadas con una individualidad.

Más allá de las peculiaridades en la ejecución, el mensaje era suficientemente potente como para conturbar el aquelarre. Si realmente aquello estaba sucediendo, entonces en verdad la magia de las brujas se veía alterada, y las razones implicaban además que toda la estructura de la magia, tal y como la conocían, podía empezar a desmoronarse. Si no lo había hecho ya.

A partir de entonces, y superado el primer choque, las preguntas se fueron afinando. La triada no pudo o no quiso aportar mucho más. Estaba sucediendo, pero ni las propias contactadas por la nueva magia habían sabido explicar en qué consistía exactamente el contacto, solo que al ponerse en comunicación con sus mellizadas (así se denominaban las componentes de una triada), su magia no lograba encajar de la forma habitual, y los conjuros, o bien fallaban, o bien resultaban modificados de maneras imprevisibles.

Ábrisan compartió la suposición de Hécsor –sin mencionarlo expresamente; a fin de cuentas, era un hechicero, y sus palabras, una herejía– respecto a la posible duplicidad de las runas, aunque si esa duplicidad afectaba quizá a los significados o comprendía aspectos que ni siquiera podían imaginar de una lengua mágica original, no podía afirmar nada. Por razones evidentes.

Esto no era aplicable automáticamente a la magia de brujas, que no se ejecutaba mediante runas sino directamente sobre la materia de la realidad, pero requería una investigación que lo tuviera en cuenta.

Todo lo aportado, en conjunto, y por más que sus implicaciones resultaran desconcertantes, conducía a un punto convergente, y eso la mayoría de las brujas podían asumirlo.

Solo había que buscar bien para encontrar la respuesta.

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