Ábrisan. Libro I. Capítulo III (8.ª parte)

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Lizzar observó el campamento, perfectamente pertrechado y con las defensas bien dispuestas. Sonrió para ocultar cierta preocupación. La claridad de las lunas le permitía una buena vista desde la altura del árbol al que se había encaramado. Sin duda, el problema sería el hechicero. No habían contado con que apareciera. Habían controlado la pequeña ciudad de Plansia y los otros dos poblados donde residían miembros de la Orden, por si alguno de estos últimos se incorporaba a la batida contra las bagaudas coordinada desde la capital, pero Caaviuru estaba demasiado al sur; no estaba dentro de lo previsible tal movilización de magia para aplastar militarmente estos pillajes. Cuando descubrieron que los tres hechiceros se ponían marcha, ya era demasiado tarde para controlar al anciano. Y aquí estaba.

Aunque, si el plan seguía lo previsto –y no tenía por qué no hacerlo, al contrario, en la rapidez residía su triunfo–, lo más probable era que desapareciera pronto. La siguiente hora iba a ser vital para comprobar si podrían seguir adelante más allá de lo ya realizado o si tendrían que adaptarlo, con los riesgos que eso conllevaría.

Un amago de sonrisa asomó a su rostro cuando fue testigo de la llegada de los mensajeros del marqués, que se acercaban al campamento desde el norte; debían haber reventado varios caballos para conseguir cubrir más de doscientos kilómetros en solo dos días.

La alerta de los centinelas, santo y seña, adelante, la agitación en las tiendas y el agolpamiento repentino de suboficiales en torno a la del capitán.

Órdenes meditadas. Todo dispuesto.

El plan aún seguía su curso. Y él estaba preparado.

***

Ábrisan abandonó Isla Raíz con la sensación de que las brujas se pondrían en marcha para resolver los misterios que se ramificaban, pero también con la clara conciencia de que no eran aliadas.

Finalizada su intervención, y con todos los datos recopilados, la triada podía viajar al sur para indagar el origen de la nueva magia que estaba arrastrando a sus hermanas con la certeza de que esta existía, y el resto de las brujas del continente se dedicarían a buscar indicios por si algo así comenzaba a suceder en sus territorios. La Roca Madre, a pesar de las distorsiones, les permitiría seguir en contacto.

Elsar se despidió de ella con cariño, pero algo se había roto definitivamente; su relación de diez años, que habían pretendido continuar, se veía ahora enturbiada por un poder que no habían puesto en marcha pero que separaba sus caminos de manera irremediable. El joven había hecho saltar por los aires la concepción del mundo que la bruja sentía como parte de su identidad y, aunque no lo culpaba, no podía perdonarlo. La mujer no estaba contenta con la situación, pero, así y todo, las cosas eran como eran. El mundo había cambiado, lo asumía, y sus sentimientos no se mostraban generosos. También tenía que asumirlo.

La separación de Regh fue más sencilla. La pequeña estaba encantada con las compañeras con las que compartía todos aquellos ritos de danza, canto, fuego y humo, y se despidió alegremente.

–¡Pasa por la cabaña y mira que ningún ratón se haya comido las hierbas que puse a secar! –pidió mientras ayudaba al joven a ajustarse el “saco de vuelo”, como llamaba a su invento para no pasar frío en las piernas durante los vuelos en la escoba.

–Lo haré, no te preocupes –confirmó el otro, y se despidieron con un abrazo.

Antes de despegar, de la boca de la caverna emergió una de las componentes de la triada, la que menos había hablado, y se acercó al aprendiz tras asegurarse de que no había nadie más alrededor. Tendió la mano hacia Regh con delicadeza; a diferencia de las otras mellizadas, en su expresión no había odio, al contrario, les dedicó una cálida sonrisa.

–Será un viaje largo –dijo.

Ábrisan tuvo la certeza de que no se refería al viaje de vuelta a Caaviuru.

–Nmadhrad te llama –añadió bajando la voz, de manera precipitada, y el joven no pudo evitar un escalofrío descendiendo por su columna.

Lo observó un largo rato con cierto asombro en la mirada antes de acercarse más y posar las yemas de los dedos sobre su vientre.

–¡Bendecido! –exclamó, y lo contempló con una especie de felicidad que Ábrisan juzgó enajenada.

Desde luego, se sentía incómodo y hasta cierto punto revuelto.

La bruja se alejó unos pasos con una disculpa y no interfirió más en la despedida.

En aquel momento aparecieron los otros dos miembros de la triada y, sin más explicaciones, Regh se despidió y se escabulló precipitadamente.

La bruja que había llevado la voz cantante interrogó sin palabras a su compañera y reincidió en la mirada que ya antes le dedicase al aprendiz.

–Deseo que tengáis un buen viaje de regreso –se despidió Ábrisan, sin más.

Ninguna contestó.

Después de eso, el joven se alejó de las mujeres y de Isla Raíz. Había previsto hacer el viaje en tres jornadas, para poder hacer al menos un descanso más que en el viaje de ida.

Casi llegó a tiempo de evitar la tragedia.

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