Ábrisan. Libro I. Capítulo III (9.ª parte)

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El capitán recibió las noticias del asalto con las legañas en los ojos. No era joven ni carecía de experiencia, por lo que no se precipitó en sus decisiones; escuchó el consejo del hechicero de mantener el campamento hasta confirmar las noticias, refrendado por los centuriones arqueros y hoplitas. Todos confiaban en que el hechicero del marqués rechazaría un ejército de campesinas miserables, ancianos exmilitares y cazadores.

Sin embargo, después de escuchar el relato de los mensajeros, apreciaron la exactitud de los planes de ataque, la correcta detección de los puntos débiles de la defensa y su precisa evaluación de la vulnerabilidad, la sincronía en la ejecución, que revelaba dotes de mando y disciplina. Y lamentaron que el marqués no hubiera demostrado ninguna de esas cualidades.

–Será mejor, en todo caso, que siga mi camino cuanto antes, quiero llegar a Bagdor en dos días, si me proporcionáis suficientes caballos de refresco –propuso Hécsor. Necesitaba ponerse en contacto con Mencasa; si sus cálculos eran correctos, la ciudad había sido asaltada la misma noche en que él abandonó Caaviuru, por lo que los superiores de la Orden no estaban al tanto de lo sucedido en el momento en que le dieron las órdenes para incorporarse a la campaña, e ignoraba si estas habrían cambiado a la luz de los acontecimientos. Existía la opción de regresar a Caaviuru, con caballos de refresco apenas le llevaría un día, pero luego se encontraría demasiado lejos de Bagdor si al final era reclamado allí–. Probablemente no se repita el ataque y, aunque así fuese, dudo que constituya un serio peligro para la ciudad –remarcó las últimas palabras.

–¿Creéis que se trata de una estratagema para que nos precipitemos a la defensa de la ciudad sin esperar a los refuerzos, con el objetivo de atacarnos en el camino? –se sorprendió el capitán al adivinar el sentido oculto de las palabras del hechicero.

El hechicero asintió levemente.

–Podría ser, aunque, según relatan los mensajeros, el ejército que asaltó la ciudad era muy nutrido, por lo que me inclino a pensar que no disponen de otro contingente tan elevado como para prepararnos una emboscada, a menos que tengáis informaciones que superen las estimaciones sobre el número de enemigos que a mí me han dado. Lo normal es que a estas alturas hubiera llegado al menos un cuervo; al no haber tenido noticias por esa vía, pienso que están siguiendo una estrategia de incomunicación, porque así os tienen paralizados. Todo ello me hace pensar que están protegiendo su huida.

El capitán se mostró de acuerdo.

–Siendo así, no ganamos nada con precipitarnos, ni perdemos con permanecer aquí; en el peor de los casos, tendremos que perseguirlos hasta más al norte, pero eso entraba dentro de los posibles escenarios –expresó el capitán los pensamientos del mago.

Así pues, Hécsor se hizo acompañar a los corrales para elegir varias monturas, de modo que pudiera cambiar con frecuencia sin agotar a ninguna antes de tiempo; aunque tenía prisa, unas horas tampoco significarían demasiado.

Los siguientes mensajeros llegaron antes de que pudiera hacer su elección. De la tienda del capitán venía un soldado en su busca cuando él mismo se redirigía allí.

Los dos mensajeros llegaban de Plansia. Las noticias no podían ser más desoladoras.

La ciudad de treinta mil almas había sido asaltada, exterminada la guarnición de soldados y diezmados el resto de defensores. Los granos recién cosechados, robados; telas, tintes, carnes y quesos, confiscados; armas de las fraguas, repartidas entre los asaltantes. Por lo demás, el vicemarqués y los Cabezas de las Casas habían sido identificados y ejecutados. Habían escapado los miembros de una fratría, que se dirigían al sur por los campos, lejos de los caminos, en dirección a Caaviuru.

–Y esto sucedió la noche pasada, un día después del asalto a Bagdor. No pudo ser el mismo ejército –afirmó con rotundidad el hechicero.

–Tanto si lo fue como si no, los hemos subestimado, y mucho –confesó el capitán–. ¿Qué cambia esto?

Hécsor se esforzó en calibrar el alcance de las noticias.

–Hemos pensado que trataban de cubrir una huida hacia el norte o el oeste, siempre hacia la frontera con Gordana, o cruzando la Marca P’jarlli. Plansia queda en el sureste, justo lo contrario. Pero me parece que nuestro primer pensamiento era el correcto, y esto no puede ser sino una maniobra de distracción –concluyó–. De otra manera, quedarían encerrados irremediablemente entre los dos ejércitos, el vuestro y el que viene de camino; más aún, si se retrasan el tiempo suficiente, quedarían encerrados desde el este por los ejércitos que ahora operan allí y que se irán acercando hacia la Marca Caylón en su marcha norte-noroeste.

–Entonces permaneceremos aquí, a la espera de noticias de Bagdor… –tanteó el capitán, que no estaba tan seguro como se mostraba el mago–. La próxima población importante hacia el sur es Caaviuru.

El hechicero contempló por un momento esa posibilidad y la desestimó.

–Sí, y ahora más que antes considero la urgencia de mi partida, porque seguramente nada saben de este ataque en Bagdor, si tenemos razón y les han incomunicado. Desde allí, por otro lado, podré ponerme en contacto con Hugsor, el hechicero del marqués, y con Mencasa para recibir órdenes.

–Sin embargo, si es una maniobra de distracción, ¿qué les impide atacar también Caaviuru? –El capitán, a pesar de su aplomo, no parecía muy satisfecho aportando contraargumentos a las palabras del hechicero.

–Demasiado riesgo para lo poco que podrían ganar. ¿Que nos movamos hacia el sur? Ya viene un ejército en marcha, podemos acelerar su avance. No, el único movimiento que saben que podríamos hacer y que les favorecería sería un movimiento precipitado hacia adelante, descuidando nuestras defensas. Mientras nos atacan, el resto podría escapar hacia el norte.

El capitán hizo una mueca apenas perceptible bajo su poblado bigote.

–Con todos mis respetos, ¿estamos seguros de que quieren escapar? ¿A Gordana?

Hécsor había anticipado esa reacción. Era de sobra conocido el desprecio de las clases elevadas de Mencasa hacia la hegemonía norteña, a la que solo se consideraba un hatajo de bárbaros ociosos vagando entre sus estepas. Si lo eran, se trataba en todo caso de un número considerablemente preocupante de bárbaros.

–No es el mejor lugar –se mostró conciliador–, pero tampoco lo es ser perseguido por un ejército tras otro, que es lo único que pueden esperar aquí.

El capitán no le contradijo. Así y todo, dio una última orden.

–Enviaré parte de la caballería a Plansia por si pueden ayudar en algo. No me gustaría estar en el pellejo de esa gente, sin saber si en cualquier momento se puede repetir un ataque.

Hécsor no le contradijo, aunque dudaba de lo acertado de tal idea, y retomó su plan; unos minutos más tarde partía al trote hacia Bagdor.

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