Ábrisan. Libro I. Capítulo III (10.ª parte)

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Durante tres días más se prolongó el aquelarre, bastante menos de lo previsto, aunque más de lo estrictamente necesario después de aquellas intervenciones. Hacía mucho tiempo que no se reunían allí, así que agotaron todos los rituales que existían y aún se atrevieron a improvisar alguno. Isla Raíz era el centro de su poder, y este había sido atacado. Se recargaron de tanta energía como pudieron, noches extenuadas de danza y fuego. Reghina se divirtió como nunca, aunque percibía la gravedad de las mujeres que la rodeaban.

No había vuelto a ver a Ábrisan desde que este salió de la caverna después de su intervención en el aquelarre; se había despedido de ella con un abrazo, asegurándole que pronto se verían en el poblado.

Por lo demás, tampoco había vuelto al mar, así que agradeció el final de aquellos días y noches casi encerrada de continuo en las cavernas. Afortunadamente, Elsar parecía tan anhelante como ella de sumergirse y dejarse llevar por las olas, así que la última tarde la pasaron entera bañándose en las aguas tranquilas, por la noche descansaron y un último chapuzón matutino las devolvió al aire perfectamente despejadas.

No dejó de mirar hacia abajo, y luego atrás, hasta que el azul se fue confundiendo con la tierra boscosa.

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Desde los árboles que circundaban el claro donde se levantaba el campamento se lanzó la orden de no intentar detener el avance del mago y mantenerse bien ocultos; ya había quien se ocuparía de él más adelante, si era necesario o había suerte. Respecto a la caballería enviada por el capitán, los treinta jinetes no llegaron a alejarse ni un kilómetro, lo justo para apagar sus gritos y el sonido de metal contra metal en los pocos casos en que las flechas no cumplieron su cometido de manera definitiva y hubo que acercarse a ultimar a los heridos y a un par de descabalgados. Estos causaron no pocas bajas entre los asaltantes, que no podían permitírselo, por lo que se ensañaron con los cadáveres antes de retirarlos del camino.

La siguiente etapa llegaría cuando se recuperase cierta calma. Todos los movimientos previos estaban pensados para buscar ese estado de ánimo en el ejército: reforzarían un poco las guardias, pensarían que tenían que estar alertas, pero en realidad confiarían en que no serían atacados. Y, cuando lo fueran, lo harían con el temor de enfrentarse a un enemigo disciplinado e inflexible.

Y así fue.

El claro era lo suficientemente amplio como para guardar las distancias apropiadas con el bosque, más allá del alcance de los arcos, lo que dificultaba un ataque demasiado repentino, y dos de las lunas irradiaban claridad suficiente como para detectar cualquier presencia antes de que constituyera un peligro. Sin embargo, el ataque se inició de todos modos, de manera imprevista. Entre la masa de gentes que acompañaban al ejército, y que pernoctaban fuera del campamento, aparecieron arqueros que se encargaron de eliminar a los vigilantes cercanos, creando ceguera parcial en el círculo de vigilancia y, por tanto, una brecha en la seguridad, así que el primer ataque se inició de manera rápida y silenciosa. Incidió especialmente en las tiendas del batallón de hoplitas y, de manera casi simultánea, en los corrales. Los hombres, desarmados de sus pesadas equipaciones, fueron víctimas fáciles de los invasores, mientras la mayoría de los caballos escapaban o morían.

El batallón de arqueros se aprestó más rápidamente y pudo repeler este ataque a costa de un buen número de bajas entre sus filas, pero el daño estaba hecho. Los jinetes a pie no podían manejar las largas lanzas con la misma efectividad, así que echaron mano de las espadas curvas y los escudos ligeros.

–¡Traición, mi capitán! –gritaban los soldados cuando se revelaron los acontecimientos.

Poco podían hacer.

Los asaltantes aparecieron al alba, desvelando la magnitud de su número. Si solo se hubiera tratado de las bagaudas deltsias, no podrían haber reunido tantos efectivos. Pero Hécsor tenía razón, comenzaba un movimiento que en realidad estaba preparando guerras de mayor magnitud. Y las hegemonías no iban a permanecer inactivas.

Si a las ciudades habían enviado en primera línea a las gentes de las bagaudas, sabían lo que hacían. Pero en el campamento no pensaban dejar supervivientes que pudieran testificar, y se asegurarían de llevarse todos los cadáveres de sus bajas y hacerlos desaparecer.

Y no hubo pocas bajas. Incluso sin caballos, el batallón de jinetes estaba entrenado para el combate, y los arqueros agotaron las flechas en los cuerpos enemigos. Los pocos hoplitas restantes no resultaban tan vulnerables acorazados tras sus escudos, y les movía la venganza por la muerte de sus compañeros.

Al final del día, los cerca de seiscientos soldados imperiales que constituían el ejército de avanzada yacían sin vida, la mayoría dentro de los límites del campamento, y los restantes en un último intento de salida para alcanzar el bosque y tratar de que, al menos, la noticia de la matanza llegara a oídos del Imperator.

Una hoguera ultimó los restos de los asaltantes y las pistas difíciles de explicar.

Lizzar se preparó para el siguiente paso.

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