Ábrisan. Libro I. Capítulo III (11.ª parte)

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Rhodig escuchó el relato de los supervivientes de su fratría en Plansia. Era plena noche cuando acudieron a despertarlo dos de sus hermanos de caza.

–¡Plansia ha sido atacada y han llegado los huidos!

En un primer momento pensó que se trataba realmente de refugiados que acudían a pedir asilo a Caaviuru, lo que agrió aún más su mal humor por haber sido despertado. Pero cuando le explicaron con más calma los sucesos, se apresuró con una sonrisa bien ensayada en el rostro para acoger a sus hermanos.

Se trataba de tan solo una veintena de hombres, menos de los que esperaba. Ursue ya los había acogido en la Cabaña Demótica –el lugar de reunión de los hombres para las deliberaciones públicas y para las elecciones del jefe cada cinco años–, el lugar más amplio del poblado.

Cuando comenzaron a hablar, quedaron explicadas la escasez de su número y la magnitud de su iniciativa. Medio centenar de hombres, muy jóvenes en su totalidad, habían escapado con vida del asalto a la ciudad, después de haber luchado, perdiendo a la mitad de sus efectivos, hasta que se hizo evidente que habían sido conquistados y que su número no bastaría a remediarlo.

Tras la forzosa retirada de la ciudad, habían decidido dispersarse para convocar al resto de la fratría repartida por la marca a una reunión en Caaviuru tan pronto como fuera posible. Ellos eran los veinte primeros que llegaban, y se ofrecieron para partir de inmediato en busca de los que habitaban las poblaciones del sur. Rhodig les agradeció su ofrecimiento, pero les permitió descansar y envió en cambio a los quince hermanos residentes en el poblado a esa misión. A pesar de las malas noticias, no cabía en sí de gozo. En aquellos momentos críticos, él era confirmado como líder de su fratría.

En la Cabaña Demótica se habían reunido además las otras tres fratrías más activas del poblado, de hombres más maduros, aunque no ancianos –normalmente los jóvenes entraban en una fratría al iniciar la edad adulta, y lo hacían en aquella que más se aproximara a su edad, aunque no necesariamente–, pero todos escuchaban las palabras de Rhodig.

–Al menos necesitaremos una semana para agruparnos y tener a punto la organización –aseguró, mostrando la conveniente impaciencia, y después de que le asegurasen que el ejército ya había sido puesto en antecedentes.

–Eso es más de lo que tardará el segundo ejército en llegar –musitó Ursue.

–Nos incorporaremos a este ejército en cuanto sea posible –aseguró–, mientras tanto, tendremos que asegurarnos de que Plansia está siendo efectivamente asistida de manera adecuada.

Tres hombres se ofrecieron rápidamente para cabalgar hasta allí y comprobarlo. Conocían el terreno, solo necesitaban buenos caballos por si tenían que traer noticias de manera precipitada.

Comenzaron las gestiones de intendencia, con un Ursue que de improviso se veía relegado a funciones puramente administrativas, mientras Rhodig daba las órdenes referentes al hospedaje y al aprovisionamiento. Sin un hechicero ni una bruja en el lugar, el adolescente dirigía sin ningún tipo de oposición.

Incluso Surus, la herrera, se veía obligada a plegarse ante la iniciativa del joven, aunque por suerte las interacciones con este eran efímeras.

–Necesitamos afilar estas espadas –encargaba.

La mujer asentía, indicaba el lugar donde debían ser depositadas y continuaba con el trabajo. Por lo general, otro venía a recogerlas.

–Andamos escasos de puntas de flecha –pedía.

Y lo mismo. De vez en cuando la felicitaba por el trabajo, pero eso no variaba la reacción de la artesana; era un sujeto mezquino y peligroso, “más hubiera valido que su padre lo hubiera llevado con él al sur”, pensaba.

Rhodig rabiaba por dentro ante esos desplantes, pero se obligaba a acudir personalmente a hacer los encargos. Cada uno de los desaires sufridos sumaba en su capacidad de autocontrol.

Pasaron los días y los miembros de su fratría fueron llegando. Plansia había sido, por su tamaño, el lugar donde más hermanos habitaban, junto a Bagdor –de donde no había llegado nadie–, por lo que en todo el resto de la marca apenas contaban con tres centurias de cazadores, de los cuales no podría acudir la totalidad.

El día de la partida se acercaba. Habían enviado gente a lo largo del camino imperial para asegurarse de cuándo pasaba el ejército –Caaviuru se encontraba aproximadamente a un par de kilómetros al este de esta vía de tránsito–, pero de momento no había noticias.

Se aprestaron lo mejor que pudieron mientras las esperaban.

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