Ábrisan. Libro I. Capítulo III (12.ª parte)

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Hécsor se reunió en Bagdor con los otros cuatro hechiceros, pues fue el último de ellos en llegar. Celebraron los funerales por el marqués y se comunicaron de nuevo con los superiores de la Orden para informarles del desarrollo de los acontecimientos, con las nuevas aportadas por el hechicero de Caaviuru.

–Vigilad –fue la recomendación más bien oscura de los dirigentes.

De momento, no parecía haber mucho que vigilar. Los asaltantes estaban haciendo muy bien el trabajo de ruptura de los canales de información, pues, aparte del orbe, que solo les permitía ponerse en contacto con Mencasa, ni los cuervos ni los mensajeros regresaban.

–Es hora de que hagamos nuestra propia batida –aseveró Hugsor, el hechicero de la ciudad.

Se estaba recuperando con dificultad del imponente hechizo que había lanzado sobre las murallas durante el asalto; le había llevado su tiempo prepararlo, tal vez ese retraso fue lo que motivó la imprudente acción del marqués en la muralla, pero la fuerza que desencadenó expulsó de la ciudad hasta al último de los atacantes, al tiempo que mantenía alrededor de la misma una barrera protectora que se prolongó hasta la mañana siguiente. Se trataba de una verdadera exhibición de poder que ahora le pasaba factura.

Sin embargo, y a pesar de que él mismo no se achacaba ninguna culpabilidad, la pérdida del marqués, el eunuco funcionario del Cuerpo Diplomático designado por el propio Imperator para gobernar la ciudad y la dotación militar en su nombre, provocaba en el hechicero un revanchismo que Hécsor no terminaba de considerar sano. El hombre se encontraba en la madurez de su quinta vida, y el más anciano lo recordaba en todas las anteriores como un trepador especialmente sanguinario, protegido por los supremos de la Orden.

–Uníos a mí –requirió, y los otros cuatro hechiceros obedecieron.

Utilizaron la torre del palacio del marqués, por disponer de ventanas que miraban en las cuatro direcciones, y entrelazaron un hechizo de búsqueda que detectaría las esencias de entidades racionales en un kilómetro a la redonda. Empezarían por eso.

Como habían supuesto, no detectaron demasiadas presencias. Dos grupos en el camino imperial hacia el sur, quince almas en conjunto, el primero en el bosquecillo que se encontraba a medio kilómetro de la puerta principal, y el segundo separado un centenar de metros; lo justo para asegurarse de eliminar mensajeros a caballo o alados; seguramente contarían con algún tipo de ave de presa además de con arcos para lo segundo. La misma disposición, aunque menos numerosa, en los caminos que partían hacia Plansia, al este, así como en el menos importante, que se perdía entre los campos de labranza del oeste y solo enlazaba con pequeños poblados, muchos de ellos vacíos por la acción de las bagaudas. Nada en la prolongación del camino imperial hacia el norte.

Así pues, el ejército enemigo había desaparecido de la zona.

Decidieron dejar pasar tres días más antes de que Hécsor regresara al campamento militar,. Para entonces ya se habrían juntado ambos ejércitos y el hechicero les acompañaría hasta la ciudad. El contingente de soldados imperiales de Bagdor se había reacondicionado después del ataque a la ciudad y la muerte de su superior, y estaban deseando entrar en batalla contra las bagaudas.

Mientras tanto, los hechiceros entraron en acción y aquel mismo atardecer se dirigieron a acabar con los grupúsculos que les cortaban las comunicaciones, de modo que pudieran enviar mensajeros antes de la partida del hechicero de Caaviuru.

–Si podéis, traed a alguno vivo. –Añadió Hugsor cuando ya salían, y la fatiga que reflejaba su rostro acentuó su crueldad.

Hécsor escogió el camino del oeste, simplemente porque le apetecía pasear por las huertas que crecían junto a los canales y la presencia de los grupos enemigos, ocultos entre los frutales de más allá, le permitiría estirar las piernas.

El hechizo de búsqueda tenía la precisión suficiente como para identificar perfectamente los manzanos concretos que había elegido el primer grupo, y solo necesitó lanzar un sencillo conjuro de sangre para confirmar que seguían allí. No le gustaba lo que iba a hacer, pero tampoco tenía más opciones. Llevar a alguien con vida ante Hugsor implicaba condenarlo a tortura durante semanas.

Tampoco se consideró obligado a avisarlos del inminente ataque; en el asalto a la ciudad había muerto gente inocente, y sin declaración previa de ruptura de las hostilidades. Preparó y lanzó un conjuro de sequía que, combinado con el anterior, evaporaría súbitamente el agua de la sangre de quienes se ocultaban entre los árboles. Junto a los hombres, probablemente pereció algún animal; si eran topos, los hortelanos se lo agradecerían.

Se acercó al grupo cuando hubo acabado, y remató piadosamente a los ocho hombres para evitar sufrimientos innecesarios. Tenían un halcón con ellos, al que ultimó con tristeza.

Después de eso, se dispuso a repetir la operación unos metros más allá, al otro lado de la acequia, bajo la chopera.

Lanzó el conjuro de sangre y, efectivamente, allí estaban. Preparó y lanzó el de sequía.

No funcionó.

Alarmas que se remontaban a diez vidas atrás erigieron barreras protectoras a su alrededor. Solo había una posibilidad para que el hechizo no hubiera funcionado, solo que esa posibilidad había sido descartada.

“Vigilad”, recordó las palabras de sus superiores, y maldijo su propia estupidez.

Claro que sabían más que él, siempre habían sabido más que él, y siempre habían ocultado información si pensaban que era necesario, sin importar los daños colaterales. Pero aquello era demasiado incluso para ellos. Estaban jugando con las vidas de los hermanos de la Orden.

Reculó despacio. No iba a engañarse, estaba a merced de sus enemigos, así que se concentró en reunir suficiente fuerza para resistirlos; los otros dos hechiceros que habían partido junto a él no serían capaces de hacerlo si se encontraban a merced de los mismos enemigos.

El sol empezaba a ocultarse por el oeste, y por encima del disco alcanzó a ver un punto que se acercaba y crecía y que, desde luego, no era un ave. Aquel encuentro sí resultaba impredecible, y casi se permitió un suspiro de alivio.

Casi tuvo suerte.

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