Ábrisan. Libro I. Capítulo III (13.ª parte)

Índice

El contingente que había asaltado Bagdor se recompuso después de ser expulsados de la ciudad por el hechizo de Hugsor. Con menos bajas de las que había calculado, Yural organizó los siguientes pasos a dar. Debían apresurarse porque la rapidez y la sorpresa iban de la mano en aquella guerra relámpago que debía preceder al ataque que recuperaría las tierras del sur de la Hegemonía Gordana, las cuales los deltsios habían usurpado y en cuyo poder solo habían languidecido, faltas del trabajo y el sudor de sus legítimos dueños.

Pronto eso cambiaría, pero hasta ese momento su deber era desestabilizar el corazón del Imperio y ultimar a cuantos enemigos fuera capaz, en una guerra civil miserable instigada desde el exterior.

Durante aquel último año, los soldados imperiales, gobernados en la práctica por Hugsor, habían aprendido a temer a las bagaudas –las cuales, dirigidas por él, supieron oponerse a los continuos contraataques del fenecido marqués de Bagdor–, lo que no había resultado sencillo ni costado pocas vidas. Vidas deltsias en su mayor parte. Tenía que reconocer que aquellos vagabundos se batían bien por su vida allí en Caylón contra los ejércitos de su propio país, mucho mejor de lo que se habían batido en la frontera, de donde huían la mayoría de ellos; se sentían traicionados. Yural sonrió de manera macabra al pensar en la respuesta de las satrapías si aquellas revueltas hubieran sucedido en Gordana, pero la sonrisa no prosperó; tenía que admitir que Hugsor no era menos sádico que cualquiera de los sátrapas. Así y todo, aquellos hombres desesperados habían conseguido eliminar todas las “Hospedería y Posta” del camino imperial, por lo que ahora tenían una ruta directa que les permitiría proseguir con el plan sin apenas interrupciones.

Durante dos días, el improvisado contingente se desplazó a una velocidad sorprendente sobre las losas de la vía.

–El hechicero de Caaviuru se dirige hacia aquí al galope, seguramente no tardará más de una hora –le informó su segundo, volviendo a guardar el colgante de grafeter en su pecho.

Sería una hora perdida, pero no podían arriesgarse a ser descubiertos, no podrían protegerse. Ya se encargarían en su momento quienes tuvieran que hacerlo. Ordenó a sus hombres que se ocultasen a ambos lados del camino y esperaron.

Fue un acierto no haber avanzado ni un metro desde que recibió la noticia, porque el hechicero de Caaviuru se adelantó. Cabalgaba hacia el norte con varias monturas de refresco y seguramente bien protegido por hechizos de defensa, de modo que pasó sin preocuparse por lo que se deslizaba a su alrededor.

Continuaron sin más contratiempos y tres días más tarde se les unió el grupo de combatientes procedentes de Plansia, cuyas expresiones de satisfacción no podían ocultar del todo el cansancio. Una victoria casi total sobre la segunda ciudad de la marca, pero no sencilla, aunque la sorpresa y la excelente planificación contribuyeron a la contundencia. Habían perdido una cuarta parte de sus efectivos, y eso era mucho para una mera distracción.

–Escaparon cincuenta jóvenes de una fratría, a estas horas habrá alertas en todas las poblaciones hasta la frontera sur de la marca –especuló el jefe de los asaltantes.

Yural recibió la noticia sin alterarse. Aquello era un inconveniente menor, su objetivo era el ejército que venía de Mencasa, y eso no iba a cambiar. Tal vez tendría que forzar un poco la marcha, para tener al menos unas horas de descanso antes de la batalla.

–Lizzar informa que el primer ejército ha sido ultimado –informó su segundo.

Aquellas sí eran noticias que importaban. Le hubiera preocupado aquella fratría si Hécsor estuviera en Caaviuru con tiempo de preparar planes, pero con él todavía en marcha hacia el norte no tenían de qué preocuparse, ya que sus espías le habían asegurado que tampoco este segundo ejército incorporaba a ningún hechicero.

Se unieron a los hombres de Lizzar con grandes muestras de regocijo, que Yural alentó, pero limitó las celebraciones y solo permitió una hora de descanso antes de dirigirse al lugar que había dispuesto para la emboscada, una hondonada en la que el bosque flanqueaba el camino y existía una altura desde donde poder controlar el progreso de las acciones. Solo cuando llegaron allí, prepararon los fosos para las bajas y las trampas preorganizadas y se aseguraron de que el ejército aún tardaría al menos dos horas, les permitió un ligero reposo.

****

Se situaron a ambos lados del camino para espiar el paso del ejército. Durante mucho tiempo habían ensayado una guerra de guerrillas, asalto y retirada, y cuando el ataque comenzase, seguramente el general reaccionaría en esa dirección defensiva, en caso de que pudiera hacerlo.

Pero esta vez sería diferente.

No importaba cuántos deltsios cayeran, y en realidad también los suyos sabían a lo que se enfrentaban; había una brigada completa reservada exclusivamente para cubrir los rastros. El ataque a los ejércitos marcaba un punto de inflexión, y estaba calculado con sumo detalle; Lizzar había trabajado muy bien en aquella zona, pero sus efectivos eran prescindibles.

El ejército llegó precedido por una patrulla de caballería destinada a despejar el camino, con la seguridad que les proporcionaba cabalgar por su propia tierra y sin noticias de lo que acababa de sucederles a sus predecesores.

El plan estaba trazado, así que solo restaba ejecutarlo.

Ni siquiera se enteraron de cuándo comenzó el ataque.

La masa de seguidores del ejército atacó a las fratrías, aquellos orgullosos señores de las Casas más ricas y poderosas que roían la corte y soñaban con un pasado de poder que se circunscribía más al mito que a la realidad; no podían concebir aquel comportamiento del pueblo, y su reacción fue patética. Por su parte, desde cada árbol del camino volaron flechas, piedras y cualquier elemento contundente que pudiera distraer al enemigo mientras centenares de seres famélicos se lanzaban a un ataque desesperado que pronto fue pura supervivencia. En ese escenario, los arqueros imperiales apenas tuvieron oportunidad, y la caballería optó por cabalgar hacia adelante en el camino, reorganizarse y cargar, cayera quien cayera. Hubiera funcionado si no hubiera sido porque en el momento en que cogieron distancia, el camino quedó bloqueado por una docena de troncos que les aislaron de la lucha.

Hubo de reconocer que ni siquiera entonces se arredraron. La compañía al completo se introdujo en la arboleda que flanqueaba el camino por su derecha y atacó en pleno bosque con notable eficacia. Aquello bien podía ser una heroicidad, bien una majadería, seguramente ambas cosas. Eliminaron a muchos atacantes de ese lado, eso era indudable, pero perdieron la mayor parte del contingente antes de volver al camino para apoyar a los otros batallones, para entonces diezmados.

No podían vencer.

Yural contemplaba la batalla desde su posición privilegiada en la altura, cuando sintió un fuerte golpe en la espalda que le privó del aliento. La incredulidad asomó a su mirada por última vez cuando vio la punta de la flecha que sobresalía de su pecho.

Ya no pudo ver a los centenares de hombres que se sumaron a la lucha, ni la derrota de su ejército de desarrapados.

Un comentario sobre “Ábrisan. Libro I. Capítulo III (13.ª parte)

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.