Ábrisan. Libro I. Capítulo III (14.ª parte)

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Después de muchas horas volando, Ábrisan estaba cansado. Había planeado dirigirse directamente hacia el sur, pero los vientos soplaban racheados y le aproximaban al este, a la zona de Bagdor, a menos que pusiera una gran fuerza de voluntad en seguir el itinerario previsto. No había querido pasar la noche en la Barrera, como en el viaje de ida, precisamente por su cercanía a la ciudad, pensando que podría viajar más rápido por la marca que hacía la frontera con la Hegemonía Hortgia, antes de virar. Pero con aquel viento tan fuerte las opciones se reducían a descender de inmediato y buscar un lugar donde dormir, seguramente a la intemperie, o acercarse a la ciudad. Al menos en esta podría descansar en una cama, y quizá podría avisar a Hécsor de que ya estaba allí, como era el objetivo de su maestro, detrás de todo su adiestramiento de las últimas semanas.

Se decantó por la segunda opción y tres horas más de vuelo, un buen puñado de kilómetros. Dejó atrás el poblado Aairal, a cuya bruja apreciaba y a la cual no había encontrado en el aquelarre. Con el sol a su espalda, la luz dorada de media tarde resaltaba el verde del bosque que se extendía por todo el sur, hasta el valle del Psargha, con sus afluentes, que se perdía a lo lejos en busca del Dhiure; desde ahí arriba se perfilaban las canalizaciones, salpicadas a lo largo de las huertas bien delimitadas. Los campos de secano, ya cosechados, multiplicaban su color amarillo a medida que llegaba a las poblaciones más cercanas al centro de poder.

De norte a sur, el camino imperial marcaba una cicatriz entre bosques, campos y sobre manantiales. Desde su perspectiva, la ciudad se alzaba en un cruce de caminos, y hacia allí se dirigió.

Mucho antes de llegar percibió diversos cúmulos activos de magia en todo su entorno; una magia potente, agresiva, tan corrompida como la que habían intentado enseñarle, y que parecía luchar consigo misma. Procedía de tres puntos alrededor de la ciudad, aunque muy pronto dejó de percibir dos de ellos, apagada su violencia de improviso.

El tercero se mantuvo durante unos eternos segundos, una pugna desigual con un desenlace previsible que le revolvió el estómago; se hallaba demasiado lejos para intervenir, y tampoco tenía claro qué curso de acción tomar una vez se pusiera al alcance de los contendientes, pero, así y todo, apuntó su escoba hacia el lugar y se precipitó sin pensarlo más.

Casi había llegado cuando avistó el final del combate.

Varias figuras desaparecieron más allá de la arboleda.

Se dirigió hacia la figura caída en el suelo con una premonición que le revolvió el estómago. Hécsor tenía los ojos cerrados y apenas un hilo de vida que se destrenzó rápidamente. Se arrodilló a su lado, buscando en la muñeca un pulso que no encontraría. En las mejillas del hombre aparecieron las diez muertes que había experimentado en su existencia, el último tatuaje brillando con un rojo que reclamaba su familiaridad con el sol que empezaba a ocultarse. Equilibrio perfecto entre las cinco vidas plenas, longevas, de apacible final, y las otras cinco precipitadas por diversas violencias.

Se preguntó qué clase de seres podrían asesinar a un hechicero prevenido. Había visto desaparecer a los atacantes, y no había percibido nada horrible. Al menos nada más terrorífico que su humanidad y su condición de hechiceros, de manipuladores de la magia corrupta que él no podía ejecutar.

Así que los hechiceros se mataban entre ellos.

Recostó el cuerpo de Hécsor sobre la hierba, vencido por una súbita debilidad anímica.

“¿Y ahora qué?”, pensó. Era su aprendiz, tendría que estar vinculado a él, pero no le había dado tiempo a saber en qué consistía ese vínculo, y hasta el momento no había sentido nada especial.

Observó el cuerpo y se dispuso a cargarlo en la escoba, no se le ocurría otra cosa, excepto que no podía dejarlo allí. Lo acercaría a la ciudad, hasta poder llevar a cabo los rituales funerarios en el poblado.

Rhodig se dejó abrazar por el general Phatu y escuchó su nombre aclamado a lo largo y ancho del campo de batalla. Las fratrías de la marca habían apurado su tiempo, dejando atrás a los rezagados, y habían llegado en el momento preciso, encabezadas por su líder para salvar al ejército imperial.

Los sueños bullían al contacto con la realidad.

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