Ábrisan. Libro II. Capítulo IV (1.ª parte)

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Como aprendiz de Hécsor, Ábrisan escupió el primero sobre su cuerpo inerte.

Después de llevar a cabo su parte más imprescindible del ritual, la carga de emociones agolpadas durante los últimos días le empezó a pasar factura, lo que, unido a la falta de descanso, provocó que mantuviera una distancia preocupante con lo que sucedía a su alrededor.

Las jornadas de precipitados viajes y el breve tiempo pasado en Bagdor junto al arrogante Hugsor y al menos poderoso Diegsor –los últimos hechiceros de la Marca Caylón– fueron un hervidero de obligaciones, referentes sobre todo a los siguientes pasos que debería ir dando para que la última reencarnación de Hécsor se llevase a cabo con un éxito total. La pérdida de los otros dos hechiceros, cuyos cuerpos fueron secuestrados por los hechiceros gordanos que los habían vencido, resultaba una calamidad.

–Como ya deberías saber, solo al final de su penúltima vida un hechicero admite un aprendiz, con quien adquiere una relación especial y muy íntima, pues este lo cuida durante su infancia mientras aprende durante toda una vida los misterios de nuestro poder. Es una relación recíproca en la que ambos hombres dan y reciben lo mejor de sí mismos… –Fue Diegsor sobre todo quien se encargó de transmitirle el significado del ritual y los pasos a seguir, con más resignación que paciencia–. El resto de los rituales de muerte son más simples, porque no están vinculados a un lugar concreto, pero igualmente importantes; nuestro viejo cuerpo es recogido por alguno de nuestros hermanos, que realiza los rituales de paso pertinentes para que el espíritu pueda regresar a otro cuerpo, deberás aprenderlos cuanto antes. La reencarnación se producirá durante el siguiente año dentro del territorio del Imperio, y el bebé, cuando manifieste su personalidad, será entregado a la Orden para su educación. Como comprenderás, en ausencia de estos ritos, la reencarnación puede demorarse un tiempo incalculable.

Mientras esta instrucción general y la más específica se llevaban a cabo precipitadamente, Hugsor pasaba la mayor parte del tiempo en sus habitaciones. En las contadas ocasiones en que las abandonó, Ábrisan trató de no cruzarse en el camino del hechicero de Bagdor, cuyo agotamiento físico era evidente después del hechizo que había ejecutado solo unos días antes para proteger la ciudad. Afortunadamente, el hombre tampoco mostró interés en dirigirle ni una sola palabra; pero Ábrisan descubrió miradas furtivas que le pusieron en alerta sobre el aparente descuido del hombre hacia su persona.

Lo enviaron a Caaviuru al día siguiente con el cuerpo de Hécsor en un carro, protegido del deterioro orgánico por un hechizo que le hicieron ejecutar.

Una proyección del propio Hugsor lo esperaba en el poblado para supervisar los pasos del ritual; Ábrisan estaba tan agotado a esas alturas que ni siquiera se sintió molesto, así que dejó buena parte de la responsabilidad al otro extenuado hechicero.

–Ponte en contacto con la Orden en Mencasa tan pronto como los actos terminen –fueron las últimas de las escasas palabras que le dirigió antes de comenzar el espectáculo.

Porque fue un espectáculo. Todo el poblado estaba allí para participar en los ritos, y todos contemplaban lo que hacían los demás.

Después de su intervención primordial como aprendiz, llegó el turno de los hombres, por orden de prelación. El primero, Ursue, en calidad de jefe del poblado, y luego los Cabezas de Casa, Rhodig al frente, desfilaron con noble porte. Después, el resto de los hombres pertenecientes a las Casas, uno a uno; por más importante que fuese el ritual, se hacía pesadísimo.

En el turno de las mujeres, Xirh no trató de reclamar su atención, cumplió su cometido y continuó hasta volver a perderse entre su familia. Elsar, recién llegada del aquelarre, añadió su parte junto al resto del poblado, no como bruja en ese rito de hechiceros, sino como una vecina más; se permitió participar a los foráneos que llevasen más de cinco años residiendo en el interior de las murallas, los cuales se mostraron orgullosos de contribuir.

Las casas se engalanaron con faroles para que, ya bien entrada la noche, su luz guiase a la caravana de niñas, la cual recorrió cada centímetro de las calles hasta que los rayos del nuevo sol encontraron el cuerpo de Hécsor en las puertas abiertas del poblado. Caaviuru había cumplido con su hechicero, y en compensación recibiría en unos meses a la nueva encarnación de este, que Ábrisan reconocería a su debido tiempo.

Completados los ritos mágicos, el cuerpo, ahora ya un cadáver como otro cualquiera, fue entregado al fuego. Esta parte de los ritos de muerte pertenecía en exclusiva a los trabajadores funerarios y, aparte de ellos, solo se permitió en el crematorio la presencia de Ábrisan, al que devolvieron parte de las cenizas una vez terminado el proceso.

Tomó en sus manos la redoma de arcilla y se despidió de los hombres, guardando para sí su incertidumbre; no tenía muy claro lo qué hacer con aquello, así que de momento lo llevaría a la cabaña y lo guardaría hasta que el dueño pudiera decidir por sí mismo.

Gracias por no dejarme allí tirado.

Ábrisan dio un salto y derramó parte de las cenizas en el suelo.

No te preocupes, eso ya no tiene nada que ver conmigo –disculpó la voz que parecía sonar dentro de su cabeza.

El joven se llevó las manos al vientre.

–¡Oh, no! –fueron sus inútiles palabras.

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