Ábrisan. Libro II. Capítulo IV (2.ª parte)

Ábrisan. Libro II. Capítulo IV (2.ª parte)

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Jomregsor se dirigió a la Sala del Trono, donde lo aguardaba el Imperator junto al resto de los miembros del Consejo Interno. Se había vestido sus mejores galas para el encuentro, empleando conscientemente un tiempo precioso en elegirlas. Allí estarían el mariscal y el chambelán. Entre los hechiceros, solo él. Y, por descontado, nada tan terrenal como tesorera, Gremios de artesanas o Cabezas de Casas; eso lo dejaban para el Consejo Imperial, órgano de participación plurisecular de la sociedad civil que en la práctica solo servía para ayudar en la gestión de las decisiones ya tomadas.

Dos meses después de iniciada la campaña interior, era necesaria una evaluación. Algunos movimientos habían resultado un fiasco, pero la mayor parte de lo realizado hasta el momento tenía sentido, con los conocimientos con los que se contaba. Los nuevos lo iban a cambiar todo, y había que anticipar muchas cosas en este encuentro.

Más le preocupaba lo que no les contaría.

Los pasillos de la corte de Vomigh III estaban adornados con el pésimo gusto de su dinastía, cuadros a los que asomaban unos rostros crueles, tapices que corroboraban las gestas menores que jalonaban su historia y lucernas situadas estratégicamente para sembrar temerosa reverencia en nobles timoratos.

Penetró en la sala de audiencias sin ser anunciado, por la puerta semioculta que además de él mismo solo utilizaba el Imperator, lo que incomodaba al resto de autoridades; ni siquiera el chambelán se atrevía a comportarse con ese descaro cuando el monarca no se encontraba a solas.

Como había supuesto, el mapa del Imperio estaba desplegado sobre la mesa, y a su alrededor los presentes observaban el desarrollo de los acontecimientos según las últimas noticias. Tanto el chambelán como el Imperator se encontraban en pie, mientras el mariscal reposaba en una silla alta debido a su avanzado estado de gestación.

–Mis disculpas, Majestad.

El hipócrita fingimiento reclutó una mirada fugitiva por parte del chambelán.

–Os esperábamos, Jomregsor, estamos seguros de que traéis noticias importantes –correspondió el Imperator, cuya juventud exhibía una barba de negro impoluto en consonancia con sus iris. Poco más era visible de su rostro, velado siempre para el común de los mortales por la máscara que representaba su dignidad.

Después de la derrota de los contingentes en la Marca Caylón –apenas evitado el desastre por la intervención de sus fratrías– y de la muerte de un par de primogénitos y varios segundones de las principales Casas de la capital, el Imperator había tenido que apaciguar ánimos repartiendo algunas prebendas durante las exequias de los héroes a sus afligidos parientes. Nadie había alzado la voz, pero estaba claro que una derrota de ese tipo, incluso aunque oficialmente se hubiese festejado como el aplastamiento de las bagaudas en Caylón, podía restar credibilidad a las acciones militares puestas en marcha.

–Las traigo, Su Majestad –anunció solemne–. Y no son buenas, me temo.

Cautivó la atención de los presentes al dirigirse despacio hacia el mapa y resituar varias de las figuras militares que simbolizaban diversos ejércitos.

–No más derrotas, confiamos.

El anciano hechicero mantuvo una expresión grave.

–No por ahora. Mirad –indicó mientras manipulaba dos ejércitos de este a oeste–. Como nos informaron nuestros espías, y aunque nuestros enemigos han sido muy cuidadosos con las pruebas, la Hegemonía Gordana estaba detrás del auge de las bagaudas en Caylón, y su influencia se extendía al noreste, casi hasta la frontera con la Hegemonía Bahira –hizo una pausa antes de introducir las nuevas–. Pues bien, los ejércitos imperiales han exterminado por completo estas últimas y ya se dirigen al noreste –anunció.

–Excelente, Jomregsor –felicitó el Imperator; el mariscal frunció ligeramente el ceño.

–Los contratiempos con las compañías en Caylón no nos pueden hacer olvidar que no era nuestra intención derrotar a las bagaudas tan al sur, sino hostigarlas hacia el norte para justificar el incremento de nuestras tropas en esa zona –continuó el hechicero–. La Hegemonía Gordana lleva tiempo movilizando tropas en torno a Hortheg y al resto de ciudades fronterizas –siguió dando rodeos, jugando con sus emociones y su paciencia. Observó los gestos mal contenidos y lanzó la información verdaderamente importante–. Ha dado un paso más. Después del fingido asalto a Bagdor, durante el cual sucumbió el marqués, tres de los hechiceros de Caylón fueron asesinados por medios mágicos, dos de cuyos cuerpos no hemos podido recuperar.

Dejó que la información calara profundamente en las cabezas de su audiencia.

–¡Eso es una declaración de guerra! –estalló finalmente el mariscal.

–Primero el marqués, y luego tres hechiceros. No podemos permitirlo –secundó el chambelán.

El Imperator no pronunció una palabra mientras observaba al hechicero.

–Lamentamos la pérdida de tus hermanos, Jomregsor. ¿Existen pruebas que apunten a Gordana?

El hechicero asintió lentamente.

–Hugsor pudo rastrear la magia que atacó al único de mis hermanos cuyo cuerpo pudimos recuperar, y para él no hay duda de que se trataba de hechiceros de la Comunidad gordana –admitió–. Para cerciorarme, yo mismo he examinado las pruebas, transportándome hasta Bagdor esta misma noche, y puedo confirmarlo –aseguró, elevando un motivo de peso, sin explicitarlo, para su retraso a la reunión.

La tensión atenazó el silencio mientras los cortesanos de confianza de Vomigh III esperaban la reacción de su monarca.

El Imperator conocía su reino y las decisiones precipitadas que su padre-madre –y antecesor en la monarquía– había tomado respecto a la política expansionista del Imperio, especialmente en el norte, por lo que era consciente de lo que aquellas palabras significaban y de sus posibilidades para mantenerlo.

–Queríamos conservar las ciudades de frontera, y es posible que perdamos toda la Marca Vomugha y nuestra salida al mar –expuso fríamente, centrando toda su atención en el mapa.

El mariscal contuvo el aliento, horrorizado.

–¡Lucharemos por Deltsia! –exclamó.

El chambelán no apartó los ojos del Imperator.

–Confiemos en que esos sean sus planes y que no tengamos que luchar solos –intervino Jomregsor, con un tono de voz que implicaba muchas cosas para quien quisiera escuchar.

Vomigh III desvió la mirada de la frontera norte de su Imperio para fijarla en el dirigente de la Orden. Inmediatamente mostró una actitud de plena resolución.

–Chambelán, es nuestro deseo concertar un encuentro con su alteza Alavarado, hegemón de Hortgia. Añoramos una conversación amistosa con nuestro hermano, y así se lo hacemos saber –ordenó–. También anunciamos al hegemón Nang’ harg de Bahira que anhelamos volver a escuchar la profunda sabiduría de su alteza.

El chambelán saludó y se retiró de inmediato a cumplir con sus obligaciones; la cancillería mantenía constantes conversaciones con ambas potencias, con el propósito de anticipar cualquier escenario, y el canciller estaba bajo su supervisión directa.

–Mariscal, es nuestro deseo incrementar las levas militares y la movilización de tropas hacia el norte; suspenderéis todos los reemplazos en las fronteras del sur con Nmadhrad y del sureste con J’rilla, pero traeréis igualmente a los contingentes que se disponían a venir.

El mariscal no replicó, aunque era evidente que no fue por falta de ganas. Esos movimientos desprotegían una buena parte del Imperio.

–Así se hará, Su Majestad.

Como el chambelán antes que él, abandonó la sala.

Vomigh III se quedó a solas con el más anciano de sus consejeros.

–¿Saldremos de esta?

Ahora comenzaba de verdad el Consejo Interior, en opinión de Jomregsor, que no contestó inmediatamente.

–Siempre hay alianzas posibles.

El Imperator denegó con un gesto casi impaciente.

–Sabes a lo que nos referimos. ¿La Orden puede darnos ventaja sobre la Comunidad gordana? Porque militarmente somos muy inferiores, y los delirios de mi padre-madre nos han dejado una herencia de vulnerabilidad estratégica.

El decano de los hechiceros deltsios observó a su monarca con un respeto inédito que no lo dejó del todo tranquilo. Lo conocía desde el mismo instante de su nacimiento, había asistido a las luchas de poder, las intrigas y los asesinatos familiares que lo habían encumbrado a lo más alto de la jefatura del Imperio, en las que había demostrado inteligencia práctica y voluntad de dominio. Durante los dos años de reinado, sin embargo, se había conducido en sus aspiraciones con más cautela, recurriendo más a la diplomacia internacional que al supuesto poderío de magia y ejército. Cautela que se extendía al ámbito de lo personal –si este concepto podía aplicarse a un monarca–, donde se había limitado a tomar una sola esposa principal en la cual engendrar descendientes. Respecto a la política interna, tampoco había improvisado, siempre manteniendo en vilo las aspiraciones de la vieja nobleza, mientras gobernaba el Imperio desde el aparato burocrático dirigido por el chambelán y sus reclutas eunucos.

Nunca en todo ese tiempo se había dirigido a Jomregsor con aquella franqueza.

–Majestad, la Orden puede enfrentarse a la Comunidad gordana –comenzó con suavidad. Tenía que transmitir la dosis justa de certeza e incertidumbre.

Vomigh III le clavó sus pupilas.

–No deseamos jugar, decano. Queremos una respuesta clara y rotunda.

La respuesta del hechicero llegó tras una aparente meditación.

–Claridad, eso es precisamente lo que necesitamos todos, ¿cierto? –empezó, pero enseguida centró la respuesta–. La batalla entre las dos sociedades de hechiceros se dará, de eso no hay duda, después de la provocación inconcebible a la que hemos sido sometidos, pero si significará que les venceremos, solo puedo confiar en que así sea, pero será a un alto coste. Los ejércitos se verán arrastrados en nuestro destino.

El Imperator asintió pesadamente.

–Solo que ellos no regresarán de entre los muertos –sentenció.

El hechicero no esperaba aquella reacción en aquel momento, aunque sin duda hubiera debido hacerlo, porque no era la primera vez que se enfrentaba a ella en el transcurso de sus vidas. Pero se anotó internamente aquel comentario, por si podía aprovecharlo en algún momento.

–Eso es cierto, Majestad, pero ya veis que también mis hermanos pueden resultar extraviados, y yo, en todo caso, no regresaré…

El monarca lo miró una vez más, intensamente.

–Nuestras disculpas, Jomregsor. ¿Estarán preparados los hechiceros?

–Naturalmente, habrá que reemplazar a los dos hermanos perdidos, y transcurrirán al menos nueve meses hasta que Hécsor se encuentre de nuevo entre nosotros… pero, sí, lo estarán.

Vomigh III abandonó el entorno de la mesa y se dirigió hacia el trono. El hechicero hizo un asomo de reverencia y comenzó a alejarse. Casi había alcanzado la puerta cuando le detuvieron las palabras del Imperator.

–¿Y las brujas?, ¿lucharán a nuestro lado?

El hechicero supo anular a tiempo sus reacciones.

–Majestad, es difícil decir hoy cuál es el lado de las brujas.

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