Ábrisan. Libro II. Capítulo IV (3.ª parte)

Ábrisan. Libro II. Capítulo IV (3.ª parte)

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No debiste permitir que ese ser participara en la caravana ceremonial, ahora eres un hechicero y debes velar por mantener la pureza de los rituales –aleccionó la voz de su cabeza, que después de muerta se mostraba incómodamente locuaz.

Ábrisan se sobresaltó al oír hablar de ese modo de Reghina.

¿Qué crees que hará Elsar cuando se entere?

El aprendiz no pudo acallar la facundia de Hécsor, que además de dolor de cabeza le generaba una gran inquietud acerca de su situación actual y futura. Por no mencionar la de Regh.

–No se va a enterar si yo no se lo digo –afirmó con rapidez, dispuesto a la insubordinación.

La voz perseveró, ajena a su ánimo y haciendo gala de ironía.

Claro, a fin de cuentas, los tiempos que corren no favorecen la suspicacia. ¿Por casualidad no te preguntarían en el aquelarre si tú mismo no eres un engendro?

El joven sintió nacer una aversión profunda hacia su maestro, más que nada porque tenía razón.

–Está claro que lo soy o, si no, no estaría hablando contigo –cambió de tercio–. Hugsor me aseguró que pasarían meses hasta que te reencarnases, y que mi deber era buscarte entre los recién nacidos del poblado. ¿Por qué estás en mi cabeza?

La voz rio claramente.

¡Vamos, Ábrisan! Sabes que no estoy en tu cabeza. Esas noches que disfrutabas fuera de la cabaña no me pasaron desapercibidas, y seguro que a ti menos que a mí. –La risa se volvió sardónica–. Aunque siempre pensé que como antigua bruja sabrías tomar medidas para al menos proteger la reputación de tu amante.

El joven se convulsionó por una repentina arcada.

–Entonces es cierto… –musitó.

¡Pues claro que es cierto! Aunque, a decir verdad, entiendo tan poco como tú qué hago aquí, porque en mis experiencias previas, y en la totalidad de la literatura que conozco, un hechicero no se reencarna hasta al menos una luna después del alumbramiento.

Desde luego, aquello constituía poco consuelo para el joven.

–Está bien, las cosas son como son, pero estoy cansado y me gustaría que me dejases a solas.

****

La mañana estaba resultando dura. La noche había sido dura. La última semana había sido extremadamente dura, y su cuerpo extenuado le exigía descanso. La cabaña de Hécsor se le hacía inmensa –no solo porque efectivamente era más grande después de sus conjuros al efecto–, y la penumbra imprimía pesantez a su ánimo desconcertado. Vagó por el espacio, pasó las manos por los libros y se acercó a la estancia privada del maestro. Imaginó que la voz intervendría para tratar de detenerle, o para disuadirle de tocar nada, o prevenirle contra algún peligro objetivo o enfado subjetivo… pero le dejó hacer. Encendió una candela, pues el sitio carecía de ventanas y se hallaba sumido en la oscuridad. La cama era extrañamente sofisticada, muy cómoda cuando se sentó en ella, pero por lo demás reinaba cierta austeridad respecto a la simple ostentación. En una estantería se amontonaban multitud de objetos, algunos que podían pasar por meros recuerdos, pero la mayoría con propiedades o procedencia notoriamente mágicas. Depositó allí la redoma con las cenizas que quedaban, después de buscar infructuosamente otras parecidas. Respetó el desorden, pensando que su aprendizaje le conduciría a la mayoría de los objetos que pudiera necesitar. No tenía muy claro si le tocaría limpiarlos o si Hécsor preferiría que los dejase así hasta que él mismo fuera capaz de hacerlo.

Abandonó el cuarto privado de su maestro y se dirigió al propio. Una vez más, habían cambiado muchas cosas, pero, como no entendía todo el alcance, pondría tanto orden como le fuera posible en la vorágine que lo cercaba y continuaría con sus planes.

Aunque estaba claro que algo tenía que hacer para proteger a Reghina.

La mañana se desplazó con una lentitud inusitada, y él se dejó mecer en el transcurso de los latidos que le condujeron al sueño.

Cuando despertó se sentía desorientado, no podía intuir cuánto había dormido, así que se acercó a una ventana. El sol estaba alto, seguramente era mediodía; no eran horas de visita, por lo que volvió a dejarse arropar por el sueño.

****

Seguro que su prejia no hubiera tardado ni la mitad de tiempo en hacer todo lo que Reghina se esforzaba en terminar desde que el sol asomó sus primeros rayos, y con resultados mejores. La echaba de menos, y se preguntaba si alguna vez pensaría en ella.

Pero vivir con Elsar tenía sus ventajas en la comida abundante, un techo sobre su cabeza, una ilimitada sed de conocimientos que constantemente era invitada a saciar mediante todo tipo de experiencias, y un respeto a su persona que no había esperado en una bruja, llevada por las prevenciones de su madre.

Elsar la había dejado a solas en la cabaña para que pusiera orden en el polvo acumulado en aquella semana de ausencia, en las plantas puestas a secar, en los insectos que se habían colado para anidar en rincones repletos de vericuetos minúsculos y en los alimentos que habían dejado en la despensa.

Reghina no pensaba defraudarla.

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