Ábrisan. Libro II. Capítulo IV (4.ª parte)

Ábrisan. Libro II. Capítulo IV (4.ª parte)

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Mientras tanto, la bruja se apresuraba a recolectar otra vez plantas en sazón, a acercarse a los elementos para renovar su presencia y a visitar los viejos árboles para cantarles las noticias del aquelarre. Volvía a sentirse en casa.

Aunque también le tocaba llevar a cabo otras tareas menos gratificantes. Se acercó a la cabaña de Ursue.

–¡Bienvenida! –casi gritó el hombre, que en ese momento se disponía a salir.

La efusión del recibimiento les sorprendió a ambos, y el jefe del poblado retiró enseguida la mirada, trastornado por su reacción. Elsar lo dejó con sus emociones y se mantuvo en silencio.

–Bienvenida, Elsar. Pasa, por favor –retomó el dignatario, franqueando la entrada.

La bruja se adentró en la cabaña de una de las Casas más añejas de Caaviuru, y su dueño la condujo a través del patio de agua hacia la sala de audiencias.

–Gracias, Ursue, por ocuparte de los remedios, espero que mi ausencia no haya supuesto ningún inconveniente grave –comenzó. Sin duda el hombre comprendería que sus palabras abarcaban mucho más que la salud de las personas y animales. Era una manera de invitarle a ponerla al corriente de la situación sin necesidad de preguntar.

Ursue se mostró superado por los acontecimientos, y la bruja se dijo que no era para menos.

Ella misma había regresado del aquelarre casi al tiempo que Ábrisan lo hacía de Bagdor con el cuerpo de su maestro, por lo que no había tenido ocasión de hablar con él en profundidad antes de la realización de los ritos. Hugsor en persona se había encargado de prepararlos, de manera apresurada dadas las circunstancias, para lo cual había enviado una imagen de sí mismo por medios mágicos y regresado de inmediato a la capital de la marca. Tampoco había existido la oportunidad de parlamentar tranquilamente con Ursue hasta aquel instante, después de completado todo el ritual y con las cosas más calmadas. Por supuesto, había hecho que la pusieran al día de lo más importante tan pronto como aterrizó, interrogando a sus vecinos hasta hacerse una idea de lo acontecido, de modo que pudo completar la información mediante un par de preguntas rápidas al jefe, a Rhodig y a Ábrisan durante el ceremonial.

Más tarde hablaría con su antiguo aprendiz.

–La juventud nos aparta –filosofó Ursue fingidamente en broma.

La bruja dibujó una sonrisa cómplice de aceptación, mientras en su interior le abrumaba la posible antigüedad de las fuerzas que se habían puesto en movimiento. Pero aquello no se lo podía decir a aquel hombre que se sentaba ante ella ofreciéndole las primeras uvas recogidas por las viticultoras.

–El poblado y el Imperio necesitan todas las manos que quieran colaborar, como siempre las han necesitado –dijo, en cambio.

En su fuero interno, además, suponía que Rhodig no iba a conformarse con la jefatura del poblado ahora que era un héroe imperial; a instancias del general cuyas tropas salvó tan a tiempo, había sido llamado a la corte por el chambelán, y si no había partido antes era porque insistió en que su Casa debía participar en los ritos de resurrección del hechicero que en su última vida quedaría vinculado al poblado. Seguramente en ese mismo momento se encontraba preparando la mejor montura de su cuadra. La bruja nunca había comprendido su relación con Ábrisan, así que se alegraría si decidía quedarse en la Corte.

–Todavía tenemos tiempo para maravillarnos por la vida –se despidió del hombre, que la acompañó por deferencia hasta la puerta principal.

Ursue estaba menos seguro de querer maravillarse que de simplemente disfrutar de una monotonía apacible. Pero esto no se lo podía decir a la bruja. Cada quien tiene sus secretos.

***

Bedar De Cosill sabía aprovechar las oportunidades. Al menos él se habría definido de esa manera si alguien le hubiera preguntado. Nacido en un poblado hoy inexistente por culpa de las bagaudas, había llevado los restos de su Casa a la capital y la había anexionado a la Casa Gendana por medio de la unión de su matrimonio múltiple con el último descendiente varón de una de las Casas más pudientes de Mencasa. Había aceptado convertirse en un esposo secundario y poner fin a su propio nombre a cambio de influencia en la Corte; su dominio de las lenguas de Cancillería de todas las hegemonías fronterizas desde el sur al norte, junto a su nuevo nombre, enseguida le consiguieron un puesto como asesor externo de la burocracia que gobernaba territorialmente el Imperio Deltsio. Paso a paso, pero a pasos de gigante, se había ganado la confianza del canciller, y había coordinado alguna misión diplomática en la que el mismísimo chambelán había puesto su atención.

No se engañaba, los pasos que le quedaban hacia arriba eran pocos y con un límite claro. Podía aspirar a un buen puesto controlando pequeñas parcelas de la burocracia, lo que le otorgaba cierta influencia, pero jamás sería parte del verdadero poder político. Era muy extraño que alguien ajeno al Cuerpo Burocrático obtuviese un puesto de ese tipo. El Cuerpo estaba conformado en exclusiva por hombres reclutados el día de su mayoría de edad, que juraban fidelidad al Imperator y se sometían de manera voluntaria a la castración física, irreversible por medios mágicos. Se trataba de un contingente de personas en teoría incorruptibles, fieles y que no estarían tentadas de acaparar el poder, porque carecían de la capacidad de fundar una Casa. Naturalmente, ningún sistema es perfecto cuando tenemos en cuenta las corrupciones humanas.

Y ahí Bedar De Cosill –hoy, Bedar Gendana– había visto una oportunidad.

No para él, aunque, si lo conseguía, alguien le debería un favor, y eso siempre era importante. El problema principal residía en el orgullo ajeno. Podía encauzar este, si le daban la oportunidad.

Para ello, y dada la repentina y justa fama que su hijo de hermana había adquirido recientemente, movió algunos hilos de manera sutil. El general Phatu se mostró más que encantado de apadrinar al joven –al que pensaba que ya había otorgado pago suficiente con el abrazo tras la batalla–, una vez recibió la noticia de que su hijo segundo, que parecía destinado a seguir siendo eso, un segundón, tenía de pronto la suerte de que la acaudalada gran maestra del Gremio de Carpinteras, que acababa de enviudar de su único esposo, encontrara en él un nuevo comienzo familiar, con el fin de poder proseguir con su actividad profesional pública.

El general comunicó su repentino interés por aquel valeroso “líder de las fratrías de Caaviuru” al canciller, el cual ordenó una investigación de urgencia que obtuvo un muy favorable informe en tiempo récord, por debajo del cual, entre líneas, podía leerse la sugerencia de que, aunque el joven era un par de años mayor de lo habitual para asimilarse al Cuerpo Burocrático, podría resultar un magnífico nuevo marqués del Bagdor, tras los juramentos y ajustes físicos necesarios; si bien era Cabeza de Casa, en realidad seguía soltero y sin descendencia; por último, en la Marca Caylón era un hombre al que todo el mundo conocía y respetaba, por lo que resultaba más recomendable tejerlo en la trama del Imperio que permitirle seguir siendo un hilo suelto.

El canciller lo pensó seriamente, pero no podía decidir algo así, de modo que le pasó el caso al chambelán, el cual lo habló de manera informal con Jomregsor, que le comentó que sí, que el de momento ausente Hécsor lo tenía bajo su tutela política, por lo que era de fiar.

Así pues, Rhodig fue llamado a la corte, donde llegó pleno de orgullo y autoconfianza, ignorante del papel que el sentido de la oportunidad del hermano mayor de su madre-madre le tenía reservado.

***

Dchar desapareció de sus vidas de manera tan súbita como había regresado a ellas. Dos días después de la partida, antes de que instalaran el campamento para pasar la noche, llegaron las órdenes de la corte para que no prosiguieran camino, pero para entonces ya había desaparecido. No se presentó a la comida, lo que les extrañó, pero tampoco se preocuparon.

–Habrá salido a cazar y se le habrá hecho tarde. ¿O le echas de menos? –se había burlado Vermelho.

Con él, aquella tarde desapareció al menos una cuarta parte de los seguidores del ejército, y eso sí fue algo que no les hizo gracia. Tanto menos a los oficiales, que desarrollaron una actividad inusitada fortaleciendo el perímetro del campamento con dobles guardias y un foso excavado a toda prisa. Patrullas de caballería partieron en todas direcciones.

Todavía les faltaba al menos una semana para llegar al desierto, y la temperatura aún permitía la civilización; abundaban los poblados más o menos cercanos al camino imperial, y los bosques alternaban con los campos de cultivo y los pastos que los diferentes gremios de carpinteras, agricultoras y ganaderas explotaban para el consumo principalmente de la capital.

Resultaba relativamente sencillo perderse en aquel territorio, sobre todo cuando las fuerzas del orden tenían otras prioridades que buscar chusma.

Sin embargo, a juzgar por los movimientos apresurados, los gritos y los rostros contrariados, resultaba indudable que eso era precisamente lo que estaban haciendo.

–¿Crees que nos buscan? –se asustó Czandhra, saliendo de la tienda que compartían y que por su sencillez ya habían terminado de instalar.

La respuesta de Vermelho, autoconcentrado, no ayudó.

–Podría ser, al menos pueden relacionarnos con la gente desaparecida –se limitó a apuntar, más preocupado en observar a los soldados que la reacción que sus palabras provocaba en su compañera.

Desde luego que podían.

–¿Qué hacemos?

El viejo negó lentamente con la cabeza, limitándose a seguir observando los movimientos de las tropas.

Los mensajeros de la corte habían traído consigo algo más que órdenes. Entre los recién llegados destacaba un hombre alto, de piel color café –un poco más clara que la media en el Imperio–, ataviado con ropajes blancos que le daban aspecto de fantasma. Varias patrullas de hoplitas volvieron a dejar las herramientas que utilizaban para montar el campamento y se armaron con sus lanzas y escudos de combate. Se dirigieron al terreno algo alejado donde se estaba instalando la masa que les seguía.

Vermelho y Czan no estaban entre ella, pues habían sido contratados directamente para servir a los soldados como parte del contingente y se hospedaban dentro del recinto protegido, pero observaron los acontecimientos con creciente temor.

Los soldados ordenaron a todos los civiles que se levantasen y los hicieron formar en filas, tras lo cual volvieron a ordenarles que se arrodillaran. No toleraron ningún tipo de demora, y golpearon duramente a los más retardados en cumplir las órdenes. Una vez instalado el silencio pleno de tensión, el ser fantasmal pasó entre las filas de hombres y mujeres, posando sus manos directamente sobre sus cabezas mientras recitaba una letanía en un idioma extraño.

Pasó de uno en uno sin saltarse una sola cabeza.

–¡A buenas horas les van a pillar! –comentó un arquero en un intento de susurro, a pocos metros de la entrada de la tienda de Czan y Vermelho.

–Esos ya habrán vuelto a Gordana –se burló otro un poco más fuerte.

Un tercero les ordenó bajar la voz en un murmullo cargado de preocupación.

–¿Estáis locos o qué?

Los otros le miraron con cierta sorna pero prosiguieron en voz más baja.

–Seguro que nos hacen ir al norte –opinó un cuarto.

–Sí, a ver si nos salvan las fratrías a nosotros también de la estupidez de nuestros generales –cargó un quinto, tras lo cual el preocupado desapareció del grupo.

El resto también comprendieron que se habían pasado y empezaron a disolverse.

El hombre fantasma se dirigió al capitán al mando del contingente y debió decirle algo que no le gustó, porque el soldado imperial regresó al campamento a grandes pasos mientras gritaba a las patrullas.

–Lo que te decía, ya se habrán esfumado todos –aún escucharon al primero mientras se alejaba por detrás de la tienda.

–¿A que nos toca buscarlos? –aventuró otro de ellos.

Czandhra contempló cómo los hoplitas hostigaban a los civiles hacia sus tiendas a medio montar y les obligaban a desmontarlas por completo y alejarse de allí. Las pocas protestas fueron reprimidas con extremada violencia, y la noche acogió la huida en desbandada de aquel pequeño contingente por el camino imperial. Seguramente regresarían a las murallas de la capital para volver a probar suerte con el próximo ejército.

Mientras tanto, el capitán había alcanzado el campamento y llamado a los sargentos a su tienda.

La prejia contemplaba a Vermelho con tristeza y miedo. Durante cuatro días, el viejo parecía haber rejuvenecido en medio de la vida militar, había tenido tiempo para descansar a pesar del trabajo y su expresión desprendía felicidad. Era una vida sencilla, de jornadas largas y pesadas jalonadas de rumores simples cargados de pequeña malicia y risas compartidas, una hermandad forzosa que a la prejia, por el contrario, no podía satisfacerla. Aquel no era su mundo, y se alegraría si terminaba.

Los movimientos siguientes hicieron que su temor se acentuase.

Instigados por los mandos, los soldados fueron llamando a los civiles contratados y, como habían hecho con los anteriores, los hicieron formar en un par de filas, dado lo limitado del número. La cordialidad de la que habían disfrutado hasta el momento dejó paso a la desconfianza; el jefe de los cocineros, que llevaba varios años enrolado en la compañía de arqueros, hizo un amago de pregunta, que fue inmediatamente abortada por medio de un empujón –firme pero no excesivamente violento– que sirvió para marcar distancias.

A diferencia del tratamiento humillante ejecutado con anterioridad sobre los seguidores, no les hicieron arrodillar. El hombre fantasma pasó igualmente entre las filas, colocando sus manos sobre cada cabeza.

Al llegar a su altura, Czan percibió un fuerte olor dulzón, casi agradable, pero demasiado denso y rancio. Los dedos, engañosamente suaves al observarlos sobre las demás cabezas, se situaron estratégicamente para abarcar el cráneo, y con cada palabra que pronunciaba las yemas parecían afilarse y endurecerse, como si estuvieran tratando de taladrar el hueso en busca de su cerebro. El miedo cedió el paso al dolor, por lo que fue un alivio cuando al fin se soltaron y continuaron con el siguiente.

No era capaz de calibrar qué estaba ocurriendo, si había superado o no alguna especie de prueba, por lo que no se atrevió a mover un músculo ni a exhalar con demasiado ímpetu el aire contenido.

El fantasma exploró a Vermelho mediante el mismo ritual, y luego prosiguió con su exploración hasta completar las filas. Finalizada su intervención, se dirigió hacia el capitán y se reprodujo una interacción muy parecida a la registrada media hora antes. El mando bufó y regresó a su tienda.

La actividad no había cesado alrededor de aquellas acciones, que para la mayoría de los soldados solo serían fuente de rumores durante unos días, hasta que ocurriera algo nuevo que los sustituyera.

Solo cuando el fantasma también hubo desaparecido de su vista se atrevió Czan a suspirar y buscó a Vermelho con la mirada. Mucho antes que la de este, se encontró con la del sargento de intendencia que los había contratado, el cual los observaba con suspicacia. La mujer solo tardó unos segundos en colegir que si no les había denunciado ya como enchufados de Dchar era porque en ese caso él mismo tendría que rendir cuentas; al fin y al cabo, si el hombre fantasma no les había descubierto, es que no debían haber hecho nada demasiado malo.

Los mensajeros y su acompañante abandonaron el campamento de vuelta hacia el norte, seguramente para pernoctar en la “Hospedería y Posta” situada a unos tres kilómetros en esa dirección. Luego, la noche fue transcurriendo como si nada hubiera sucedido, se sirvió la cena y regresaron las conversaciones. Superada la prueba, volvían a pertenecer a la unidad.

–¿Os ha comido el cerebro el gordano? –fue la burla más frecuente.

–¿Crees que si tuvieran de eso estarían aquí? –Puya acompañada de muchas risotadas.

–Al menos tienen el suficiente como para tener constante acceso a la comida, no como tú –hubo quien aparentemente terció en su defensa.

Pero también las noticias de lo sucedido en Caylón fueron infiltrándose entre la tropa, con distorsiones producto de malentendidos y de adornos, hasta que más o menos la historia refería algo parecido a la realidad.

Y la realidad afirmaba que su viaje al sur se suspendía porque serían necesarios para la guerra en el norte.

Mucho después, cuando ya se encontraban a solas en su diminuta tienda, se atrevieron a hablar de lo ocurrido.

–¿Crees de verdad que estaban buscando espías gordanos? –preguntó Czandhra, porque no se atrevía a abordar la cuestión principal.

–Sin duda el gordano era alguna especie de mago o algo parecido que podía detectar a otros como él –afirmó Verm, que tampoco se atrevía a dar el paso.

Estuvieron mucho tiempo sin hablar, las respiraciones agitadas, tratando de evitar la verdad. Pero al fin, cuando el sueño los vencía y todo cobraba una perspectiva más relajada, las palabras fluyeron con naturalidad.

–Entonces Dchar era un espía gordano. –Seguramente los había reclutado para cubrirse las espaldas y dejar falsas pistas si surgía la necesidad.

–Y Lizzar. E incluso Yural, que por lo que dicen murió en la batalla.

Tuvieron pesadillas en las que el gordano siempre los delataba y los verdugos del Imperator los sometían a tortura, y despertaban cubiertos de sudor y encogidos de miedo.

–Tenemos que irnos de aquí –sugirió Czandhra.

Vermelho agachó la cabeza.

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