Ábrisan. Libro II. Capítulo IV (5.ª parte)

Ábrisan. Libro II. Capítulo IV (5.ª parte)

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Lizzar regresó del manantial caminando despacio para que el sol evaporara el agua de su cuerpo desnudo. Se habían permitido aquel descanso solo después de asegurar el perímetro, aunque estaban lejos del camino imperial y de cualquier población habitada. Había sido un duro viaje hacia el sur y las batallas, y el cansancio se acumulaba en este regreso al campo de operaciones principal.

Había enviado mensajes a todos los números para reunificarse en el extremo norte de la cordillera Barrera, en el límite oeste de Caylón. Allí habían enviado antes de las contiendas a los inútiles de las bagaudas, mujeres y menores, por si podían servirles todavía de algo, aunque no se le ocurría de qué, porque ni para rehenes serían efectivos. Tal vez para cubrir alguna retirada, si era necesario; carne de cañón para los soldados imperiales. En todo caso, la mayoría de los números habían respondido, desapareciendo junto a sus unidades antes de poder ser apresados por los batallones de soldados en los que se integraban, pero para algunos sería un viaje de un mes, en las mejores circunstancias, ya que no podían cabalgar libremente por las vías imperiales. No los esperarían tanto tiempo, ya habría órdenes posteriores para que se incorporaran a las actividades.

Dchar estuvo a punto de ser interceptado, pero al final pudo reaccionar a tiempo; su misión en el sur fue abortada, lo que no gustó al inestable guerrero, que había preparado aquella infiltración durante más de dos años. Pero ahora se necesitaban todas las fuerzas posibles concentradas donde la acción pegaría más fuerte, y los planes para la frontera con Nmadhrad debían ser postergados.

–Por horas Dchar no ha sido capturado con su unidad –se quejó el hombre. La voz salía de un colgante que Lizzar llevaba colgado al cuello–. Ese maldito gordabach traidor verá su corazón devorado por Dchar antes de que todo esto acabe.

El hechicero menor renegado de la Comunidad les estaba causando más de un problema, pero Lizzar no iba a preocuparse por él. Era asunto de la Comunidad, no suyo. En bastantes líos les metían ya, a pesar de los juguetitos útiles que les suministraban –como los comunicadores de graféter que estaba usando en ese momento–, como para preocuparse de aquello que no podía combatir.

–Está bien, ahora hay que volver sin dejaros atrapar. Mucha suerte –se limitó a transmitir, y cortó la comunicación. Era un utensilio mágico, cada vez que lo utilizaba se sentía debilitado, y no solo físicamente.

Antes de entrar en el campamento, camuflado entre la vegetación, ya estaba vestido de nuevo. Habían tomado la precaución de viajar separados en varios grupos, aunque en realidad no quedaban muchos; la victoria les había costado cien pérdidas, pero la derrota había mermado su fuerza en más del doble, incluido su líder, y sin Yural era obligatorio replegarse para esperar órdenes. Lizzar pensaba que no había nadie mejor preparado que él para liderar las acciones de sabotaje antes de la ofensiva del ejército, pero los sátrapas al servicio del hegemón estarían ahora mismo luchando para colocar sus piezas y sacar la mejor tajada de la victoria, y él era solo una pieza al servicio de su satrapía, y podía ser intercambiado por beneficios que quizá no tuvieran nada que ver con esta ofensiva.

Así pues, de momento era el encargado de organizar el repliegue y ese era todo el horizonte de certezas a que podía aspirar.

Aún les llevaría un par de semanas alcanzar su objetivo, si no se encontraban con los soldados de Bagdor, que todavía se sentirían deseosos de vengar la muerte del marqués. Aunque Hugsor mostraría prudencia ahora que tenía pruebas de que la Comunidad operaba en su territorio. Claro que, si se lanzaran a cazarlos, también sumarían tropas y hechiceros de P’jarlli, la marca más occidental del Imperio. Era un riesgo que tenían que correr.

Continuaron con su avance hasta que el sol fue demasiado fuerte, y entonces durmieron. Preferían marchar toda la noche, evitando las horas de mayor luz y calor. Por allí no existían demasiadas poblaciones, pero siempre podían quedar pequeñas aldeas perdidas, cabañas de cazadores, albergues de reunión de fratrías o, tal vez, alguna bruja menor o antigua aprendiz que se sintiera más cómoda en la soledad de la naturaleza que entre la gente, lo que era más probable.

El grupo de treinta hombres se mantenía alerta en aquella tierra apacible que consideraban territorio hostil.

***

Xirh se levantó temprano para ultimar el pedido que su familia había recibido de Rhodig, un pendón bordado con elementos relativos a Caaviuru y a la victoria reciente, que el joven había decidido llevar como presente al general.

Cuatro horas más tarde, bordó con esmero las últimas puntadas y lo contempló con una mezcla de orgullo y repulsión burlona. Su prejia se acercó al ver que había terminado.

–Es muy hermoso. Felicidades, Xirh, has hecho un trabajo digno de una maestra –alabó la mujer.

En un poblado tan pequeño como lo había sido Caaviuru hasta apenas cinco años atrás no se habían planteado la existencia de gremios, y el aprendizaje se llevaba a cabo dentro de las Casas, de esposa o suegra a esposa nueva, y en ocasiones a las hijas, pero con la llegada de la inmigración y la multiplicación de las necesidades –cubiertas de manera autosuficiente, en la mayoría de los casos de modo precario, o no cubiertas en absoluto–, las artesanas comenzaban a presionar a Ursue para que instigara a los Cabezas de Casa a tomar cartas en el asunto y reglar las actividades profesionales. Muchas de las recién llegadas, artesanas a su vez que habían perdido su estatus y sus medios de trabajo, también habían mostrado su disposición a someterse a una regulación que les permitiera ejercer, empezando desde abajo si era necesario –en algunos casos, no tan abajo como una aprendiz, todo fuera dicho–. El caso era que el vocabulario de los gremios estaba enraizando con paso firme entre las artesanas de Caaviuru.

Xirh agradeció la valoración de su prejia. Estaba de acuerdo con ella, aquel trabajo era digno de una maestra. Lástima que fuera destinado a quien iba. Lo único bueno era que no tendría que verlo, su prejia se había hecho cargo de todo el proceso de negociación, y también sería ella quien lo entregaría.

Se dirigió a su habitación con aquella sensación agridulce, pero antes se desvió a la cocina, donde su padre segundo preparaba la comida para toda la Casa en compañía de sus dos hermanos solteros; no podía entrar allí mientras estos últimos se encontraran dentro, pero su padre la vio rondando y adivinó que estaría hambrienta después de toda una mañana de trabajo, así que se acercó con un suculento melocotón.

–Creo que esto te corresponde más que a nadie –le sonrió–, es un regalo de Psarha por el jersey que le tejiste con la lana que nos vendió.

Xirh entendió el mensaje oculto, así que cogió el melocotón y se marchó con un resoplido. Psarha estaba casada con uno de los hijos de Ursue, y ambos buscaban una segunda esposa para ampliar la familia. Eso significaría que la joven tendría que dejar su oficio o, más probablemente, que ambas Casas llegarían a un acuerdo económico para permitir que todo el trabajo de Xirh quedara nominalmente bajo el nombre de su Casa de origen, con el compromiso de no enseñar el oficio a sus descendientes. Podría funcionar, lo sabía, su Casa no tendría ningún reparo en cobrar una tasa por permitirle continuar con su trabajo, conocían y respetaban lo importante que era su oficio a la hora de conformar su identidad. Y, desde luego, a Psarha y su esposo les vendría muy bien contar con los ingresos de su trabajo y esa reputación oficiosa. Ese no era el problema.

La culpa era suya, en el fondo, por haber transigido al chantaje emocional de su prejia para hacer aquel jersey; su madre-madre no había dicho nada, así que después de su negativa inicial había preparado la lana y había tejido la prenda. Estas eran las consecuencias. Su familia no dejaba de presionarla para que pusiera en orden su relación con Ábrisan –esto cuando intentaban demostrar que podían ser razonables, aunque siempre sus razonamientos lógicos venían envueltos en una argumentación secundaria plena de manipulaciones emocionales– o que la pusiera fin, para lo cual le buscaban estas alternativas. La amenaza de esterilización no había sido simple palabrería.

Se comió el melocotón, porque a fin de cuentas se lo había ganado y estaba delicioso, mientras rememoraba otra suavidad cuya sensualidad le resultaba más excitante.

Aquella mañana lo había visto perdido, extrañado, muy distinto de cuando había partido al aquelarre. Ignoraba qué le había sucedido en esa semana, en ningún momento había imaginado su reencuentro de aquella manera. Le dolía que no hubiera venido a verla, aunque comprendía su necesidad de tiempo para el descanso y la reflexión. Se habían despedido como prometidos y, después de lo sucedido esa semana, se preguntaba dónde quedaría la promesa.

Necesitaba hablar con él. Subió al tercer piso, donde las mujeres solteras de la Casa disponían de un espacio separado del de sus hermanos en la misma situación. Se trataba de una amplia terraza acristalada desde la cual podía verse buena parte del poblado. Se concentró, como siempre últimamente, en la cabaña del hechicero y, también como de costumbre, apenas consiguió reprimir el impulso de saltar, de escapar, de correr hacia allí y gritar el nombre de su amado; incluso si conseguía llegar sin hacerse daño en el intento, aquello solo empeoraría las cosas.

Regresó a su cuarto y perdió el tiempo hasta la hora de la comida.

“¡Oh, Ábrisan, ven esta noche!”

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