Ábrisan. Libro II. Capítulo V (1.ª parte)

Ábrisan. Libro II. Capítulo V (1.ª parte)

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Renuegsor y H’antogsor se sentaban en lugares muy diferentes de la sala donde se celebraba el Consejo Imperial. Los separaban los miembros de los gremios de Artesanas, los Cabezas de Casa de la ciudad, la Plana Mayor del Ejército, los síndicos, el canciller y la tesorera imperial.

Conocían cuál era su función allí y la cumplían con convencimiento. Las decisiones estaban tomadas y ahora debían conseguir que el resto pensara que se trataba de sus propias ideas. En último término, un poco de patriotismo, un poco de temor, un poco más de previsiones de márgenes de beneficios, y misión cumplida.

El canciller hizo una exposición adaptada de la situación general, como encargado de las relaciones internacionales, y luego permitió que el resto asumieran su parte del esfuerzo de guerra.

No se mencionaron las derrotas, y ni rastro de la información sobre hechiceros muertos; esos eran asuntos de la Orden, y los hechiceros no aceptaban interferencias.

Las mujeres fueron más difíciles de convencer, pero finalmente los gremios de herreras y de curtidoras tiraron del resto, anticipando el incremento de trabajo y de rendimiento económico, y la tesorera logró arrancar compromisos firmes en el aumento de las tasas de productos y negocios más relacionados con la guerra.

–Pero las levas no pueden vaciar los campos –adujeron los gremios agropecuarios. Aunque la inmensa mayoría de las personas trabajadoras relacionadas con la tierra eran mujeres, y por tanto no se verían personalmente implicadas en las levas, si los esposos y segundos esposos eran obligados a incorporarse a las milicias, entonces el peso de la gestión de las Casas, e incluso las gestiones para la compra-venta de las mercancías, recaería sobre ellas, lo que repercutiría en las labores del campo.

Los generales intervinieron en rápida sucesión para asegurar que la guerra no se prolongaría, que sería una victoria rápida y que no se verían involucrados más allá de un diez por ciento de los hombres civiles.

–Menos de los que participan en cualquier acción de las fratrías –bromeó el general Phatu, lo que levantó una aclamación unánime.

Así pues, el acuerdo para la financiación de la guerra se culminó entre risas.

****

Solo cuando al fin regresó a la cabaña aquella noche, Ábrisan se mostró dispuesto a atender la insistencia de Hécsor. El día fue para sus necesidades de descanso, de afecto, de poder controlar mínimamente el ámbito más personal de su vida. Pero era consciente de que ahora pertenecía a una estructura milenaria que tenía sus propios intereses. No solo eso. Lo quisiera o no, lo aceptase o no, y por inexplicable que le resultase incluso a su maestro, lo cierto era que, mientras no decidiera hacer algo al respecto, en su interior anidaba una conciencia ajena. Era una imposición intolerable, pero de alguna manera intuía que no era culpa del hechicero, y estaba seguro de que no lo hubiera querido así; por lo que sabía –o, más bien, por lo que ignoraba–, esta situación podía resultar de la intervención de esa otra magia que lo estaba cambiando todo.

Yo te enseñaré a dominar el orbe, no te resultará difícil.

–Sabes que no solo escucho tus palabras, sino que también siento tus emociones, ¿verdad?

El momento de duda apenas se notó.

El orbe es un artefacto poderoso, requiere de toda la concentración de quien quiera controlarlo, porque de otra manera lo controlará a él y se apropiará de su mente.

–Igual puedes volver a aquello de que no era difícil, ¿eh?

Lo positivo para ti es que es muy direccional, interacciona de manera más intensa con la mente que inicia el contacto, y esa no vas a ser tú; me atrevería a afirmar que Jomregsor lleva intentando contactar contigo desde que se enteró de mi muerte, así que solo tienes que sacar el orbe, seguir mis indicaciones y escuchar.

La tranquilidad del joven aprendiz creció de manera inversa a su indignación; estaba bien que el orbe no fuese a robarle su conciencia, pero no le gustaba nada sentirse como un títere en manos de aquellos ancianos.

Accedió más que nada porque sentía curiosidad.

Hécsor no se equivocaba; las instrucciones fueron sencillas, poco más que mantener el espacio a oscuras y encender dos cirios, aparte de concentrarse en la pequeña esfera no mayor que el volumen de su puño cerrado. Tan pronto como el orbe percibió su presencia, se iluminó y presentó un rostro oscuro y arrugado.

¡Es Jomregsor! Dile que estoy aquí.

–¡Querido Ábrisan, por fin nos conocemos! –El anciano mantenía una sonrisa apenas dibujada frente a una expresión sosegada, tranquilidad profunda que impresionó al aprendiz.

–Siento no poder corresponder vuestra gentileza con vuestro nombre –respondió con sus mejores palabras, regalo de Elsar.

Sintió la tensión de Hécsor en cuanto este comprendió lo que estaba haciendo.

¡No te atrevas! ¡No puedes negarme!

–Naturalmente, lo siento. Mi nombre es Jomregsor, decano de la Orden –se presentó–. Confío en que Hécsor tuviera tiempo de hablarte de nosotros antes de su muerte. Desde luego, él sí nos habló de ti.

Ábrisan podía corresponder a la sinceridad en aquello.

¡Ábrisan, por lo que más quieras, debes decirle que estoy aquí!

–Sé un poco de la estructura de la magia en el Imperio. Imagino que les informó de mis progresos.

El anciano se mostró afable.

–Y de tus fracasos. Y también de la explicación que creísteis encontrar para todo ello –concedió–. ¿Te dijo que es una herejía? –sonrió ante la expresión de Ábrisan–. No temas, no vas a ser castigado por atreverte a formular hipótesis, al contrario. Un hechicero debe enfrentarse a lo indescifrable con todas sus armas para buscar una explicación.

El brevísimo sobresalto interno de Hécsor, y su silencio, no le pasaron por alto al aprendiz.

–Estuve en el aquelarre, la teoría fue expuesta y escuché lo que dijeron.

–Sí, he hablado con Barsaba, la bruja principal de Mencasa. Parecen estar convencidas de que en el sur han tenido lugar varios sucesos relacionados con lo acontecido aquí. –Ábrisan creyó detectar un asomo de desprecio junto a cierta irritación en las palabras del hechicero; pudo comprenderlo, teniendo en cuenta que su control se detenía en la frontera con Nmadhrad, al menos oficialmente.

El joven se mantuvo impertérrito.

Por favor…

Jomregsor debió darse cuenta de que se había mostrado condescendiente con el antiguo aprendiz de bruja al explicarle quién era Barsaba, o quizá solo fuera una excusa para cambiar de conversación.

–¡Oh!, lamento mi impertinencia, Ábrisan, no quería negar tu pasado. Solo pretendía destacar el desconcierto en que esto nos ha sumido a todos –se disculpó–. La realidad es que ahora eres aprendiz de hechicero, y de uno poderoso, que no tardará en reencarnarse en su vida final, y lamentablemente su repentino magnicidio te ha impedido prepararte de manera adecuada para tus futuras obligaciones.

El joven pensó que podía ahorrarse el resto del discurso, bastante previsible, pero no le interrumpió.

–Por otro lado, tú mismo has demostrado una valía inusitada para la magia, todo ello envuelto en una serie de acontecimientos que no hemos podido estudiar con el detalle que merecen –continuó, antes de sonreír y de cambiar de tono–. Estoy seguro de que ya sabes lo que te estoy ofreciendo, Ábrisan, pienso que sería un cambio que temporalmente nos beneficiaría a todos.

Yo también pienso que sería lo mejor para todos, ya lo sabes.

El joven pensó que no había manera de decir lo siguiente que no fuera a resultar difícil, así que optó por la misma estrategia seguida hasta el momento.

–No sé, decano, si mi futura esposa estará de acuerdo con que me desplace hasta Mencasa.

El rostro de Jomregsor pareció difuminarse y distorsionarse de pronto dentro de la esfera.

¡Por todo lo sagrado, ha perdido el control!

Fueron varios minutos de angustia hasta que el anciano consiguió imponer su fuerza de voluntad y recuperar la comunicación. Durante el tiempo que duró aquella lucha, el hombre hizo una buena demostración de sus emociones y de su poder. Casi estaba exhausto cuando volvió a dirigirse al aprendiz.

–¿Futura esposa? ¡Pero los hechiceros no contraemos matrimonios con mortales! –gritó.

El desconcierto de Ábrisan no superó al del propio Hécsor.

¿Mortales?

El anciano se percató de su error.

–Estoy confuso y he escogido mal la expresión, lo siento –trató de disculparse–. Por supuesto, me refiero a la dificultad de emprender una relación con personas que solo viven una vida, ¿puedes imaginarte el dolor y la soledad que eso entrañaría?

El muchacho se negó a contestar.

“Eso es cosa mía”, se rebeló, pero prefirió guardárselo. Para él la comunicación había terminado.

El anciano supo que lo había perdido, pero no se resignó.

–Es importante que recibas la instrucción necesaria para cuando regrese Hécsor –comenzó, pero luego su mirada se ensombreció y pareció crecer dentro del orbe–. Y, no puedes negarlo, también tú tienes que saber lo que eres, de lo contrario puedes resultar un peligro para ti y para los demás.

“Lo que eres”, resaltó Ábrisan en su fuero interno. No “quién”.

Cortó la comunicación. Después no sabría cómo lo había hecho, pero se sentía dolido y no iba a permitir que aquel anciano le manipulase.

Supongo que no vamos a ir a Mencasa.

El aprendiz casi sintió ganas de llorar ante la indefensión que detectó también en aquellas palabras.

–¿Con los inmortales? No, gracias. –Le pudo su propia impotencia y sonó demasiado rudo–. ¿Tú también te consideras inmortal? Porque podemos probar ahora mismo.

El hechicero no se dignó contestar a aquella amenaza, y él se sintió fatal por aquel arrebato de crueldad que no había imaginado que podía contener en su interior.

Tiró de un manotazo los dos cirios al suelo y contempló cómo quemaban la madera, dos pequeños puntos negros junto a la llama.

–“¡Oh, no, no!, ¡me estoy convirtiendo en Rhodig!”, se descubrió pensando, y estuvo tentado de romper a llorar.

Pero algo muy dentro de él se levantó para aplastar aquel sentimiento de autocompasión y para enfrentar las circunstancias como venían.

Recogió los cirios y los colocó en su sitio.

–De acuerdo, disculpa, eso estaba fuera de lugar. No sé cómo se desarrollará el embrión, si medrará o se perderá, pero en lo que de mí dependa, continuaré hasta el fin –aseguró. Agradeció el silencio de Hécsor, porque no había terminado–. Pero no me dejaré utilizar por los hechiceros. Ni por las brujas.

Aquella última frase llegó sin pretenderlo, no estaba en el guion de lo que quería decirle y, sin embargo, se insertó de manera adecuada en el discurso.

No nos quedan muchas opciones, y perdona si me incluyo.

–No, pero en algo tiene razón Jomregsor, debemos averiguar más.

Pues no nos quedan muchas opciones, repito, y la única no le va a gustar a Xirh… y perdona si me meto de nuevo.

Ábrisan se contuvo apenas.

–Eso de no interferir en la vida privada de otra persona me parece que no funciona así, por medio de disculpas. No te metas y punto –ordenó, aunque supuso que parte de su enfado se acentuaba por la certeza de que, a pesar de su falta de tacto, el hechicero tenía razón. No le iba a gustar nada.

Aunque siempre hay opciones.

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