Ábrisan. Libro II. Capítulo V (2.ª parte)

Ábrisan. Libro II. Capítulo V (2.ª parte)

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Elsar fue la primera en enterarse, pero no la única. La noticia no irradió desde su cabaña, por respeto a la familia de Xirh, pero los prometidos acordaron que la antigua maestra de Ábrisan debía conocerlo antes que nadie; la relación podía haberse enfriado, pero seguía allí, y la bruja siempre les había apoyado. Confiaban en que, al contrario de lo que sucedía con los hechiceros, bendijese la unión.

Y lo hizo. A lo grande. La mujer recibió a la pareja en la cabaña aún de madrugada y festejó el enlace como si se tratase de miembros de su propia familia –dentro de la contención que el secreto requería–. Cuando le dijeron que pensaban celebrarlo en el equinoccio de otoño, le extrañó la premura, pero prometió que tendría preparados para ese día sus mejores conjuros de atadura y de fertilidad.

–Ya hemos esperado demasiado, y ahora no dependemos de nadie más –explicó Xirh con ironía, en clara referencia al antiguo tercer miembro del matrimonio múltiple.

Elsar le cogió la mano con ternura.

–Ahora debemos marcharnos, nos hemos escapado, pero debemos volver antes de que salga el sol, ¡o mi familia es capaz de matarme! –se despidió riendo la joven.

Salió, y solo un momento después empezó a seguirla Ábrisan. Fue tiempo suficiente para que la bruja sostuviera la mirada de su antiguo aprendiz en busca de respuestas más profundas.

–Me alegro, de verdad, pero esto no puede quedar así. Debes… –murmuró.

–Lo sabe todo –cortó. No había sido una noche de sueño, precisamente.

La mujer asintió.

Fue inevitable que Regh se despertase y se asomase para ver qué sucedía.

–¡Debemos apresurarnos! –volvió a entrar Xirh, visiblemente nerviosa porque la noche ya terminaba.

–Sí, voy.

Ábrisan se acercó a la pequeña, agachándose para darle un abrazo.

–Me voy a casar –le dijo al oído.

Reghina rio de alegría y le contestó inmediatamente en el mismo tono.

–¿Es por el niño?

El joven apretó aún más el abrazo antes de apartarse para mirarla desde sus ojos llenos de lágrimas; no se cuestionaba que Regh pudiera penetrar por sí misma en su ser más íntimo.

Se miraron como solo ellos sabían hacerlo, y se sintieron más cerca porque ahora estaban igualados, compartían dos secretos de los que no hablarían.

–Es porque la quiero –dijo.

****

Más tarde, en la cabaña de la Casa principal, Ábrisan tuvo que renovar, ya adulto, la petición que había hecho de niña, cuando el matrimonio iba a ser de tres. Lo hizo ante toda la Casa; allí acudieron los distintos Cabezas de Familia, hijos y nietos del Cabeza de Casa, y sus esposas y esposos respectivos. Debía ser la única Casa de Caaviuru que, aun en decadencia, podía reunir a más de cien personas adultas.

El ambiente fue tenso. Para empezar, Ábrisan no tenía linaje al que adscribirse; en los planes anteriores esto no había importado demasiado, ya que las dos mujeres –entonces– pasarían a formar parte de la Casa de Rhodig. Pero ahora él era el hombre a cuya Casa pasaría Xirh. Se percibía una preocupación basada en el cariño, pero tampoco se ocultaba una más pragmática fundamentada en la competencia de la muchacha en las artes textiles.

Por otro lado, él era el aprendiz del hechicero, alguien con mucho poder en el poblado, y quien tenía la última palabra sobre muchas decisiones importantes, una de ellas las litigaciones sobre los contratos.

Ábrisan hubiera accedido a todo lo que le pidieran de manera amigable, pero Xirh le había instruido a fondo acerca de lo que la familia esperaba de él, así que eran las palabras de la muchacha las que salían de sus labios.

–Fundaré mi propia Casa. Respecto al trabajo de mi esposa, nos sentiríamos orgullosos de que fuera reconocido con el nombre de su Casa de origen, reembolsando para ello un cinco por ciento de los beneficios netos.

Xirh ocultó la sonrisa al ver la expresión de su prejia, que era la tesorera de la Casa, aunque luego fueran los hombres quienes dirigieran los negocios. Un cinco por ciento neto era un precio irrisorio, y todos lo sabían –probablemente, incluso Ábrisan–. Le sorprendió y le enorgulleció que el Cabeza de su Casa no se amilanase; los negocios eran los negocios.

–Xirh es el orgullo de nuestra Casa, tú mismo lo aprecias, por cuanto vistes la ropa que le pediste que diseñase para ti. Estamos muy orgullosos de que tu Casa y la mía puedan hacer negocios juntas. Mi hija podrá desarrollarse en su profesión después de tantos años de esfuerzo y de instrucción continua por parte de las maestras de mi Casa, y esto le aportará felicidad que luego llevará al matrimonio. Eso vale más de un treinta por ciento, pero fijaremos esta tasa si estás dispuesto a proveer a nuestros telares de hechizos de atadura y de liviandad durante un año.

Xirh casi dejó escapar la risa ante el atrevimiento de su padre, que había ido más lejos de lo que había anticipado –lo que le granjeó una mirada de agradecimiento no exenta de ironía–.

La discusión se prolongó durante al menos media hora más, para al final llegar al porcentaje que sin duda todos tenían en la cabeza; respecto a la magia, Ábrisan no se comprometió, lo que desinfló un tanto los ánimos.

Pero no podía hacerlo. No en las presentes circunstancias.

***

La noche había sido intensa, y no solo preparando la petición de boda. Habían hablado de muchas cosas, sobre todo de la situación en que Ábrisan se encontraba en aquel momento.

Hugsor vendrá a por ti, y esta vez en persona. No van a dejarte suelto con lo que sabes, pero te tienen miedo y no tratarán de forzarte. Vendrá para tenerte vigilado mientras yo vuelvo a la vida… Será un gran trastorno para la Orden, en estos tiempos difíciles, así que no esperes su comprensión ni su amabilidad.

–Y, mientras, perderemos un tiempo precioso –se revolvió el aprendiz.

Xirh escuchaba las palabras de su prometido, que le repetía un resumen de las del maestro. Recordaba lo que le habían contado del aquelarre, así que no tardó en atar cabos. No le gustaba, pero entendía que no tenían otra opción.

Por todo ello, se habían concedido apenas una luna hasta la celebración del matrimonio. Al poner la fecha tan cercana en el tiempo, pretendían transmitir confianza y que los hechiceros pensaran que el matrimonio era un capricho adolescente que estaba por encima de lo demás y ocupaba todo el pensamiento de Ábrisan; si era así, no se precipitarían, lo que concedería al joven un pequeño margen para desaparecer y viajar al sur.

Una luna seguramente no bastaría para resolver el misterio, pero sería suficiente para viajar junto a las triadas y observar de primera mano lo que estaba sucediendo allí con la magia. Era un buen momento para recabar información y, con suerte, podría ponerse en comunicación con esa nueva –o antigua– magia que estaba revolviendo su vida.

En todo caso, habrá que darse prisa; si la Comunidad se ha atrevido a atacarnos, significa que la guerra está muy cerca.

Aquella era precisamente la única razón por la que Ábrisan podía echarse para atrás y negarse a abandonar a su futura esposa.

–Si estalla la guerra mientras estoy fuera, prométeme que buscarás a Elsar y te irás muy lejos. Yo hablaré con ella.

Xirh asintió, por no inquietarle.

***

La cabaña de Xirh permaneció abierta durante todo el día, con la muchacha sentada junto al Cabeza de Casa en la sala de audiencias tras el patio de agua, recibiendo la bendición de las gentes del poblado, que no cesaron de pasar de manera escalonada y de probar las viandas preparadas incesantemente en las cocinas por el resto de los hombres.

Ábrisan debería haber estado allí también, pero todos comprendían que el aprendiz de hechicero tenía muchas otras cosas que hacer; desde luego, pasó siempre que pudo, pues hubiera resultado extraño que el novio abandonara permanentemente a la novia en ese día de presentación del enlace, pero se le pudo ver más a menudo entrando en una u otra casa, en uno u otro taller, saliendo del poblado para acercarse a las granjas con el fin de utilizar su magia para consolidar pequeños arreglos; todavía le faltaban conocimientos, por lo que no resultaba muy hábil, así que con más frecuencia aún se recurría a Elsar.

Xirh le vio entrar a primera hora de la tarde. Habían comido en mutua compañía –junto a varias de las mujeres casadas de la Casa, por descontado–, pero las últimas tres horas el aprendiz había estado ausente.

Las dos visitas que estaban allí en aquel momento lo recibieron entre sonrisas un tanto cohibidas y lo felicitaron por el enlace.

Él les agradeció y les aseguró que antes de la noche pasaría por su casa, donde reforzaría los hechizos de protección de ventanas y puerta principal, como le habían pedido.

–¿Mucho trabajo? –La joven le recibió con una amplia sonrisa, una vez en familia.

El joven tomó asiento en el sillón preparado al efecto.

–Estoy acostumbrado, créeme, pero los hechizos son diferentes de los que ejecutaba como aprendiz de bruja y debo estudiarlos. ¿Puedes creer que alguien me ha pedido que lance un hechizo a las murallas para que no entren extranjeros?

Xirh torció los labios con gesto burlón.

–¿Si puedo creerlo? Si quieres te puedo decir quiénes te van a pedir algo parecido en los próximos días –aseguró–. E instigados por quién.

Sin duda, tenía razón, y Ábrisan intentó echar a un lado lo que le estaba rondando por la cabeza, porque la perspectiva de la visita cortés de Rhodig para bendecir su enlace le ponía los pelos de punta.

Sí, él te va a pedir medidas más duras para proteger el poblado, y si los acontecimientos se desenvuelven de una manera similar a lo que preveo, estaré de acuerdo con él.

Ábrisan no supo evitar un resoplido, así que se vio obligado a compartir con su prometida las palabras del hechicero.

–¿Y crees que no será necesario? Por lo que habéis dicho, eso es lo que hizo Hugsor cuando fue asaltada Bagdor.

Fue un acto de defensa en pleno asalto, no es comparable. De momento.

La verdad era que a nadie le apetecía estropear la tarde.

–¿Te quedas? –terció Xirh, porque tras la fuente del patio distinguía nuevos visitantes.

–Un rato.

Fue una hora entera, pero luego se marchó para seguir con el trabajo cotidiano.

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