Ábrisan. Libro II. Capítulo V (3.ª parte)

Ábrisan. Libro II. Capítulo V (3.ª parte)

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Czandhra llevaba caminando varias horas cuando decidió descansar y dormir. No se había alejado lo suficiente, al menos su temor le decía que en cualquier momento podía aparecer una patrulla de soldados imperiales para capturarla, o bien se cruzaría con alguno de los espías gordanos huidos del campamento, que la reconocería y la mataría para evitar que lo denunciase.

Por una vez, el hambre no dominaba su mente, había cargado toda la comida que podía llevar en su viaje. No regresaría al norte. Si no podía ocultarse en Mencasa, entonces continuaría vagando mientras fuera posible, no importaba hacia dónde, pero lejos de la guerra. Había asumido que no volvería a ver a Regh, así que solo por un instante se le pasó por la cabeza volver a buscarla, pero no podía devolverla a esa existencia de fugitivas; aún recordaba el último encuentro, la pequeña se lanzaría a la aventura con su prejia sin pensarlo un instante. No la había entregado para eso. Las brujas eran muy capaces de protegerse, y sin duda estaría más segura con Elsar.

El bosque del norte había dejado paso a otro arbolado, más acostumbrado a la escasez de lluvia, aunque el Dhiure irrigaba el valle antes de encontrarse en el oeste con el caudaloso Tkaranti –frontera entre el Imperio Deltsio y la Hegemonía Hortgia hasta desembocar muy al norte en el golfo de Eshguev–. Desconocía los nombres de aquellas altas plantas estilizadas, de hojas duras y frutos dulces, que dominaban el paisaje. Si continuaba hacia el sur, también aquellas plantas desaparecerían, siendo sustituidas en el desierto por especies que no podía ni imaginar.

Se dio cuenta de que había tomado la decisión de continuar hacia Nmadhrad.

Cuando se despidió de Vermelho no tenía claras sus perspectivas, simplemente aquel no era su mundo y no se encontraba a gusto; el anciano le deseó buena suerte y le dio un buen surtido de los alimentos más ligeros y nutritivos. Ella también le deseó suerte, la iba a necesitar si estallaba la guerra y los mandaban al norte. Luego se fue, aprovechando una de las paradas en el camino, en las que nadie vigilaba a quien salía.

Un paso, luego el siguiente, horas más tarde significaban kilómetros. Ahora que ya estaba decidida, tendría que plantearse la mejor manera de llegar al país vecino, separado por un desierto dos veces más ancho que el resto del Imperio. La vía imperial quedaba descartada, toda vez que se vería obligada a viajar sin compañía; no podría cruzarlo sola, eso ni se lo planteaba, pero siempre había escuchado hablar de las caravanas que lo cruzaban de este a oeste, desde Jar’lla hasta Hortgia y viceversa. En los relatos, nunca llegaban hasta el sur, pero tampoco decían a cuánto pasaban de la frontera. En todo caso, eso implicaba encontrar una caravana que la aceptara, y, para empezar, no tenía con qué pagar el viaje; si es que encontraba alguna, pues bien pudieran ser simples inventos.

La tercera vía consistía en bordear el Dhiure para llegar hasta el Tkaranti y luego seguir el curso de este hacia el sur; tras el giro que sacaba al río de Hortgia, podría seguir hacia el sur por su cuenta, ya en territorio de Nmadhrad, aunque no conocía la geografía y por tanto ignoraba si después todavía la esperaba el desierto, o cuánto.

Esa era su mejor opción, por lo que alcanzaba a adivinar, sobre todo siendo una mujer sola. Seguir los ríos siempre la proporcionaría agua para beber y frutos y verduras silvestres con que alimentarse; quizá algún pescado, si se atrevía a romper las normas. Pero ello la obligaba a atravesar el extremo austral de la cordillera Barrera por las hoces del Dhiure y cruzar la Marca P’jarlli. Allí, si tenía suerte, encontraría una embarcación que le ayudase a remontar el río.

La noche fue más fría a la intemperie de lo que hubiera supuesto, y se levantó con molestias en la garganta, que fueron desapareciendo a lo largo de la mañana. No podía calcular la distancia, pero suponía que al menos ese segundo día recorrió la misma que el primero, siguiendo la ribera del río. Recolectó más frutos dulces y descubrió unos plátanos fuera de una plantación, por lo que se apresuró a coger un par de racimos y a alejarse del lugar.

Lamentablemente, al día siguiente no pudo evitar toparse de lleno con la población que se levantaba tras el siguiente meandro, sin muros ni puertas ni guardas ni nada que la previniera de su presencia; de pronto el río giraba hacia el sur, y las primeras cabañas se levantaban junto a la orilla.

Debía haber calculado muy mal su ritmo caminante, pues todo indicaba que había alcanzado Fatnería, la ciudad desde donde algunos mercaderes procedentes del norte se juntaban para viajar juntos y unirse a las caravanas que atravesaban el desierto hacia el este. Eso significaba que había avanzado bastante más de lo que había imaginado. Aunque había descartado unirse a una caravana, ya que estaba allí se preguntó si tendría suerte y encontraría algún mercader que le pudiera dar información más precisa sobre la cartografía de la zona, pues estaba claro que no controlaba las distancias.

A diferencia de la mayoría del resto de ciudades del Imperio, Fatnería mostraba con orgullo el eclecticismo propio del crisol de culturas que la habían hecho crecer. La arquitectura de los edificios era una locura de formas, desde pequeñas cabañas a elaborados palacios, y un ágora cuyas dimensiones duplicaban las de su ciudad natal. Todos los talleres ofrecían espacio donde exhibir las mercancías, pero, en cambio, el zoco se encontraba casi vacío, tanto de oferta como de demanda. O bien los mercaderes habían partido ya y no habían llegado los siguientes, o bien no era temporada, no tenía datos para decantarse por ninguna de estas opciones.

Se acercó a uno de los puestos, donde los aromas asaltaban sus papilas gustativas y la hacían salivar, aunque ya había comido. Reconoció especias que no había probado desde su precipitada salida de su ciudad, muchos meses antes.

El hombre se dirigió a ella con una gran sonrisa en cuanto la vio acercarse.

–¡Productos de todo el continente! –ofreció–, esto no lo encontraréis en ningún otro lugar del Imperio –destacó, señalando un queso azul.

Czan lo miró con apetito, pero negó con un gesto rápido.

–Tiene un aspecto magnífico –concedió–, pero busco información, si puede ser.

El mercader trocó su entusiasmo por una decepción casi hosca. Echó un vistazo a su alrededor y debió llegar a la conclusión de que no iba a perder ningún cliente por gastar un poco de su tiempo con la prejia; no había que descartar que pudiera extraer algún beneficio, la demanda de información siempre aportaba una historia, por más encubierta que trataran de presentarla.

–Tal vez sea posible –alentó, cerrando a medias el ojo derecho y planteando un boceto de sonrisa.

Czandhra apostó por el futuro en vez de por el pasado.

–Me gustaría llegar a Nmadhrad.

–¡A Nmadhrad! ¡Pues le queda un largo camino! ¿Quiere alguna historia sobre el país? ¡Conozco algunas maravillosas! ¡Soy nada menos que Ricsmith, he viajado por todo el continente!

La mujer sonrió ante el nuevo entusiasmo del mercader; no le sonaba su nombre, y dudaba de sus palabras, pero después de tanto tiempo agradecía la muestra de energía positiva.

–Solo queremos saber cómo podríamos llegar hasta allí de una manera rápida y segura –intentó protegerse con el plural.

El mercader asumió la verdadera situación sin ningún esfuerzo.

–No va a salir nadie antes de una luna hacia las caravanas, y en todo caso aún tendría que cruzar trescientos kilómetros de desierto hasta llegar a la frontera, que sería el camino más rápido –comenzó, aunque atajó el intento de interrupción de la mujer–, así que imagino que ya lo habrá descartado. ¿Estará pensando en la vía del Tkaranti?

No le interesaba la respuesta de su interlocutora, solo su reacción.

–Sería una buena elección. ¡Aunque muy cara!

Registró la perplejidad de Czan y continuó.

–Un largo viaje a solas para no tener nada con qué pagar –sugirió. La desolación de la mujer le brindó toda la información que necesitaba, aunque ya la había supuesto.

Durante el monólogo había estado jugueteando con el queso azul, lo había dejado y había sopesado diversos productos ante los que la mujer no reaccionó. En un momento dado, cogió un puñado de nueces peladas y se las ofreció como al descuido. La mujer aceptó entusiasmada una de ellas, y en ese mismo instante se dio cuenta de su error. Se paralizó, porque huir no hubiera servido de nada.

El mercader la observó intensamente, con las nueces aún en la mano. No eran un producto exclusivo de Hortheg, pero sí de esa zona; su expresión aterrorizada solo tenía un sentido.

–He viajado mucho, y he sido bien recibido en muchos lugares, pero tengo un recuerdo muy especial del lugar donde adquirí estos frutos, porque caí enfermo y fui cuidado por personas que también estaban enfermas y lo pasaban mal. Es un lugar maldito, pero sus gentes no lo son.

Czan podría haber llorado allí mismo si tanta desgracia no le hubiera petrificado la sensibilidad. El mercader le ofreció el resto de las nueces que acumulaba en el puño.

–Puedes venir esta tarde a última hora, antes de que el sol termine de ocultarse, y entonces quizá podamos hablar más libremente –ofreció.

La mujer agradeció los frutos secos y se retiró. Abandonó el zoco apresuradamente sin mirar atrás.

No se fiaba del mercader. No podía hacerlo a esas alturas. ¡Vaya historia! Los mercaderes inventaban esas fantasías, y siempre buscaban algo que ganar. Puesto que ella no poseía nada, el único beneficio solo podía provenir de su venta.

Cruzó la ciudad tratando de pasar desapercibida, mirando frenéticamente a su alrededor. No había demasiados soldados imperiales, pero todo era sospechoso. Abandonó la urbe tan pronto vio la oportunidad, y no se detuvo durante toda la tarde, siempre hacia el este. Si había llegado hasta allí en solo dos días, no podían quedarle más de otros dos para avistar las hoces.

***

Aquella tarde los mosquitos devoraron su cuerpo, le picaba todo. No se atrevía a sumergirse en las aguas, lentas y profundas, por miedo a los posibles animales que acechasen; más tarde se subió a un árbol achaparrado para pasar la noche, y volvió a pasar frío.

Al día siguiente los ronchones estaban rojos y picaban hasta el tormento; siempre le habían dicho que no se rascase, pero no podía evitarlo, se sacó sangre de varios de ellos de tanto frotar las piernas. Comió parte de la fruta, aún le quedaban plátanos, y recogió un poco de agua en la calabaza vacía, tomando las precauciones que supo tomar. A mediodía estaba exhausta y lloró en la orilla.

Casi no vio la barcaza que se acercaba hasta que la tuvo enfrente. Se apresuró a esconderse tras las cañas, pero el hombre que la dirigía enfiló directamente hacia ella. Podía haber escapado al interior, pero se sentía extenuada y sintió que ya nada tenía importancia.

–¡Te he visto!

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