Ábrisan. Libro II. Capítulo V (4.ª parte)

Ábrisan. Libro II. Capítulo V (4.ª parte)

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Ricsmith no intentó consolarla. Habilitó diestramente un mínimo espacio ante la inmensa lona que servía de protección a las mercancías de cubierta, cerca del timón, y la invitó a subir a la barcaza. Una vez instalada, inspeccionó las llagas y le suministró un engrudo apestoso, indicándole la dosis adecuada para aplicarlo sobre las picaduras. Le tendió otro puñado de nueces.

–No pienses que vas a probar el queso si no tienes dinero para comprarlo, pararemos de vez en cuando para coger plátanos y otras frutas y venderlos en las aldeas, si podemos; lo que no intercambiemos constituirá nuestra dieta.

Era un mercader.

Por lo demás, Czan no consiguió averiguar por qué la estaba ayudando, seguía sin creer en su historia.

–Los mercaderes no tenemos familia, lo sabes, así que si decides viajar conmigo no podemos ser matrimonio.

–Tampoco conozco mercaderes mujeres –repuso con un asomo de desafío.

–No. Se supone que no las hay.

Czan lo miró enfadada, estaba jugando con ella. Resultaba cruel. No entendía por qué la había recogido, solo para hundir sus esperanzas.

–¿Y bien? –Ricsmith se inclinó hacia la derecha para enderezar el curso de la barca y mantenerla en el centro de la corriente–. ¿Y bien?

–¿Y bien, qué?

El mercader la miró con ternura y sonrió.

–Disculpa, supongo que es demasiado difícil… –musitó–. ¿Has cazado alguna vez? Eres fuerte, y seguro que el viaje ha sido largo…

Las palabras del mercader, lanzadas como al desgaire, alcanzaron el interior de la prejia de manera brutal, y sin embargo al principio solo le parecieron de mal gusto. Fue la mirada lo que lo cambió todo. Czandhra comprendió de repente mucho más de lo que Ricsmith le había dicho.

–¿Tú…? –comenzó, pero de pronto le invadió la magnitud de su siguiente pensamiento–. ¿Yo…?

En realidad no se atrevía a verbalizar todo lo que pasaba por su cabeza. Era demasiada locura en un viaje de locos. Claro que esos casos existían, pero jamás había conocido uno, al menos que supiera; en la bagauda seguramente habría podido encontrarlos, si se le hubiera ocurrido investigar, aunque la respuesta a sus preguntas habría consistido más probablemente en un cuchillo en la garganta.

En su confusión ante todo lo dicho y lo no dicho por el mercader, expresó la pregunta más extraña que se le ocurrió.

–¿No pretenderás decir que te curaron de ser mujer? –se escandalizó.

El mercader se dobló convulso sobre la barra del timón. Cuando recuperó la posición vertical, sus ojos estaban rojos por las lágrimas y apenas podía contener la risa.

–¡Curarse de ser mujer! ¡Nunca había oído algo así!

El hombre se mostraba absolutamente feliz, así que Czan se dejó llevar por su buen humor, y al poco ambos reían en mitad del río.

–No, realmente enfermé y me curaron al regresar de una ruta comercial por Gordana, me trataron muy bien –aclaró más tarde–. Leerme como hombre viene de más atrás.

No comenzó inmediatamente. El flujo del agua prestó su fondo lento y constante, y el sonido del río solapó las primeras palabras.

–No es fácil elegir cuando eres tan joven. Tenía diez años cuando el hechicero determinó que debía someterme a mi mayoría de edad. Algunas personas lo tienen claro, ven a su alrededor, saben lo que les gusta, lo que se les da bien, sus familias les guían… no lo sé. Yo no estaba entre ellos. Pero me gustaba lo que hacía mi prejia, así que elegí ser como ella –sonrió con añoranza–. Solo que no duró mucho; no concerté matrimonio, no salía de casa… ¡y cuánto me había gustado pasear, visitar otros poblados con mi padre para cerrar los negocios de la Casa! Entonces no imaginaba lo amplio que era el mundo, y esos paseos eran para mí verdaderos viajes. Recuerdo el día en que le confesé a mi prejia que quería viajar, como mi padre, relacionarme con la gente, participar en los negocios y no limitarme a contar el dinero y hacer balances y previsiones. Lloró. Me amaba. Creyó que me ayudaba contándole a mi padre lo que le había dicho. Él me dio una paliza de muerte. La primera.

Czan percibió la voz pausada y firme luchando contra las emociones.

–Debió ser terrible. Lo siento.

–Vinieron muchas más. No me conformaba. Ahora sí que sabía quién era y quién quería ser. Sí, fue terrible. Hasta que escapé. Luego, a pesar de las penalidades, resultó más sencillo, lejos del hogar, donde nadie me conocía, escoger aquello que realmente quería ser –confesó–. ¡Y he viajado desde entonces! ¡Mucho más de lo que jamás hubiera imaginado! –recuperó el entusiasmo que Czan había disfrutado por la mañana, pero ahora a la mujer le parecía más sólido, más auténtico, de modo que incluso después de aquella historia pudo sonreír.

–¡Entonces es verdad que has viajado por todo el continente!

Ricsmith puso cara de ofendido y luego soltó una carcajada.

–Por todo, no. Todavía.

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