Ábrisan. Libro II. Capítulo V (5.ª parte)

Ábrisan. Libro II. Capítulo V (5.ª parte)

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Rhodig no se instaló en el hogar del general y, de hecho, no se encontró con Phatu ni con nadie de su Casa. Tras presentarse en las puertas de la ciudad, los guardias comprobaron su solicitud entre el papeleo y fue conducido por dos soldados directamente a la entrada de los acuartelamientos militares, donde fue dejado en custodia a la guardia destinada allí.

De nuevo comprobaron el papeleo, llevaron su montura a las cuadras y a él lo hicieron pasar a una sala donde esperó en solitario cerca de una hora, sin que nadie respondiera a sus preguntas ni le ofreciera

algo para refrescarse. Él se negó a pedir nada.

–Soy invitado del chambelán.

Ni siquiera aquellas palabras motivaron una respuesta clara entre los soldados que hacían guardia en la puerta de la sala.

–Es un honor, señor. Pronto vendrá alguien a buscarlo.

Aquella fue la máxima información que consiguió extraer.

Súbitamente, un sargento entró en la sala acompañado por otro personaje que no se presentó pero que lo saludó efusivamente.

–¡Rhodig de Caaviuru!, confío en que la espera no le haya resultado pesada; acompáñeme, se lo ruego, no disponemos de mucho tiempo.

Al joven se le vinieron a la cabeza multitud de reproches, pero el hombre ya estaba saliendo por la puerta antes de que pudiera priorizar el orden de exposición, por lo que se vio obligado a seguirlo. Vestía el uniforme tremendamente elaborado, ceremonial, con los colores granates del Imperio, del Cuerpo Burocrático.

A la salida del cuartel ya estaba dispuesta su montura, junto a la del hombre, y ambos cabalgaron por la ciudad, aunque no más de doscientos metros; poco había podido ver de la urbe hasta el momento, en aquellos trayectos tan breves. De nuevo en la puerta del palacio en que se detuvieron alguien se hizo cargo de su montura y fue conducido por su acompañante a través de un dédalo de pasillos, cada uno de los cuales horadado de puertas, pero ninguna ventana.

El hombre abrió finalmente una de ellas, que daba paso a un mínimo despacho, y se marchó.

Rhodig saludó al hombre que se sentaba detrás de una mesa repleta de diversos utensilios de escritura, el cual le devolvió el saludo mecánicamente antes de levantarse y dirigirse a la puerta.

–Le ruego que me acompañe, por favor.

Se dirigió hacia el final del pasillo, donde giró a la derecha, con el joven a su espalda, para continuar caminando por otros pasillos que desembocaron en una escalera. El descenso los condujo a un piso por debajo del nivel del suelo, más frío y tosco en los detalles.

Un nuevo cambio de guía comenzó a exasperarlo. Cada vez tenía más claro que no iba a encontrarse ni con el general Phatu ni con el chambelán.

–Exijo que me diga hacia dónde me conduce.

El hombre, que vestía igualmente el uniforme del Cuerpo Burocrático, no se dignó contestarle, se limitó a abrir la siguiente puerta y se dio la vuelta para marcharse.

–Adelante, Rhodig, bienvenido –invitó una voz familiar.

El joven obedeció de inmediato, gratamente sorprendido por el encuentro.

–¡Hermano de mi madre! ¿Tú has organizado todo esto? –A pesar de los inconvenientes sufridos, se sintió impresionado por el poder de su familiar.

Ambos se saludaron amistosamente con las manos en el corazón.

–No tenemos mucho tiempo, Rhodig, y te juegas tu futuro en lo que voy a proponerte, así que prepárate para la decisión más importante de tu vida.

****

Los siguientes minutos fueron realmente duros para el joven aspirante a la jefatura de Caaviuru. Ante él se abrían expectativas nunca antes imaginadas, y todas al alcance de su mano, inmediatas, Bedar De Cosill comprometía su palabra. Pero ese futuro no era gratuito. Había que pagar, y el precio implicaba terminar con mucho de lo que le identificaba como persona.

–Si yo no hubiera renunciado a mi Casa, no estaríamos hoy aquí. Los sacrificios son necesarios.

“Pero tu Casa estaba muerta”, pasó rápidamente por su cabeza antes de desecharlo; la Casa de origen de su madre había sido importante en su momento, pero, como la mayoría en estos tiempos, se había hundido poco a poco ante el poder más real del Imperio y su aparato burocrático.

El sudor empezaba a convertirse en algo más que una molestia.

–No solo renunciaría a mi Casa, sino a la posibilidad de recuperarla y de que su nombre…

–Poder, Rhodig, poder de verdad. Y eso está en el interior del Cuerpo Burocrático.

El joven visualizó las posibilidades.

Hécsor le había apremiado a modificar su estatus de soltero antes de la elección a la jefatura del poblado, rotos sus compromisos de matrimonio, y él había pensado que para entonces habría cumplido sus objetivos, por lo que había tiempo suficiente. Ahora el hermano de su madre le tentaba poniendo en sus manos las herramientas para cumplir el más desaforado de sus sueños; no hacía mucho había criticado la ineficacia del marqués.

Pensó en sus hijos muertos, los que Ábrisan había asesinado al no concebirlos.

No necesitaba engendrar otros, su ausencia era suficiente para la venganza.

–No hables si el chambelán no se dirige a ti directamente. Muéstrate sumiso al Imperator. Renuncia a tu Casa sin remordimientos. Acepta con modestia el puesto que te asignen. Y ten paciencia.

Aquellas fueron las últimas y precipitadas recomendaciones del hermano de su madre antes de abandonarlo a otro de los burócratas, que lo sacó del palacio y lo condujo a sus aposentos en una “Hospedería y Posta” junto a los cuarteles.

Al día siguiente vería al chambelán.

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