Ábrisan. Libro II. Capítulo VI (1.ª parte)

Ábrisan. Libro II. Capítulo VI (1.ª parte)

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Si Hugsor iba a venir, que le pillara de viaje. Esa era la premisa básica de Ábrisan. Después el mago podía intentar lanzarse en su búsqueda, o resignarse y esperar su regreso para descargar su ira. No importaba, el viaje era necesario y se haría. Pero antes necesitaba preparar muchas cosas, y avisar a su antigua maestra constituía una prioridad.

Recibió a Elsar en la cabaña del hechicero, algo que la bruja afirmó que nunca antes había sucedido.

No veo la necesidad, tampoco yo he ido a la suya.

–Por supuesto que sí, aunque ella no lo sepa y tú quieras negarlo –refutó el aprendiz mientras se alejaba para preparar una infusión de hierbas; pretendía mantener un equilibrio vital desde sus propios criterios.

Eso no debería contar, no puedo negarme a ir donde tú vayas –insistió Hécsor con poca convicción.

–Pues, para mí, cuenta.

Elsar se sentó a la mesa de estudio del espacio común, pasando sin demasiado interés la vista por la estantería de los libros, después de haber recorrido el resto de la cabaña.

–Es más grande por dentro que por fuera –comentó.

Ábrisan decidió que era preferible no explicar las circunstancias en las que había ejecutado el hechizo. Era el momento de centrar la conversación.

–Ayer me recordaste que esto no podía quedar así –comenzó.

La bruja asintió a las palabras con un gesto lento de la cabeza.

–Espero que apruebes o al menos me ayudes en lo que voy a emprender –apeló Ábrisan, que no se encontraba del todo cómoda y por tanto se notaba dando rodeos.

La bruja mostró una levísima sonrisa irónica.

–Te escucho.

–Pienso que debo aprovechar este momento para tratar de recabar toda la información posible de primera mano. En Isla Raíz la tríada dijo que estaban sucediendo cosas que es muy posible que tengan relación conmigo. No sé lo que eso puede significar, pero lo cierto es que de allí han venido las únicas noticias. Tal vez si me acerco y conozco a las mellizadas que afirman haber contactado con la magia ancestral, pueda yo también comunicarme con ella –soltó de un tirón.

Elsar se mostró de acuerdo.

–¿Qué necesitas de mí? Puedo avisarlas de que irás hacia allá y contactar una cita en la frontera –ofreció.

Nmadhrad era en sí mismo un misterio, así que la posibilidad de que le estuvieran esperando antes de penetrar en el país facilitaría mucho las cosas.

–Eso sería una gran ayuda –agradeció.

Elsar comprendió que solo era el principio.

–¿Necesitas algo más?

–Bueno, me preguntaba si podría utilizar una escoba para desplazarme; ya sabes, la boda será en poco más de una luna, y preferiría aprovechar el tiempo investigando más que perderlo en el viaje.

Elsar sonrió.

–Por supuesto. Además, ya conoces la escoba, solo te falta aprender un poco sobre sus cuidados, pero no nos llevará más de una hora.

Sonrieron. Los recuerdos estaban demasiado recientes, y cualquier puente era un alivio.

No te van a dejar abandonar el Imperio, si de ellos depende. Eres un hechicero de la Orden, así que penetrar en otra hegemonía sin invitación previa puede considerarse un acto de espionaje o algo peor –aseguró Hécsor–. Tampoco van a pasar por alto que podrías ser el hechicero más peligroso que haya existido, y cualquiera de las hegemonías te querría de su lado… o eliminarte, si lo anterior no es posible; después del aquelarre, no hay duda de que todas las sociedades de hechiceros saben de tu existencia y te buscarán.

Ábrisan tuvo que fingir que no estaba escuchando antes de dirigirse de nuevo a Elsar.

–Tú conoces mejor que yo la situación en el sur. ¿Piensas que podría ser una trampa? ¿Existen hechiceros en Nmadhrad con los que pudieran conspirar las triadas para capturarme y someterme?

La bruja echó los brazos atrás en un gesto perfectamente explícito.

–Nadie sabe lo que sucede en Nmadhrad. Probablemente, ni siquiera Hécsor supiera contestarte a la pregunta sobre la situación actual de los hechiceros allí, que, por supuesto, existieron, pero estoy casi segura de no equivocarme al pensar que las triadas no van a involucrarse en ese tipo de traiciones –auguró.

–En ese tipo…

Elsar tiene razón, las Escuelas de hechiceros de Nmadhrad fueron muy poderosas; aunque hace siglos que no se relacionan con el exterior, más de los que yo tengo, se percibe el poder al acercarte a sus fronteras.

–La magia en el sur es extraña y antigua; no sé cómo podrían percibir en realidad la interferencia de esa otra magia en sus triadas…

Ábrisan pensó que ninguno de sus maestros le estaba pintando un panorama apetecible.

–¿Merece la pena el riesgo? –preguntó sin ambages.

Ya sabes que prefiero la alternativa.

–No me atrevo a afirmarlo.

Pues no eran de gran ayuda.

Entendía que, hiciera lo que hiciera, debería decidirlo él mismo.

Volvieron a calibrar las opciones que tenían. El viaje directo le llevaría demasiado cerca de Mencasa, algo a evitar a toda costa. Por otro lado, si decidía desviarse al este o al oeste para viajar por las hegemonías fronterizas, como hubiera podido hacer siendo una bruja –“poder”, en este caso, significaba hacerlo y punto–, era una apuesta arriesgada en caso de que alguien se acercara a husmear la ruta de la escoba, por los motivos previamente expuestos. Por último, el viaje hacia el suroeste, en dirección al Tkaranti, se presentaba como la ruta más razonable, era la mayoritaria entre los escasos viajeros que se aventuraban al país vecino; en el presente caso, sin embargo, sería apropiada siempre y cuando se pudiera completar con la suficiente rapidez para no ser detectado, al menos al norte de Frontes Sur.

Así se quedó, y no esperarían hasta el día siguiente.

Ahora solo restaba una cuestión más que abordar. No tenía ni idea de cómo hacerlo, porque no podía aportar ni una sola razón que pudiera justificar aquella solicitud.

–Querría hacerte una última petición. Me gustaría que Reghina me acompañase.

¿Qué?

Elsar se mostró tan desconcertada como era previsible. Lo que no contaba en el plan de Ábrisan era la desconfianza y el mal humor de la mujer. Estos se intuían, sin embargo, tras el silencio obstinado de la bruja.

–No puedo explicarlo… –intentó justificarse el joven, pero chocó con la opacidad defensiva de la mujer–. Es decir, siento que…

La mujer estalló.

–¿Por eso me has traído aquí, al centro de poder de la magia de los hombres, para arrebatarme también a Reghina?

Ni en el más absurdo de sus pronósticos había supuesto que Elsar iba a interpretar de esa manera sus intenciones. Quizá porque no lo había pensado lo suficiente.

–¡Yo no…!

–¿Tú no qué? ¿No eres un aprendiz de hechicero? ¿No eres un hombre?

Las palabras de la bruja le dolieron más de lo que podía soportar. ¿Cómo se atrevía? Cuando la runa bri se dibujó en los robles, ella fue la primera que reaccionó, la primera que aceptó la situación sin luchar, sin oponerse, la primera que la dejó desamparada. ¡Ella, que la había criado! ¡Y ahora se atrevía a acusarla! A acusarlo…

No se planteó que, si quería llevarse a Reghina, era básicamente para alejarla de ella.

Consiguió no reaccionar externamente, no dejarse arrastrar por las emociones que se ahogaban en sus lágrimas, que bailaban desmadradas en su garganta.

–No sé lo que soy, Elsar, pero sea lo que sea no permitiré que ni tú ni nadie me lo imponga –advirtió con voz desgarrada.

La bruja escuchó con creciente repugnancia las palabras de su antiguo aprendiz; las implicaciones de lo que acababa de escuchar, tal y como ella las interpretaba, arremetían contra lo más decente que siempre había conocido y que había guiado su existencia.

–Tendrás la escoba y la triada te esperará en la frontera –resumió la conversación–. Pero no te atrevas a acercarte a Reghina.

Salió de la cabaña con toda la dignidad de su convencimiento.

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