Ábrisan. Libro III. Capítulo VII (3.ª parte)

Ábrisan. Libro III. Capítulo VII (3.ª parte)

Índice de Ábrisan

Elsar cuestionaba que la versión de las triadas se correspondiera con la realidad. La piedra se había calentado con el intercambio de alarmas que cruzaban el continente: la magia ancestral atacaba a las brujas mientras defendía a los engendros.

En los relatos que procedían del sur, un número indeterminado –siempre incremental– de brujas traidoras, al servicio de una magia corrupta, empezaba a levantarse y pronto amenazaría el orden establecido. El intento de frenarlas, coordinado entre Elsar y Nmadhrad –aquí la bruja se vio obligada a intervenir para aclarar la motivación de sus actos, pero nadie había tenido en cuenta sus explicaciones; era la bruja que intentó detener la conspiración de su antigua aprendiz y eso no lo iban a cambiar los matices aportados–, había fracasado, con la pérdida de una triada. Desde entonces se controlaban las fronteras de Nmadhrad para que el resto de engendros no se sumaran a la conspiración.

Porque, al parecer, los engendros se habían multiplicado allí donde hubiera una bruja lista para descubrirlos. No importaban las conclusiones del aquelarre; lo que antes había pasado por un simple fenómeno natural, ahora no cabía duda de que formaba parte del complot de una magia que se hacía pasar por primigenia pero que en realidad era aberrante, destinada a destruir el equilibrio entre las dos magias complementarias.

Elsar no podía creer lo que escuchaba, sus manos se habían llenado de ampollas intentando mandar mensajes de calma, aportando una racionalidad que para algunas ya empezaba a ser sospechosa.

Tuvo que dejarlo, ya que lo que había comenzado como una certeza de imposición de la magia de los hechiceros sobre la magia de las brujas, que luego había derivado en una amenaza global contra la magia, de alguna manera empezaba a transformarse en multitud de asuntos que se juzgaban bajo un prisma local, y cada aportación era examinada no ya como la opinión de una bruja, sino como la de una bruja deltsia, o gordana, o de cualquier hegemonía implicada en la guerra en que los hechiceros estaban embarcados; parecía mentira, después de los ataques y amenazas que la propia Elsar había sufrido a manos de dos hechiceros de distintos estados.

Si el proceso continuaba, los temores de Elsar se harían realidad y el poder de las brujas tomaría partido en la guerra.

Dos golpes en la puerta desviaron sus inquietudes por el mundo en general hacia la concreción de su poblado. Mientras tapaba la piedra y cubría el acceso a ella, pensaba que las cosas en Caaviuru aún no se habían estropeado en demasía, pero tiempo al tiempo.

Abrió la puerta y encontró a Xirh y a su padre esperando en la entrada; era uno de los pocos hombres de su Casa que no se habían visto obligados a enrolarse en el ejército.

En medio de todas las preocupaciones, había olvidado a la joven; naturalmente, no debía estar al corriente de los cambios sufridos en su relación con Ábrisan, porque sonrió y le ofreció un presente.

–Mi Casa se sentirá muy complacida si aceptas esta prenda para lucirla en la boda de mi hija –intervino el hombre.

La bruja se sintió tentada de expulsarlos de su cabaña, pero esa actitud no tenía justificación. Aquellas personas no tenían la culpa de lo sucedido en el mundo de la magia, por más que se vieran implicadas sin saberlo. Por otro lado, si el aprendiz no les había hecho partícipes de las circunstancias que rodearon su partida, ella no se consideraba quién para hacerlo. Seguía siendo la bruja del poblado, y aquellas personas pertenecían a una Casa antigua y honorable, respetuosa de las tradiciones.

–Será un honor. –Recogió el chal, bordado con la rara exquisitez que la joven mostraba en sus trabajos. Diferentes tonalidades del verde jugaban para recrear una fantasía vegetal de una belleza extraordinaria–. Es precioso.

Xirh sonrió satisfecha. Su padre, con orgullo.

–Me preguntaba si sabrías algo de Ábrisan –se atrevió finalmente la joven. Sin duda ese era el motivo real que se escondía tras la visita.

Elsar no podía revelar las informaciones que circulaban a través de la roca madre del continente a aquella joven ilusionada que la miraba a los ojos con total confianza. La muchacha era dura, pero no tanto, y, en todo caso, para qué compartir lo que no había podido confirmar. Tiempo habría para hablar extensamente sobre muchas cosas.

–Lo siento, sé que llegaron bien a Nmadhrad y que fueron recibidas por las brujas, como convinimos –dijo sin mentir–, pero, a partir de ahí, ella misma nos lo contará a su regreso.

Xirh no supo ocultar la decepción, pero su mirada no expresó temores.

–Entonces no te entretenemos más, muchas gracias, seguro que estás muy ocupada –se despidió la joven, puenteando a su padre, que no pudo ocultar su disgusto por el comportamiento impulsiva de su hija.

–Es un honor que aceptes nuestro regalo, no aspiramos a acaparar tu tiempo. Mi Casa siempre está abierta para la bruja de Caaviuru –completó el hombre, intentando salvar la situación.

–Nuestros hilos se entrelazan –correspondió Elsar con calidez al Cabeza de la Casa textil más importante de la zona.

Se marcharon y volvió a quedarse sola. No regresó a la piedra. Debería hacerlo. Una malformación de la verdad se escondía tras todas las informaciones circulantes, conformada por aquel cúmulo de despropósitos que podían acabar con el equilibrio si las posturas se polarizaban y el sosiego se veía reemplazado por el ímpetu irreflexivo.

Tomó una decisión largamente meditada y abandonó la cabaña para internarse en el bosque. Necesitaba sentir la magia, ella le daría las pistas que necesitaba para poder juzgar por sí misma; si en algún momento había fallado, si sus hermanas tenían razón y había algo extraño en la magia, solo podría detectarlo en íntimo contacto con ella.

Recorrió los lugares principales sin olvidar ninguno; le serían precisos todos los apoyos posibles. Después, deambuló durante dos días, primero por los senderos, luego donde sus pies la llevaron, solo para prepararse, a solas, privada de alimentos y de agua. Cuando sus fuerzas se agotaron, se sentó y esperó.

La magia la rodeaba, sus sentidos la captaban en los sonidos, en los aromas, en el tacto de la tierra. Era un receptor que percibía los mensajes que el mundo desplegaba en innumerables interacciones constantes, la inmensa mayoría perdidas porque solo resultaban accesibles bajo aquella disposición del ánimo. Cuando la saturación le permitió distinguir las estructuras que se erigían para aquel nivel de conciencia, la experiencia evolucionó hacia la profundidad; la magia la envolvió, la arropó, se pegó a su piel y por fin fue su piel, contacto entre iguales donde ya no había receptor, sino tránsito de la magia deslizándose sobre sí misma. Hacía muchos años que no entraba en ese trance, había albergado serias dudas sobre su capacidad actual, pero ahora se sentía parte de la magia, parte del bosque, un fragmento de magia en medio del todo. La embargó una felicidad antigua, completa.

Todo estaba bien, no importaba lo que estuviera sucediendo, porque no había llegado hasta allí, su territorio era puro y respaldaba sus juicios.

La experiencia se prolongaba; la magia era su piel, pero su piel se derretía, ya no era una barrera entre ella y el mundo. Creyó sentir miedo ante aquella sensación, iba más allá de sus experiencias previas, pero la magia fluía al interior, no había posibilidad de sentir nada porque no había un sujeto, el yo se desintegró y pasó a ser una con el todo, disuelta por completo en la magia… y llegó el dolor.

Era la magia, y gemía.

Ni comprensión racional ni sentidos, solo dolencias; las pequeñas heridas persistentes, la incomunicación y, sobre todo, el desconcierto. No enfermedad; anhelo antiguo de reparación que reclamaba soluciones de urgencia.

Cuando no fue capaz de soportarlo por más tiempo, Elsar se desmayó.

***

–Lo siento, ¡te hemos explicado tan poco para todo lo que te hemos impuesto!

Más que las palabras, la frenó el convencimiento de que Lieneia no ponía en duda lo injusto de su proceder y de que se mostraba dispuesta a hacer lo posible para repararlo. Pues que se preparase, porque no iba a ser poco.

–¿Vosotros me obligasteis a emprender el camino de la magia de los hombres? ¿Intervinisteis después de que ya me hubiera manifestado? ¿Me habéis manipulado para llegar hasta aquí?

Y no te olvides de mí, también me permitieron reencarnarme antes de lo previsto.

–¡Aaaaaaagggghhhhh! –el grito de impotencia surgió de lo más hondo ante la gota que colmaba el vaso.

–Eso no fue una decisión nuestra, solo se lo permitimos –se apresuró Lieneia, aunque se dio cuenta de su error. Ábrisan la obligó a dar un paso atrás solo con la mirada–. Está bien, no creo que contar esto por partes sea la mejor idea, pero no imagines que todo fue sencillo o que no podías escoger en nada, ¡créeme, no tenemos ese poder ni lo quiero!

Ábrisan no tenía por qué creerla, y se enfadó aún más cuando se dio cuenta de que estaba decidiendo hacerlo.

Será mejor que crucemos a Nmadhrad y hables con los hechiceros que quedan allí antes que con la gente de este mundo.

A pesar de sus palabras previas y de su patente miedo, la antigua mellizada se mostró conforme con la propuesta. No sabía si funcionaría para Ábrisan, pero ella había mantenido múltiples conversaciones antes y después de tomar su decisión de emprender este camino.

–La antigua magia no contactó en primer lugar con nosotras, con las triadas, fue a través de los hechiceros como comenzó a visibilizarse –explicó, justificando la propuesta de Hécsor.

–Pensaba que quedaban muy pocos y que las triadas eran más poderosas.

Te acercas bastante a la verdad, examina las consecuencias de lo que acabas de decir.

Buscaba respuestas, no enigmas, y no quería perder en racionalizaciones la potencia que le proporcionaba su enfado.

–Supongo que si vamos a hablar con ellos ya me lo dirán, así que, ¿a qué esperamos? ¿Dónde está Reghina?

La bruja negó con la cabeza antes de responder.

–¿Quieres que la llevemos a Nmadhrad? El peligro que corre siendo quien es resulta mucho mayor, y no puede defenderse. Aquí estará más protegida –aseguró Lieneia.

–Pensaba que estaba claro que os pido certezas porque no me fío –respondió con sinceridad un poco demasiado cruda–. Pero será mejor que decida ella –añadió convencido.

No le contradijeron, así que llamó y, apenas un momento después, se presentó Reghina.

La pequeña recorrió la sala con la mirada y se apresuró a refugiarse en el regazo de Ábrisan.

–Es peligroso –le advirtió esta cuando terminó de informarle sobre lo que querían hacer.

No se soltó, de modo que decidieron cruzar.

Lo harían de inmediato, aunque para ello eran necesarias unas mínimas precauciones. La única que le explicaron implicaba cambiar de realidad desde el punto más cercano al lugar de llegada, para minimizar el riesgo de ser sorprendidos; cuanto más próximos a su meta, menos exposición ante miradas acusadoras. Salieron de la casa y se desplazaron por la ciudad a través de unas callejuelas estrechas y, en su mayor parte, desiertas. Ya le parecía haberlo percibido antes, aquel mundo se veía muy escasamente poblado.

La escisión también comportó desplazamientos de personas, y no hay muchas maneras de aparecer en esta realidad –fue el enigmático comentario de su maestro.

Tardaron una media hora en aproximarse a una especie de palacete sobrio, cuya entrada estaba protegida por varias cariátides muy realistas que representaban diversos cuerpos humanos desnudos, y que se elevaban hasta prácticamente la altura del tejado, sosteniéndolo por medio de un friso tallado con más figuras en diferentes actividades. Aparte de por su altura, le llamaron especialmente la atención, aunque no supo por qué ni le dejaron tiempo de pensarlo.

Una vez en el interior, se encaminaron a una escalinata a la derecha de las puertas y subieron hasta el segundo piso, completamente diáfano y que dejaba pasar la luz del sol por amplios ventanales.

“Como en casa de Xirh”, pensó con un arrebato de nostalgia. No se dejó llevar por él; cuanto antes terminase aquí, antes se reunirían.

En el otro lado está la sede de las Escuelas.

De la misma manera que en el desierto, Ábrisan percibió los cambios en el entorno, pero ningún tipo de viaje, puerta, luces o fuerza irreprimible que lo arrastrara a otro mundo; un parpadeo, y se encontraba en otra realidad.

No difería demasiado de la anterior, salvo por algunas estanterías y escritorios diseminados en un orden que no llegó a captar pero que sin duda existía. Dos puertas bien separadas, una en cada extremo, daban acceso a la estancia, en la cual solo distinguieron a un anciano, que se afanaba sobre un palimpsesto, utilizando una gran lente para descifrar el contenido.

El hombre dio un respingo e hizo un signo de protección cuando descubrió a la antigua bruja, pero al distinguir a Ábrisan y a Reghina su expresión varió paulatinamente hasta concentrarse en una apacible serenidad.

–Entonces es cierto –su voz grave se manifestó en un tono que no expresaba sorpresa ni anticipación.

–Necesita saber, este es también su mundo, como el nuestro. Necesita tener todos los conocimientos antes de escuchar la palabra de la magia antigua –expresó Lieneia con respeto teñido de urgencia–. ¿Lo ayudarás con tu sabiduría, decano?

El hombre asintió.

–Los conocimientos y las dudas –agregó con parsimonia.

“Dudas ya tengo yo bastantes”, pensó el aprendiz, pero no se aventuró a interrumpir al anciano.

–Corréis un gran peligro al venir aquí, lo sabéis, así que no me extenderé –dijo, arrellanándose en su butaca e invitándoles a imitarlo en otras cercanas y cubiertas de polvo–. Somos pocos hechiceros en las Escuelas, a pesar de ser los más poderosos del continente. Si hemos de confiar en los hechos que nos aporta Lieneia y vuestra presencia aquí, estamos más cerca de la Nmadhrad original, y por eso se nos concedió un privilegio, eso dicen que es; al parecer yo no opino lo mismo –divagó, riéndose sordamente de alguna broma privada. Ábrisan sintió que Hécsor comprendía el sentido, pero Reghina volvió a pegarse a su cadera–. Sabes que los hechiceros vivimos once vidas, lo que puede significar una larga existencia o una tan efímera que sobrepase apenas el tiempo de aprendizaje, con muy mala suerte o potentes enemigos. –El aprendiz trató de borrar de su cabeza constantes ataques a bebés, uno tras otro.

Ha sucedido, aunque no lo creas corroboró Hécsor sin que nadie se lo pidiese.

El anciano no interrumpió su charla.

–Pero a estas alturas también debes saber que entre vida y vida descansamos en la Nmadhrad original. El privilegio para los magos de las Escuelas es que pueden decidir permanecer en Nmadhrad a partir de su segunda muerte y no reencarnarse aquí. Esta es mi undécima vida, y debo decir que las he disfrutado todas –explicó la broma previa, que solo ahora captó Ábrisan–. Pero no todos opinan como yo. El resultado de esto es que durante generaciones los hechiceros de Nmadhrad hemos visto nuestro número menguar, año tras año, cuando un compañero tras otro no regresaban. La magia se ha desequilibrado hacia el lado de las brujas, que han ido adquiriendo demasiado poder, pero concentrándolo en Nmadhrad, de modo que fuera del territorio apenas es perceptible el desequilibrio –terminó la explicación en tono fingidamente plácido.

Ábrisan no se concedió mucho tiempo para la reflexión.

–Entonces el desequilibrio existe, y tal vez por eso fui llamado al lado de los hechiceros –elucubró–, para compensarlo.

El decano de las Escuelas captó su mirada y no la soltó.

–Cabría preguntarse por qué ha provocado esto la magia original –añadió con suspicacia–. ¿Conoces tú sus verdaderas pretensiones, exmellizada? –culminó, y abandonó a Ábrisan para clavar una mirada acusadora en Lieneia.

De nuevo Hécsor fue el primero en reaccionar.

¡Vámonos de aquí!

Antes de culminar su advertencia, ambas puertas se abrieron, franqueando el paso a sendas triadas que inmediatamente los inmovilizaron con una magia potentísima.

–¡Al fin! –exclamó una de las mellizadas, una anciana cuya mirada rebosaba tanto odio triunfalista como repugnancia.

Confío en que esto no lo esperen –dijo Hécsor, que no había permitido que la sorpresa lo detuviera y ahora las palabras de un hechizo se formaron en la mente de Ábrisan con total claridad y transparencia. Se sorprendió de que pudiera ejecutarlo antes de quedar totalmente inmóvil.

El hechizo paralizó a las brujas y al decano, que no se esperaban un contraataque tan rápido y efectivo, así que Ábrisan y Lieneia comenzaron a maniobrar para deshacer el conjuro que los inmovilizaba; no fue fácil, estaba muy bien entramado y tardaron más de dos horas en soltar todas las ligaduras y verse libres para poder regresar al otro mundo.

–Vas mejorando –felicitó Ábrisan a su maestro–. ¡A la primera!

No creo que haya sido cosa mía exactamente. ¿Comprendes el tremendo poder que has desencadenado?

Ábrisan reflexionó sobre el sentido del hechizo utilizado, y después de unos minutos se dio cuenta de que no había paralizado a las personas, sino que había detenido el paso del tiempo a su alrededor, abarcando a sus acompañantes; todo el que habían invertido en desatarse y regresar al tiempo normal, para las triadas apenas habría supuesto una fracción de segundo.

–Espero que hayas comprendido lo poco que saben y lo mucho que recelan quienes poseen la magia en nuestro mundo, incluso en Nmadhrad –intervino Lieneia–. Aunque confieso que no sospechaba que hubiera llegado a un acuerdo con las triadas, he mantenido tantas conversaciones con él; pensé que podía confiar.

Ábrisan tuvo que admitir para sí misma que el comportamiento al que casi acababa de sucumbir no le parecía tan excéntrico. Exceptuando la violencia, albergaba dudas similares.

–Me resulta igual de enigmático que al hechicero el comportamiento de la magia original –formuló de la manera menos agresiva que supo.

Y, sin embargo, me atrevo a afirmar que tú tienes más claves para resolver el enigma.

“¡Otra vez con enigmas!”, se irritó.

Sabes que también yo percibo tus emociones, ¿verdad?

Por una vez sintió menos enojo que vergüenza.

–Creo que la magia original nos debe una explicación.

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