Ábrisan. Libro III. Capítulo VII (5.ª parte)

Ábrisan. Libro III. Capítulo VII (5.ª parte)

Índice de Ábrisan

No debía de haber muchos más peques en Ciudad Esperanza además de los que jugaban con Regh, al menos a juzgar por las calles vacías que recorrían esa mañana. Se desplazaron mucho más allá del palacete, dejando atrás esa zona de callejuelas para internarse en otra de amplias avenidas con grandes edificios, donde algunos carruajes ocasionales acentuaban la sensación de despoblamiento.

La casa de Hafalne se encontraba en una calle lateral a esas avenidas, y sus dimensiones se acercaban más a las de la casa donde les habían instalado que a una de las grandes construcciones.

La persona que les abrió la puerta aparentaba unos cincuenta años, si esa apreciación tenía sentido en aquel lugar. Su cabello crespo raleaba y en su rostro destacaban unos ojos con matices verdosos, quizá un poco saltones tras las lentes, que desprendían una vitalidad cordial que Ábrisan no pudo resistir. Su vestimenta era lo suficientemente extraña como para que el aprendiz no supiera distinguir su género, y se sintió ante un igual, por muchas diferencias que los separaran.

Les invitó a pasar, estaba claro que esperaba su visita.

–Es un placer tenerte al fin delante, Ábrisan, soy Hafalne –recibió con calidez–. Permíteme en primer lugar disculparme por todas las intromisiones, confío en poder explicarlas como una llamada de socorro desesperada, aunque no alcance a justificarlas, sobre todo porque los efectos no siempre han sido los que buscábamos, y temo haberte perjudicado innecesariamente.

Ábrisan no supo responder a aquel recibimiento. Se limitó a sacudir la cabeza. Estaba en desventaja y no pensaba acrecentar la desigualdad.

–Hécsor, te doy la bienvenida, aunque hace solo unos días desde nuestro último encuentro, espero que entiendas por qué te he permitido regresar al mundo.

La verdad es que no; si preveías que Ábrisan iba a venir aquí, podía haber esperado hasta ahora para reunirnos –se quejó el hechicero, al que se notaba un trato más familiar.

–No fui yo quien te reclamó, y sabemos que Ábrisan no lo hubiera conseguido sin los hechizos que le has suministrado a lo largo de su viaje –manifestó sencillamente y, a pesar de que no había en su tono nada de solemnidad, aquellas palabras se implantaron como un hecho incuestionable–. Pero os debo una explicación.

Se acomodaron en la sala. Ábrisan nunca había visto una decoración como aquella, donde cada elemento parecía ocupar el lugar adecuado, buscando algún tipo de orden o equilibrio que no asimilaba; había tenido la misma sensación recientemente, en la sala de la Escuela de hechiceros, pero lo que tenía delante transmitía una atención más meticulosa. Plantas de diversos tamaños, aromas, piedras, agua fluyente, elementos naturales contextualizados en nuevas relaciones entre ellos y el entorno artificial de la casa. Seguro que allí había una estructura, pero el aprendiz solo captaba una enumeración.

–Dedicaré a la exposición y a las preguntas todo el tiempo que necesitemos, porque es importante. Mis palabras son sobre todo para ti, Ábrisan, aunque a Hécsor también le conciernen, porque sabe mucho y puede olvidar mucho. No espero que te satisfaga lo que escuches, ni que lo creas. Hoy solo serán palabras. De ti dependerá conferirles un sentido o no.

El joven era consciente de que el ser que se sentaba frente a él tenía poder suficiente como para haber movido los hilos de la magia desde otra realidad. Concentró su atención en una piedra lisa y de un suave color crema para escuchar cada palabra con la tensión suficiente que le permitiera no perderse nada.

–Hace muchos miles de tus años, Nmadhrad era una civilización que florecía en el sur del continente, rodeada de grandes extensiones deshabitadas de seres humanos. No voy a extenderme en todas sus características, solo resaltar que nos veíamos mutuamente como personas, diferentes unas de las otras, algunas de esas diferencias regulares y extensas, todas significativas y todas complementarias. Disfrutábamos además de una relación íntima con el entorno que nos permitía influirle y dejarnos influir, sin imposiciones. Hoy lo llamamos magia. No pretendo fingir que todo era perfecto. Había problemas que no sabíamos resolver y posturas encontradas, violencias e incluso guerras ocasionales. Pero, en general, encontrábamos la voluntad de resolver los conflictos de formas creativas para que se preservase la equidad.

»Pero nada debe ser eterno, todo deviene, y está en nuestra mano cómo afrontamos el devenir.

»En Nmadhrad, después de muchos milenios, un grupo de convivientes elaboraron en secreto un nuevo medio de poner por escrito todo lo que conocíamos y las formas de relacionarnos con ello, y lo mostraron públicamente para que lo completáramos, porque eran conscientes de sus errores. Fue algo que festejamos como positivo, y muchas personas colaboramos en aquellas runas, señalando inconsistencias y proponiendo alternativas. Algunas otras, sin embargo, pensaron que las equivocadas eran quienes no eran capaces de ver en los supuestos errores nuevas oportunidades, y creció en su interior un orgullo desmedido al pensar que solo ellas estaban vislumbrando algo nuevo, y el impulso de dominio las colmó, cegándolas ante los peligros. Elaboraron runas en provecho propio, pero también otros medios de relación directa con el medioambiente. No transcurrió mucho tiempo hasta que esa corriente fue mayoritaria, y entonces escribieron un hechizo con consecuencias que nadie imaginaba. Eran necesarias muchas personas para que funcionase, tan potente era, pero se sumaron muchas más.

»Así y todo, fracasó. Habían pretendido dar forma a la realidad a partir del supuesto de que los errores solo eran nuevas posibilidades; no sé si se equivocaban, solo puedo juzgar los hechos. La realidad, tal y como la conocíamos, se escindió en dos mitades, y la magia fue dos, y nuestra sociedad fue segmentada como lo había sido la magia.

»A partir de entonces, apareció una magia que contenía en su seno la mayor parte de las inconsistencias, tal como las interpretábamos antes, en relación con la naturaleza: la magia de los hechiceros; y otra magia más conservadora, más pegada a la realidad, pero que también contenía diversas irregularidades: la magia de las brujas.

»Quiero insistir en este punto, no las juzgo como realidades autónomas, solo en comparación con lo que existía antes. Algunas personas no deseábamos ser incorporadas forzosamente a aquella dualidad, de modo que ejecutamos un hechizo que nos permitiera mantenernos al margen, y ese fue otro error, no calibramos bien las consecuencias, porque el resultado fue que generamos una burbuja de realidad donde permanece la Nmadhrad original, no desvinculada por completo de la nueva realidad escindida.

Hafalne interrumpió su relato. Ábrisan retiró la mirada de la piedra para sostener la de aquella persona que estaba socavando los cimientos de la realidad conocida. De alguna manera, le estaba pidiendo su comprensión. El joven cerró los ojos para seguir escuchando.

–El mundo escindido continuó su existencia plena al margen de Nmadhrad original, que, por el contrario, se estancó, de lo cual habéis sido testigos; el cambio necesario no se produce aquí. Pero seguimos sufriendo las consecuencias de la práctica de esa magia diferente, porque muchos de los hechizos de la magia de los hechiceros, y algunos conjuros de la magia de brujas, tienen repercusiones en esta realidad; tampoco yo sé explicarlo, pero muchos de los hechizos que modificaron la magia original no puede contenerlos vuestro mundo, y es como si perforaran ambas realidades, generando daño a la gente que vivimos aquí –expuso una parte de la realidad que la misma Ábrisan había adivinado.

»Llegó el momento en que los más conscientes no podíamos soportarlo. A lo largo de los siglos hemos intentado diversas llamadas de socorro; las herejías, como las habéis denominado, fueron algunas de las consecuencias, pero también los cuentos, los romances, las canciones sobre un origen sagrado son manifestaciones de esos intentos. Ninguno dio resultado. Este será el último intento, quizá. Y los resultados no serán inmediatos, ni dependerán de nuestros actos. Hasta que llegue ese momento, si llega, intentamos protegernos, pero nuestras acciones también repercuten en el equilibrio en vuestro mundo, por lo que entendemos que lo mejor sería llegar a un acuerdo del que obtuviéramos un beneficio mutuo.

Ábrisan creyó comprender unos segundos después que Hécsor en qué consistía esa protección.

Entonces no sois vosotros quienes nos obligáis a los hechiceros a este ciclo de vida y muerte.

–Desde el principio, los hechiceros que mueren en vuestra realidad regresan aquí, no comprendemos la razón, y vuelven de nuevo para reencarnarse, así hasta que completan sus once vidas; entonces vienen y se quedan. No tiene que ver con nuestra voluntad, y no podíamos intervenir en ningún sentido. Hasta que, tampoco sé por qué, pudimos. Nuestros ofrecimientos han sido constantes para que los hechiceros permanezcan en nuestro mundo, entended que aquí no tienen acceso a esa magia que nos resulta dañina, de modo que nos beneficia tenerlos entre nuestros convivientes, y tú sabes mejor que nadie, Hécsor, la felicidad que sienten por vivir junto a la magia original.

»De pronto, comenzaron a aceptar. Solo los de Nmadhrad, de momento, quizá porque están más cerca, quizá por otra razón. A raíz del desequilibrio provocado entre las magias a favor de las brujas, hemos podido comenzar a contactar con estas, y algunas mellizadas nos han escuchado y han empezado a intentar buscar una solución; como sabéis, eso las pone en peligro, porque no pueden permanecer en este mundo mucho tiempo, a riesgo de sus propias identidades.

Tienes razón, nunca he podido evitar irme de aquí cuando sentía que tenía que partir de nuevo –aportó Hécsor a las palabras que le concernían–. Pero parece ser que sí tenéis el poder de permitirme salir antes.

–Eso tiene que ver con Ábrisan, que, como seguro habréis deducido, forma parte de este último intento de hacernos escuchar –declaró, y reenfocó la conversación en el joven–. ¿Tienes alguna pregunta, o prefieres que sea yo quien relate la parte que más te involucra en esta historia?

El aprendiz habló por primera vez.

–Por favor, continúa.

–Después de contactar con los hechiceros, cuyo poder conocíamos y padecíamos, y con las brujas mellizadas, que también poseían un poder propio, supimos que tanto hombres como mujeres podían ser de nuevo afines a la magia original, como lo somos las personas de esta realidad, por lo que planificamos una estrategia y la pusimos en marcha, aunque lamentablemente la ejecutamos mal. Nuestra idea era lanzar un llamamiento a la magia original a alguien que no se hubiera decantado aún por ninguna de las escindidas, pero que supiera reconocerla por estar en relación previa con alguno de esos poderes, y escogimos una aprendiz de bruja en un lugar donde la magia aún fuera poderosa pero alejada del control de las triadas –explicó, permitiendo que Ábrisan anticipase el resto.

»Lo que resultó, ya lo sabes. El llamamiento a la magia original llegó tarde, cuando ya te habías manifestado como mujer, y esto ha conllevado toda una serie de problemas en tu… ¿identidad de género? Disculpa, el término no tiene equivalente en este mundo. –El aprendiz asintió, tratando de asimilar lo sucedido–. No deseábamos eso exactamente; la runa bri de tu nombre, que es la runa primigenia de nuestra magia, está relacionada en tu mundo con la magia de los hombres; nuestra intención era que te impregnaras un tiempo con esa magia de los hechiceros para que pudieras apreciar las diferencias, y luego traerte aquí y explicártelas.

»Y, no obstante, recibiste la llamada de una manera que sobrepasó las expectativas –añadió resaltando el contenido de las palabras– y la aceptaste. Hay algo en ti que está más allá de mi comprensión.

Eso explica tu dualidad a la hora de utilizar la magia de los hechiceros –reflexionó Hécsor, obviando las apreciaciones subjetivas de Hafalne, aunque Ábrisan no necesitaba ninguna reflexión ajena para asumir la información que acababa de escuchar.

–Aunque no explica por qué no soy tan buena con la de las brujas, si está más cerca de la magia original –objetó.

Lieneia, que había permanecido en silencio hasta entonces, pidió intervenir.

–Elsar pensaba que serías una buena bruja, pero eso lleva tiempo, consiste en algo más que runas, sintaxis y fuerza de voluntad –expresó, lo que coincidía bastante exactamente con sus primeras impresiones, aquel primer día que Hécsor le pidió que ejecutara un hechizo y él lo había hecho con notable éxito.

Ábrisan, de pronto, se echó a reír. No era el ambiente más propicio, pero no pudo evitarlo; como otras veces, lo que contuviera de puros nervios no sería despreciable.

El resto contempló su ataque de risa con buen ánimo, pero no participó y, al cabo, pudo controlarlo.

–Tenías razón, Hécsor, nunca seré un hechicero; y ni siquiera soy un hombre, por lo que parece, así que voy a hacer caso a Lieneia, voy a ser lo que yo quiera –manifestó con una convicción nacida de muy dentro. Si de algo estaba sirviendo todo este periplo, era para aprender a tomar decisiones en el contexto que ella decidiese; volvería a ser Ábrisan, la niña que se manifestó mujer, pero también sería el hombre que se iba a casar con Xirh, aunque solo fuera para poder hacerlo sin terceras personas.

Se sintió bien, y eso era importante.

Pero Hafalne aún no podía haber finalizado. La habían llamado, sí, pero ¿para qué? ¿Cuál era la finalidad de todas esas maquinaciones planificadas por tanto tiempo?

Así lo expresó, lo cual devolvió el silencio y la atención de los presentes a las palabras de Hafalne.

Debía estar esperándolo, porque de inmediato retomó el hilo de la narración.

–He comentado que en la raíz de la escisión hubo un conjuro, como existió otro conjuro en el origen de nuestro fracasado intento de independencia. Este último hechizo aún existe en vuestro mundo, los hechiceros lo estudian y las brujas lo aborrecen, pero nadie comprende su significado. Tú lo has leído, Ábrisan, lo conoces.

–¿Quieres que lo pronuncie y vuelva a unir los mundos? ¿O a separarlos definitivamente?

Supo que se estaba precipitando cuando contempló las expresiones de sus acompañantes: Lieneia había palidecido, las emociones de Hécsor estallaban en colores sombríos y el horror mal contenido afloraba al rostro paciente de Hafalne.

–¡No puedes hacer eso! –se abrumó este último–. Quiero decir, ni siquiera aunque lo intentases serías capaz, espero; el hechizo debe perfeccionarse, pero cuando sea pronunciado, si es que llega a serlo, no puede ser una sola persona la que decida por todas las demás –expuso, recuperando la compostura y una seriedad firme aunque amable.

Ábrisan tardó unos segundos en asumir lo que le estaban pidiendo.

Si las religiones no hubieran sido desterradas, diría que le estás pidiendo que se convierta en una especie de líder mesiánico que busque adeptos a su verdad indemostrable –repuso Hécsor rápidamente–. Discúlpame si he puesto palabras a tus pensamientos añadió, contrito.

Ábrisan no acertó a responder.

–No puedes pedir a una persona tan joven que lidere esto –intervino Lieneia, que no dudó en expresar su opinión en aquel punto–. No dominamos la magia original, pero las mellizadas apostamos por que la gente conozca lo que está sucediendo y poner fin a la tortura a la que este mundo está sometido.

Hafalne asintió, su mirada entre la esperanza y la desolación.

–No puedo pedir nada. No puedo esperar nada. Hemos planteado nuestros problemas, expuesto lo que hacemos para protegernos de los más dañinos y sus consecuencias en vuestra realidad; hemos puesto en juego nuestra propuesta; hemos sufrido y sufrimos las imposiciones de quienes un día fueron convivientes, y también las derivadas de las decisiones erróneas propias. Mantenemos abiertos todos los cauces posibles con el nuevo mundo. Y no deseamos imponer una solución unilateral de ruptura o reunión, porque no sabemos cómo afectaría eso a los hechiceros que no han completado su undécima vida y que aún no han decidido permanecer aquí. Exponemos y esperamos propuestas, pero no podemos permitirnos rechazar ninguna que posibilite nuestro objetivo principal.

¿Qué opinan de esa ruptura quienes ya han decidido quedarse? Porque estar aquí implica una prolongación, una sobrevida, pero si Nmadhrad se separa del resto y continúa su camino y su evolución, regresará el cambio, y con él la muerte.

–¿Qué decidirías tú? Te pregunto a ti, que has acudido al mundo antes de tiempo para apoyar a Ábrisan si opta por ayudarnos. ¿Qué decidirías?

Hécsor no se sintió intimidado por esa interpelación; la esperaba, sus reflexiones conducían a aquello desde hacía mucho tiempo, y sabía que tomaría la misma elección que la mayoría de sus hermanos.

Ya lo sabes, ¿verdad? Igual que ellos. Nada es eterno –repitió nuevamente.

Y entonces se le ocurrieron muchas maneras de conducir aquella herejía, aunque ninguna llevaría poco tiempo ni dependía de él.

¿Pueden regresar quienes han elegido quedarse antes de tiempo?

–No depende de mí tomar esa decisión, ya lo sabes.

No estoy pidiendo tu permiso. ¿Es posible? Podrían volver, reencarnarse y ayudarnos en la difusión de estos conocimientos.

–Pueden optar, pero no sé si recordarán cuando regresen.

Yo he pasado a ambos lados y no he olvidado.

–Es peligroso. Puede conllevar un gran incremento del dolor.

Ábrisan asistió a aquel intercambio, en el que Hécsor había tomado partido.

Ella no estaba aún convencida.

–¿Y Reghina? ¿Qué pasará con ella? –terció. Tenía claro que no pensaba abandonarla. Ni a Xirh. Pero Xirh pertenecía a otra esfera, una que no incumbía a ninguno de los presentes.

–No puedo ver el futuro. Lieneia se ha ofrecido a protegerla, junto a otras personas refugiadas, y yo me ofrezco a conducirla a esta realidad temporalmente si son atacadas allí. Pero yo no decido por ella.

–Pero corre más peligro que ninguna, su existencia en nuestro mundo pone en cuestión la dualidad de las magias…

–No contemplo las categorías de vuestro mundo escindido.

Ábrisan pensó en lo que acababa de escuchar, y se preguntó si esa posibilidad sería viable.

–Si finalmente las dos realidades se separan y continúan su evolución de manera aislada… ¿entonces sería posible que abandonáramos nuestra realidad y pasáramos a vivir en esta?

Hafalne movió la cabeza, transmitiendo sus dudas.

–No quiero mentirte, no lo sé. Ni siquiera sé si sobreviviríamos, quizá el tiempo se precipitará de golpe y nos arrastrará consigo.

Escogían la posibilidad de la muerte antes que la presente existencia. No había mucho que decir ante eso.

***

Regh encajó bien la despedida de sus nuevos amigos, al menos no perdió la risa y recuperó la voz definitivamente. Lieneia viajó con ellas al lugar donde en principio la pequeña debería quedarse hasta que la situación cambiase, si es que lo hacía en algún momento, o hasta que le encontrasen otro sitio menos peligroso. Viajaron por la Nmadhrad original, pues resultaba un riesgo desplazarse dentro de su mundo, las triadas podrían descubrirlas y seguirlas hasta el santuario.

Resultaba extraño volar sobre campos de cultivo que germinaban y a la vez nunca habían germinado, cosechados y con los frutos en las ramas desde hacía milenios.

Si podían fiarse de aquel sol y de la noche, habían transcurrido ya cuatro días, desplazándose hacia el sureste. A medida que se alejaban de Ciudad Esperanza, la población era aún más escasa, apenas una granja aquí y allá, aislada entre sabanas o bosques.

–¿Cómo vive aquí Hécsor cuando no ocupa tu cuerpo? ¿Es como los otros espíritus? –preguntó Regh en un momento en que descansaban tras una larga jornada de vuelo.

Ábrisan, concentrada en sus propios pensamientos, se vio abruptamente sorprendida por la pregunta.

–¡Regh! ¿Has visto espíritus?

Nuestra existencia habitual mientras esperamos es casi incorpórea, podría confundirse con un espíritu de los que salen en los cuentos aterrorizando a los vivos.

–Bueno, estáis muertos, es más que un cuento, ¿no? –repuso Ábrisan con ironía.

Aquella puntualización no mereció respuesta por parte del hechicero.

–Ahí tienes, Regh, son espíritus. ¡Muy lista!

Lieneia no se planteó corregirlas, estaban retomando una intimidad que solo les correspondía a ellas.

¡Oh, pero cómo no me he dado cuenta antes! –exclamó el hechicero–. Sí, Regh, muy lista –añadió, aunque la pequeña no podía escucharle.

Después de eso, el viaje aún se prolongó dos jornadas antes de pasar a su mundo.

Nmadhrad recogía desde hacía dos milenios a todas aquellas personas que pensaban que existía una verdad oculta detrás de los cuentos que se narran junto al fuego cuando la familia se reúne tras un largo día de trabajo, y buscaban la sagrada tierra de origen en el lejano sur. Las triadas y las Escuelas concedían el acceso a quienes consideraban aceptables. A partir de ese momento, adquirían la condición de ciudadanía del país, se las conducía a las ciudades o a las granjas del sur y cumplían su sueño. Después de tantos siglos, y debido al constante goteo de llegadas desde todos los rincones del continente, la población actual de Nmadhrad debía tanto a aquellas personas aventureras como a las originales, y no se relacionaban con el exterior.

Aquellas que no pasaban la criba habían sido eliminadas sistemáticamente y sin misericordia.

Las mellizadas llevaban solo unos meses intentando impedir esa matanza, consiguiéndolo tan solo en contadas ocasiones, y el resultado se concentraba en aquel enclave oculto donde se escondían unas doscientas personas.

Ábrisan pensó casi instantáneamente en las cuevas de Isla Raíz al contemplar el paisaje donde habían llegado, un entramado natural de pasajes en la roca.

–Es un lugar como tantos otros en Nmadhrad –explicó Lieneia–, hay sitio de sobra, no llega demasiada gente del norte que busque refugio. Y no siempre nos anticipamos a las triadas, cuyos criterios de admisión se han estrechado. Pero es seguro, de momento; siempre que rescatamos a una persona, nos aseguramos de que las triadas vean que pasamos al otro mundo, para que piensen que están allí.

–¿Y ninguna mellizada os ha traicionado? –interrogó Ábrisan, poniendo el dedo en una llaga especialmente dolorosa.

–Todavía no, pero sucederá –aseguró, sin pretender ocultar que era una opción bastante posible–. Pero ¿qué conseguirán? Incluso aunque ahora mismo descubrieran este enclave y vinieran a buscarnos en masa, Hafalne nos sacaría de aquí en un segundo; no podrían sorprendernos, como hicieron en las Escuelas.

–No al escapar, pero, si son pacientes, sí al regresar, porque no podéis permanecer allí mucho tiempo, ¿no? Solo tendrían que conocer el lugar por donde regresaseis a esta realidad y estar esperando –planteó. No quería andar anticipando las opciones de las triadas, que seguro que las mellizadas ya lo habían hecho, pero si iba a dejar allí a Reghina, quería asegurarse al máximo.

–Y, aunque lo conocieran, ¿cómo lo iban a comunicar con suficiente antelación? Hafalne percibiría de antemano la concentración de poder y cambiaríamos el plan.

Ábrisan confiaba en Hafalne, después de su encuentro; así y todo, seguía pensando que era demasiado peso para unos hombros solitarios. Pero no podía tener mayores garantías; se le ocurrían algunas maneras de burlar la vigilancia, que expuso a su guía, pero Leineia respondió tan satisfactoriamente como la aprendiz podía esperar.

Llegaba el momento de ir despidiéndose de Reghina, si esta aceptaba la propuesta.

No iba a intentar mentirle, prometiendo visitas frecuentes ni otros sucedáneos para el corto plazo. Sería muy difícil que se volvieran a ver pronto. Ambas podían pedirle noticias a Hafalne de cómo iban las cosas, Lieneia le había asegurado que eso era posible, porque desde Nmadhrad original estaría en contacto con ambas. Y, sí, Regh podría continuar su aprendizaje como bruja si así lo deseaba, la misma mellizada se había ofrecido a acogerla como aprendiz.

No había mucho más que hacer.

–Es posible que la despedida no sea tan dura como piensas, de todas formas –añadió finalmente Lieneia en tono misterioso.

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