Ábrisan. Libro III. Capítulo VII (6.ª parte)

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Regresó a la piedra. Las triadas seguían inflamando los ánimos con relatos de una magia violenta y agresiva que había diezmado a los hechiceros de las Escuelas y que ahora iba a por la magia de las brujas; una tras otra, sus mellizadas caían y desaparecían para regresar fanatizadas contra sus antiguas hermanas. El propio Ábrisan se había unido a ellas y había participado en el ataque a uno de los más ancianos y poderosos hechiceros de Nmadhrad, que se reunía con varias triadas para abordar el problema de manera conjunta. Más que nunca, la magia debía permanecer unida.

Elsar no sabía cómo iba a calar ese mensaje entre los propios hechiceros, que habían establecido en el norte un equilibrio precario de fuerzas después de pasarse semanas asesinándose entre ellos. En aquel momento, más que de los hipotéticos ataques de agresivas magias ancestrales, el futuro inmediato de las gentes del continente dependía de lo que un puñado de hegemones y hechiceros de primer nivel estaban decidiendo en sus altas esferas.

Tampoco le cuadraban las noticias de Nmadhrad sobre el estado de las Escuelas y las triadas, por cuanto supondrían un desequilibrio brutal entre las magias de hechiceros y brujas; si, en efecto, lo que decían era cierto, entonces alguien estaba intentando ocultar ese desequilibrio, y esa podía ser la razón del gran sufrimiento de la magia de bruja que percibiera durante su trance.

Sabía que lo que se disponía a hacer le acarrearía problemas y odios irreversibles, pero no iba a callarse. La acusarían de traidora, de estar a favor, conocer ¡o incluso instigar! la traición de Ábrisan. De romper la unidad.

Habló primero con su aquelarre para prevenirlas. No quería que se vieran comprometidas en el conflicto sin darles tiempo a prepararse, fuesen cuales fuesen las ideas que pudieran tener al respecto.

Como esperaba, alguna la desalentó, “no es el momento de sembrar dudas”, dijeron; pero se vio emocionada y sorprendida por el apoyo incondicional de la mayoría, que comprendieron que lo que se necesitaba era información clara y veraz, pruebas detrás de las acusaciones, y a las que también les escamaba ese imposible equilibrio entre las magias si realmente la situación en el sur era como las triadas la presentaban.

Ninguna, y esto fue unánime, aprobaba los movimientos bélicos en Vomugha. Era el momento de reclamar su protagonismo frente a la unilateralidad de los hechiceros.

Elsar se arrellanó bien junto a la roca madre y lanzó sus preguntas.

***

El undécimo día vieron a lo lejos el meandro que el Tkaranti dibujaba hacia el oeste, fijando la triple frontera. Cuando llegaron a él, cuando descendieron de la barca en la orilla este, habían llegado a Nmadhrad.

Todo era maravilloso. El calor sofocante, la extensión de arena que los abrumaba con la amenaza de no tener fin, la palmera bajo la que se sentaron a descansar y a comer su primera comida en la tierra de su destino.

No tenían muy claro lo que les esperaba. Había resultado sencillo, relativamente, arribar a la frontera, pero el país estaba más allá, debía encontrarse detrás del desierto, y no estaban preparados para cruzarlo. En aquella ocasión, Ricsmith no había podido trocar la barca por algo más adaptado a sus necesidades.

De momento, estaban allí y era bastante.

–Ahora sí he viajado por todo el continente –celebró el mercader–. Mañana remontaré el río a ver si puedo conseguir un par de camellos.

Czan estaba mirando al sur, así que pudo distinguir las figuras que se acercaban volando en las escobas. Eran cinco, tres en un pequeño grupo y dos más en pareja. Las brujas se acercaban volando a gran velocidad, y no tardaron en alcanzar la orilla y la palmera.

Los viajeros no sabían cómo comportarse, de modo que permanecieron en un silencio expectante. Aquel no era su país, acatarían la decisión fuera cual fuera, incluso el retorno, por doloroso que resultara. Czan confiaba en que al menos la escucharan y se apiadaran de su situación.

Pero en la expresión de las brujas solo hallaron una determinación que acrecentaba el miedo. No podían entender por qué. Ni siquiera les dieron oportunidad de decir una palabra. Sintieron el violento sondeo, que invadía cualquier intimidad.

Una de las brujas que habían llegado en pareja se acercó a ellos y elevó la voz en una acusación inapelable.

–¡Engendro! –atronó.

Levantó las manos y las dejó caer súbitamente.

El cuerpo de Ricsmith sufrió una serie de convulsiones y deformaciones aterradoras, hasta que después de casi un minuto cayó sobre la arena formando una masa sanguinolenta.

En ningún momento había dejado de gritar.

La prejia se arrodilló impulsivamente, pero no se atrevió a acercarse a aquello que hasta hacía poco era el ser humano que la había llevado hasta allí. Las preguntas que se agolpaban resultaban demasiado horrorosas para que adquirieran una forma concreta.

Elevó la vista hacia las mujeres, no sabía si desde el reto o desde la claudicación, tan enajenada se sentía.

No comprendió lo que sucedió a continuación, solo vio retroceder a las cinco brujas, y sus expresiones eran de rabia y de desafío.

Entonces la palmera y la arena y el desierto cambiaron suavemente, y ella se encontró rodeada por otras personas, que la observaban con cordialidad y pesadumbre. Una de ellas se acercó y se agachó a su lado, invitándola sin palabras a incorporarse. Mientras, otras se encargaron del cuerpo torturado de Rics, tapándolo con una tela delicada y llevándoselo de allí en una camilla improvisada.

–Nmadhrad te da la bienvenida.

***

Rhodig paseaba por el campamento junto al hermano de su madre. Los soldados bajo su mando lo saludaban con respeto y admiración. Como marqués de Hortheb, contaba en aquel enclave con más de diez mil soldados, una vez concentradas todas las tropas que no resultaban imprescindibles en el resto de las fronteras.

No se veía el fin de las tiendas instaladas sobre aquel campo. Sin duda era la mayor concentración de tropas imperiales desde los tiempos de Vomigh II, cuando aquellas tierras se conquistaron a los gordanos. Además de los hombres que comandaba, de la Marca Caylón procedían otros seis mil, entre ellos su fratría, dividida en distintos batallones; de P’jarlli, otros cuatro mil –tenían otras dos fronteras que guardar–; de Mencasa, ciudad y marca, más de treinta mil –de los cuales todavía restaban por llegar los contingentes situados más al sur–; desde las tres marcas del este, un total de veinte mil, sumando los ejércitos que allí habían exterminado a las bagaudas. Y no se podían olvidar los casi veinte mil soldados-esclavos de la Hegemonía Hortgia, apenas una presencia testimonial de su disparatado ejército.

Todas aquellas tropas eran dirigidas por el mariscal desde Mencasa, y por el generalato en el terreno, cinco generales entre los que se encontraba Phatu, que parecía haberse olvidado de Rhodig. Después de las conversaciones con su tío, no le importaba en absoluto.

Si allí había un verdadero líder, era él.

Después de la primera ofensiva sobre las ciudades fronterizas, el ejército gordano se había detenido, seguramente por la intervención de la diplomacia y sobre todo de la hechicería, limitándose a enviar una avanzada hacia el interior de la marca.

Rhodig había escuchado el consejo del hermano de su madre y se había rodeado de los mejores conocedores del terreno de que disponía en su menguado ejército, apiñado en torno al cerro, y les había ordenado atisbar el avance del contingente gordano.

Regresaron con información muy sugerente.

Aunque probablemente las tropas gordanas les doblaban en número, resultaba palmario su desconocimiento del territorio actual y, en su ímpetu de vencedores, se dirigieron a unos vados que en aquella época eran más barrizal que río.

El hermano de su madre vio la oportunidad, y Rhodig se dejó convencer rápidamente. Era eso o esperar en el cerro, perdiendo la ventaja momentánea y esperando la muerte cuando el ejército de las satrapías se decidiera a avanzar.

Así que movió su ejército, situó a los arqueros en la colina más cercana a los vados y, tan pronto como la mayor parte de los enemigos se hubieron metido en ellos, los sometió a una lluvia incesante de flechas que causaron una ingente cantidad de bajas. La caballería, que había rodeado al contingente gordano hasta situarse a su espalda, se encargó de hacer rápidas pasadas contra quienes conseguían salir a terreno firme y se reagrupaban o huían. Cuando los supervivientes se reorganizaron para abandonar el lugar en formación, mal colocada o perdida la mayor parte de su equipación militar en el barro ahora rojizo, los hoplitas entraron en juego y los aplastaron. La matanza fue proverbial, y pocos escaparon para llevar la noticia de la derrota a los líderes de su ejército.

Aquella no fue la razón de que el ejército gordano detuviera su avance varias jornadas –las pérdidas eran insignificantes para las satrapías–, permitiendo a los deltsios agruparse y reorganizarse, pero la gesta se transmitió de boca en boca, lo que, unido a su fama precedente, encumbró a Rhodig a lo más alto del imaginario de los soldados; ayudó, por supuesto, que su nutrida y entusiasta fratría se encontrase escindida en tantos batallones. Ahora era recibido incluso por el generalato, y su consejo, que siempre escatimaba, solicitado.

Aún se vio obligado a luchar en otra batalla, por llamarla así, y en esta ocasión se ganó el favor no solo de los soldados, sino incluso el de quienes sobrevivieron a su represión.

Desperdigadas las bagaudas de Caylón, los miembros supervivientes, la mayoría mujeres, ancianos e infantes, habían sido enviados al norte por sus líderes, probablemente con el fin de entorpecer la marcha de los ejércitos de un modo u otro. Fuera como fuera, y cuando ya era evidente que esos líderes eran espías gordanos, estos últimos restos de las bandas intentaron rendirse, entregándose a los representantes del Imperator. Toda vez que habían cruzado la frontera y se habían introducido en la Marca Vomugha, quedaron bajo la jurisdicción de Rhodig, que, por tanto, fue el encargado de someterlos; nadie había olvidado que los gordanos se ocultaban entre la chusma, así que antes de aceptar su rendición incondicional les ordenó que delatasen a los espías para obtener cierta clemencia. Durante dos días aquellos supervivientes se acusaron mutuamente, siendo alentados de modo poco sutil a ejercer diversas violencias internas, hasta que finalmente un grupo de unos cincuenta no pudo más y decidió enfrentarse al ejército –la mayoría mujeres, lo que ya de por sí implicaba un delito condenado con la muerte– y resultó aniquilado. Del resto, los acusados declarados culpables de espionaje fueron ejecutados, y los demás, asignados a trabajos destinados al esfuerzo de guerra; podían agradecer que seguían con vida.

Cuando más tarde llegó el pequeño contingente de mensajeros junto al gordabach, que examinó uno a uno a los supervivientes, se constató que Rhodig se había mostrado infalible en sus juicios, porque ninguno de ellos era un espía.

El joven había disfrutado de su renovada y creciente popularidad durante las siguientes jornadas de tensa calma y bravuconería.

Pero, en la actualidad, las informaciones aportadas por los exploradores afirmaban que la tregua había acabado. El ejército gordano se ponía de nuevo en marcha… y era enorme. Los rumores aseguraban que se habían vaciado todas las satrapías, que dos millones de hombres marchaban a su encuentro, que diez, que veinte…

No era para tanto, el mariscal conocía el número de hombres, de compañías, e incluso de animales… No llegaban a trescientos mil. Con eso debería bastar para ser aplastados. Ni desde Mencasa ni desde el terreno acertaban a idear una estrategia militar que les permitiese vencer, o siquiera resistir, en un terreno casi llano en toda su extensión.

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