Ábrisan. Libro III. Capítulo VIII (1.ª parte)

Ábrisan. Libro III. Capítulo VIII (1.ª parte)

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El viaje de regreso a casa, después de todo el aprendizaje, fue muy diferente al de ida. La escoba podía volar muy deprisa si solo transportaba un cuerpo –aunque este albergara más de una conciencia–, y se desplazaba en línea recta cuando no había nadie allí abajo de quien esconderse. El desierto suponía una pequeña extensión, menos yermo que en su propia realidad, y la sabana ocupaba vastas llanuras que dejaban paso a bosques, cada vez más densos, hasta que se convertían en una verdadera selva que poblaba la práctica totalidad del territorio del Imperio. Hacía más calor, además, en este mundo sin tiempo.

Lieneia, con la ayuda de Hafalne, le había enseñado a transportarse de un mundo a otro, así que Ábrisan se obligó a pasar de vez en cuando a su propia realidad para evitar la sensación de asfixia, para sentir la vida circulando y el transcurso del tiempo. A pesar de la cautela con la que regresaba al hogar, prefería el riesgo de ser descubierto al letargo del mundo circundante que embotaba su mente.

Así, habían pasado ya diez días desde la tarde en que se despidió de Regh. Como Lieneia predijera, la despedida no había resultado tan dura, ya que la pequeña se había reencontrado con su prejia después de mucho tiempo, y en circunstancias imprevistas. La mujer relató, una vez que Reghina se hubo retirado a descansar, una odisea terrible; las mellizadas rebeldes la habían rescatado en el último instante, pues a los ojos de las triadas era culpable de haberse hecho pasar por un hombre, y le esperaba el mismo fin que a su compañero, por el que no pudieron hacer nada. Eran demasiados kilómetros de frontera, y no siempre podían ganar la carrera a las triadas.

Aquella noche la pasó todavía en el campo de refugiados de las cuevas, conociendo más detalles del comportamiento de brujas y hechiceros sobre las personas que habían llegado allí en busca de un mundo mejor. No era solo en el sur. Cada quien tenía su propia historia vital de huidas, persecuciones y diversas violencias sufridas en la soledad de la incomprensión ajena. Brujas y hechiceros de todo el continente se erigían como última defensa de unas costumbres sociales que oprimían a quien no se adaptaba a ellas. Ábrisan escuchó algunos relatos que la sobrecogieron.

Por la mañana, el abrazo de Reghina significó una despedida, pero también una esperanza. La pequeña confesó por primera vez a su prejia su condición sexual, y fue muy emocionante la reacción de la mujer, que después de todo lo sufrido en carne propia la acogió sin derramar una sola lágrima desde una fortaleza de felicidad. Sin duda existía allí un vínculo, por lo que Ábrisan no sintió remordimientos al partir.

–Debimos estar muy cerca en algún momento –reflexionó la prejia cuando Regh le contó su itinerario, y no pudo evitar un escalofrío.

También Ábrisan recibió el abrazo de Czandhra y su agradecimiento por haber cuidado de su hija.

***

Después habían regresado a Ciudad Esperanza. Hafalne atendió la petición de ayuda de Hécsor para encontrar a los dos hermanos que habían fallecido al mismo tiempo que él en la celada de Bagdor.

Ábrisan se sorprendió al descubrir hasta qué punto Reghina había atinado al describirlos como espíritus. Los dos hombres habitaban en puntos distantes de la ciudad, allí donde habían residido en vidas anteriores, y disfrutaban de su estancia penetrados por la magia original.

Ambos se mostraron igualmente reacios a las palabras de Hécsor. No estaban interesados en regresar al mundo, aunque sabían que cuando fuera el momento estarían obligados a hacerlo; les sorprendió saber que los hechiceros de las Escuelas tenían la oportunidad de elegir, y se mostraron apesadumbrados por lo que denominaron injusticia.

Volverás, me temo que todavía no te ha llegado el momento de elegir, y olvidarás este mundo –aseguró Hécsor una y otra vez, lo que provocó similares quejas y lamentos en ambos espíritus.

–Aceptaría un final antes que otra existencia allí, sin posibilidad de desarrollar una vida –fue la elocuente respuesta del más anciano, que disfrutaba de su cuarta muerte.

Aquellas palabras conmovieron a Hécsor, que entonces hizo algo que Ábrisan no esperaba ni sabía que pudiera hacer. El hechicero habló directamente al espíritu, y sus palabras quedaron entre ellos; la escena se repitió con el más joven.

No sé si funcionará, pero les he recitado la runa bri según el sentido que posee en este mundo, ahora que al fin la entiendo. Puede que el tránsito, cuando llegue, les haga olvidar, o puede que tengamos aliados.

No se entretuvieron en la ciudad y, a partir de entonces, la soledad de la escoba y el mundo deshabitado.

***

Ahora estaba muy cerca de Caaviuru, pero no descendió hasta sobrevolar el río; no era sencillo ubicar el poblado en aquella selva –esperaba no impactar con ninguna ave en el reingreso en su mundo–. Una vez en el bosque familiar, esperó al anochecer, realizó un conjuro de imperceptibilidad sobre sí misma y se dirigió al poblado.

Después de la leva militar, los alrededores de Caaviuru también habían cambiado. De las cabañas humildes levantadas por el reciente vecindario no llegaban los sonidos habituales, y en su lugar se observaba más tránsito del normal a esas horas, ya que, llamados la mayoría de los hombres a la guerra, las mujeres multiplicaban las tareas, y muchas todavía estaban regresando de los campos para aprovechar al máximo la luz del sol. En las zonas más apiñadas, los peques, libres al final del día de las obligaciones que también les eran impuestas por aquellas circunstancias, se reunían en grupos fatigados para jugar y discutir sus visiones del mundo.

Ábrisan cruzó las puertas de la muralla sin detenerse tampoco ante la de Elsar; tiempo tendría para devolverle la escoba. Encaminó sus pasos hacia el centro del poblado, evitando de momento su casa.

Tenía muy claro que la primera parada sería la cabaña de Xirh.

Jomregsor tendrá informantes aquí –le había prevenido Hécsor.

La joven extremó, pues, la cautela, antes de acercarse a la cabaña de su prometida.

Exploró las entradas, puerta y ventanas de los tres pisos, y descubrió sólidos conjuros reveladores que avisarían a su ejecutor ante cualquier cuerpo mayor que una ardilla que los franquease en cualquiera de los sentidos.

Reconozco la magia de Diegsor, supongo que le conociste en Bagdor tras mi muerte. No es un hechicero muy poderoso, pero ¿merece la pena el riesgo de intentar burlar su vigilancia?

No tenía un plan de acción muy detallado. A grandes rasgos, la idea consistía en regresar a Caaviuru, casarse con Xirh, para lo cual seguiría fingiendo que era un hechicero, cuidar de Hécsor en sus primeros años de infancia, hasta que pudiera cuidarse por sí mismo, y, mientras tanto, ir abriendo camino poco a poco al conocimiento de la antigua magia y a la situación en que se encontraba, intentando atenuar la herejía; mucho dependía de lo que las mellizadas y los hechiceros que habían renunciado a la reencarnación hicieran en Nmadhrad, y eso llevaría años.

Frente a esa temporalidad prolongada, lo único que quería hacer de manera inmediata era encontrarse con Xirh. Sin injerencias.

–No se me ocurre nada mejor que hacer –respondió en todo desafiante.

Quizá presentarte ante el hechicero para comunicarle tu regreso normalizaría la situación, a fin de cuentas es tu superior en la Orden, y te marchaste sin avisar. No tienes mucho que perder, haciendo eso, y luego podrías ir a ver a Xirh.

–La verdad es que deberíamos pensar bien qué puedo decirle. Y seguramente me pida que hable de inmediato con Jomregsor.

Eso dalo por descontado. Al menos debes proporcionar a la Orden un informe de tus actividades. Al entrar en Nmadhrad, escapaste de las triadas oficiales, y después de atacar a Zenelsor, no hay duda de que has cometido un acto de guerra.

–¡No lo ataqué, fue al contrario!

Eso lo sabemos tú y yo, pero tenemos que informarnos cuanto antes de la posición de la Orden, de cómo les han transmitido tus acciones y de cuál ha sido su reacción. Jomregsor no querrá perderte, y apuesto a que dejaría el norte en manos de Gordana antes de entregarte de buen grado a Nmadhrad, aunque sabe que perdería este combate; no sabemos qué planes tendrá para ti, aunque sabemos lo que nos harían las triadas, así que, aunque no te guste, de momento es un posible aliado.

–¿Y Elsar? Ella nos envió a las triadas. Creo que nos merecemos una buena explicación sobre lo que conocía antes de hacerlo. –Le costaba pensar que su antigua maestra la había traicionado. Había salvado a Regh del ataque del jar’llo, aunque luego la hubiera repudiado de manera cruel–. Y seguro que las triadas se han puesto en contacto con ella, aunque sea para acusarnos. Tiene que saber algo.

El conocimiento de las brujas no es el de los hechiceros. Me preocupa más la posible acusación de Zenelsor ante el conjunto de los hermanos que el de las triadas ante los aquelarres.

Ábrisan escuchó a su maestro, pero se mostró disconforme. Se había enfrentado a los mayores hechiceros, ¡llevaba uno dentro!, y había comprobado que le temían porque esperaban sacar algo de ella. No serían ellos quienes declararan una guerra abierta para encontrarla, se movían en un equilibrio demasiado incierto, los movimientos eran demasiado calculados. Pero si las brujas la querían muerta, era porque la consideraban un peligro para el mundo, y nada las detendría hasta eliminarlo.

Hablar con Elsar precipitaba los acontecimientos, era consciente. Pero, a pesar de todo, si tenía que enfrentarse a su final en un plazo breve, prefería que se lo comunicara su antigua maestra que el decano de los hechiceros.

“Xirh no me va a perdonar”, pensó con tristeza.

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