Ábrisan. Libro III. Capítulo VIII (2.ª parte)

Ábrisan. Libro III. Capítulo VIII (2.ª parte)

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Lizzar se unió a las tropas de su satrapía después de mucho recorrer los campos de Vomugha, esperando la reunificación de todos los números dispersos por el territorio del Imperio y ejerciendo una presión retardadora para los ejércitos del sur, mientras las tropas gordanas, después del primer asalto relámpago a las ciudades, se preparaban para el avance. Tanto Dchar como él mismo se encontraban de nuevo en primera línea, cada uno al frente de una compañía de exploradores. El pago por los servicios esperaría hasta el final de la campaña.

Los soldados imperiales, la mayoría poco entrenados en tácticas militares, sumaban cuatro veces menos efectivos que el contingente de las satrapías, y ni siquiera la anecdótica aportación de Hortgia podría compensar la diferencia tanto en número como en experiencia. Lizzar, conocedor desde niño de las artes marciales, sentía casi como una ofensa verse obligado a enfrentarse a aquellos enemigos desde tamaña superioridad, aunque prefería no hacer elucubraciones, pues había mucho más en juego.

Había escuchado los rumores de que la Comunidad estaba sufriendo un severo castigo, aunque no lo comprendía, pues la proporción de hechiceros era incluso mayor que la de guerreros a favor de Gordana; eso seguramente justificaba las precauciones del hegemón, aunque él no iba a entrar a cuestionarle.

Vio a Dchar acercarse a su tienda cuando se disponía a cenar, así que ordenó que le recibieran con todos los honores que merecía un invitado. Sus dos guardias personales salieron y le brindaron la copa de vino que Lizzar escanció con sus propias manos, y el hombre lo tomó a la salud de su anfitrión, devolviendo la gentileza. Era un vino producido por aquella tierra, en los viñedos del oeste, y la estirpe de las viñas se remontaba a siglos atrás, era gordana en su más profunda raíz.

–Dchar desea una suerte próspera para su amigo Lizzar –saludó el soldado.

–Y yo te deseo lo mismo, amigo mío.

Satisfechos con las cortesías, después de meses sin poder llevarlas a cabo, los hombres se sentaron en el suelo de la tienda, sobre las pieles refrescantes de las serpientes antropófagas de las Selvas Blancas, que conservaban su tacto si eran ultimadas de manera violenta. Pocos guerreros podían presumir de poseer tal tesoro, que constituía un símbolo de valor.

–Dchar no está contento con esta situación de espera. Ha explorado muy lejos al sur, como Lizzar ha hecho, y no ha encontrado enemigos hasta tres días de camino, encerrados en su campamento. ¿Por qué esperamos?

Lizzar no se sentía cómodo con la franqueza con que su amigo expresaba sus opiniones, era altamente peligroso, incluso para ellos, que habían demostrado su valía desde su primera juventud, cuestionar las situaciones que no estaba en su mano modificar.

–¿Sabemos lo que saben quienes saben? Solo vemos el mundo que podemos ver –trató de cortar el rumbo de la conversación con aquel adagio de la sabiduría gordana.

Su compañero bufó.

–Que le dejen a Dchar liderar las tropas de su satrapía, y él solo vence a esos mojones –expresó riendo.

Y tal vez no exageraba, por más que Lizzar se sintiera terriblemente incómodo con aquellas opiniones que rozaban la rebelión desde el otro lado. Si el sátrapa o el jefe militar escuchase aquellas palabras, se encontrarían en un buen lío. Y no existían lugares exentos de oídos presurosos.

–¡Contén tu lengua! –exclamó; nadie podría decir que había alentado la traición.

Dchar debió darse cuenta de que había sobrepasado el límite. Tanto tiempo entre extranjeros le había desactivado las alarmas y soltado la lengua.

–Dchar solo desea la muerte de sus enemigos y la gloria de sus superiores –manifestó. Incluso entonces Lizzar no dejó de detectar la descreencia que escondían sus palabras.

Pero su amigo era así, siempre lo había sido, y no solo había conservado la vida y las pertenencias, sino que su nombre era respetado y su amistad frecuentada.

–Bebamos por la victoria –brindó Lizzar.

–Que la sangre de los enemigos riegue las viñas cuyo vino regocije a nuestros nietos –acompañó Dchar con otra perla de sabiduría.

No quedaba mucho más que decir. La guerra llegaba a su final.

***

El mismo recorrido hacia el norte que antes había completado hacia el sur, pero en una tercera parte del tiempo. Si no lo hubiera realizado subido al carro de abastecimientos, no lo habría conseguido. Era feliz. Ya no echaba de menos a Czan. Su repentina desaparición le había costado más que suspicacias: un interrogatorio poco delicado de un par de soldados afortunadamente no muy sutiles a los que logró convencer, tras una hora de recibir sus golpes, de que la prejia había escapado porque se había hartado de su viejo esposo, en busca de nuevas aventuras. Desde entonces, los dos hombres se habían hecho sus amigos, tal vez por compasión, y ahora las penalidades sufridas junto a ella le servían para improvisar chascarrillos con los otros cocineros y los soldados a la hora de enfrentarse a las quejas de la tropa por la comida menguante que les servían.

Eran casi los últimos en incorporarse al ejército imperial en Vomugha, y así y todo habían sufrido hostigamientos por pequeñas guerrillas gordanas en los valles de la frontera con Caylón. Intentó descubrir, bien protegido por las maderas del carro, a aquel miserable de Dchar, que le había roto la nariz hacía más de un mes y todavía no se había recuperado. Le hubiese gustado darle su merecido al traidor –olvidaba a posta que era quien le había conseguido aquel trabajo–.

Nunca lo vio.

Ahora, superados los valles y las colinas, ya sobre la llanura de la marca norteña, las guerrillas se habían retirado, regresando seguramente junto a los suyos para el enfrentamiento final.

Escuchó unos gritos desde la retaguardia, pero no consiguió determinar su sentido; se puso en pie, siempre a resguardo dentro del carro, y observó la ola en que el ejército imperial se desplazaba hacia un lado del camino. Aquello lo impresionó.

Los gritos avanzaban con la ola, y al fin las palabras llegaron con nitidez. El ejército imperial debía dejar el paso franco. Era en verdad inusual, y Vermelho pensó que tal vez podría vislumbrar al mismísimo Imperator que se incorporaba a la batalla.

El movimiento precipitado del carro hizo que se tambalease, golpeándose el codo contra la madera. El dolor desvió su atención de la calzada súbitamente vacía, hasta que un par de minutos después se escuchó el profundo sonido de los cuernos. No era el sonido de cuernos deltsios.

La percusión de los tambores sustituyó al viento, marcando un ritmo infernal al tiempo que al fondo del camino empezaba a aparecer la avanzada de un ejército inesperado.

Vermelho fue incapaz de calcular el número de hombres que avanzaron por la vía, quizá un centenar de miles, quizá más, una abigarrada multitud que desconcertaba al viejo. Tardaron varias horas en pasar, así que el ejército imperial acampó allí mismo.

Hortgia mandaba al fin un ejército de verdad.

Vermelho se preguntó si finalmente serían aliados o enemigos.

***

El Imperator habló con el chambelán, que dio las órdenes al canciller, y este las envió a Bagdor para el nuevo marqués, de modo que el eunuco del Cuerpo Diplomático trasladó las necesidades al capitán de la guardia, este al sargento y finalmente los dos soldados permitieron el paso al mozo de cuadras para que este preparara las tres monturas más rápidas de la marca.

Cuando Hugsor, por encargo de Jomregsor, bajó al patio del palacio, todo estaba dispuesto.

Con las tres monturas, relevándolas una tras otra en las “Hospedería y Posta”, no debería tardar más de dos días en presentarse en la frontera con Bahira. No era el momento para confiar a ciegas en las cartas de chancillería. El hegemón Nang’ harg había dado su palabra a Su majestad Vomig III, y este había puesto en marcha todo el aparato del estado para prevenir la traición hasta donde esto fuera posible; quizá solo serviría para certificarla en tiempo real.

Hugsor pensaba ejecutar lo que fuera necesario para hacer pagar cara la traición en caso de que esta se produjera. Si un solo soldado de Bahira cruzaba la frontera deltsia, no pensaba dejar con vida ni a uno solo de los miembros de la Hermandad. La Horda no le ayudaría en esto, pero tampoco se lo impedirían.

El hechicero se situó en el punto medio de la frontera entre la Marca Vomugha y Bahira, y lanzó su espectro al norte y al sur. Si la traición debía consistir en una acción efectiva en la batalla, el ejército ya debería haber abandonado su territorio. Como no era así, al menos podían estar relativamente seguros de que no habían pactado con Hortgia una alianza inminente para arrebatar la Marca Vomugha al Imperio en favor de Bahira y su salida al mar Eshguev.

Restaba la posible traición en la que Bahira firmaba un pacto de no agresión con Gordana mientras esta ocupaba la marca, a cambio del territorio en liza plurisecular. El Imperator había instado a Nang’ harg a dar un paso adelante que desmintiera este pacto, y el hegemón se había comprometido a ocupar militarmente ese territorio; si lo hacía así, y Gordana respondía, tendría el apoyo del resto de los estados implicados en el conflicto, incluida Jar’lla –Hugsor prefería no pensar en los compromisos que habría tenido que alcanzar Vomigh III, y que sin duda empobrecerían más al Imperio–. Al hegemón de Bahira no le habría pasado desapercibido el hecho de que, tras todos esos movimientos, era el único que realmente saldría beneficiado territorialmente.

Hugsor cabalgó, pues, al norte. Si tenía que intervenir, debía estar presente físicamente en el lugar. Penetrar en territorio de Bahira sería interpretado como un acto de guerra, de modo que se limitó a enviar de nuevo su espectro. Como había prometido, el ejército de Bahira había ocupado el territorio, y el debilitado contingente gordano se estaba retirando sin demasiada oposición. La Comunidad estaba ausente allí.

Esto era el equilibrio. Tenía un margen muy pequeño para el dinamismo.

***

Vomigh III continuaba entretenido con sus negociaciones de última hora como si tuvieran importancia. El comportamiento de los líderes de los estados en aquel conflicto lindaba con lo pueril, jugando con piedra, agua y vida como si efectivamente fuesen de su propiedad, y los pueblos los secundaban con más o menos entusiasmo en sus carnicerías.

Jomregsor negociaba por su cuenta. Su magia estaba formalmente sometida al soberano de su estado y, por ende, vinculada a un territorio concreto, pero la magnitud de su poder no dependía de su extensión, de la productividad de sus campos o del número de soldados que vigilaran sus fronteras. Dependía de la cercanía a Nmadhrad, y esto era algo que todo hechicero conocía y respetaba. No le importaría perder todo el territorio en el norte; si el Imperio Deltsio se concentrara y se redujera al desierto sureño, sus hechizos no perderían un ápice de potencia. Si negociaba en el norte era por el prestigio y, sobre todo, porque la Comunidad se había atrevido a asesinar a sus hermanos en su propio territorio.

Pero las palabras de Zenelsor le habían asustado por primera vez en aquella campaña. Hablaban de la aparición de Ábrisan en el propio edificio de las Escuelas, junto a mellizadas rebeldes. Las triadas habían organizado una trampa para Lieneia, que solía acudir a hablar con el hechicero acerca de la herejía de la magia original, pero la mujer había aparecido con el aprendiz de Hécsor; Zenelsor los había entretenido mientras las triadas ultimaban la celada, y ahora el poderoso decano afirmaba que se había convencido de que la herejía era real, como siempre habían sospechado –si se atrevía a confesar esto último era porque ambos sabían que Jomregsor no podría hacer nada contra él, aun en el supuesto de que decidiera intentarlo. Lo que no era el caso–.

–El joven utilizó un hechizo de paralización del tiempo –había dicho el decano de los magos del sur.

Jomregsor no lo hubiera creído de haberlo escuchado en boca de otra persona.

–Y luego desaparecieron sin más –añadió–; no se trataba de un viaje astral, ni de una teletransportación, que como bien sabes deja un rastro evidente y consume una gran cantidad de energía. Simplemente, desaparecieron.

El orbe que utilizaban para comunicarse trataba de arrebatarle el control cada vez que lo veía flaquear, Jomregsor tuvo que esforzarse para mantener el dominio.

–Insinúas que se deslizaron a la Nmadhrad original, como defienden las mellizadas –repuso.

–Afirmo.

Aquello no resultaba fácil de digerir.

–Ábrisan es incapaz de ejecutar numerosos hechizos, eso aseguró Hécsor, su magia debe ser más débil que la nuestra –sostuvo con aplomo.

Zenelsor negó con un fuerte movimiento de cabeza.

–Todas tus respuestas tienen su origen en una actitud de enfrentamiento. Yo también desconfío de la magia original y de sus lacayos, pero no podemos ignorarla por más tiempo.

Jomregsor no se permitió una concesión ante el otro; la relación no era simétrica y las palabras pesaban de manera muy diferente.

–¡Pero es una herejía!

El hechicero de las Escuelas miró a su interlocutor ponderando exactamente lo que valía aquella expresión en su boca, y sonrió peligrosamente antes de continuar hablando.

–Estás manejando muy bien la guerra en el norte, los últimos movimientos han sido magistrales, mis felicitaciones. Un equilibrio difícil de alcanzar, con todos los inconvenientes que has sorteado hasta el momento –alabó siempre con aquella sonrisa–. Y de mantener. La mayoría de los estados ya han tomado partido.

El deltsio acusó la amenaza con tanta más fuerza por cuanto no se la esperaba. El otro seguía sonriendo con fingida inocencia.

No era el momento de perder los nervios.

–Siempre es de agradecer el reconocimiento de los mejores, no ha sido sencillo generar tantas alianzas. La Orden siempre ha mantenido el deseo de paz con todos los hermanos, y a ello se dirigen nuestros esfuerzos.

La expresión de Zenelsor no se modificó ni un tanto.

–Lo sé, hermano, por eso estoy seguro de que acogerás mi propuesta en este gran enigma que nos ocupa con esa misma voluntad.

Jomregsor asumió que de momento estaba perdiendo la partida.

–La Orden y yo mismo escuchamos a Nmadhrad –expresó sin comprometerse.

–Debemos dialogar antes de volver a precipitarnos, no podemos seguir el mismo camino de las triadas en este asunto. Desconocemos demasiadas cosas, y podríamos perderlo todo si seguimos una vía de confrontación –no necesitó mencionar el hechizo de creación y la capacidad de Ábrisan al respecto para evidenciar a qué se refería.

Lo comprendía, no estaba en contra del diálogo, solo cuestionaba la oportunidad. Claro que, en el fondo, no le estaba pidiendo opinión. Si Nmadhrad decidía intervenir en el conflicto de Vomugha en contra del Imperio, rompería definitivamente el equilibrio, y Jomregsor no estaba dispuesto a permitir que esto sucediera, sobre todo porque si Zenelsor creía verse obligado a actuar allí, podría decidir hacerlo también en el sur –Ábrisan le había dado una excusa, si es que la necesitaba– para hacer avanzar la frontera de Nmadhrad mil kilómetros al norte, hasta la mismísima Mencasa. Pero intentar un diálogo con la magia original, además de consolidar una herejía, le parecía una muestra de debilidad en aquel momento en que solo habían sufrido imposiciones –por más que alguna aparentemente les hubiera beneficiado, como la imposición a una bruja para ser hechicero–.

–¿Podemos arriesgarnos sin saber si Ábrisan está de nuestro lado?

La sonrisa de Zenelsor no era de triunfo, aunque hubiera vencido.

–Porque sabemos que no lo está. Y porque ahora tiene graves problemas a los que enfrentarse.

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