Ábrisan. Libro III. Capítulo VIII (3.ª parte)

Ábrisan. Libro III. Capítulo VIII (3.ª parte)

Índice de Ábrisan

Fue peor de lo que hubiese podido imaginar. La posibilidad real de un nuevo aquelarre multitudinario, como pidieron algunas voces que trataban de poner calma y mesura, apelando a la hermandad y al cuidado mutuo, se perdió entre las acusaciones irrefrenables procedentes del sur, a las que se sumaron algunas de las poderosas brujas de Jar’lla, que incluso llegaron a justificar el ataque del hechicero de su país a Elsar, para escándalo general.

Las triadas mantuvieron las acusaciones contra las mellizadas y el engendro de su aliado deltsio, que había violentado Isla Raíz con su presencia y luego había sido enviado a Nmadhrad para destruirlas por quien ahora se erigía en su defensora.

Por supuesto, no empleaban este lenguaje, todo eran insinuaciones y preguntas veladas que ocultaban su verdadera intención tras varias capas de implicaciones.

Lieneia, a quien todas conocían y que había participado en el aquelarre, intervino en tres ocasiones.

–La magia original existe, solo nos pide ayuda para aliviar su sufrimiento.

Esa fue la primera, que caló hondo entre muchas de las brujas del continente, siendo correspondida de inmediato por un ataque personal contra la antigua mellizada, acusada de traición, de no atreverse a dar la cara y de usurpar la identidad de Nmadhrad, ocultando en algún lugar a los engendros que acogían tras acorralar a las triadas indefensas que trataban de mantener el orden.

–Nuestra realidad no es la única, pero es nuestra. Tenemos derecho a existir como elijamos, pero Nmadhrad original también existe y es justo que quiera vivir sin dolor. Ayudémosla.

Esta segunda intervención fue ignorada, tildándola de ingenua, o ridiculizada como una flagrante mentira; las mellizadas rebeldes atacaban la realidad al acoger engendros y alentar las conductas nefandas. Si tanto les gustaba esa gente, de acuerdo, tenían permiso para largarse de una vez y no regresar.

Del discurso habían desaparecido las menciones a los hechiceros y a su menguado poder, que durante un tiempo habían generado sospechas por parte de muchas brujas acerca de la veracidad de las triadas. El debate se había centrado claramente en una cuestión: la existencia de los engendros y su amenaza a la magia. Elsar, a pesar de su postura vital, que había demostrado sin ambages, y que la situaba al lado de las triadas, no se resignaba a militar en el bando de estas. No eran sus palabras, era el modo de jugar con ellas lo que no soportaba. Lieneia podía tener razón o estar equivocada, pero ella misma había percibido durante el trance el dolor de la magia, y este no provenía de la existencia de seres como Reghina, por más repugnancia que pudiera sentir hacia ellos –y la sentía–.

El primer apoyo recibido por parte de su aquelarre había disminuido notablemente; no porque hubieran manifestado un cambio de opinión, sino por su silencio. La misma Elsar no tenía argumentos que contraponer a las acusaciones de las triadas sin comprometer sus propias ideas y, puesto que no podía aportar pruebas de sus experiencias subjetivas, el debate más profundo quedaba secuestrado y no existía oposición.

–Hafalne invita a todas las brujas a visitar Nmadhrad original y a juzgar por sí mismas.

Aquella última intervención, que eclipsaba a las dos precedentes por lo concreto de su propuesta, dejó un silencio en la roca madre difícil de romper. Todas sabían que la primera que lo hiciera podría decantar muchas voluntades a uno u otro lado.

–Acepto –Elsar no fue la primera, sin embargo, otras dos brujas se ofrecieron a la vez.

Las triadas amenazaron con condenar y perseguir a todas las herejes que se atrevieran a seguir la locura de las mellizadas traidoras. Fue una verdadera escisión.

Y también fue la razón por la cual Ábrisan no encontró a su antigua maestra en su cabaña aquella noche.

***

Ábrisan escuchó la muda llamada de Hafalne para cambiar de realidad; debía hacerlo para poder comunicarse con palabras. Allí escuchó la invitación que Lieneia acababa de hacer a todas las brujas, como llevaba tiempo haciendo con las triadas. No estaba muy segura de qué esperaba conseguir con eso. Algunas brujas, o muchas, aceptarían la llamada, pasarían al mundo original, y se encontrarían en un lugar despoblado. A favor, la exuberante naturaleza inmaculada; la magia original, que conocerían de primera mano. En contra, que no serían capaces de comprender el problema, pues Hafalne no podría hablarlas a todas como lo estaba haciendo ahora con Ábrisan; su esfuerzo por mantener el contacto con las pocas mellizadas y con la propia Ábrisan era agotador, apenas podía mantenerlo.

Como el día de su entrevista, todas las mujeres y los refugiados habían pasado al otro lado mientras Hafalne intentaba facilitar el paso a las brujas que habían aceptado la invitación, pero eso era todo cuanto podía hacer; tal y como había afirmado, ese sería el último intento –esta vez sí–, una prueba que les redimiera de la fe, y luego todo estaría en manos de la gente.

También precipitaba todo y podía complicarle mucho la vida.

Es una apuesta que no les correspondía tomar sin contar con nosotros.

Ábrisan podía comprender la ira que se ocultaba detrás de aquella declaración, y el miedo que en parte la sustentaba; aquello era una declaración formal de guerra por parte de las mellizadas y de Hafalne, sin consultarles ni darles tiempo a preparar una estrategia ni una alternativa vital. Si salía bien, y la mayoría de las brujas aceptaban plantearse la existencia de la magia original, eso no convencería a las triadas en su conjunto; y el poder se acumulaba en Nmadhrad. Si, por el contrario, seguían constituyendo un mero reducto testimonial, se abriría una auténtica caza de brujas.

Así las cosas, el aquelarre había rechazado la guerra de los hombres para sumirse en la propia.

Decidieron que irían a visitar a Diegsor, y la consecuente entrevista con el decano de la Orden, antes de complicar a Xirh en todo aquello.

***

El hechicero se sorprendió al ver entrar a Ábrisan en la cabaña, porque las alarmas activadas por él no le habían prevenido. Desde su último encuentro en Bagdor, se había acusado un empeoramiento en su aspecto, que ahora solo podía describirse como demacrado; en el fondo, Diegsor se hallaba al final de su tercera vida, y en Plansia llevaba una existencia tranquila y respetada, así que todos aquellos acontecimientos le habían sorprendido a una edad en la que más aspiraba al descanso que al ajetreo.

–El aprendiz ha regresado quizá a por más instrucción –saludó con la impaciencia que Ábrisan recordaba en él, cuando le atiborró de información sobre los hechiceros muertos; seguramente se sorprendería si llegaba a descubrir hasta dónde llegaban ahora los conocimientos del muchacho.

–Maestro, he culminado mi investigación en Nmadhrad. Tengo información que la Orden debe conocer, por lo que solicito una entrevista con el decano.

A instancias de Hécsor, Ábrisan ensayó un comportamiento formalista que satisficiera el respeto a la jerarquía y ahorrara preguntas y discusiones innecesarias. Acertó plenamente, porque el propio Diegsor preparó el encuentro y realizó la llamada.

Pronto se encontró ante el orbe y la mirada ceñuda de Jomregsor.

–Confío en que este viaje inesperado te haya sido próspero –recibió el decano.

Sus interlocutores, el visible y el oculto, acogieron con recelo esa bienvenida.

–Ha sido interesante.

El orbe mostró en el otro una expresión demasiado controlada.

–Es una palabra que yo mismo elegiría –repuso–. Has despertado el interés de todo un continente.

“Y de dos mundos”, añadió para sí, pero no podía soltarlo de golpe.

Después de la decisión de Hafalne y de las mellizadas, se propusieron ofrecer el máximo de información sobre lo que había descubierto, sin ocultar lo referente a los hechiceros y su relación con aquel mundo, que por un lado les acogía y por otro sufría a consecuencia de sus hechizos. También reveló el motivo por el que la habían llamado a la magia original y el sentido del hechizo de creación.

El decano de la Orden escuchó el relato de Ábrisan intentando mostrar que conocía la mayoría de la información, incluso aportó intencionadamente un par de detalles que demostraban que, efectivamente, algo sabía –seguramente había parlamentado con Zenelsor–.

El significado del hechizo le ha dejado tocado.

Tocado o no, Jomregsor no perdió el semblante adusto.

–Debemos reflexionar sobre todo esto –dijo–. No me cabe duda de que la invitación que se ha hecho a las brujas también se extenderá a los hechiceros.

Ábrisan confesó que no tenía nada que ver con aquello, ante lo cual el hechicero al fin manifestó su incredulidad.

–¿Tantas molestias para moverte como un simple peón?

Ábrisan hubiera querido tenerle más cerca para estamparle un buen sopapo en toda la cara.

–¿La Orden busca de mí otra cosa? –se enfrentó.

Cuidado, Ábrisan.

Al otro lado del orbe la mirada adquirió una profundidad que antes habían velado el cálculo y la desconfianza.

–No, tienes razón. Brujas, hechiceros y la propia magia original nos jugamos demasiado como para reparar en las necesidades de una persona concreta –confesó–. Estás en el centro del juego. Si alguien puede decidir, eres tú.

Ábrisan había aprendido demasiado para negar la verdad de aquella petición, pero también para plantarse y arrostrar las consecuencias.

–No es mi juego.

Jomregsor casi sonrió, condescendiente.

–No, no lo es. Y sin embargo todavía tienes que elegir. ¿Qué alternativa tienes?

Seguro que Xirh le habría contestado a eso. Pero incluso pensando en su futuro juntas tenía que optar. Si renunciaba a la hechicería y recuperaba su identidad de mujer, no podrían casarse sin una tercera persona, y las brujas no la acogerían en ningún caso, dadas las circunstancias. Si se mantenía dentro de la Orden, se traicionaba a sí misma.

Si tomaba partido, en fin, su juego tendría que residir en las mentiras, en fingir externamente para buscar su propio beneficio. Si no lo tomaba, su única opción era apoyar a la magia original o vivir como si la apoyara, con el acoso constante que eso implicaba. Las preguntas se agolpaban, cada vez más urgentes, y la acuciaban para responder si era esto en realidad lo que había propiciado Hafalne al no incluirla en su decisión, si la habría retirado conscientemente del liderazgo de la lucha para que pudiera elegir el marco en el que tomar sus opciones, como una manera de disculparse por los inconvenientes que le había causado. Porque si era así, resultaba tremendamente duro.

–Tengo la opción de ser yo.

En la oleada de resignación que recibió de Hécsor percibió matices de orgullo.

El decano permaneció varios segundos en profundo silencio.

–Si todavía está en tus manos, transmite a Hafalne nuestra disposición para dialogar –solicitó, y en esta ocasión fue él quien cortó la comunicación.

Parece que de momento no tendremos que aportar mucho más.

–De momento –confirmó Ábrisan en voz alta, lo que motivó una mirada interrogativa por parte de Diegsor.

Abandonó la cabaña sin corresponder al hechicero, que no intentó impedírselo, y se dirigió a casa de Xirh sin saber lo que iba a pasar.

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