Ábrisan. Libro III. Capítulo IX (1.ª parte)

Ábrisan. Libro III. Capítulo IX (1.ª parte)

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Vomigh III pasó la tarde en el Salón del Trono, escuchando el repertorio de cantares de gesta sobre su familia interpretados por su juglar favorita, Wis’haal, que había llegado a Mencasa después de dos años recorriendo las hegemonías del este del continente. En la voz y en las manos de la mujer sobre los instrumentos, incluso su padre-madre parecía un héroe. Esperaba escuchar también otras músicas que le presentaran las sensibilidades de otras tierras y otros pueblos, aunque no estaba seguro de que tuviera la oportunidad de disfrutar de esa maravilla. La mujer había solicitado permiso para permanecer en el Imperio hasta mediados de otoño, pero la situación en el norte requería todo el tiempo que pudiera dedicarle. En cualquier caso, fue una tarde sublime, y la recompensó como merecía.

El Imperator se enteró del final de la guerra después de cenar, en la reunión diaria de última hora con su Consejo Interno, alrededor del mapa y tras la llegada de los últimos mensajes, cuyo contenido distaba mucho de esas noticias.

Porque, naturalmente, Jomregsor no se limitó a informarle de un hecho, sino que le permitió maniobrar para que fuera el mismo monarca quien figurara como negociador del fin del conflicto junto a sus iguales, en una reunión presencial de alto nivel vehiculada a través de los hechiceros, que se encargaron de transportar las imágenes de los regidores implicados en las negociaciones.

Todos y cada uno de los estados sabía lo que iba a recibir y a entregar, por lo que la firma del Tratado, en la segunda luna de otoño, sería rápida y sin contratiempos.

–Enhorabuena, Majestad, sin duda ha sido un buen día para el Imperio Deltsio –se congratuló el decano de la Orden cuando todo hubo terminado–. Chambelán, mariscal, el esfuerzo de todos nos ha traído una gran victoria –añadió, sin mentir, porque nadie podía negar el esfuerzo de cada uno de los elementos del poder imperial.

Vomigh III, detrás de su máscara, asintió solemnemente, como se esperaba de su dignidad, y dirigió unas palabras de alabanza al trabajo de los hombres que se sentaban ante él.

Más fastuosa fue la reunión del Consejo Imperial, con un Jomregsor obsequioso que repitió las mismas formulaciones de la noche a un grupo más numeroso, y un Imperator algo más locuaz, que distribuyó alabanzas a los esfuerzos de guerra y alguna prerrogativa a Gremios y síndicos, equilibradas por las que repartió a los Cabezas de Casas.

La guerra había terminado y quien más quien menos esperaba recoger los frutos y afrontar un horizonte de prosperidad.

Entre ambas reuniones, el rey reclamó la presencia del decano de los hechiceros de la Orden para un encuentro privado en el mismo lugar donde había disfrutado de la música.

–Nos revelarás lo oculto –ordenó desde la dignidad de su cargo.

Jomregsor consideraba que el monarca tenía derecho a saber la mayor parte de lo sucedido, después de contarle lo que ya sabía.

–Vuestro trabajo diplomático, junto al de la Orden en el mundo de los hechiceros, fue muy importante para lograr el equilibrio en el norte. Nang’ harg mantuvo su palabra de presionar a las satrapías y Hortgia envió un ejército que equilibró las fuerzas militares, mientras Jar’lla permanecía neutral. Esto nos garantizaba que el campo de batalla sería una carnicería por ambas partes, lo que era un riesgo que Gordana estaba dispuesta a correr, cifrando sus esperanzas en la mayor destreza de sus guerreros. La Orden se enfrentó a la Comunidad, y ahí vencimos, con la ayuda inicial, como conoce Vuestra Majestad, de la Horda, que luego se apartó por su delicada relación con la Sociedad bahira, que entonces no se había manifestado hacia ninguno de los bandos, mientras la Esfera hortgia se mantenía al acecho. En esta situación, las satrapías gordanas seguían manteniendo la idea de la guerra, que podía decantarse a uno u otro lado, para recuperar un territorio que siempre ha sido suyo y al que a medio plazo no va a renunciar.

»En este punto sucedió lo que menos esperábamos. Las Escuelas de Nmadhrad insinuaron que podrían intervenir en el conflicto. Solo hizo falta esa insinuación de ruptura del equilibrio para que los hechiceros gordanos comprendieran el peligro y se lo hicieran comprender a su hegemón. A partir de ahí, negocié con mis hermanos lo mejor que supe, al servicio del Imperio, con la esperanza de que mi trabajo fuera del agrado de Vuestra Majestad.

Vomigh III había aprendido a reconocer su papel de marioneta hacía muchos años, pero le sorprendió descubrir que Jomregsor también lo había sido al menos en aquella ocasión; conocía el poder de las Escuelas de Nmadhrad.

–Ha debido ser duro para ti descubrir que todo tu trabajo quedaba en nada en un solo instante.

Había intentado ser cruel, pero Jomregsor se limitó a un asentimiento de cabeza y una mirada fría. Luego le contó lo demás, o al menos la parte que consideró que un simple mortal debía conocer sobre la realidad original y la posibilidad de que todo cambiase en un medio plazo, así como el papel que las brujas también podían desempeñar en todo el proceso.

–Casi todo podría permanecer igual –concluyó.

Vomigh III comprendió que esa era una posibilidad remota, y que en todo caso él no tendría nada que decir al respecto.

***

Rhodig encabezaba la columna de soldados imperiales y de civiles que se encaminaban a la reconstrucción de Hortheb, y su tío cabalgaba a su lado como consejero de confianza oficioso; no había recuperado este el favor del chambelán, que sin embargo tampoco lo había eliminado, como había sido su intención al enviarlo a primera línea del frente en los primeros compases de la guerra. El marqués había recibido las órdenes de avanzar tan pronto como fuera posible, y no se lo había pensado dos veces. Mientras la inmensidad del ejército gordano iniciaba la desescalada para regresar a sus hogares en el lejano norte, la pequeña columna de apenas cuatro mil hombres y mujeres parecía que les instigaba en su retirada, lo que levantó vítores entre los miembros de su fratría y el resto de sus admiradores, desperdigados por gran parte del campamento.

Rhodig preveía que aquel sería su último momento de triunfo en mucho tiempo, aunque no pensaba desperdiciar las oportunidades que la vida le ofreciera para seguir medrando en el Cuerpo Diplomático. Su objetivo era regresar a Caylón como marqués, y haría lo que fuera para conseguirlo. En su fuero interno, deseaba restregar a Ábrisan su estatus, lo que se había perdido al renunciar a su matrimonio, pero sobre todo disfrutar del poder que como marqués de la Marca tendría permanentemente sobre ella.

Para ello, tendrían que hacer un gran trabajo allí, y no pensaba dar tregua hasta conseguirlo.

–Haremos de Hortheb una ciudad modelo –le había asegurado a su tío con los ojos brillantes, mientras contemplaba ante él la retirada del enemigo y un futuro de esplendor.

–Tu nombre será esculpido

con letras de oro en las murallas

y con sangre en los campos de batalla”,

exclamó el hombre, transido de confianza mientras mantenía la mirada de su sobrino.

A continuación, lanzó una mirada furtiva a la columna que se desplazaba a su espalda, muchos de cuyos componentes habían pertenecido a las propias bagaudas que habían ultimado y condenado a trabajos de guerra. Otra buena parte estaba compuesta por los refugiados que llevaban años huyendo de la marca norteña y se habían establecido en poblados como Caaviuru, que ahora se veían obligados a abandonar en espera del resto de sus familias. Suerte tendrían si no les asesinaban por la espalda antes de llegar a lo que quedase de la ciudad.

Por otra parte, Hortheb no prometía una esperanza de vida muy alta, y los gordanos se habrían asegurado de dejarles un buen surtido de aquellas enfermedades que exportaban desde todos los rincones de su hegemonía. Los dos hechiceros y las brujas que les habían asignado iban a tener trabajo en abundancia antes de que el resto pusiera un pie en la ciudad, y no parecía previsible que fuera a cesar después de la instalación.

Los gremios de carpinteras y constructoras de Mencasa les habían provisto de varias maestras para que evaluaran los daños, y de un mayor surtido de oficialas de segunda para acometer las obras más urgentes que les permitieran entrar a vivir antes de las primeras heladas; las aprendices debían reclutarlas entre la población de Vomugha.

Algunos de los cazadores más entusiastas de su fratría se habían presentado voluntarios para formar Familias en la ciudad, convencidos de que el liderazgo del nuevo marqués serviría para cambiar la desgraciada fama de la urbe y elevarla a la gloria.

Rhodig no se había planteado las razones de la retirada del ejército de las satrapías gordanas; aunque no lo verbalizaba de esta manera, en su fuero interno asumía que el Imperio Deltsio era el centro del mundo, así que resultaba normal que las hegemonías vecinas solicitaran participar en su destino, sosteniéndolo cuando fuera necesario. Así había contemplado la aparición de los soldados-esclavos de Hortgia y las noticias que hablaban de hechiceros de diversas naciones entre sus filas; así también la invasión por parte de Bahira del territorio gordano que hacía frontera con Vomugha en el este.

En el fondo lamentaba que la batalla no se hubiera producido. Entonces sí se habría lucido al frente de sus hombres, brillando al liderar las cargas de caballería. Se imaginaba todavía un futuro de guerra fronteriza donde ganar fama en nombre del Imperator, el cual le llamaría a su lado a la corte para que le asesorara sobre cómo gobernar a un pueblo que fácilmente caía en la indolencia.

***

Ursue escuchó los vítores y se sumó a ellos mientras corría a buscar a su familia por entre los miembros de los batallones, mezclados en aquel momento de alivio y euforia. No había pensado que fueran a sobrevivir, así que el hombre se sintió renacer cuando al fin pudo fijar la mirada en sus propios hijos, en su esposo y en el resto de sus familiares, que volverían sanos y salvos a Caaviuru. Se unió a ellos en un abrazo en medio de la felicidad general.

Ni sabía ni le importaba por qué se retiraban los gordanos; ahora que había recuperado su vida, solo deseaba regresar a su cabaña y dormir una noche en un lecho decente.

Esperaba no volver a mezclarse jamás en los asuntos de los hechiceros.

***

El viejo dejó que el polvo y los olores del campamento militar se apoderasen de su memoria, aunque no recordaba tal concentración de guerreros desde su juventud –sospechaba que los recuerdos le engañaban y que jamás había presenciado nada igual–.

Ni siquiera dos días pudo disfrutar de aquel organizado ajetreo, pues las noticias del fin de la guerra les sorprendieron cuando apenas habían terminado de ajustar su presencia entre los aliados.

Por segunda vez en menos de una semana vio desfilar al ejército esclavo del país vecino. De la misma manera que habían llegado, las tropas hortgias abandonaron el campo de batalla sin haber derramado una gota de sangre. Vermelho estaba seguro de que aquella multitud procedente de mil tierras y mares se habría lanzado a morir con el mismo ímpetu con el que regresaban a los campos de cultivo donde agotaban sus vidas.

Lo mejor de todo era que no había tenido que descubrir de qué lado luchaban, porque no le habría extrañado que cambiaran de bando en mitad de la contienda.

Le preocupaba más qué sería de él ahora que los ejércitos se desmovilizaban. Confiaba en que su contingente retomara los planes originales y se encaminara al sur para dar el relevo a los que custodiaban la frontera con Nmadhrad. Seguiría sirviéndoles las comidas hasta que las fuerzas se lo permitiesen.

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