Ábrisan. Libro III. Capítulo IX (2.ª parte)

Ábrisan. Libro III. Capítulo IX (2.ª parte)

Índice de Ábrisan

Dchar y Lizzar recibieron las órdenes con lágrimas en los ojos. No era una vergüenza llorar ahora que habían perdido el honor; Dchar ni siquiera tendría la oportunidad de continuar de momento con su misión en el sur, dos años perdidos para una retirada deshonrosa.

El hombre cogió su caballo y se lanzó al galope contra la columna que les seguía radiante de orgullo. Había reconocido al joven que provocó su derrota con las bagaudas en Caylón. Fue Lizzar el que se abalanzó tras él y consiguió detener su caballo y frenar su ímpetu, recordándole las órdenes y sobre todo el castigo al que toda su familia se vería sometida por un acto como aquel.

–Que Dchar no se preocupe, porque tendrá una pequeña compensación –aseguró Lizzar.

–¡Dchar quiere matar a ese hombre traidor que nos atacó por la espalda y eliminó a Yural! –profirió el guerrero con sangre en la mirada.

–Dchar no puede, pero sí se puede encargar de otro traidor.

Ambos regresaron a las filas de su ejército, una pléyade de hombres sanos y sedientos de la sangre del enemigo que ocupaba sus tierras ancestrales, y que ahora se veían incomprensiblemente obligados a retirarse cuando su objetivo se hallaba tan cercano.

Lizzar no le engañó. No sabían en qué habían consistido las negociaciones, pero incluían el intercambio de prisioneros; entre los que había recibido la Hegemonía Gordana –y, según se apreciaba por sus aullidos, no muy satisfecho por la entrega–, se encontraba una figura ataviada con ropajes blancos que le daban aspecto de fantasma.

–¡Dchar juró que devoraría su corazón! –gritó el guerrero, y se lanzó hacia el hechicero renegado, al que custodiaban dos miembros de la Comunidad.

En verdad la labor del gordabach no había dado ningún fruto, no había logrado identificar ni a uno solo de los agentes gordanos, pero eso no atenuaba a los ojos del guerrero la inmensidad de su traición.

Los hechiceros le vieron acercarse y no lo detuvieron. El traidor no merecía encarnarse en la siguiente vida.

***

Elsar no había sido la primera en ofrecerse voluntaria para el paso al mundo original, pero después de su trance estaba preparada más que ninguna otra para comprender lo que la magia de aquel mundo significaba.

La bruja disfrutó de aquella magia, de la suavidad con que la acogía, y sintió la familiaridad con la propia como un retorno al hogar. Y, sin embargo, no el hogar que ella había creado, sino el hogar que la había preparado para afrontar la vida por su cuenta; resultaba a la vez demasiado amplia y demasiado estrecha. La amplitud del camino recorrido por otros, en el que se había formado, la estrechez de la ausencia de todo lo que ella había conocido en su andadura y que la conformaba.

La bruja no estaba dispuesta a renunciar a sus convicciones, y la magia original no se lo exigía, pero le ponía ante los ojos lo que implicaba la escisión que había originado la magia de brujas y el sentido del dolor de esta. Era una añoranza, más que una herida, profundizada por la dependencia del vínculo que no se había roto de manera definitiva y que producía un daño mutuo. Elsar podía reivindicar su actitud dentro de su propia realidad escindida, con la que se identificaba plenamente, pero a la vez asumía que no era la única realidad, lo que implicaba la tolerancia, por más que le desagradase. Suponía que el hecho de salvar a Reghina del brujo que las había atacado comportaba que, de alguna manera, en su interior ya lo comprendía.

Solo veía una salida justa a aquella situación. Las dos realidades debían desvincularse definitivamente para permitir que cada una se desarrollase según su propia naturaleza.

No permaneció allí más tiempo del necesario. Por placentero que fuese, no era su mundo, agradecía la invitación y la oportunidad de cerciorarse de las diferencias. Ahora sabía por lo que debía luchar.

Escuchó las informaciones que circulaban, sin intervenir. De momento, los argumentos de las triadas copaban las transmisiones, pero resultaba evidente que las voces, a pesar de su insistencia, eran pocas. Muchas brujas habrían aceptado la invitación y todavía no habían regresado, o se mantenían, como ella, a la espera.

Tampoco disponía de todo el tiempo para aquella actividad; la vida en el poblado no se detenía y pasaba la mayor parte del tiempo fuera de la cabaña.

La noticia de que la guerra había acabado tampoco contribuyó a facilitarle el trabajo.

Sin un jefe del poblado con experiencia –el segundo esposo de Ursue nunca se había interesado por los asuntos políticos–, el líder de las fratrías ausente y con un hechicero provisional como Diegsor, que desconocía los entresijos de la vida del poblado y sus tensiones internas, a Elsar le tocaba dirigir la situación.

Hizo que se convocara a los Cabezas de Casa en la Cabaña Demótica para que el hechicero, que era quien mejor conocía las noticias, acallara los rumores que se propagaban sin control y pusiera un poco de orden.

El hombre estuvo a la altura, y no compartió en público lo que sí le reveló a ella. Sin un contingente militar en el poblado, no podrían controlar las revueltas que, sin duda, provocaría la decisión de devolver al norte al conjunto de las personas desplazadas que llevasen residiendo en las afueras de Caaviuru menos de cinco años, instándolas a reunirse con los hombres que ya estaban allí a raíz de la guerra, y a quienes no se permitiría regresar. El Imperator pondría a su disposición tierras para cultivar, cabañas en propiedad y un Tratado que ponía fin a las hostilidades que desde tiempos de Vomigh II venían provocando las pretensiones gordanas sobre aquel territorio.

Hubo festejos en todas las cabañas aquella primera noche de paz, y comenzó la preparación de otros muchos, más importantes, para cuando regresaran los hombres.

Junto a Diegsor, en un segundo plano, Ábrisan se dejó ver como aprendiz de Hécsor, lo que llevó la tranquilidad a quienes se habían preguntado dónde se habría metido el joven después de su pedida de mano.

***

Xirh había escuchado el relato y solo se rompió al escuchar lo que las triadas le habían hecho al mercader. Podía haber sido en cualquier otro momento, pero lo que le pasó al desconocido justo cuando acababa de cumplir su sueño le permitió sacar toda la rabia acumulada.

–¡Y te lo hubieran hecho a ti!

Ábrisan también había llorado. Durante la mayor parte de la narración intentó tomar distancia, como si los acontecimientos le sucedieran a otra persona, pero la emoción de su compañera facilitó el acceso a sus propios sentimientos. Fue una noche difícil.

Xirh le pidió pasar al otro lado, por curiosidad y porque quería involucrarse en aquella lucha; le impresionó la selva que la rodeaba y los peligros que seguramente se escondían tras cada hoja, pero la experiencia fue rápida y aportó poco a su convencimiento, en ningún sentido; sin capacidad para percibir la magia, el lugar solo era un espacio exótico.

Lo que verdaderamente importaba era el futuro. Xirh apoyaba sin fisuras la decisión de Ábrisan de vivir su vida al margen de las imposiciones, pero las implicaciones de eso no las tenían claras. La joven hilandera propuso toda suerte de posibilidades, entre las que no descartó la huida a cualquier lugar donde pudieran seguir juntas. Si era decisión de ambas, sin dependencias ni chantajes, cualquier decisión estaría bien; podía desarrollar su trabajo en cualquier lugar del continente.

No quiero condicionaros, pero, a menos que decidáis otra cosa respecto a mí, los hechiceros esperarán que me encuentres y que me cuides, y también lo esperará el poblado. No os va a resultar sencillo desaparecer.

Ábrisan compartió con Xirh las palabras de su maestro.

–¿Y qué otra cosa podríamos decidir? Porque lo único que impediría que obligasen a Ábrisan a buscarte en el próximo año sería confesar que ya estás aquí y eliminarte a continuación –Xirh parecía haber reflexionado con detenimiento sobre el tema.

El hechicero se estremeció ante la crudeza de aquellas palabras.

–No creo que debamos tomar decisiones a tan corto plazo –comentó Ábrisan, remarcando las últimas sílabas–. De momento podemos continuar con los planes de la boda, nos quedan un par de semanas para prepararla, porque solo así Xirh podrá liberarse de los muros de una cabaña, eso ya es un paso.

Su compañera se mostró conforme.

–Sí, quiero salir sola, aunque sea para buscar sexo terapéutico de vez en cuando –intentó bromear.

Había recurrido un par de veces a ello durante la ausencia de Ábrisan, pero en ambas ocasiones acompañada por alguien de su familia. La broma no distendió el ambiente.

–Los hechiceros parecen dispuestos a parlamentar, y las brujas han empezado a pasar en masa a la realidad paralela; según Lieneia, también algunas de las mellizadas, pero es pronto para conocer su decisión.

Ya anticipo que, si el hechizo de la reunificación o de la ruptura debe ser pronunciado después de un consenso, este se va a demorar mucho, si alguna vez se alcanza. Y, mientras, vamos a vivir tiempos difíciles.

Era lo que Ábrisan temía. Intentó mostrarse optimista.

–Paso a paso, ¿no? El conocimiento sobre la magia original está en marcha, pase lo que pase, muchas cosas van a cambiar.

¿Para mejor?

–¡Claro que van a cambiar! Por cierto, ¿has hablado con Elsar? Le llevé un chal precioso para que lo luciese en nuestra boda.

Ábrisan puso mucho cuidado en explicarle el comportamiento de la bruja hacia Regh y hacia ella misma. Xirh la escuchó con asombro hasta que finalmente volvió a estallar.

–¡Y fue capaz de aceptar mi regalo después de hacerte eso! ¡La pobre Reghina! ¡La voy a…!

Pero no había nada que la pudiera hacer.

–Intentaré otra vez hablar con ella.

Índice de Ábrisan

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.